Juana Repetto: “Tenía al hijo que había soñado toda la vida, pero no podía parar de llorar”

La actriz e influencer volvió al teatro con “Ocho mujeres”, la obra que protagonizó hace 15 años y que hoy la encuentra en una etapa muy distinta de su vida. Es mamá de tres varones, Toro, Belisario y Timoteo, de siete meses y medio. En una charla con Infobae habló sobre el embarazo inesperado de su tercer hijo cuando estaba recién separada, los diez años que padeció ataques de pánico y comó decidió recurrir a un tratamiento psiquiátrico

Juana Repetto: “Tenía al hijo que había soñado toda la vida, pero no podía parar de llorar”
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Juana Repetto estaba en una sesión de terapia cuando su psicóloga le insistió en que se hiciera un test de embarazo. Ella insistía en que era imposible: tenía apenas uno o dos días de atraso, estaba separada de Sebastián Graviotto y ya había hecho el duelo por la posibilidad de tener un tercer hijo. Pero el resultado dio positivo y tuvo que volver a pensar en una vida que creía resuelta.

Hoy, con siete meses y medio de Timoteo, al que llama Chimi, la actriz e influencer —también mamá de Toribio y Belisario— mira aquella sorpresa de otra manera. “No podría hacer mi vida sin el bebé. Me recontra faltaba esta pieza para completar el rompecabezas”, cuenta. El embarazo también trajo miedos por sus antecedentes médicos y la incertidumbre de cómo organizarse con tres hijos.

En una charla con Infobae, la actriz habla de la ansiedad, los ataques de pánico, el puerperio y lo mucho que todavía le cuesta delegar. También cuenta cómo se reorganizó con Graviotto y sus constantes viajes para criar a los chicos tras la separación y cómo vive su regreso al teatro con Ocho mujeres, la obra de José María Muscari que protagonizó hace quince años y que hoy la encuentra en una etapa muy distinta. “Estoy feliz y cansada. ¿No se puede estar feliz y cansada?”, resume.

—¿Cómo fue enterarte de que venía Timoteo?

—Fue un flash, no me lo esperaba. Beli, mi hijo del medio, todavía tomaba la teta, aunque ya tenía cuatro años y no me salía leche. Tenía uno o dos días de atraso y, mientras él tomaba, me chorreé de la otra teta. Dije: “Esto no es normal”. Hablé con mi mejor amiga y le dije que quería fumar y tomar una birra antes de hacerme un Evatest. Al otro día estaba en sesión de terapia y mi psicóloga me dijo: “Hacételo ya”. Yo le explicaba que tenía que venir a Infobae con María Laura Santillán y que, si daba positivo, no sabía si iba a poder. Me respondió que me lo hiciera y después siguiera con mi vida. Pedí por una aplicación que me trajeran un test de la farmacia, me lo hice durante la sesión y dio positivo. Vine a la entrevista todavía en shock.

—¿Tu psicóloga fue la primera en enterarse?

—Sí, me tranquilizó y me dijo que después hablábamos. Cuando volví, me preguntó si lo quería tener. Le dije que sí, obvio, aunque tenía mucho miedo. Había perdido un embarazo y, dos o tres años antes, me habían operado por una lesión en el cuello del útero provocada por el HPV. Esa cirugía había hecho que dejara de pensar en tener un tercer hijo. Yo decía: “Ya tuve dos embarazos divinos, dos partazos. ¿Para qué jugármela? Cada vez soy más grande. Estoy bien”. Ese mismo día le escribí a mi obstetra, me hice los análisis y dije: “Bueno, esto se lo tengo que contar al otro ser irresponsable”.

—¿A Sebastián? ¿Era seguro de él?

—Sí, absolutamente. No había ninguna duda de que era de él.

—¿En algún momento te planteaste interrumpir el embarazo?

—Nunca fue una posibilidad real para mí. Desde que tengo uso de razón, mi deseo más grande siempre fue la maternidad y personalmente no podría hacerme un aborto. Eso no quiere decir que no respete a quien sí lo hace y no tiene nada que ver con mi opinión sobre el aborto. Pero cuando vi el positivo, me agarró ansiedad y pensé: “Pará, esto no tiene por qué pasar si yo no quiero. Tengo la posibilidad de no seguir adelante”. Fue un microsegundo, pero estuvo bueno entender que era una elección y no una obligación. Hoy miro para atrás y pienso: “¿Qué estaría haciendo de mi vida sin este bebé?”. Siento que me recontra faltaba una pieza para completar el rompecabezas.

