“Yo fui difícil con mis padres en su momento y la verdad es que se portaron muy bien. Hago terapia desde que tengo 14 años. Tenía mucho conflicto conmigo, con lo social, con la interacción con el prójimo”, reconoció Minerva Casero durante una entrevista en Casino Deluxe, el ciclo de entrevistas de Infobae.
Minerva es actriz, cantante y compositora. Hija del actor y humorista Alfredo Casero y de la artista Marisa Rogel, comenzó su carrera en televisión con Esperanza mía y, desde entonces, participó en ficciones como Heidi, bienvenida a casa, Simona, Argentina, tierra de amor y venganza (ATAV), El Reino, Yosi, el espía arrepentido y Viudas negras, además de protagonizar la película Linda.
Actualmente, atraviesa uno de los mayores desafíos de su carrera al ponerse en la piel de Anastasia en la versión argentina del musical que se presenta en la avenida Corrientes, un rol para el que se preparó durante meses en actuación, canto y danza.
Acostumbrada a la exposición desde temprana edad, Casero mantuvo una conversación sincera sobre la vulnerabilidad, los miedos y la construcción de la identidad. A lo largo de la entrevista reflexionó sobre su vínculo con la mirada ajena, la influencia de su familia, el lugar que ocupó la terapia en su desarrollo personal y los desafíos que enfrenta tanto en su vida como en su carrera, entre otros temas.

—¿En qué gastaría Minerva Casero un millón de dólares? El juego es así: me venís a pedir este millón de dólares y tenés que pensar para qué lo querés. Te voy a escuchar y a medida que me vayas respondiendo te voy a ir dando este millón. Te lo vas a ir ganando según cuánta verdad me pongas sobre la mesa.
—¡Qué difícil! Una parte la destinaría a la comodidad: a estar tranquila, a tener una vida cotidiana con gustos y placeres. Otra parte, como me gusta mucho invitar, hacer regalos, especialmente a amigos, familia y pareja, lo usaría para poder hacer eso ilimitadamente porque me gusta y me tienta. En general, me gusta mucho tener gestos. También trataría de asegurar la tranquilidad de los míos, de los más cercanos. Y después una parte la destinaría... Me imagino que lo que más te dice la gente acá es: “Lo invertiría en...”
—Ha habido de todo.
—¿Mucho auto deportivo compran con este millón? (risas) Para resumirlo. Yo lo dividiría principalmente en: una cosa de comodidad, proveer a los míos de alguna forma o estar tranquila con que mi gente alrededor está bien. Una parte seguramente sí sería para tomar algún riesgo, es decir, invertir en alguna cosa que me resulte interesante o que yo quiera hacer, por ejemplo, sostener algún proyecto o algo de eso. Y una parte me gustaría compartirlo con alguien que lo necesite. A mí me enternece particularmente los niños, las infancias y la gente muy grande, los abuelitos. Me gustaría contribuir con algún espacio. Y obvio que se me ocurren un montón de cosas de que me gustaría hacer, lugares que me gustaría conocer, pero no siento que dependan necesariamente de este millón. La vida puede acercármelos en otro momento.
—Contame cómo estás con tu gran proyecto actual, Anastasia. Sé que es increíble lo que hacés arriba del escenario, que te formaste mucho y que la obra en sí está muy bien hecha y es impresionante.
—Estoy muy contenta. Es la gran apuesta, hay mucha gente y creo que se materializó de una manera muy especial. Es un grupo humano muy lindo. Por ahí la gente no ve cuando lo viene a ver, pero ojalá lo perciba...
—De alguna manera se ve.
—Yo supongo que sí. Al menos nosotros, los que hacemos la obra, nos sentimos muy cómodos trabajando juntos y eso es bueno para el proyecto porque contribuye positivamente al proyecto. Y después me llena de emoción y de vida salir del teatro y ver a tanta gente emocionada con lo que hacemos. Es el trabajo de mucha gente que pone su detalle. En el vestuario, botón por botón, sastres haciendo todo, poniendo diamantito por diamantito. Yo tengo una peluca, por ejemplo, que está hecha pelo por pelo. Y el hecho de poder pensar en que un montón de gente hizo cada cosa pensando en un proyecto tan lindo y que eso llegue a la gente de alguna forma y sea parte de la fantasía que uno va a ver, me imagino que se debe ver increíble. Cuando uno sale y ve que por ahí está una persona grande súper emocionada, un chiquito, un adolescente, como que es transversal a todas las generaciones. Porque tiene un dejo muy humano la historia, una búsqueda de identidad en el personaje. Es como esta cosa de ir haciendo un viaje en el que va conociendo amigos, el amor, planteando dificultades. Una especie de representación de la vida, ¿no? Y es muy lindo ver cómo eso repercute en la gente que lo va a ver. A mí me produce mucha emoción.

—¿Por cuánta plata cambiarías a tu novio actual por una cena con Chris Pratt?
