La ficción persistente del concepto “yo me hice solo” y la idea de justicia en el diálogo con los muertos y los no nacidos

La comodidad borra la memoria y la memoria borrada genera la ilusión de autosuficiencia. Una sociedad que olvida a sus muertos corre el riesgo de perder también el origen de aquello que posee. Casi todo lo que consideramos propio llegó de alguien que estuvo antes. El idioma, las leyes, el pan sobre la mesa: una herencia invisible sostiene incluso la idea de independencia

Vista aérea frontal del Obelisco de Buenos Aires, una estructura blanca y piramidal, rodeado por calles concurridas, árboles y edificios urbanos bajo un cielo nublado
Las matemáticas, las leyes, la arquitectura, la medicina, la música, las formas elementales de organizar una sociedad. Hasta el pan que ponemos sobre la mesa es una conversación con los muertos
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Hay frases que uno escucha y sigue de largo. Otras quedan dando vueltas durante horas. Una de ellas plantea una pregunta mucho más antigua que cualquier computadora: ¿qué es lo que más distingue a la humanidad?

La respuesta no está solamente en la inteligencia, ni en el lenguaje, ni en la capacidad de construir ciudades, inventar máquinas o llegar a la Luna. Hay algo bastante más extraño y profundo: nuestra capacidad de trabajar con los muertos.

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Porque casi todo aquello que creemos propio llegó hasta nosotros desde alguien que estuvo antes. El idioma que hablamos no lo inventamos. Tampoco las matemáticas, las leyes, la arquitectura, la medicina, la música, la agricultura o las formas elementales de organizar una sociedad. Hasta el pan que ponemos sobre la mesa es una conversación con los muertos. Detrás de una receta hay generaciones que aprendieron a transformar el trigo, a molerlo, a mezclarlo, a fermentar una masa y a descubrir que aquello que parecía una simple mezcla podía convertirse en alimento. Nadie que hoy amasa un pan comienza desde cero. Recibe una herencia, la modifica y, si hace las cosas bien, la entrega nuevamente.

La humanidad funciona así. Y esta constatación adquiere una importancia particular en una época en la que determinadas corrientes políticas colocan en el centro de su discurso la autonomía individual, la libertad personal y la idea de que cada persona debe resolver su vida sin depender de los demás. La discusión política puede ser legítima y necesaria. Podemos discutir cuánto Estado, cuánto mercado, cuánta regulación o cuánta responsabilidad colectiva necesita una sociedad. Pero hay una cuestión anterior a cualquier ideología: el ser humano jamás empieza desde sí mismo, necesita de otro, hasta para comenzar a ser humano, se necesitan dos personas. Incluso aquel que proclama con mayor énfasis “con la mía no se metan” está utilizando una lengua que no creó, una moneda que no inventó, caminos que otros construyeron, conocimientos que otros descubrieron y leyes que fueron pensadas por hombres y mujeres que, en muchos casos, llevan décadas o siglos muertos.

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Su propia idea de independencia es posible gracias a una inmensa dependencia. No existe el hombre absolutamente solo, por más que lo vociferen los políticos de turno, que necesitaron de alguien que les conecte el micrófono.

Existe, en cambio, el hombre que olvidó de quién recibió aquello que tiene. Y esto no constituye una crítica al individuo. Al contrario. Es una reivindicación de aquello que hace posible al individuo. Reconocer que necesitamos de otros no significa negar nuestra libertad. Significa comprender de dónde proviene una parte considerable de aquello que llamamos libertad. Un hombre puede construir una casa con sus propias manos. Pero no inventó el concepto de casa. No creó el cemento, el ladrillo, el acero, el vidrio ni las herramientas. Tampoco inventó la geometría que permite calcular sus dimensiones ni la física que hace que el techo permanezca sobre su cabeza.

Hay miles de muertos trabajando silenciosamente en cada casa de los vivos. También están en una biblioteca. Cuando abrimos un libro hacemos algo extraordinario: conversamos con alguien que quizá murió hace cien, quinientos o dos mil años. El autor ya no puede respondernos, pero su pensamiento permanece. No tiene cuerpo y, sin embargo, puede modificar nuestra manera de mirar el mundo. Los muertos hablan y nos conectan con el pasado que cobra vida.

