A mediados de la década de los noventa, la voz de Twiggy irrumpió en las radios con la fuerza de un fenómeno imparable. De una infancia humilde en la zona oeste del Gran Buenos Aires —marcada por el sacrificio de sus padres y una casa donde la música era refugio—, Sandra Mariela Vázquez pasó a escalar los rankings del país, ubicando sus canciones por encima de figuras internacionales y vendiendo decenas de miles de discos. Sin embargo, en el punto más alto de la exposición masiva, la industria le mostró su cara más cruel: un cambio de gestión discográfica la dejó atrapada en un contrato que la congeló, guardando su carrera en un cajón y llevándola a una profunda depresión.
Sin la existencia de redes sociales para explicarle a su público por qué había desaparecido de un día para el otro, Twiggy inició una larga reconstrucción personal. Rescindió su contrato a cambio de su nombre y su libertad, aprendió el oficio de peluquera y decidió alejarse a Bariloche para formar una familia y reinventarse lejos de los medios. En esta entrega de La vida después, reconstruye el dolor de aquella parálisis, el recuerdo de la hermana que le salvó la vida en sus peores momentos, la sorpresa de sus hijos al descubrirla en YouTube y la felicidad de saberse hoy una artista verdaderamente libre.
Luis Novaresio: ¿Dónde nace Sandra Mariela Vázquez?
Twiggy: Nací en Capital y viví toda mi vida en Provincia, en Ituzaingó. Precisamente ahí es donde crecí y donde formé a mi grupo de amigas de toda la vida.

LN: Pintame cómo era tu casa.
T: Al comienzo mi casa era “de cartón”, se podría decir, era una casita muy humilde. Tenía un papá que trabajaba mucho, una mamá que nos cuidaba y mi hermana, tres años más grande que yo, que hacía un poco de cuidadora mía también. Recuerdo que esa casa era muy pequeña. La cocina chiquitita, al lado de un comedor pequeñísimo. Había un living muy chiquito también, la habitación de mis padres y la habitación donde yo dormía con mi hermana en cama cucheta.
LN: ¿Faltó de comer alguna vez?
T: No faltó de comer, pero de más grande me di cuenta de que mis viejos resignaron muchas comidas con nosotras.
LN: El clásico “no tengo hambre”, para que coman ustedes, ¿no?
T: ¿Sabés que sí? Aprendí muchas cosas de ellos… Mi mamá venía del campo, eran 14 hermanos rusos-alemanes de Crespo, Entre Ríos; y mi papá que salió a laburar desde muy joven. Él tenía un padre con muchas adicciones, mientras su mamá —mi abuela— llevó adelante la casa siendo enfermera de la Cruz Roja. Fue de mucho sacrificio, trabajamos mucho para que no nos faltaran las cosas.
LN: ¿La música sonaba mucho en casa?
T: Sí, Luis. Te digo que fue mi salvación y lo que es hoy en día: mi canal de la vida... Hace poco encontré un disco de pasta de mi viejo, que dice de un lado No puede ser y del otro Flequilluda: son dos canciones que él le compuso a mi mamá. Mi mamá, se vino para Buenos Aires con otra hermana porque su madre no podía sustentar a tantos hijos. En la familia ruso-alemana estaban los preferidos y los que se “descartaban” para que fueran a laburar. Mi mamá era una de las que tenía que salir a trabajar. Cuando comenzó la primaria, a los nueve años, la sacaron del colegio y la mandaron a trabajar al campo a recolectar algodón, porque no alcanzaba la plata. La trajeron a Buenos Aires, gracias al cielo, porque vino a trabajar a la casa de una prima y todos los meses le mandaba la plata a su mamá. Hace poco me enteré de que la hermana con la que vino, como lloraba tanto, se volvió con la familia a Entre Ríos y quedó mi madre sola. Pasaron los años y ahí conoce a mi padre. Mi papá era muy musical: tocaba el bandoneón, la guitarra, el teclado... Conoce a mi mamá y se enamora profundamente. Cuando la vio, se quedó esperándola afuera de un supermercado desde la mañana hasta la tarde, porque mi mamá no salía. Hoy sería un acosador (risas).

LN: Ella no quería salir para no cruzarse con tu viejo.
T: Tenía miedo... Hasta que mi papá, con las mejores intenciones, habló con ella. A partir de ahí nunca más se separaron. Mi papá escuchó la historia de mi mamá y le dijo a mi abuela, su mamá: “Yo la quiero ayudar, me siento enamorado. ¿Qué podemos hacer?”. Y mi abuela le dijo: “Bueno, hijo, si querés, traela a casa”. Ahí ella se despegó de ese trabajo y tuvo la contención de una familia.
