
En las rotaciones agrícolas, el período entre cosechas suele quedar en silencio. El suelo descansa, pero también pierde dinamismo. En ese intervalo, los cultivos de cobertura empiezan a ganar protagonismo, especialmente cuando la estrategia incluye leguminosas.
Ensayos realizados en Santa Fe muestran que su incorporación modifica la dinámica del nitrógeno y mejora su disponibilidad para el maíz siguiente.
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En secuencias con maíz, el comportamiento del nitrógeno no depende de una sola especie, sino de la combinación que se utilice. Las leguminosas aportan nitrógeno mediante fijación biológica, mientras que gramíneas y brasicáceas ayudan a reducir pérdidas, en particular por lixiviación. El resultado surge del equilibrio entre estos aportes y del manejo de proporciones.
José Araujo, especialista en manejo de cultivos, suelo y agua, explicó que el manejo selectivo de los cultivos de cobertura permite ajustar el balance de nitrógeno disponible. La elección de especies, junto con la densidad y la proporción dentro de la mezcla, se vuelve determinante para el cultivo de maíz siguiente.
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Mezclas que marcan diferencias
Los ensayos evaluaron combinaciones de vicia villosa, centeno y nabo forrajero con el objetivo de identificar proporciones capaces de maximizar la producción de biomasa y cubrir la demanda de nitrógeno del maíz.
En una primera etapa, se definieron densidades óptimas en cultivos puros: 65 plantas por metro cuadrado para vicia, 200 para centeno y 75 para nabo. Con estas configuraciones se alcanzaron coberturas rápidas del suelo y producciones de materia seca de 5400, 6300 y 4900 kilogramos por hectárea, respectivamente.
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Sobre esa base, se analizaron 16 combinaciones en secuencias con maíz temprano y tardío. Las mayores producciones de biomasa se registraron cuando la participación de vicia y centeno superó el 50 %.
En maíz temprano, los valores se ubicaron entre 4000 y 5000 kilogramos por hectárea, mientras que en maíz tardío se extendieron entre 5500 y 7500 kilogramos por hectárea.
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La participación de la vicia también mostró diferencias. En maíz temprano, cuando su proporción alcanzó el 75 %, aportó cerca del 50 % de la biomasa total. En maíz tardío, con proporciones entre 50 y 75 %, su contribución se ubicó alrededor del 40 %, influida por la duración del ciclo y las condiciones del período otoño-invernal.
Agua, fertilización y rendimiento
El consumo de agua varió entre especies. El centeno registró los valores más altos, mientras que la vicia y el nabo presentaron menores demandas. Las mezclas se ubicaron en niveles intermedios. En maíz temprano, el consumo osciló entre 101 y 123 milímetros; en maíz tardío, entre 141 y 181 milímetros.
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La respuesta del maíz a la fertilización nitrogenada también mostró diferencias. En maíz temprano, las dosis óptimas se ubicaron entre 90 y 154 kg de nitrógeno por hectárea, con incrementos de rendimiento de entre 22 y 51 %. En maíz tardío, las dosis variaron entre 97 y 172 kg N/ha, con aumentos de entre 12 y 32 %.
Estos resultados permitieron ajustar recomendaciones concretas. Para maíz temprano, la proporción más eficiente incluyó cerca de 70 % de vicia y 30 % de centeno. La incorporación de nabo permitió reemplazar hasta un 10 % del centeno.
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En maíz tardío, la proporción recomendada se equilibró entre vicia y centeno, con la posibilidad de incorporar nabo para reemplazar hasta un 30 % del centeno.
El ajuste fino de las mezclas empieza a consolidarse como una herramienta para mejorar el balance de nitrógeno, sostener la actividad del suelo y aumentar la eficiencia de las secuencias con maíz
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Fuente: Inta
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