Cuando abrimos un libro hacemos algo extraordinario: conversamos con alguien que quizá murió hace cien, quinientos o dos mil años (REUTERS/Eric Lee)
Cuando abrimos un libro hacemos algo extraordinario: conversamos con alguien que quizá murió hace cien, quinientos o dos mil años (REUTERS/Eric Lee)

Hablan a través de sus libros, de sus edificios, de sus cuadros, de sus descubrimientos, de sus leyes, de sus canciones, de sus iglesias, de sus puentes y también de sus errores. Hablan incluso cuando nosotros no queremos escucharlos. La historia es, en buena medida, una conversación permanente con personas que ya no pueden sentarse a nuestra mesa. El muerto no está tan muerto como creemos, están en aquello que dejaron.

Un edificio antiguo no es solamente una construcción vieja. Es una decisión que sobrevivió a quien la tomó. Una iglesia es también la memoria de quienes la levantaron, de quienes pusieron una piedra junto a otra y de quienes imaginaron que aquel lugar debía continuar mucho después de que ellos desaparecieran. Una plaza, una escuela, una biblioteca o un hospital contienen también la voluntad de personas que no sabían quiénes seríamos nosotros.

Y ahí aparece algo que solemos olvidar: la civilización es, entre otras cosas, una conversación entre generaciones que jamás llegarán a conocerse. Nosotros hablamos con los muertos sin darnos cuenta.

Caminamos por calles que ellos trazaron. Utilizamos palabras que ellos pronunciaron. Leemos libros que ellos escribieron. Habitamos edificios que ellos construyeron. Repetimos canciones que ellos cantaron. Aplicamos leyes que otros redactaron. Curamos enfermedades gracias a personas cuyos nombres probablemente ignoramos. La vida cotidiana está llena de muertos.

Y, sin embargo, existe una segunda parte de esta historia. Porque si nosotros recibimos permanentemente algo de quienes nos precedieron, también hacemos algo por quienes vendrán después. Plantamos árboles cuya sombra no veremos, escribimos libros cuyos lectores todavía no nacieron, conservamos documentos que algún desconocido consultará dentro de cien años, restauramos una obra de arte para que alguien, dentro de dos siglos, pueda contemplarla, educamos hijos que harán cosas que jamás veremos, etc…

Hay algo profundamente humano en trabajar para desconocidos. El maestro que enseña a un niño no sabe qué hará ese niño a los cincuenta años. El médico que descubre un tratamiento quizá nunca conozca a los pacientes que salvará décadas después. El arquitecto que diseña un edificio no sabe quién se sentará junto a una ventana dentro de medio siglo, el escritor tampoco conoce a todos sus lectores, y, sin embargo, hacemos esas cosas.

Porque una civilización no se construye cuando cada generación decide empezar de nuevo. Se construye cuando una generación recibe algo, lo conserva, lo transforma y lo entrega. Eso es la cultura. Eso es la civilización. Por eso la frase “yo me hice solo” es una de las ficciones más persistentes de nuestro tiempo, nadie se hizo solo.

El que aprendió a leer tuvo un maestro, aunque haya sido un libro. El que escribió ese libro aprendió de otros libros, quien escribió aquellos otros libros aprendieron de alguien anterior y así detrás de cada cadena aparecen personas cuyos nombres ya no recordamos. Hay una enorme cantidad de desconocidos sosteniendo nuestra existencia cotidiana.

Nos hemos acostumbrado tanto a recibir esa herencia que hemos dejado de verla. Como ya no vemos al constructor de un puente, creemos que el puente simplemente está allí. Como no conocemos al inventor de una herramienta, suponemos que siempre existió. Como no recordamos al autor de determinada palabra, olvidamos que alguien tuvo que pronunciarla por primera vez.

