
Las funciones sexuales responden mejor cuando las parejas regulan la ansiedad. La ansiedad nos apura, convierte el placer en exigencia, en como un examen del que hay que salir airoso. Tanto mujeres como hombres ceden sus deseos y las disposiciones corporales a las creencias que dicen “cómo se debe tener sexo”, una especie de guía interna marcada por las normas de la heterosexualidad (también la homosexualidad está marcada por estas pautas).
El sexo heteronormativo le da un valor superlativo al coito y pone en segundo lugar (como si fuera un mero paso para llegar al coito) a toda la riqueza del juego erótico, tanto que la denominación “juego previo” da cuenta de este segundo lugar. Creer y estar convencido de que el coito es la meta es la causa de muchos problemas sexuales que impiden el acceso al placer y al disfrute.
Problemas versus disfunciones
Los problemas sexuales son más frecuentes que las disfunciones sexuales. Los primeros suceden sin continuidad, se dan en forma esporádica, aunque provocan angustia y miedo anticipatorio. Un hombre puede perder su erección, la mujer puede no tener deseo u orgasmos, pero se dan por etapas, no perduran en el tiempo, son ocasionales y pueden ser provocados por factores estresantes.
No siempre estamos bien preparados para el contacto sexual y las funciones no responden cómo nos gustaría. Cuando estamos estresados es posible tener dificultades sexuales, así como también se suman, insomnio, cefaleas, contracturas musculares e infinidad de preocupaciones que ocupan lugar en nuestras mentes.
Las disfunciones en cambio (trastornos en el deseo y la excitación, disfunción eréctil, eyaculación precoz o retardada, anorgasmia, dolor, vaginismo, etc.) requieren para su diagnóstico que el síntoma sea persistente (más de seis meses), recurrente (aparece en más del 75% de las veces) y ocasionen sufrimiento, preocupación, angustia.
Sin llegar a padecer una disfunción, los problemas sexuales son muy frecuentes y la superación dependerá de reconocer que existen factores estresantes que los provocan y, sobre todo, bajar la omnipotencia de pensar que podemos controlar las funciones sexuales, como si el pene o la excitación del clítoris respondieran automáticamente al ver y tocar al otro.
Si estamos ansiosos o con preocupaciones en la cabeza, focalizar la atención en el contacto (sin pensar en el coito) ayuda a relajarnos y a comenzar a sentir placer. Sin embargo, apenas aparece la perdida ocasional de la erección o la falta de lubricación vaginal, enseguida se activa el “factor inseguridad”.
Inseguridad sexual
La sexualidad es una de las expresiones humanas que más impacto tiene en el mundo propio, en la estima y en las capacidades personales. Cuando estamos satisfechos con nuestra vida sexual, la estima aumenta, nos sentimos a pleno con nosotros mismos y con el otro. Pero, en muchas personas esta valoración pende de un hilo. Con solo haber tenido algún obstáculo en la continuidad del encuentro erótico, ya aparecen las inseguridades, la vivencia de fracaso, la decepción con uno mismo que ya no puede “cumplir” con las expectativas propias y las de su pareja. Y aparecen las consabidas frases: “Ya no te atraigo” “¿No te das cuenta de que no tiene que ver con vos?
La influencia de las creencias
¿Por qué es tan difícil entender que las fuentes del deseo son múltiples y no dependen solo del atractivo, del cuerpo, del desempeño del otro en la cama? Cuando nos acercamos al otro para tener una relación sexual se activan dos direcciones del deseo: con uno mismo y con el otro. Necesito sentir el propio deseo y las sensaciones corporales (que provienen de los 5 sentidos), focalizar la atención en lo que siento para conectarme luego con el otro, es un ida y vuelta constante que retroalimenta el placer.
La persona insegura estará pendiente de si mismo, intentando a toda costa que sus funciones sexuales le respondan, esta focalización le juega en contra, estará demasiado pendiente de su rendimiento. Y si la pareja cree que el otro se calienta solo por su cuerpo o por el desempeño sexual que expresa, cualquier problema que aparezca lo atribuirá a su incapacidad personal (“ya no lo caliento”). Y esta inseguridad repercute en la persona que tiene el problema creando un círculo vicioso: “Soy yo que ya no te caliento” “No sos vos, soy yo que no respondo”.
Entrar en ese circulo nocivo es el comienzo para que el problema se convierta en una disfunción, extendiendo el conflicto al resto de las áreas de viva en pareja. Tomar conciencia de estas inseguridades y enfrentarlas desde un principio será la decisión más acertada.
*Walter Ghedin, (MN 74.794), es médico psiquiatra y sexólogo
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