—¿Cómo fue contarle a Sebastián?

—Él me había preguntado unos días antes si ya me había venido, yo le respondía que se quede tranquilo, que era imposible que esté embarazada. Cuando me enteré, me hice la boluda unas semanas porque como ya había perdido uno, quería esperar a ver qué pasaba. Él insistía con mandarme un test a casa, pero yo ya tenía dos positivos, así que le dije: “Ya está, Sebi”, y le mandé una foto. Me preguntó qué era, si significaba que había dado positivo. Le dije que sí. Fue raro, obviamente, porque nos habíamos separado y siguió la vida.

—¿Quién fue la primera persona en enterarse después de tu psicóloga?

—Mi amiga, con la que la noche anterior me había fumado un pucho y tomado una birra, le mandé la foto del test cuando me lo hice. Después, todo el mundo me preguntaba: “¿De quién, de quién?”. Cuando él también lo contaba, le hacían la misma pregunta, porque estábamos re separados y era una decisión re firme.

—Hoy con tu hijo de ninguna manera, pero en ese momento, ¿te arrepentiste de esa noche?

—No me arrepentí, pero me sentí una boluda por haber sido irresponsable. Me daba vergüenza desde ese lugar, como si fuera una adolescente que se había quedado embarazada una noche. Mis amigos me preguntaban por qué había salido con Sebi y yo tampoco sabía qué contestar. Ahora pienso que tenía que ser.

—Tal vez había algo del inconsciente que quería seguir construyendo esa mamá.

—No, te juro que siento que ni inconscientemente porque ya había recontra duelado la posibilidad de un tercer hijo. Después de Beli, en el fondo, todavía tenía la ilusión de convencer a Sebastián de tener otro, pero cuando me separé había aceptado que no iba a pasar. Ahora tengo que hacer el duelo otra vez porque sé que no voy a volver a tener un bebito chiquito, por mi edad y por mi vida. Es una despedida distinta.

—Antes de este embarazo, habías tenido una lesión por HPV. ¿Cómo te enteraste?

—Soy muy prolija con mi salud y me hago los controles a tiempo. Hace unos quince años me hice un PCR que detectó que tenía HPV, la cepa 16, que es una de las más peligrosas y requiere especial atención. Durante mucho tiempo los controles me daban negativo, o sea tenía el virus en el cuerpo, pero no estaba activo, hasta que apareció una lesión de grado bajo. Me hicieron controles durante un tiempo y, como no desaparecía, el ginecólogo decidió operarme. Yo ya tenía dos hijos y me hicieron una cirugía en el cuello del útero.

—Es importante controlar el HPV porque termina derivando en cáncer.

—Dicho y hecho, a mí me daba de grado bajo, por eso me lo seguía controlando, y cuando me lo sacó y lo biopsiaron dio de grado alto, así que menos mal que me lo sacaron. Ahora, cada seis meses y desde hace cuatro años, me hago el PAP y por suerte ya está, se negativizó. Y tiene cura, eso es lo importante, por eso son importantes los controles, porque si lo agarrás a tiempo el HPV es reversible.

—¿Te daba miedo que esa cirugía?

—Sí. Me tranquilizaba mucho el equipo médico y saber que lo hacíamos preventivamente, pero soy muy cagona con la anestesia general y con perder el control. Además, un mes después tuve una hemorragia muy grande y no la pasé bien. No me gusta contarlo porque es una excepción a la regla, suelen ser cirugías sencillas, pero a mí se me complicó. Después, mi embarazo terminó siendo de riesgo por dos factores que se combinaron: el cuello del útero corto y la placenta previa.

—A los 19 años habías perdido un embarazo. ¿Cómo lo viviste?