5° Marcha Federal Universitaria - Congreso
Algún día alguien caminará por una calle que nosotros conocimos, alguien abrirá un libro que nosotros leímos, alguien ocupará una habitación que nosotros habitamos y quizá, sin saberlo, estará conversando con nosotros (Adrián Escandar)

La comodidad borra la memoria y cuando la memoria desaparece aparece la ilusión de autosuficiencia. Quizá por eso la memoria sea una de las formas más profundas de justicia. Recordar a quienes estuvieron antes significa reconocer que nuestra vida no comenzó con nosotros. Significa aceptar que somos beneficiarios de esfuerzos que no hicimos y de sacrificios que no pedimos, pero que hicieron posible nuestra existencia. Una sociedad que olvida a sus muertos corre el riesgo de olvidar también el origen de aquello que posee.

Un niño recibe una lengua, una historia, unos símbolos, unas costumbres y unos conocimientos y después agrega algo propio y así cuando muere, si ha dejado algo valioso, otros harán con ello exactamente lo mismo. La humanidad avanza no porque cada generación sea necesariamente más inteligente que la anterior, sino porque puede comenzar desde un lugar al que la anterior ya llegó.

Por eso una biblioteca es mucho más que un conjunto de libros: es una multitud de vidas del pasado esperando. No esperan literalmente, por supuesto, pero allí están sus voces, allí está lo que pensaron, lo que descubrieron, aquello en lo que acertaron y aquello en lo que se equivocaron, por eso se dice que “un libro cerrado contiene una conversación que todavía no comenzó”.

Y quizá también por eso la soledad absoluta sea una ilusión. Quien habla una lengua nunca habla completamente solo, cuando pronuncia una palabra, está utilizando una herramienta fabricada por generaciones anteriores. Cuando recuerda una historia familiar, continúa una narración que comenzó antes de su nacimiento, cuando canta, escribe, reza, cocina una receta de su abuela o repite una frase que escuchó de niño, está convocando a otros.

Algún día alguien caminará por una calle que nosotros conocimos, alguien abrirá un libro que nosotros leímos, alguien ocupará una habitación que nosotros habitamos, alguien encontrará una fotografía cuyo rostro ya no reconocerá, alguien escuchará una canción que para nosotros tenía un significado y que para esa persona será simplemente una melodía antigua. Y quizá, sin saberlo, estará conversando con nosotros.

Eso es lo que hacen los muertos: continúan hablando a través de aquello que dejaron. Por eso convendría desconfiar de la idea de que podemos vivir completamente solos y no porque debamos renunciar a nuestra individualidad todo lo contrario: la individualidad humana existe precisamente porque existe una herencia sobre la cual cada uno puede construir algo propio.

Cada uno de nosotros es una combinación irrepetible de cosas que recibió y cosas que transformó y la verdadera grandeza no está en negar esa dependencia, sino en hacer algo con ella; recibimos una palabra y agregamos otra, recibimos una historia y escribimos una página, recibimos una ciudad y levantamos una casa, recibimos una tradición y decidimos qué conservar y qué cambiar. Recibimos algo del pasado y los transformamos para algo del futuro y tal vez allí esté la verdadera diferencia entre vivir y simplemente pasar por la vida.

El que solamente piensa en sí mismo termina creyendo que su existencia empieza y termina con él. El que comprende la transmisión descubre algo distinto: que forma parte de una historia mucho más grande, una historia que comenzó antes de su nacimiento y que continuará cuando su nombre ya no sea pronunciado.

Los muertos no necesitan volver para hablarnos: ya dejaron su voz.

Está en las piedras, en los libros, en las iglesias, en los caminos, en las leyes, en las canciones, en las recetas, en los descubrimientos y hasta en las palabras con las que discutimos que no necesitamos de nadie.

Porque hasta para decir “yo” necesitamos haber aprendido antes a decir “nosotros”.

Y quizá esa sea una de las mayores paradojas de nuestro tiempo: cuanto más fuerte proclamamos que nos hicimos solos, más evidente resulta que estamos rodeados por millones de personas que ya no están.

Nos sostienen sin que las veamos, Nos hablan sin que las escuchemos, trabajan todavía, mucho después de haber muerto.

Y algún día, inevitablemente, nosotros también tendremos que decidir qué parte de nuestra voz queremos dejarles a los que todavía no nacieron.

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