
Los síntomas que ayudan a definir un cuadro de COVID-19 fueron variando desde la aparición de la enfermedad. Y en ese camino, la anosmia (falta de olfato) y la disgeusia (alteración del sabor) y ageusia (falta de gusto) comenzaron a hacerse cada vez más presentes en personas que luego terminaban dando positivo al test diagnóstico.
La pérdida súbita del olfato, acompañada del sabor (el olfato da el 80% del sabor) se manifiesta como consecuencia de que el SARS-CoV-2 ingresa por las fosas nasales y se pone en contacto con el epitelio olfatorio. Éste es una capa formada por tres tipos de células: las células de sostén, las células basales y las células olfatorias propiamente dichas. Estas últimas se conocen con el nombre de “primera neurona” y son las únicas neuronas que se encuentran fuera del cerebro. Las primeras neuronas tienen, a nivel de las cilias de sus dendritas, un receptor, que es la estructura que termina dañada por el coronavirus.
Esto hace que no se puedan captar los olores que ingresan por las fosas nasales (vía anterior) junto con el aire, y tampoco las que se desprenden del bolo alimenticio (vía posterior). Así, los olores, que son estímulos químicos, no llegan a la primera neurona para transformarse en estímulos eléctricos y pasar luego la información al nervio olfatorio. Este nervio recibe el nombre de “primer par craneal” e ingresa al lóbulo anterior del cerebro, se pone en contacto con el bulbo olfatorio y luego pasa por el tracto olfatorio hasta llegar al rinencéfalo. Este es el lugar preciso donde llegan los olores, que luego pasan a otra estructura nerviosa llamada zona entorrinal, donde ese olor recibe una descripción, por ejemplo, olor a tierra mojada. Toda esta secuencia demuestra que los olores y los sabores son interpretados a nivel del sistema nervioso: no olemos, con la nariz, sino con el cerebro.

Al comienzo de la pandemia, los síntomas de la enfermedad por coronavirus se centraron en la fiebre, los dolores musculares y la dificultad respiratoria.
Con los reportes provenientes de otros países y la información reunida a nivel local, el cuadro sintomático es cada vez más preciso, lo que facilita el diagnóstico de un caso probable o sospechoso. Uno de estos síntomas es la anosmia, la pérdida repentina del olfato en las últimas 72 horas.
Los primeros reportes llegaron desde Italia, Irán y Alemania en febrero de este año. Pero hoy en día, las diferentes sociedades y asociaciones científicas están notando una ola de graves problemas neurológicos, incluso en personas jóvenes que tuvieron una forma leve de COVID-19.
Si bien en todo el mundo el síntoma neurológico más frecuente es la anosmia y la ageusia, se comprobó que, en algunos casos, el virus puede seguir su camino, lesionar el nervio olfatorio y llegar al sistema nervioso central. Los cuadros clínicos pueden ser variados, como meningitis y encefalitis, convulsiones, síndrome confusional y coma. En las personas que ya tienen un deterioro cognitivo, como enfermedad de Alzheimer y de Parkinson, el virus puede agravar el cuadro.
Es importante, entonces, rastrear a todos los contactos de los casos leves de COVID-19 para testearlos, en caso de ser positivos, aislarlos. Lejos de incomodar a los contactos, es la única manera de ponerle fin al ciclo del virus: si este no encuentra dónde replicarse, se detiene su diseminación.
* Stella M. Cuevas, médica otorrinolaringóloga (MN 81701). Especialista en olfato y alergista. Ex presidente de la Asociación de Otorrinolaringología de la Ciudad de Buenos Aires (AOCBA)
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