—Fue horrible porque estaba feliz. Estaba muy enamorada y los dos estábamos contentos con la idea de tener un hijo. No lo habíamos buscado de manera tan consciente, pero tampoco nos cuidábamos y estaba todo bien. Me pegó muy mal porque estaba muy ilusionada y era muy chica. No supe manejar mis emociones de la mejor manera y terminé peleándome con quien era mi pareja, que no tenía la culpa de nada. Me arrepentí, pero ya era tarde. Siguió la vida, tuve unos años buenísimos y después empecé con muchos ataques de ansiedad

—¿Y qué dijeron en tu casa?

—Mi mamá estaba chocha y a mi papá no sé si le llegué a contar, después se habrá enterado, pero en el momento no tengo recuerdo.

—¿Encontraste gente que te pueda ayudar?

—Sí, aunque tardé. Una amiga que estaba saliendo de una adicción muy grande a las drogas necesitaba una red de contención para salir de su internación y me pidió que fuera con ella a una reunión del centro donde se trataba. Yo todavía no tenía hijos y tenía una disponibilidad que hoy no tendría, entonces le prometí bancarla. Fui sin saber qué me iba a encontrar y ahí escuché por primera vez a un psiquiatra explicar la medicación como un apoyo, un bastón. Yo venía de diez años de ataques de pánico, flores de Bach, globulitos y un mantra que era “más del piso no pasás”. Sabía que existían otros recursos, pero no quería recurrir a ellos.

—¿Juzgabas la medicación?

—Sí, por algo propio que ni siquiera sé de dónde saqué. Nunca tuve prejuicio con la psicología, pero sí me costaba decir: “Estoy haciendo un tratamiento psiquiátrico”. Para mí era como para un loco, un depresivo, pero me ayudó un montón. Tomé medicación durante un tiempo corto y, antes de tener a Toro, empecé a dejarla porque venía bien. Cuando la volví a necesitar, no dudé en pedir ayuda otra vez.

—¿Cómo fue el nacimiento de Toro en relación con tu salud mental?

—Me pegó muy mal. No tenía rechazo hacia el bebé ni me sentía deprimida, pero lloraba y no sabía qué me pasaba. Después me enteré de que eso se conoce como baby blues. Tenía al hijo que había soñado toda la vida, había tenido el parto que quería, el bebé tomaba la teta perfecto y estaba todo divino, pero igual no podía parar de llorar. Me asusté porque no podía volver a tener el nivel de ansiedad que había manejado ahora con una persona a cargo.

—¿Lo manejaste sola?

—Me había ido a mi casa sola con el bebé de tres días y una noche de agosto se cortó la luz a la medianoche. Hacía un frío de cagarse y yo estaba sola con él. Parecía a propósito: maullaba un gato, los vecinos tenían un coso que colgaba y hacía ruido, estaba aterrada sola en el PH. Llamé a mi hermano, le pedí que me fuera a buscar y me fui a lo de mi mamá. Me terminé quedando seis o siete meses. Volví a terapia y encontré una psicóloga que trabajaba con terapia cognitivo-conductual. Me ayudó muchísimo con la ansiedad, como nunca antes. Desde entonces aprendí a escucharme y a darme cuenta cuándo empiezo a desregularme, para pedir ayuda antes de llegar al límite.

—También te pasó que a tu entorno le costaba entender lo que estabas viviendo.

—Sí, a mi mamá le costaba mucho, me decía que tenía que ser más positiva, mirar para adelante, hasta que el psiquiatra me pidió que la llevara a una consulta. Salió angustiada porque entendió que no podía manejar lo que me pasaba, que no era como ella creía una cuestión de voluntad. Hay gente que, si no lo vive en su propio cuerpo, no puede entenderlo del todo. Así empezó también mi etapa de comunicar en redes sociales: quería hablar de cosas que nos pasan y de las que muchas veces no se habla lo suficiente, sobre todo en relación con la salud mental y la maternidad.

—¿Hoy vivís de las redes sociales?

—Sí, después de mucho trabajo logré profesionalizarlas y armar un equipo. Hoy hay muchas personas trabajando detrás de lo que se ve en mis redes, generamos contenido y tenemos cada vez más acuerdos con marcas y empresas. Antes sabía que me entraba una guitita por las redes, un currito por ahí, pero ahora puedo vivir de esto. Tuve un crecimiento económico importante que me da una tranquilidad enorme, me permite salir de mi casa, tener doble niñera, criar a tres chicos. Me llevo una niñera al teatro con el bebé y dejo otra en casa. Cuando acepté volver al teatro, por ejemplo, tuve que conseguir una niñera con auto porque Sebastián estaba trabajando afuera, mi vieja de viaje y no tenía quién me resolviera el tema del colegio.

