El “otro” Discépolo: el dramaturgo que convirtió la risa amarga y los sueños rotos de los inmigrantes en teatro argentino

Armando Discépolo es considerado el creador del grotesco criollo. Entre conventillos, inmigrantes y fracasos, construyó una obra que dejó una huella en la cultura argentina. Nació el 18 de septiembre de 1887 en Buenos Aires

Retrato en blanco y negro del dramaturgo Armando Discépolo mirando hacia el frente, vistiendo saco y camisa
Armando Discépolo, dramaturgo y director teatral
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“Morimos muchas veces. Pero la muerte peor es aquella en que no sabemos que estamos muertos. ¡Y hace mucho!”. Armando Discépolo puso estas palabras en boca de Stéfano, el inmigrante italiano que protagoniza su obra homónima de 1928 y que llega a Buenos Aires con el sueño de convertirse en compositor. Pero ese deseo se deshace con los años... Entre lo que esperaba encontrar y lo que finalmente encuentra aparece uno de los conflictos centrales de la obra de Discépolo; el otro, el dramaturgo, el director.

Cuando empezó a escribir, Buenos Aires era una ciudad atravesada por la inmigración y los cambios sociales que afectaban el trabajo, las familias y los barrios. El sainete era el arte que llevaba ese mundo a los escenarios y encontraba allí un público que se sentía representado. Y Discépolo partió de allí para llevar sus historias hacia un territorio más oscuro y real: personajes que quieren trabajar, prosperar, sostener a sus familias o ser reconocidos y terminan enfrentados con sus propios límites.

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De ese recorrido surgió el grotesco criollo: no fue de la noche a la mañana sino que Discépolo lo fue construyendo desde Mustafá y Mateo hasta El organito, Stéfano, Babilonia y Relojero. En sus obras convivían la comicidad y la angustia; los inmigrantes y la ciudad; las ilusiones de ascenso de clase y la derrota. Mientras Armando encontraba su lugar en el teatro, otro artista crecía dentro de su propia familia: su hermano menor, Enrique Santos Discépolo. La colaboración, la cercanía y las tensiones marcaron la relación artística entre ellos.

Portada roja con el título Capítulo 61, el texto Armando Discépolo o el grotesco criollo y un grabado en blanco y negro de un rostro
El fascículo 61 de la colección Capítulo del Centro Editor de América Latina y una edición dedicada a Armando Discépolo y el grotesco criollo

Del sainete al grotesco

Armando Discépolo nació el 18 de septiembre de 1887 en Buenos Aires. Fue el mayor de cinco hermanos, hijo de Santo Discépolo, un inmigrante napolitano y director de orquesta, y de Luisa De Lucchiy, argentina de origen genovés. Dejó la escuela en sexto grado. Después vinieron los trabajos: pasó por distintos oficios hasta que, a los 18 años, decidió probar suerte como actor.

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El escenario no terminó de convencerlo. Actuó, llegó a compartir escena con figuras del momento y descubrió algo que le molestaba: repetir durante noches enteras los mismos textos y las mismas situaciones. Años después dijo que eso era porque le faltaba “la condición de la paciencia” para ser actor. Se bajó de las tablas, pero lo que no abandonó fue el teatro. En 1909, contó luego, su madre encontró una libreta en la que había escrito algunos diálogos y, al ver el talento, le sugirió que se dedicara a escribir.

Lo hizo y empezó otra historia. Armando escribió pequeñas obras que también actuaba y dirigía y formó una compañía de actores aficionados. En 1910, con 23 años, escribió Entre el hierro, su primera obra de teatro. Era un drama social realista e intimista cuya trama gira en la vida de unos obreros, las duras condiciones en las que trabajan en las fábricas y los conflictos de clase de la Buenos Aires del Centenario. Fue protagonizada por Pablo Podestá, una de las grandes figuras de la época, y se convirtió en un éxito que le abrió las puertas de una carrera de 24 años con más de treinta obras.