LN: ¿Cuándo escuchaste por primera vez tu voz y dijiste “esto suena bien”?
T: Te voy a ser sincera: desde que tengo uso de razón. Creo que canté desde que nací, pero soy consciente desde los seis años. Para mí ese mundo era mágico: en la casa de mi abuela se escuchaba tango; mi papá tocaba sus instrumentos; y mi abuela con la hermana de mi papá cantaban lírico. Era todo muy musical. Yo decía: “Quiero grabar un disco, quiero grabar un disco”. No sabía cómo iba a llegar verdaderamente, pero mi sueño lo tenía muy claro desde chica.
LN: ¿Y cómo llegaste?
T: Había empezado con CAE en ese entonces. Pero pasaron situaciones en un canal donde CAE nos echa a mí y a otra chica. En ese entonces su representante era Bernardo Bergeret, un groso, mi maestro y mentor. Bernardo me llama y me dice: “A mí no me importa, no quiero que trabajes más con él”. Me cerraron la puerta cuando yo no tenía nada que ver con el problema. Caí en la misma bolsa por cosas ajenas. Duré un Ritmo de la Noche. Se me vino el mundo abajo… A partir de ahí me llama Bernardo y me dice: “Bueno, traete algo así escucho”. Le llevé algo muy rústico. Enloqueció cuando me escuchó y me dijo: “Listo, a partir de mañana venite que empezamos con el repertorio”. Ahí mi vida hizo un giro de 360 grados, toqué el cielo con las manos.
LN: Ahí vino el primer éxito. ¿Tomabas nota de lo que estaba pasando? Porque no era un éxito común, era un gran éxito.
T: En realidad no era tan consciente. Primero por la edad: no tenía la madurez que tengo hoy a los 50 años. Tampoco había redes sociales, la difusión era a puño y letra, el boca en boca, las cartas con dibujos. Todavía conservo cartas con mensajes de amor de la gente. Bernardo Bergeret me dijo con total sinceridad: “La compañía te va a apoyar durante tres meses; si a la gente no le gustás, chau”.

LN: Te bancaban tres meses en BMG. ¿Y qué pasó?
T: Y arrancó… Empezó a escalar y no sabés lo que fue: a moco tendido de la emoción al escucharme por primera vez en la radio. La canción empezó a subir en los rankings: sexto puesto, quinto, cuarto, ¡primer puesto!
LN: ¿Ahí era No está?
T: Empezamos con No está, de los compositores italianos Valsiglio, Cremonesi y Cavalli. Después vino la versión de Laura Pausini, pero la gente en español conoció primero mi versión. Yo no lo podía creer: estaba en el primer puesto por encima de mis ídolos, como Madonna y Michael Jackson. La gente siguió votando y se mantuvo semanas en el número uno. Mis amigas de Ituzaingó me decían: “Flaca, te escuchamos hasta en la sopa”.
LN: Y después vino Bajo la luz de la luna.
T: Claro, Bajo la luz de la luna también se sostuvo en los primeros puestos. Hicimos un video precioso con Santiago Pueyrredón, un talentoso total que ya falleció. Era una canción de Los Rebeldes.
LN: ¿Tus viejos estaban contentos?
T: No sabés la felicidad de mis viejos, eran mis fans número uno. Para mi papá era el reflejo de lo que él quiso ser. Jamás me presionó; al contrario, yo buscaba su aprobación constante. Cuando le dije “voy a grabar un disco”, no me creía. Yo era menor de edad y me tuvo que acompañar a firmar el contrato. Él no podía creer que yo misma hubiera gestionado todo.
LN: Después de No está y Bajo la luz de la luna, viene Necesito un amigo, aparecer en televisión... ¿Qué te pasaba cuando te reconocían por la calle?
T: A mí me fascinaba, me gustaba mucho el afecto y el intercambio de cariño con la gente. Siempre estuve predispuesta para el autógrafo y la foto, porque estuve del otro lado y lo peor que te puede pasar es desilusionarte con un artista que querés. Nunca quise perder la autenticidad.
LN: Éxito total, sonando en las radios, apareciendo en la tele y, de repente, te fuiste a Bariloche. ¿Por qué te fuiste?
T: Pasó de todo. En ese momento la industria discográfica atravesó muchas fusiones de compañías. Cambió la presidencia de la discográfica y me frizaron. Bernardo Bergeret me dijo que no podía hacer nada. El nuevo presidente agarró mi contrato y me dijo que me guardaban en un cajón.