—También tenés otros emprendimientos. ¿Eso continúa?

—Sí, siempre tengo mis proyectitos porque no me gusta poner todos los huevos en la misma canasta. Ahora tengo una cápsula de gafas que vendemos online y en ópticas. Y ahora sumé el teatro, algo que pensé que no iba a hacer nunca más.

—Volvés con Ocho mujeres, quince años después.

—Sí, es una obra especial, una comedia muy divertida y volver a hacerla con el elenco original es un lujo. José Muscari me llamó para contarme que estaba convocando a todas las actrices. Yo volvía de una nota y pensé: “Me estás cagando la vida”. No sabía cómo iba a hacer, pero quería estar. Tenía un viaje a Brasil con mi mamá y mi prima, así que tuve que reorganizar todo. Al final dije que sí y fui resolviendo.

—¿En esta obra había una cábala medio particular antes de entrar a escena, no?

—¿Quién te contó? Yo mostraba el culo. Tenía una pollera como de los años 50 y antes de mi entrada hacía tuc, mostraba el culo y salía por la puerta.

—¿Y ahora?

—Creo que voy de pantalón, pero puedo mostrar las tetas. Después de ocho años y pico casi en continuado de lactancia,. Hubo un solo año en el que no di la teta, entre el destete de Toro y el nacimiento de Beli.

—¿Te vas a operar de vuelta?

—Creo que no. Después de Toro me las operé porque había bajado mucho de peso y era incómodo. De chiquita fui tetona, subía y bajaba de peso y siempre las tuve muy caídas. Como soy muy cagona, en mi mente no cabía la posibilidad de entrar a un quirófano por estética, pero también pensaba que tenía que conocer a alguien y me acostaba y era como que la teta me quedaba apoyada, me dolía. Me las hice y las tenía divinas por primera vez en mi vida, pero volví a la lactancia. Espero que algún día se acomoden porque están tuertas, es grave la diferencia. (Risas). Si me vuelvo a meter en un quirófano, sería para sacarme la silicona.

—Lo cuidaste mucho a Sebastián cuando se separaron.

—Yo cuido un montón porque tengo tres pibes y el día de mañana todo esto va a estar dando vueltas por ahí. Tampoco quiero naturalizar situaciones que no están buenas, porque sé que hay mucha gente que me ve y me tiene como referente. Siempre dejé claro que si me separé fue porque había un montón de cosas en las que no pudimos ponernos de acuerdo durante años y en las que tampoco nos vamos a poner de acuerdo de acá en adelante porque siento que tenemos prioridades distintas.

—¿Es verdad que habían hecho un tiempo de terapia de pareja?

—Sí, durante el proceso fue un muy buen espacio para decirnos cosas que, si no, no nos decíamos. Pero para mí, internamente, había algo que ya estaba roto.

—¿Vos hiciste el duelo antes que él?

—Sí, hacés el duelo estando en pareja. Creo que me ayudó mucho tener mi vida bastante resuelta sin él, por sus viajes laborales. De repente, pasaba tres meses en los que me sentía mejor mamá, la dinámica de mi casa fluía mejor porque no estaba histérica y estaba muy acostumbrada a estar sola, ya sabía lo que era mi vida sin él. Después me dio mucha angustia y fue un proceso muy duro porque idealicé una familia toda mi vida y tomar la decisión de romper eso fue durísimo. Tampoco sabía cómo iba a ser sin esa persona al lado porque, bien o mal, hablábamos todos los días, nos contábamos nuestras cosas y teníamos amigos y familia en común.

—¿Él viaja varios meses al año?

—Entre cuatro y cinco meses, divididos en dos partes. Ahora está en Bariloche, es instructor de esquí y snowboard, y también tiene cosas relacionadas con el turismo. Entonces vive buscando el invierno.

—¿Al principio te funcionó esa dinámica?