—¡No! No hay plata que valga. Además, Chris Pratt está verdaderamente casado, tiene hijos, está en otra... Ya se me pasó. Fue un momento, después no me gustó más. Como que ahora no sé, tendría que pensar un nuevo crush, no sé quién.
—¿Y ese crush fue de una Minerva de cuántos años?
—Más tipo 18 años, una cosa así. También él estaba como más, no sé. Después se puso como muy superhéroe y muy padre y muy no sé qué… Ahora me tendría que gustar otro, pero no sé cuál.
—¿En ese momento qué era lo que te gustaba?
—No sé, la naricita me gustaba. Tenía una naricita muy linda. Ni me acuerdo. Pero fue como un flechazo. Ahora no sé quién sería mi hombre...
—Y tu hombre actual, que es tu pareja.
—Mi hombre actual.
—Sin exponerlo mucho, porque sé que es una persona que sé que no es del medio, pero ¿qué es lo que sentís que te tiene tan enamorada, qué admirás de él y te hace sentar las bases hacia esa dirección?
—Hay algo muy interesante de las diferencias, ¿no? Que en principio hay una creencia muy popular de que en realidad uno se tiene que parecer mucho al otro para poder formar algo y para mí es re interesante cuando el otro es distinto. Es un gran desafío, porque uno tiene que dejar un montón de cosas de lado, como creencias que uno tiene, maneras, formas que cree que son el estándar, cuando del otro lado por ahí tenés otra persona. No sé, yo soy muy para afuera, me gusta decir todo lo que siento, todo lo que pienso y por ahí del otro lado no. Entonces, por ahí la manera de contener al otro es distinta. Hay algo muy nteresante en aceptar a la persona como es, porque a uno le gusta la persona como es y no querer que la persona sea como uno quiere que sea. Porque en definitiva uno quiere que el otro sea como es uno. Que me parece bastante raro si lo digo en voz alta, ¿no?
—Aparte, hay algo natural que se da al principio: por algo una persona te atrae o tiene un magnetismo que forma parte de su manera de ser. Después, a veces sucede que uno intenta cambiar algo que genera incomodidad, pero que, al comienzo, fue justamente lo que más lo atrapó.
—A mí me gusta en particular que es muy alegre, es una persona con buena predisposición para las cosas, que eso es un montón realmente. Porque uno va creciendo y también dice: “guau”. Alguien que siempre frente a una circunstancia y elige ir hacia adelante o resolver o no, pero no elige tirar para abajo, ¿viste? Eso es algo muy importante y que siempre me gustó mucho.
—¿Y vos cómo sos respecto a eso?
—Y yo también soy muy para adelante. En eso somos muy compatibles. Pero bueno, tal vez yo frente al caos, ahora ya no tanto porque aprendí mucho de él, y hay algo muy lindo también en poder aprender del otro. Pero frente al caos yo antes me ponía muy nerviosa. Hoy por hoy paro la pelota y puedo pensar, que eso es algo que aprendí mucho de compartir con él. Y después mil millones de cuestiones más románticas y más íntimas de su sentido del humor, de su manera de ser... Me gusta también, que creo que es algo re importante, que también uno lo va adquiriendo: darse cuenta que la persona que tenés al lado es una gran persona por fuera de la relación que tiene con vos. Es maravilloso decir: “Es buen amigo, es buen hijo, buen hermano”. Eso es algo que una tiene que mirar mucho.
—Porque el amor a veces tiñe una parte de uno, ¿no? La forma en la que uno se muestra con esa persona que está amando. Pero después hay muchos otros roles que ocupás en la vida, en la sociedad, en tu propia historia, y ahí también aparecen muchas cosas, positivas o no.
—Claro. Y que componen la persona que es. Que puedas decir que la persona que tenés al lado es íntegra, para mí para mí es bárbaro y yo me muero de amor.
—Me encanta que estés tan enamorada.
—Sí, sí, sí. ¡Qué bueno que sirvió toda la terapia que hice en la vida, Emilia!

—¿Cuál sentís que fue tu punto de evolución si tenés que hablar desde el humor de esa Minerva previa a la terapia?
—La cosa es que hago terapia desde que tengo 14 años. Entonces, estuve muchos años haciendo terapia. Tuve mis momentos en los que me detuve por baches, etcétera. Momentos en donde por ahí necesité más, menos contención. Pero yo creo que siempre está bueno tener un espacio si uno se lo puede dar y también si uno puede hacer el trabajo correspondiente.
—¿No te traumó la terapia tan chica?
—No, la necesitaba. Mi madre me mandó, me llevó diciéndome: “Por favor, andá”. Y tenía razón, la verdad me sirvió mucho.
—¿Cuáles eran los aspectos de esa Minerva de 14 años en los que sentías que estabas trabada o que tu madre veía que necesitabas trabajar?
