
“Estaba en el piso y no me moví. Sabía que había sido algo grave”. En apenas segundos, la vida de Nicolás Jiménez Ghione cambió. La escena que se dibuja en su mente al contar qué le pasó dura apenas un instante y es más sonora que visual: un crujido seco, un golpe de lleno y su cuerpo inmóvil sobre la nieve. Pero al revivirlo, lo cuenta como si el árbol de unos 20 metros cayera en cámara lenta.
Había viajado a El Bolsón como parte de su formación como guía de montaña, actividad que le terminó de cerrar el círculo de felicidad en su vida. Pero lo que la mañana del pasado 17 de marzo debía ser una práctica técnica en un glaciar se transformó en un ejercicio cerca del refugio, condicionado por el clima. Nevaba desde el día anterior y la naturaleza, entonces, les regalaba un paisaje blanco majestuoso.
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A media mañana, mientras con sus compañeros caminaba encordado entre los árboles, todo cambió. Un tronco muerto y añejo se quebró sin aviso. “Sólo escuché: crack”, dice y el mundo se vino abajo. De todas las posibilidades, en 360° para que cayera, lo hizo en el único lugar donde no debía: donde Nicolás estaba pasando. Le aplastó la mitad del cuerpo.

Antes del accidente
Antes de ese día, la vida de Nicolás estaba atravesada por el movimiento y el esfuerzo deportivo. Oriundo de Lanús, había empezado a correr a los 16 años en carreras de obstáculos, donde combinaba resistencia con fuerza y técnica. Con el tiempo, esa pasión se fue transformando en una práctica más sistemática, primero en calle y luego en distancias más largas, cuando entendió que para mejorar necesitaba entrenar con continuidad y método.
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El contacto con la montaña llegó más tarde, pero no tuvo vuelta atrás. En 2021 viajó a Ushuaia para correr su primera carrera en esos suelos rocosos y en altura. La experiencia no solo le cambió la perspectiva sino le activó en él una chispa dormida. “Me enamoré de la montaña”, dice. No venía del trekking ni del campamento, pero encontró una exigencia distinta, más completa y despertó en él ese “algo” que complementa todo, que sólo la montaña es capaz de dar.
Desde entonces, todo su entrenamiento giró hacia ese terreno. “No paré más. Empecé a correr carreras cada vez más técnicas, a entrenar con mayor disciplina y a construir una relación más profunda con el entorno”, cuenta. Semanas antes del accidente había corrido una de las pruebas más exigentes de su calendario, en Bariloche, donde completó más de 42 kilómetros en un circuito de alta dificultad. “Estuve doce horas corriendo, de seis de la mañana a seis de la tarde”, recuerda.
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Gracias a su evolución en un terreno a veces hostil decidió ir más allá y formarse como guía de montaña. “Sentía que me faltaba algo”, explica. No quería solo correr, sino entender el ambiente, aprender a manejar riesgos y asistir a otros. La formación incluía rescate, primeros auxilios y evaluación de signos vitales. “Nos enseñan qué hacer desde los accidentes más básico hasta cómo actuar en situaciones críticas”, agrega.
El viaje a El Bolsón, en marzo de este año, formaba parte de ese proceso de formación y búsqueda personal. Nicolás había llegado junto a su grupo con la expectativa de entrenar en el glaciar Hielo Azul, pero el clima alteró los planes desde el inicio. “El lunes fuimos para el lado del glaciar. Estaba nevando mucho. Nos tuvimos que volver porque teníamos que caminar sobre el glaciar y estaba tapado por medio metro de nieve”, revive, al reconstruir esos primeros intentos frustrados.
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Al día siguiente, el martes 17 de marzo, las condiciones no mejoraron. La nevada continuaba y el panorama era aún más complejo. “Era imposible ir al glaciar en esas condiciones. Quizás había un metro y medio de nieve allí, y no tenía ningún sentido. Y, además, es muy peligroso. No podíamos hacer lo que íbamos a hacer realmente”, detalla. La decisión de los instructores fue modificar esa práctica prevista y adaptarla a un terreno más seguro. El grupo se quedó en las inmediaciones del refugio para trabajar técnicas básicas. Era un ejercicio habitual en la formación de guías de montaña que implicaba avanzar encordados, manteniendo distancia y coordinación. Nada hacía prever que, en ese escenario aparentemente controlado, ocurriría el accidente que cambiaría su vida.
“Mi compañero iba adelante y yo atrás, con la cuerda un poco tensa”, cuenta. Fue un paso y un sonido: “Escucho el crack del árbol y veo algo que se me viene encima”, dice. No hubo tiempo de reacción. El árbol, de más de veinte metros, se quebró sin aviso. El impacto fue directo sobre el torso. “No sentí dolor en ese momento, fue todo muy rápido”, explica. Pero sí tuvo claridad sobre la gravedad. “Sabía que había sido algo muy grave, por eso no me moví”.
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Sus compañeros reaccionaron en una fracción de segundos. Aplicaron el protocolo que habían entrenado: inmovilización, control cervical, traslado en bloque. “Los profesores dejaron de ser profesores y fueron guías”, le contaron después. La escena dejó de ser práctica y se volvió real: lo trasladaron al refugio, lo acomodaron cerca de una fuente de calor y activaron el rescate. Mientras tanto, su estado empezaba a complicarse. “Ya tenía lesiones por todos lados”, dice. A nivel pulmonar, la situación era delicada: “Tuve un hemoneumotórax y el otro pulmón también estaba comprometido”.
Aun así, mantuvo momentos de lucidez. “Pedí que llamaran a mi hermana, no a mi mamá, porque es hipertensa”, recuerda. También intentó seguir sus signos vitales. “Quería saber cómo estaba mi pulso”, le contó después un compañero. El tiempo, comenzó a ser difuso.
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Luego, llegó el helicóptero, según supo después, no debía estar en esa base, pero estaba y gracias a eso pudo salir... “Gracias a ese helicóptero hoy estoy vivo”, dice y en entonces se da cuenta de que sus recuerdos son incompletos y que, finalmente, dejó de ser testigo de lo que le estaba pasando. “Escuché el helicóptero y dije: ‘Me están viniendo a buscar’...”.
La secuencia se fragmenta. La asistencia, la preparación, el traslado quedaron en una parte de su inconsciente. Su último registro es sensorial. “Sentí un poco de aire frío en la cara, que me apoyaban en la camilla y que el helicóptero despegaba”, cuenta. A partir de ahí, pierde la conciencia. “Para mí pasaron dos o tres segundos”, repite.
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Después del accidente
En realidad, pasó una semana... Nicolás despierta en el hospital de Bariloche, intubado, con las manos atadas. Le habían bajado la sedación. “Me desperté y quería hablar, pero no podía”, recuerda. Le arman un abecedario para que señale letras y pueda comunicarse.
Su primera pregunta sorprende al equipo médico. “Quería saber si mi frecuencia respiratoria estaba entre 12 y 20”, dice, sabiendo qué significaba estar en los parámetros normales. “Lo único que me importaba era saber cómo estaba mi respiración”, insiste. Y da cuenta de que ese gesto resume que incluso en ese estado, su atención estaba puesta en su cuerpo y en sus signos vitales. No preguntó por el accidente ni por su entorno inmediato.
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Con el paso de los días, empieza a entender lo que ocurrió. “Nunca me dijeron de golpe todo lo que pasó”, explica. Parte de la información la fue reconstruyendo. Uno de los momentos más claros fue cuando notó la falta de sensibilidad debajo de su estómago. “No sentía las piernas y ahí entendí que era algo muy grave”, dice. Lo supo. Había sufrido una lesión medular, a la altura de la vértebra dorsal ocho, es el eje de su recuperación. Los médicos le explicaron que no hay certezas claras aún porque está muy inflamada. “Nadie me puede decir qué va a pasar en dos meses, seis meses o un año”, cuenta y no pierde la fe en que en un tiempo volverá a ponerse de pie.