—Durante años pude acompañarlo, pero después no podía bancar el circo económico de irme en temporada alta a la nieve, ya no tenía ese resto. Además, los chicos empezaron el colegio, Toro arrancó primer grado y ya no podía faltar dos semanas para viajar con Sebastián. Él estaba convencido de que quería seguir con ese trabajo que hace desde hace quince años, y yo me quedaba mientras él viajaba. Es una dinámica que sigue hasta hoy.

—¿Hay una presencia de su parte, tanto económica como en el cuidado de los chicos?

—Todavía no terminé de resolver la cuestión legal y económica, así que no sé cuánto tiene que aportar. El resto, cuando está acá, para mí está haciendo mucho mejor su rol desde que nos separamos que cuando estábamos juntos. Quizás también hay una parte de responsabilidad mía: me cuesta soltar y delegar cuando estoy en casa.

—¿Cuándo él está acá, se lleva a los chicos con él?

—Fue todo muy paulatino: al principio los chicos no se quedaban a dormir con él, después empezaron a ir una vez por semana y Toro pidió ir también otro día. Sebastián estaba encantado. Fuimos probando cómo funcionaba y salió muy bien, así que desde febrero hasta julio que estuvo acá, se iban felices dos veces por semana a su casa. Cuando vuelva, retomarán.

—¿Te animás a irte dos semanas de viaje con una amiga sin los chicos?

—Nunca me fui ni una noche, pero tampoco digo que esté bien, ¿eh? Me cuesta soltar. Tengo gente que trabaja en casa y se ocupa un montón, pero a los chicos me cuesta delegarlos. Los baño, les doy de comer, los hago dormir. Por eso me costó tanto toda la vida hacer teatro, ahora acepté porque se van dos veces por semana con Sebastián y los días que se quedan conmigo pueden dormirse tarde porque al otro día no tienen colegio.

—Una se queja de la carga mental, pero también hay que aprender a delegar.

—Exacto, y me costó un montón. Sufría mucho los primeros días que se iban a dormir con Sebi, después le encontré el gustito y empecé a juntarme los jueves a comer con mis amigas. Al gordito lo tengo conmigo, obviamente, porque toma teta y es muy chiquito.

—Hay una paternidad con tu hijo mayor que también se terminó de construir.

—Sí, re. Siento que el vínculo entre Sebi y Toro terminó de forjarse cuando fue una elección de ellos y dejó de ser algo que venía en el combo conmigo. Cuando nos separamos, pudieron encontrarse entre ellos sin que yo estuviera en el medio. Sebastián dejó de tener la obligación de aceptar a Toro y Toro tampoco tenía que verlo si no quería. Ahí se terminaron eligiendo de una manera genuina.

—¿Te dio miedo que eso no sucediera y que fuera un dolor para tu hijo?

—Sí, me dio miedo, pero no fue un impedimento para tomar la decisión. Me pesaba mucho pensar en toda su familia porque la mía ya no vive en la Argentina y mis hijos tienen a sus primos, a toda la familia Graviotto Süller con quienes tenemos una relación hermosa. En terapia me angustiaba pensar: “¿Con quién voy a pasar Navidad este año?”. Me preocupaba que los chicos perdieran ese vínculo. Después todo se fue reorganizando y, posiblemente, podría pasar Navidad con los Graviotto feliz de la vida. Yo necesito pasar las fiestas con gente. Una vez me fui embarazada, a punto de parir, con los dos chicos, a la casa de una mamá del colegio que no conocía, imaginate.

—¿Y qué pasa con tu familia en las fiestas?

—La mejor, pero mi hermano más grande vive en Valencia, mi hermana Vale vive acá y mis otros hermanos también están por el mundo: Bautista en Portugal y Renata en Barcelona. Mi papá suele estar en Uruguay con Flor, donde siempre estamos invitados, pero los pasajes son carísimos porque somos veinte.

—Pero a vos te mantienen tus padres.

—A mí me mantienen. (Risas). La gente piensa de verdad eso. Me ayudaron muchas veces cuando lo necesité, pero no.

—¿Cómo fue el parto de Chimi? ¿Te molestó que Sebastián no estuviera?

