Un restaurante mágico en Bajo Flores

Por Verónica Wiñazki

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Ni hola ni chau; cuando Ana Chung llegó a la Argentina no sabía decir una palabra en español. Tenía 17. Hoy es cantante lírica y está al frente de "Una canción coreana", un restaurante en bajo Flores que ofrece comida típica y tiene su impronta particular, la música.

Cuando Ana terminó la secundaria quiso entrar a la universidad, su sueño era estudiar Derecho, pero aún no hablaba ni leía con tanta soltura el español. Eso, y los hijos que vinieron pronto, hicieron que pospusiera sus planes para más adelante. Fue recién a los 30 cuando se anotó en el conservatorio nacional de música para estudiar canto. "Para la música se necesita menos vocabulario. Además, yo crecí en un ambiente musical porque mi papá es Pastor de la Iglesia Evangélica y en las iglesias siempre corre mucha música. También toco el piano". La idea del restaurante llegó de casualidad.

Ana no sabe cocinar, pero es una anfitriona de lujo que se mueve ligera por entre las mesas, toma los pedidos y sirve los platos siempre con una sonrisa. La que dirige la cocina y se encarga de preparar las recetas orientales es su suegra, a la que le dice "madre" (por tradición de su país). Fue ella la que la convenció hace tres años de abrir las puertas del restaurante cuando tuvieron que cerrar un bazar que vendía objetos traídos de Corea: "Se complicó el negocio por el tema de las importaciones y mi 'madre' empezó a insistir en cambiar de rubro. Yo no quería porque sé que un restaurante es un trabajo muy duro, muy denso. Peleamos bastante pero al final mi 'madre' ganó". Y aquí están las dos, trabajando juntas: "Queremos que el restaurante sea un medio para difundir nuestra cultura a los argentinos a través de nuestra comida".

La apertura del negocio coincidió con la filmación de un documental sobre la vida de Ana que se estrenó en el BAFICI 2014. El nombre "Una canción coreana" surgió en plena filmación y nadie dudó en bautizar así al nuevo emprendimiento culinario.

Mediodía de un viernes. Las hornallas están prendidas; una sopa burbujea al fuego en una cazuela de barro; las sartenes y las ollas están ardiendo. Ana, camisa azul eléctrico y sonrisa indeleble, mira a cámara y entona a capella "Seariong", que significa "Canción de los pájaros". Afuera, desde el salón, se oye la melodía pero nadie deja de comer. Sobre las mesas hay variedad de platos y colores: BinDeTok, una tortilla frita con harina de frijoles, carne de cerdo, cebolla de verdeo y kimchi, una "ensalada" típica e indispensable de la cocina coreana; Bulgogui, carne de ternera en tiras con salsa de soja, azúcar, aceite de sésamo, ajo y fideos de batata; ManDu, unas empanaditas de verduras al vapor, y arroz, el infaltable arroz.

Termina la canción. Ana dice que cuando canta todavía se siente muy nerviosa. "No puedo responder qué significa la música para mí. Es algo tan serio que no puedo. Espero poder hacerlo más adelante en mi vida, pero todavía no".