Al principio, Armando probó distintos caminos estéticos teatrales. Obras como La torcaza, El novio de mamá, La fragua y El movimiento continuo (1916) se mantenían cerca del sainete y los géneros populares. Pero comenzó a mirar de otra manera a sus propios personajes: el inmigrante dejó de ser una simple figura pintoresca o una caricatura cómica de conventillo. Detrás del acento extranjero, Discépolo descubrió al hombre que necesitaba trabajar; detrás del empleo, a la familia que dependía de él; y detrás del esfuerzo diario, una promesa de progreso que, muy a menudo, terminaba en el dolor del fracaso.

Así llegó una de sus grandes piezas, Mustafá, estrenada en 1921 y escrita junto con Rafael José de Rosa. Logró que la tensión real comenzara a ocupar el centro de la escena. Dos años después llegó Mateo. Su protagonista, un inmigrante italiano que trabaja como cochero, ve cómo el automóvil amenaza el oficio que sostiene a su familia. No tiene un enemigo al que enfrentar. El mundo cambia y él queda del lado equivocado del desarrollo urbano.

Y lograba lo que todos deseaban: el público podía reírse de sus desgracias, de sus discusiones, de su forma de hablar. Pero detrás de esa risa había algo cada vez más difícil de ignorar. Mateo no solo pierde un trabajo. Pierde una forma de vida. Y ahí Discépolo encontró el mecanismo que definiría su obra: hacer que la comicidad y la derrota convivieran en la misma escena. El sainete seguía allí, pero había empezado a convertirse en otra cosa. El grotesco criollo tomaba forma.

Dos hombres vestidos con traje están sentados con los brazos cruzados frente a un panel con varias fotografías en blanco y negro
Los hermanos Armando y Enrique Santos Discépolo

Los dos Discépolo

Armando tenía trece años más que Enrique. Cuando sus padres murieron, el hermano mayor quedó a cargo del menor. Enrique tenía entonces poco más de diez años. La diferencia de edad terminó convirtiendo a Armando en algo más que un hermano: fue quien lo cuidó, lo acercó al teatro y le abrió la puerta del mundo artístico.

Enrique Santos Discépolo nació en 1901 y todavía era muy joven cuando empezó a seguir los pasos de Armando. El 22 de octubre de 1917 debutó como actor en Chueco Pintos, una obra de Armando y Rafael José de Rosa. Al año siguiente estrenó su primera pieza teatral, El duende, escrita junto con Mario Folco. Todavía faltaban algunos años para que el tango lo convirtiera en Discepolín.

Durante aquellos años, los hermanos compartieron el escenario y el ambiente teatral. Armando era ya un autor reconocido. Enrique empezaba a probar qué podía hacer con esa herencia. La diferencia de edad pesaba, pero también había una cercanía que iba más allá de la familia: trabajaban en el mismo mundo y conocían de cerca las mismas calles, los mismos personajes y las mismas dificultades.

En 1923, Enrique actuó en Mateo. Dos años después, los hermanos escribieron juntos El organito. Fue una de sus colaboraciones más importantes, pero también una de las últimas ocasiones en que sus caminos se ligaron directamente. Después de eso, Enrique comenzó a alejarse del teatro y a concentrarse cada vez más en el tango.

La relación entre ellos no fue sencilla. Armando ocupó durante años un lugar de autoridad frente a su hermano menor y las diferencias personales y políticas atravesaron el vínculo. Se quisieron, trabajaron juntos y también tuvieron conflictos. Mientras Armando consolidaba su lugar como dramaturgo y luego como director, Enrique construía una identidad propia que terminaría ligada para siempre al tango.

Ahí empezó a separarse el apellido. Armando quedó asociado al teatro y al grotesco criollo. Enrique se convirtió en Discepolín, el autor de tangos como Yira, yira, Cambalache y Uno. Eran dos lenguajes distintos, pero los dos miraban una ciudad parecida: hombres que querían progresar, familias golpeadas por la necesidad y sueños que muchas veces terminaban chocando contra la realidad. La historia de los hermanos quedó atravesada por esa diferencia.