—No, al principio pensé que iba a parir vaginalmente, como a mis otros dos hijos, y es un momento muy íntimo, en el que necesitás estar tranquila y enfocada, en el planeta parto, entonces me parecía mejor que no esté. Sentía que con él me iba a resultar incómodo porque ya no teníamos ese vínculo íntimo, entonces quería hacer todo el proceso sola y que alguien lo llamara cuando el bebé estuviera por nacer, pero también me preocupaba cómo iba a decirle que no quería que estuviera durante ese proceso. En algún punto, siento que me alivió. Después terminó siendo una cesárea y pensé: “Bueno, ya está”. Iba a estar aterrada y sufriendo, estuviera él, mi mamá o quien fuera.

—¿Cómo te dijo que no iba a estar?

—Me dijo: “Tengo una clase el 24. No llego”. Y listo (Risas).

—Aunque en realidad te alivió que no esté, ¿fingiste un enojo?

—No. No lo iba a obligar y él se lo perdió, qué sé yo. Y siempre está eso de sentir el olor, el cuerpo y la respiración de tenerlo en el pecho los primeros minutos y la primera persona que te lo lleva. Mi mamá estaba feliz de que Sebastián no fuera porque pudo estar ella. Después se jacta de que trajo al bebé al mundo. “Yo lo agarré y lo puse por primera vez”, dice, te lo discute ella. (Risas).

—¿Pudiste sola con los chicos y el bebé?

—Me armé un gran equipo. Los Graviotto y Esteban Villarreal, que es mi padrino y como un tío para los chicos, se instalaron en mi casa para contener a los dos más grandes. Además, tengo una señora que trabaja en casa y se quedaba a dormir.

—¿Cómo estás con la vuelta al teatro?

—Estoy re contenta y me está haciendo muy bien. Es la primera vez que le doy mamadera a un hijo, aunque sea con mi leche, porque me da culpa. Pero me parece que me hace bien aprender a soltar un poco. Nunca había dejado de ir a buscar a mis hijos al colegio, siempre organizaba mis trabajos para poder hacerlo y de repente acepté una obra con ensayos justo en ese horario. Le escribí a Laura, la asistente de dirección, y le dije que no sabía si iba a poder resolver quién los buscaba. En dos horas encontré a la nanny Uber que me salvó. Acepté solo porque es esta obra; si no, no me hubiese atrevido a decir que sí. Fue un impulso.

—¿Ese cambio tuvo que ver con encontrar a alguien que los buscara o con aceptar que las cosas se pueden resolver sin vos?

—Un poco de las dos cosas. La vida y la separación me fueron obligando a soltarlos y a perder el control por momentos. También la edad de Toro: ya tiene diez años y empezaron los campamentos y las actividades. Obviamente no le voy a decir que no, pero la paso como el orto.

—¿Lo dejás ir a dormir a casas de amigos?

—En general, sí, cuando son familias que conozco y tengo confianza. También recibo mucho en casa. Ahora me toca la primera gira de rugby y me estresa un montón: son cinco horas en micro y no nos dejan ir, solo van los entrenadores.

—¿Sebi acompaña en estas ansiedades tuyas?

—Le pasa un poco lo que le pasaba a mi mamá, que le cuesta entenderlo. Mi mamá después lo terminó entendiendo, pero él es lo opuesto: extremadamente relajado.

—¿Hoy tenés una relación fluida con él?

—No hablamos mucho, la verdad, pero tenemos buena onda. Si hablamos, hablamos bien. Me da una fiaca llevarme mal con alguien a quien voy a tener que ver durante tantos años.

—¿Por ahora no tenés ganas de volver a estar en pareja?

—Estoy muy embobada con el bebé, tengo la libido muy puesta ahí. La gente me pregunta si ya tengo ganas de tener pareja y yo pienso que no, tengo más ganas de un novio que de coger, perdón. (Risas). Pero sí, me gustaría tener una pareja en algún momento. Lo que no tengo son ganas ahora, entonces suelto.

—¿Y estás preparada para que Sebastián tenga una pareja?

—No sé. Siento que ahí me puede jugar una mala pasada el ego. Soy consciente de que estaría buenísimo, sobre todo si los chicos se llevaran bien incluso me tranquiliza más que haya una mujer en la escena. Si llegara a pasar, tengo claro que no debería interferir en que los chicos vayan o no con él.

