
La Plata amaneció ayer con la pérdida de un artista callejero que formaba parte de su paisaje urbano. Una estatua viviente que a diferencia de otras, no permanecía en silencio: hablaba, contaba chistes, decía lo que pensaba y levantaba los dedos en V. Se definía como la estatua peronista.
Sergio Fabián Montero, conocido como Pachu, fue encontrado muerto ayer, miércoles 14 de octubre, en su vivienda de Altos de San Lorenzo, en La Plata, a los 61 años. El cuerpo fue trasladado a la morgue para la autopsia, mientras la investigación busca establecer las causas del fallecimiento.
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El hallazgo ocurrió en una casa ubicada en la calle 76, entre 13 y 14, donde Montero había tenido una pizzería. Vecinos de la cuadra llamaron a la Policía, que encontró al hombre en el garaje de ingreso a la propiedad junto a su perro, que permanecía inmóvil, a su lado.

Un amigo de Montero llamó al 911 luego de no recibir respuesta a sus mensajes. El hombre afirmó que dos días antes había recibido un video en el que el artista decía que quería suicidarse, de acuerdo con El Día.
Durante los últimos meses, Sergio “Pachu” Montero había dejado de ser una presencia habitual en las calles céntricas de La Plata, según publicaciones locales. En diciembre de 2024, su hija Abril Muriel Montero, de 25 años, fue hallada sin vida en Buga, Colombia. El caso fue reportado inicialmente como un suicidio, aunque la familia cuestionó esa hipótesis y reclamó que se investigara un posible femicidio. La causa permanecía bajo investigación de las autoridades colombianas.
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Una figura de las calles 8 y 12
Montero convirtió durante décadas las veredas de las calles 8 y 12, Plaza Moreno y la Galería Rivadavia en su escenario. Con la cara y las manos pintados de blanco, una vestimenta plateada y largas horas de inmovilidad, se transformó en una presencia habitual para quienes recorrían el centro de La Plata.
Su trabajo como estatua viviente ocupó sus últimos 25 años. En invierno se instalaba desde las 8.30 hasta el mediodía en la puerta de la Galería Rivadavia, sobre calle 8; durante la primavera y el verano alternaba entre las calles 8 y 12, con jornadas que podían prolongarse hasta la noche.
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El maquillaje de personaje requería capas de crema, óxido de zinc, vaselina y talco. Detrás de aquella apariencia había una rutina para generar ingresos, sostenerse económicamente y mantenerse alejado de los ambientes nocturnos vinculados con su pasado de adicción.

Las estatuas, decía, no solían hablar, pero él hacía comentarios, respondía a los peatones, contaba chistes y repartía estrellas de madera, pequeñas maderitas y chupetines. Esa interacción provocaba sonrisas y conversaciones, aunque también discusiones. Solía ser espontáneo y no siempre eran bien recibidas sus ocurrencias.
También participaba de movilizaciones, actos públicos y reclamos de justicia. En 2019 se postuló como candidato a concejal, se definía como “estatua peronista” (IG:pachulaestatuaperonista) y buscó organizar a los artistas callejeros, además de impulsar la recuperación de la calle 8 como paseo comercial y una mayor presencia de actividades culturales.
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El origen de Pachuli y los años de excesos
El apodo nació cuando tenía 12 años. Montero se coló en una fiesta del Club Universitario y se puso el perfume que su hermano había comprado, Patchouli, pero no unas gotas suficientes, sino unas dosis más generosas; fue tan intenso el aroma que llamó la atención del comisario de Gonnet, quien lo retiró del baile porque lo asoció erróneamente con marihuana.
Tras revisarlo sin encontrar drogas, el policía le ordenó volver a su casa, bañarse y regresar después a la fiesta. “Y ahí me quedó el apodo: Pachuli, Pachu”, recordaba.
Durante los años 80 se incorporó al circuito de fiestas y boliches de La Plata. Organizó eventos en la época en que Metrópoli era uno de los centros de la vida nocturna de la ciudad y, según su recuerdo, llegó a ganar el equivalente a USD 1.000 semanales.
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Con ese dinero compró motos, autos y tablas de windsurf. También cortó un Renault 4L por la mitad para convertirlo en una pieza promocional con palmeras, mientras su paso por el Conservatorio Gilardo Gilardi y sus conocimientos de piano alimentaban su proyecto de dedicarse a la música.
La adicción a la cocaína truncó esos sueños. Montero situaba el inicio de esa etapa en el pub Sauvage, de la calle 49 entre 9 y 10, donde aceptó probar la droga. “Esa vez probé la cocaína y no paré más hasta que perdí todo”, confesó.
El dinero, los vehículos y el piano desaparecieron durante aquellos años. Pasó por centros de rehabilitación, médicos y terapeutas antes de reconstruir su vida en condiciones económicas muy distintas. “Pude haber sido un excelente músico y solo soy un artista callejero, pero no cualquiera”, sostenía.
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Mar del Plata y el nacimiento de La Estatua
La transformación en estatua viviente comenzó en Mar del Plata durante los años 90. Montero se había mudado con su pareja, que estaba embarazada, en medio de dificultades económicas y personales; los primeros meses vivieron en una pensión humilde.
Bajo el nombre de Valentín, el Muñeco Viviente, trabajó en las escalinatas de la Catedral. La falta de autorización municipal puso en riesgo esa fuente de ingresos, hasta que recurrió al entonces obispo, monseñor Arancedo, a quien le explicó que era un adicto en recuperación y que iba a ser padre.

El religioso le entregó una carta de recomendación y, según relataba Montero, el permiso municipal se resolvió en menos de una hora. Cerca de la Catedral observó a Daniela Bocaccio, una artista que se desempeñaba como estatua viviente, y decidió desarrollar su propia versión del oficio.
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Un sacerdote le regaló dos túnicas blancas. Antes de consolidar su personaje, construyó La Fuente de los Deseos con dos macetas y un aireador de pecera: los transeúntes pedían un deseo y dejaban monedas. Su original idea le permitió abandonar la pensión y mudarse a un departamento.
Tiempo después logró ser contratado como maniquí viviente en las vidrieras de una cadena de indumentaria y comenzó a recibir contrataciones para promociones y eventos. Con el regreso a La Plata, luego de nuevas dificultades económicas, La Estatua se convirtió en su identidad pública y en una forma de sostener la vida lejos de la noche.
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Montero era padre de tres hijos y hablaba de vínculos atravesados por distancias y desencuentros. Con ingresos ajustados, ayudaba cuando podía a una hija que vivía en Ecuador.
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