
La historia de Umepay empezó con una pregunta que, en apariencia, no tenía una respuesta sencilla: ¿qué pasaría si un grupo de amigos dejara atrás la vida que había construido en Buenos Aires para inventarse otra desde cero? No era un grupo de aventureros sin rumbo. Eran once amigos que trabajaban, tenían sus proyectos, sus familias y una vida que, en términos convencionales, funcionaba. Pero algo les faltaba. Querían bajar el ritmo, alejarse del ruido y recuperar una conexión con la naturaleza que la ciudad parecía haberles quitado.
La respuesta apareció entre las sierras de Córdoba. Dos integrantes del grupo, Gastón y Constanza, habían comprado un campo en el municipio de Villa Yacanto, en el valle de Calamuchita, donde habían empezado a construir su casa. Enclavado entre montañas, y forestado con pinos, acacias y robles, estaba ubicado a unos 15 kilómetros de la ciudad y a orillas del río Grande. Era un lugar prácticamente virgen. No había agua ni luz eléctrica, tampoco señal de teléfono ni infraestructura.
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En diciembre de 2012, los once amigos decidieron probar qué ocurría si pasaban allí todo el verano. Eran 14 personas en total, entre adultos y chicos. La experiencia tenía algo de experimento social: convivir durante semanas, trabajar juntos y comprobar si aquello que parecía posible durante las reuniones de Buenos Aires podía funcionar en la realidad.

“Al cabo de un mes de estar acá, la mayoría coincidimos en que era nuestro lugar en el mundo, y que teníamos que mudarnos para empezar a armar algo”, recordó Matías Echeguren, uno de los fundadores del ecopueblo que tomó el nombre del cerro de enfrente, que en lengua original significa “mirar desde lo alto”.
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Vendió la fábrica y se fue a vivir a una carpa
Tomar la decisión fue una cosa. Hacerla realidad, otra muy diferente. Los amigos comenzaron a vender lo que habían construido en Buenos Aires para juntar el capital necesario. Algunos vendieron vehículos, otros propiedades. Matías, por su parte, se desprendió de su fábrica de alfajores.
Parte de ese dinero sirvió para construir un salón principal, el comedor y las primeras cabañas del Centro Umepay, pensado inicialmente como un espacio para realizar retiros de yoga, meditación y distintas actividades holísticas que promueven la permacultura, la vida comunitaria y pautas de vida sustentables.