—Juguemos: no puedo, no quiero, no me animo. ¿Delegar completamente las noches de tus hijos?

—No puedo, ahora con un bebé de siete meses, menos.

—¿Dejar Instagram durante un mes?

—No puedo, no quiero y no me animo.

—¿Pasar una semana sola, sin ninguno de los chicos?

—No me animo y no quiero.

—¿Volver a convivir con un hombre?

—Ninguna porque hoy no existe, pero soy re familiera y me copa.

—¿Dejar que tus hijos pasen una temporada con Sebastián en la nieve?

—No quiero, no me animo, no puedo. Me lo preguntan mucho: “¿Por qué no se los lleva?”. La realidad es que él va a trabajar de sol a sol, sale a la mañana y vuelve a las cinco de la tarde. ¿Qué van a hacer los chicos mientras tanto? ¿Se van a quedar solos en la nieve? Prefiero que estén conmigo. Y él también, ¿eh? No es que yo no los dejo ir.

—Entonces, la carga mental te estresa, pero también te hace bien estar ocupada.

—Sí, me estresa y colapso. Pero también me hace bien porque, si tengo mucho tiempo al pedo, pienso cosas y me agarra ansiedad. Con el primer parto me dediqué full maternity porque era lo que quería. Con Beli ya tenía otro hijo y la vida seguía: volví de la clínica y al día siguiente llevé a Toro al colegio. Y con Chimi también tenía una necesidad económica. Me había mudado y tenía que terminar de pagar la casa, además de los gastos del colegio, que se fueron al carajo. Hay mujeres que necesitan pasar cuarenta días en la cama con el bebé y está perfecto, a mí me hace bien estar ocupada, aunque después me canse. Una cosa no quita la otra: estoy feliz y cansada. ¿No se puede estar feliz y cansada?

—Obvio. Una puede valorar su presente y quejarse también.

—Exacto. ¿Para qué tuviste hijos si te vas a quejar? ¡Dejame quejarme un poco! Se quejan todas en algún momento de la vida.

—¿Te quejás con Sebastián, con tu mamá? ¿Con quién hacés catarsis?

—En Instagram. (Risas).

—Y ahí aparece el para qué tuviste hijos.

—Bueno, me chupa un huevo. Aprendí después de tantos años de trabajar con las redes sociales. Alguna vez me salta la térmica, sobre todo cuando siento que me sacan de contexto y hacen juicios de valor sobre algo que no dije o no hice.

—¿Quién sos de estas ocho mujeres en escena?

—Soy Catalina, la hija menor. Es una comedia muy divertida, pero que tiene su enrosque, no es liviana. Cada actriz hace el mismo personaje que hicimos hace quince años, salvo las dos que pasaron a mejor vida que son Hilda Bernard y Norma Pons, que las reemplazan Linda Peretz y Marita Ballesteros. Y después seguimos: María Leal, Emilia Mazer, Silvia Pérez, Mónica Villa y Cecilia Dopazo.

—¿Qué te permitió animarte?

—Me alivió saber que en octubre Sebastián iba a estar acá y que los chicos se iban a dormir con él dos veces por semana. Lo que más me estresa es pensar que se van a dormir tarde porque yo no estoy y al otro día tienen colegio. Me entra la culpa por hacer un trabajo que podría no hacer. No es que, si no hago la obra, los chicos no van a comer o no voy a poder pagar el colegio. Pero también tenía muchas ganas de hacerla.

—Pero evidentemente hay una necesidad que va por otro lado.

—Re. Por eso te digo, dije sí y de alguna manera lo resuelvo y chau. A lo sumo, bueno, se dormirán tarde una vez, le encontraremos la vuelta. Y ahí me sumé a esta aventura. Estamos chochas, se vienen vendiendo bien las entradas, que se pueden comprar por Plateanet o en la boletería del Multiteatro. La van a pasar bárbaros si la vienen a ver, de verdad.

—Me encantó charlar con vos. Espero que hoy no te haya llegado antes algún Evatest o algo.

—No, no. Si me llega, es de otro ser. (Risas).

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