Cuando al fin pudo estabilizarse, fue trasladado a Buenos Aires en ambulancia, en un viaje de más de 20 horas. “No me dejaban volar por el estado de mis pulmones; de uno sobre todo”, explica. Desde hace una semana está internado en un centro de rehabilitación al que llegó con una epicrisis errada: dice que su médula está rota, pero tiene una gran inflamación que aún puede bajar.
El tratamiento diario es exigente y muy lento. “Hoy estoy empezando de a poco”, dice. Nota que, incluso, las tareas más simples requieren un esfuerzo que lo agota. “Sacarme una remera puede llevarme un minuto”, ejemplifica. También está trabajando en recuperar la fuerza y estabilidad de todo su tronco para no caerse a los lados y poder mantenerse erguido. “Desde dos dedos abajo del pecho no tengo sensibilidad”, cuenta. Sabiendo que todo es cuestión de tiempo, ahora se focaliza en el tren superior. “Necesito ganar fuerza para poder moverme solo, pasar de la cama a la silla y a la inversa. Para ganar un poco de independencia”, dice.
Pese a todo, Nicolás no baja los brazos ni deja que la mente le juegue en contra: “Desde el día uno nunca tuve un día triste”, afirma. Pero no es una negación de lo que pasa, sino como una forma de atravesarlo. “Sé que voy a tener días malos, pero también sé que pasan”.

Todo esto también lo logra gracias al apoyo incondicional de quienes lo quieren y, sobre todo, gracias a la mente entrenada por el deporte extremo. “Corrí en carreras donde estuve horas pensando en abandonar y terminé igual”, recuerda. Esa experiencia le sirve como referencia. “Si un árbol no me pudo tumbar, no me tumba nada”, dice y reafirma su fuerza de espíritu.
Del otro lado, está el futuro y con él mantiene una expectativa abierta. “Confío en volver a caminar... Y si no, me adaptaré, pero voy a seguir”, afirma. Que eso suceda o no tiene que ver con el siguiente paso en su recuperación: acceder a un centro especializado en neurorrehabilitación, donde el tratamiento es más intensivo. El costo, sin embargo, es muy alto. “Son 115 millones de pesos para los primeros tres meses”, precisa sobre la necesidad económica que hoy lo preocupa.
Para eso, sus amigos y allegados empezaron a organizar campañas para reunir los fondos necesarios. “Mientras antes pueda llegar a ese tratamiento, mejor”, dice y repite: “Voy a salir adelante”. Y, por ahora, esa convicción es el punto de partida.
*Para colaborar con Nicolás está disponible la cuenta de Banco Credicoop, CA $ 046-022130/8 a nombre de Guillermo Enrique Schuster, Camila Jiménez Ghione; el alias es todosxnicojg / la cuenta de Instagram donde cuenta su día es @nicojimenezgh
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