Actores caracterizados sobre el escenario de una obra de teatro alrededor de una mesa de comedor con sillas de madera
El elenco de la obra teatral Relojero, escrita por Armando Discépolo, interpreta una escena sobre el escenario en 1981

Los sueños que se rompen

Después de Mateo, Discépolo encontró una serie de personajes que parecían distintos pero peleaban contra lo mismo: querían una vida mejor y no podían alcanzarla. El inmigrante que había llegado para “hacerse la América”, el trabajador que perdía su oficio, el padre que no podía sostener a su familia, el hombre que había postergado durante años una ilusión... En sus obras, el fracaso no llegaba como un accidente. Muchas veces era la consecuencia de una promesa que nunca se cumplía.

Mateo había puesto esa idea en escena con un conflicto concreto. El protagonista es un inmigrante italiano que trabaja como cochero y ve cómo el automóvil amenaza el oficio del que depende para mantener a su familia. Sus hijos tampoco quieren continuar con esa vida. Mateo intenta sostener un mundo que se está terminando y no encuentra una salida. El progreso, que para otros significa futuro, para él significa quedarse sin trabajo.

En 1925 estrenó El organito, escrita junto a Enrique. La obra sigue a una familia de marginados que sobrevive como puede, entre la pobreza, las disputas y la necesidad de conseguir unas monedas más. El organito es el instrumento musical que recorre las calles y funciona como sustento, pero también como parte de ese mundo de hombres y mujeres que viven al límite. La risa aparece en las peleas, en los personajes y en sus miserias. Debajo está la necesidad.

Ese mismo año llegó Babilonia. La acción se concentra en la cocina de una casa rica de Buenos Aires, donde trabajan sirvientes de distintos orígenes. Italianos, españoles, un alemán, una francesa y un criollo. En Stéfano, estrenada en 1928, el conflicto vuelve a ser íntimo. Stéfano es un inmigrante italiano que sueña con convertirse en compositor de ópera. Llegó al país con esa ilusión, pero terminó tocando el trombón en una orquesta. Su fracaso profesional se mezcla con los conflictos de su familia y con la conciencia de que aquello que imaginó para su vida ya no va a suceder.

Siguieron Cremona, de 1930, donde llevó ese universo hacia otros personajes desplazados: desheredados, desocupados, hombres y mujeres que viven al margen y necesitan hacerse escuchar. Y en Relojero, estrenada en 1934, el conflicto se instala dentro de una familia. Los hijos quieren encontrar su propia forma de vivir; los padres intentan retenerlos dentro de una idea de familia y de autoridad que empieza a resquebrajarse. No todos los personajes de Discépolo eran inmigrantes ni todas sus historias ocurrían en conventillos.

Fotografía en sepia de un hombre de traje sentado detrás de un escritorio con papeles, objetos de adorno y una biblioteca al lado
El dramaturgo y director teatral argentino Armando Discépolo permanece sentado ante su escritorio junto a un estante con libros.

El otro Discépolo, el director

En 1934, después de Relojero, Armando dejó de escribir obras teatrales, pero no dejó el teatro. Se dedicó a la dirección y comenzó a trabajar sobre textos de otros autores, entre ellos Roberto Payró, León Tolstói, George Bernard Shaw y William Shakespeare.

También trabajó para el cine y la televisión. Mateo llegó al cine en 1937, dirigida por Daniel Tinayre; Giácomo, en 1939, bajo la dirección de José Suárez, y Babilonia tuvo una versión cinematográfica en 1987, dirigida por Jorge Salvador. El organito llegó además a la televisión en 1970. Para entonces, la obra de Armando ya había dejado de pertenecer solamente a su época.

Quedaba, además, la historia de los dos hermanos. Alrededor de esa relación apareció, mucho después, una hipótesis que puso en discusión la autoría de algunas de las obras fundamentales de Armando. El investigador Norberto Galasso y el psicoanalista Jorge Dimov sostuvieron que Enrique había intervenido mucho más de lo que registran las firmas y que incluso había escrito obras atribuidas a su hermano. La teoría se apoyó, según sus autores, en testimonios, declaraciones y coincidencias entre textos. Pero no existe consenso documental que permita atribuir esas obras a Enrique, quien murió el 23 de diciembre de 1951 en Buenos Aires, a los 50 años.

Armando lo sobrevivió veinte años: murió en Buenos Aires el 8 de enero de 1971, a los 83 años. El “otro” Discépolo había construido una obra antes de que el apellido quedara asociado para siempre a Enrique y al tango.

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