
“Estaba convencido de que la fama borraría mis problemas. La anhelaba más que cualquier otra persona sobre la faz de la tierra. La necesitaba. Era lo único que arreglaría mi vida. Estaba seguro de eso”.
Tres semanas antes de la audiencia para la serie Friends, un desconocido Matthew Perry estaba arrodillado pidiéndole a Dios que lo hiciera famoso.
Su deseo fue concedido pero mientras en la pantalla de la televisión hacía reír a millones de personas con la serie Friends, cobraba 1,1 millones de dólares por cada capítulo, en su vida personal atravesaba un ciclo de depresión y adicción como consecuencia de una infancia dañada.
Sus padres se habían divorciado cuando él tenía apenas un año. La madre se volvió a Canadá y pocos años después se casó y tuvo otro hijo con su nueva pareja. Matthew sentía que no estaba integrado a esa familia. Para peor, su madre era la vocera del Primer Ministro canadiense, por lo cual vivía estresada. Cuando llegaba a su casa, Matthew, pese a ser un niño, hacía un esfuerzo por distraerla, divertirla, después de escucharla descargarse.
Con su padre las cosas no fueron mucho mejor. Era actor y se había quedado en Los Ángeles, por lo cual Matthew lo veía solo en la pantalla de televisión.
A sus 10 años, cuando nació el medio hermano de parte de su madre, Matthew empezó a portarse mal: robar dinero, tener malas calificaciones, fumar, y hasta golpear a compañeros.
Para sus 13 años empezó a beber alcohol para intentar calmar un poco todos los sentimientos de abandono que experimentaba.
A los 15, a la hora de la iniciación sexual los problemas se multiplicaron: podía beber dos litros de cerveza para desinhibirse, sin relacionar que eso después le imposibilitaría tener una erección.

Siguió su vida convencido en que la fama arreglaría todos sus problemas. Cuando llegaron las pruebas para Friends, supo que ese puesto sería suyo. No es que él podría interpretar bien a Chandler; él mismo era Chandler.
La serie se convirtió en un suceso pero él seguía sin tener paz. Al revés, sentía una enorme presión por hacer reír, lo cual lo atormentaba. ¿Sería parecido a lo que le pasaba de niño, obligado a distraer a su madre, y a lograr que ella lo mirara y lo valorara?
Comenzó a beber más, con la esperanza que el vodka arreglara los problemas que la fama no estaba solucionando. Aunque para 2001 se había recuperado de sus adicciones, cuenta que tuvo unas sesenta o setenta recaídas.
Tuvo una relación con Julia Roberts, pero sus propias inseguridades, de que ella lo abandonaría porque él no era valioso, hicieron que la dejara en forma preventiva, para evitarse un mayor dolor futuro. “Necesito amor pero no confío en él. Quiero mostrarte quién soy pero tengo terror que si lo hago te des cuenta de lo poco que valgo y me dejes…”, pensaba Matthew.
En su autobiografía, Matthew cuenta que invirtió unos siete millones de dólares en diferentes intentos de recuperarse de sus adicciones. Fue a 6.000 reuniones de alcohólicos anónimos, tuvo quince procesos de rehabilitación, y durante treinta años fue a terapia dos veces por semana.
El 28 de octubre de 2023 murió de una sobredosis de ketamina, en sus esfuerzos por calmar su depresión profunda.
La historia de Matthew Perry es muy triste. Y una prueba más, entre tantas, de que la fama no nos solucionará nada. La lista de famosos con vidas destrozadas y sin sentido, es muy larga. De Michael Jackson o Whitney Houston a Maradona.
Anthony De Mello, un gran maestro espiritual, lo resumía así: “Nos pasamos la vida subiendo a una escalera para darnos cuenta, cuando llegamos arriba de todo, de que estaba apoyada en la pared equivocada”.
¿Y vos? ¿En qué pared tenés apoyada tu escalera?
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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