Pero mientras las construcciones avanzaban, ellos tenían que vivir en algún lugar. Algunos se instalaron en casillas rodantes. Otros compartieron las primeras construcciones. “Con Juli, mi pareja de aquel entonces, estuvimos viviendo aproximadamente un año y medio en carpas”, contó Matías. Tenían una carpa para dormir y otra que funcionaba como una especie de living-comedor. Allí colocaron una mesa, sillas y hasta un ropero.
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Pero no fue solamente una experiencia de verano. Pasaron allí también los inviernos. La rutina comenzaba temprano. Se levantaban, meditaban, desayunaban y después se distribuían las tareas. Cocinar, limpiar baños, recibir a quienes llegaban a los retiros, hacer reparaciones, construir y resolver los problemas cotidianos eran responsabilidades compartidas.
No tenían Internet. Para responder los correos electrónicos de las personas interesadas en los retiros tenían que viajar hasta Yacanto y utilizar la conexión de un bar. Tampoco tenían agua corriente como la que conocían en Buenos Aires. Todos los días alguien debía encender una bomba para llevar agua desde el arroyo hasta un tanque elevado y desde allí distribuirla entre las construcciones.
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La vida era austera, pero para Matías había algo que hacía que todo tuviera sentido. “Ninguno hubiese podido hacerlo solo. Era un proyecto muy desafiante. Pero entre todos fue como una especie de segunda adolescencia”, describió.
Y así, lo que comenzó como “refugio” elegido por un grupo de amigos fue creciendo e incorporando a más personas que compartían su misma filosofía de vida. “Muchos de los que venían a los retiros quedaban fascinados con el lugar y nos hablaban para sumarse”, admitió Matías.
De un centro de retiros a una comunidad
El grupo entendió que el proyecto ya no podía ser solamente un centro de retiros y pensaron en construir una comunidad. “A los dos años apareció la posibilidad de comprar un campo vecino de unas 100 hectáreas. El propietario era un europeo que vivía fuera del país. Negociamos el pago y acordamos que quienes quisieran formar parte debían aportar la misma cantidad de dinero”, contó.
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El paisaje era muy diferente al actual. Había ganado y zonas castigadas por el sobrepastoreo. Los nuevos habitantes comenzaron a sacar animales, plantar árboles, y diseñar dónde irían las casas. Primero hicieron los caminos. Después, las redes de agua. Recién entonces comenzaron a habitar los terrenos.
El objetivo no era construir un barrio tradicional. Querían que la naturaleza siguiera siendo protagonista. La planificación del nuevo campo buscó evitar las casas enfrentadas. Los terrenos se distribuyeron entre la vegetación, con colores que no desentonaran con el paisaje y techos vivos que ayudaran a esconder las construcciones.
“La idea era que mires para donde mires, se vea naturaleza, que es lo que nos trajo acá”, explicó Matías, quien construyó la primera vivienda fuera del Centro Umepay.
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Los habitantes de Umepay aseguran que vivir en esa comunidad les cambió la vida (Video gentileza IG @centroumepay)
“Juli había quedado embarazada de Vicente, mi primer hijo, y eso nos apuró a dejar la carpa y vivir en una casa”, explicó Matías, quien al principio apostó por una pequeña construcción de 55 m2 de paredes de quincha y barro, pisos de madre y un techo vivo. Era como una especie de monoambiente.
La vivienda fue creciendo junto con la familia ya que tres años después de la llegada de Vicente, que hoy tiene 12 años; nació Libera, su segunda hija, actualmente de 9 años. Hoy, la casa tiene aproximadamente 180 metros cuadrados, tres habitaciones, dos baños, un living grande y garage. “Cuando miro alrededor, veo un paisaje que prácticamente no existía cuando llegamos. Todo lo que vemos lo plantamos nosotros”, dijo con orgullo.
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Una comunidad que decidió escribir sus propias reglas
A medida que llegaron nuevos habitantes, los fundadores entendieron que necesitaban establecer ciertos acuerdos. Así crearon tres códigos: arquitectura, ambiente y convivencia.
“No son reglamentos rígidos e inamovibles. Los vecinos pueden modificarlos mediante reuniones comunitarias. La construcción prioriza materiales naturales y la integración con el paisaje. El cuidado ambiental es central. Y los espacios comunes deben ser lo más neutrales posibles”, especificó Matías.
La lógica es sencilla: cada persona puede tener independencia en su terreno, pero debe respetar el espacio compartido. “En tu terreno y en tu casa, lo que vos quieras: la individualidad, la independencia total. Y en lo que son los espacios comunes, el mayor silencio y tranquilidad posible”, explicó Matías, quien aclaró que la intención nunca fue crear una comunidad cerrada.
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Mientras Umepay iba tomando forma de pueblo, dos de sus fundadores decidieron bajarse del proyecto. “Somos nueve de los once fundadores que seguimos viviendo acá. Los otros dos se fueron con el paso de los años. Uno decidió volver a Buenos Aires porque quería conocer otras formas de vida. Y el otro se marchó después de no terminar de adaptarse al crecimiento y a la nueva dinámica social”, señaló.
De fabricar alfajores a construir casas
El cambio de vida también transformó el oficio de Matías. Su experiencia empresarial no desapareció. Cambió de rubro. Junto a Germán, el mismo amigo con quien había compartido la etapa de los alfajores, comenzó a dedicarse a la construcción.
En Umepay encontró, además, a personas que conocían técnicas tradicionales de bioconstrucción y con el tiempo convirtió ese aprendizaje en un nuevo emprendimiento. “La constructora lleva más de 70 casas construidas, todas dentro de Umepay, durante aproximadamente 13 años de trabajo”, especificó.

Actualmente viven en Umepay unas 250 personas, de las cuales aproximadamente 50 son niños. “El territorio se amplió hasta unas 600 hectáreas y se multiplicaron las actividades. Hay una escuela, una despensa, una casa de té y restaurante, una constructora, una cooperativa de Internet, una cooperativa de agua y gente que ofrece distintos servicios”, contó Matías.
La escuela también creció junto con los chicos. “Al principio había un pequeño jardín improvisado para las primeras niñas que habían llegado con el grupo. Después apareció la primaria. Este año, la camada de mi hijo Vicente se convertirá en la primera que egresa dentro de la comunidad”, enfatizó.
Matías aseguró que los chicos crecen con una libertad que compara con la infancia que él mismo tuvo. “Andan en bicicleta, van al río, recorren el pueblo y se mueven en grupo. Los adultos conocen a los niños y saben dónde están. Hay una gran tribu de niños de acá”, resumió.

Sin embargo, aclaró que no viven completamente aislados: “Van a fútbol, música, taekwondo y otras actividades en Villa Yacanto, donde también tienen amigos”.
El pueblo que quiere construir cuando tenga 80 años
A los 49 años, Matías dice que no se imagina volviendo a vivir en Buenos Aires. A pesar de que su madre y su hermano siguen allí y visita a su familia con frecuencia, siente que las sierras se convirtieron en su lugar. “Soy fan de Umepay. Amo el lugar y a la gente acá. Me hice un montón de amigos muy íntimos”, admitió.
Pero la experiencia de estos años le dejó un nuevo interrogante. “La mayoría de los fundadores tenemos entre 40 y 50 años. Algún día tendremos 80 años y la misma montaña que hoy representa libertad puede transformarse en un problema para alguien con movilidad reducida. El pueblo está lejos de los grandes centros de salud y las distancias pueden volverse difíciles”, reflexionó Matías.

Por eso, ya comenzó a pensar en una nueva etapa: “Somos muchos los que visionamos un poco el futuro también y pensamos sobre diseñar otro pueblo más funcional para los adultos mayores que seremos el día mañana”.
No sabe si ese proyecto algún día se concretará. Tampoco sabe si será él quien lo impulse. Pero después de haber convertido una conversación entre amigos en una comunidad de cientos de personas, la idea ya no parece tan imposible.
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