LN: ¿Te frizó sin ningún motivo?
T: No me dio explicaciones. Ahí entré en una depresión absoluta y tuve ataques de pánico, que hace 30 años nadie sabía lo que eran. Yo sentía que me moría. De estar en mi mejor momento, pasé a sentir una crueldad enorme: me rompieron el corazón, mi historia y todo lo que había construido. Mi hermana fue mi salvadora: venía corriendo con el nebulizador a tranquilizarme cuando sentía que no podía respirar. Terminé un año en cama por la depresión, totalmente cancelada, sin herramientas… y muy joven.
LN: ¿Y cómo te vas al Sur?
T: Pasó un año y mi viejo me ayudó a salir de la cama. Le dije: “Papá, necesito sacar este contrato de esa heladera, no me dejan hacer nada”... Y renuncié a todo y me quedé sin un peso, por mi libertad y mi nombre. Me acuerdo que el contrato de rescisión decía “30 pesos”. Decidí que no me iban a volver a tirar. Enfrenté toda esa situación con un abogado y rescindí el contrato. No me importaba la plata, me importaba mi libertad y mi nombre. A partir de ahí me empecé a reconstruir: estudié teatro, me instruí en técnica vocal —hoy sigo dando clases de canto— y estudié baile.
LN: Te liberaste de esa situación, pero había que salir adelante de alguna forma. ¿De qué laburaste en ese tiempo?
T: Me recibí de peluquera. Me gusta la estética y empecé a atender a domicilio. Después trabajé con Mariano Peluffo en televisión haciendo un programa para chicos, e incluso hice seis años de trapecio. De ahí me fui al Sur porque un amigo me ofreció trabajo en su peluquería en Bariloche.
LN: ¿Y qué te decían tus clientas cuando ibas a peinarlas a domicilio? “¿Vos sos Twiggy?”.
T: Sí, me amaban. Como no había redes sociales en esa época, yo no tenía forma de explicarle al público lo que me había pasado ni por qué me había ido de golpe. Necesitaba saber si mis canciones habían significado algo para ellos.

LN: Te fuiste a probar suerte a Bariloche y te quedaste diez años.
T: Me quedé diez años porque conocí a Fernando, el papá de mis hijos, y formamos una familia. Allá me metí en una banda de música infantil llamada La Camagüita y en otra de funk llamada Lado Funk. En 2006 nació mi primer hijo, Galo, que hoy tiene 20 años, y canté hasta los siete meses de embarazo.
LN: Pasaste de estar primera en los rankings por encima de Madonna a cantar funk en Bariloche y trabajar en una peluquería. ¿Tuviste síndrome de abstinencia del éxito?
T: No sé. Quizás quería saber qué había significado para la gente. Cuando me abrí las redes sociales, empecé a recibir mensajes de un amor y un cariño increíbles. No tengo haters. Sentí una gratitud enorme.
LN: Escribiles ahora a los que no les pudiste contar nada cuando te fuiste: ¿Qué les decís?
T: No tuve la oportunidad de despedirme en su momento, pero sí tuve la oportunidad hoy de volver para abrazarlos, contarles mi verdad y continuar esta historia musical. Hoy estoy de nuevo para cantarles y compartir lo que significó cada canción. Me siento bendecida y eternamente agradecida.
LN: ¿Y qué le dice esta Twiggy a la chica que volaba con el éxito de No está?
T: Que sigamos para adelante. Dios me dio la oportunidad de estar acá y nadie me va a frenar; solo la muerte. Soy como el pájaro que canta hasta morir. Hoy soy dueña de mi vida, de mi historia y de mi música. Hago todo de forma independiente, a pulmón. No tengo plata, pero tengo el amor de la gente y eso no se compra, se gana.
LN: ¿Le tuviste que contar a tus hijos que eras una estrella de la música?
T: Dejé que me descubrieran solos. Cuando eran chiquitos, en Bariloche, me descubrieron mirando videos en YouTube. Mi hijo Galo me miró desde la computadora y me dijo: “¡Mamá! ¿Vos fuiste famosa?”. Les dije que sí, que había vivido un momento maravilloso y se sintieron muy orgullosos.
LN: ¿Dónde te podemos ver cantar?
T: Formamos un grupo hermoso de colegas de los 90 con Machito Ponce, Jazzy Mel, Leo García, El Símbolo y varios más. Hacemos el festival Dimensión 90s. Es una fiesta donde la gente va a recordar los éxitos de esa época y a pasar un momento de felicidad.
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