—Tenía mucho conflicto conmigo, con lo social, con la interacción con el prójimo, con mi relación conmigo misma. ¡Yo no quiero volver a tener 14 años! Por suerte no me va a pasar, por lo menos en esta vida no volveré a esa edad (risas). Tal vez cuando sea madre, en algún momento tendré una adolescente y veré cómo sobrevivo. Porque la verdad que… Yo fui difícil con mis padres en su momento y la verdad es que se portaron muy bien. Es una etapa muy complicada para todos, así que fuerza.
—¿Y qué rol tuvieron tus padres en tu adolescencia?
—Mi mamá me alineó un poco, me mandó a teatro. Como yo tenía por ahí esta dificultad de sentirme cómoda en los lugares, me mandó a un lugar en donde sintió que yo iba a poder expresarme o explorar un poco más la interacción con otros desde un lugar más cómodo para mí. Y fue muy bueno, muy constitutivo ir a teatro a esa edad. Y después me mandó al psicólogo, que también fue una buena opción. Atajó a tiempo mi madre ahí. Y con mi padre hacíamos muchos viajes juntos, en auto, un montón de horas. Algo que destaco de ambos es que siempre pude hablar las cosas, mis sentimientos y todo. A veces es muy difícil, a la mayoría de la gente le pasa, a mis amigos, mi gente cercana. Por ahí hay cuestiones que uno no charla tanto con los padres sino más con los amigos. Y si bien mis padres siempre tuvieron mucho límite en esto de “somos padre e hija, madre e hija, no somos amigos”, han podido escuchar emociones mías o cuestiones que por ahí como padres seguramente no hayan sido fáciles. Pero que yo necesitaba expresarles. Así que creo que un rol de escucha y de acompañamiento dentro de lo que un adolescente se deja.
—¿Y a dónde viajaban con tu papá?
—A todos lados. Mi papá es muy de la ruta. Le encanta manejar. Íbamos con los perros para todos lados, hemos ido por todo el país, pero mucho por Cuyo. Íbamos al Sur también. Un poco de todo. Después sí hemos hecho viajes más largos o afuera. Pero la realidad es que había algo muy cotidiano y muy lindo de ir a pasar el tiempo a lugares rurales, al campo. Que eso a mí también me resultó muy importante y más creciendo. Me ayudó mucho tener un lugar a donde conectar conmigo, bajar, un paisaje diferente, me sirvió.
—¿Cuál es el miedo con el que todavía convivís?
—¡Uf! Hay varios. Creo que hay un miedo que está muy ligado a la ansiedad y es que la vida se te escurra. Que no te des cuenta de que se te está pasando...
—Que se pasa el tiempo.
—Claro, de no poder tomar decisiones a tiempo o de no estar haciendo lo que debería. Por más de que estoy muy alineada con mis decisiones y en general soy muy de escuchar verdaderamente, de hacerme cargo de lo que quiero y de lo que no quiero. Naturalmente hay algo de la vida que sucede a pesar de uno. Y hay algo de eso que me da un poco de miedo, como de un día mirar y decir: “¿En qué momento...?" Que probablemente me pase. Pero no sé, de tener algún tipo de remordimiento... Al mismo tiempo sé que es inherente de la vida, pero bueno, son miedos que son un poco irracionales también.
—¿Cuál es tu mayor inseguridad?
—Yo creo que hay una dualidad que me genera inseguridad, que es lo que me gusta hacer y al mismo tiempo saber que hay un montón de gente mirando. Como que hay algo de que me genera inseguridad, que es como me gusta hacer algo, eso produce que mucha gente lo mire y gracias a que mucha gente lo mira puedo hacer lo que me gusta. ¿Qué pasa cuando la gente me mira? Como que hay algo de la mirada del otro que me genera cierta inseguridad. No sé si es la mayor inseguridad eso, sino que en el fondo tiene que ver con que uno quiere ser querido.
—Aceptado.
—Sí. Como que uno teme equivocarse también. Y cuando uno está por ahí más mirado, eso está más sobre la mesa, ¿no?
—O por ahí perder la atención, que te dejen de mirar. Capaz hay algo de hacerse cargo de eso.
—O si te miran, si me miran porque está todo bien, si me miran porque está todo mal. Creo que cuando uno elige un camino que tiene que ver con la exposición o lo artístico y mostrar lo que uno hace y demás, hay como un pacto con uno mismo y con el resto que tiene que ver con eso. Me gusta hacer esto, tiene que ver con lo que me pasa a mí, pero va a haber alguien mirando, va a opinar bien, mal, etcétera. Es parte del proceso. No lo tengo tan trabajado por ahí, ahora que me lo preguntás. Supongo que hacer algo mal, que no me quieran y esas cosas.
—¿Alguna vez identificaste que ese miedo limitó alguna de tus decisiones? ¿Sentiste que en algún momento dejaste de hacer algo para evitar exponerte a esa mirada ajena y, por consecuencia, a lo que pudiera generar?
—En algún momento sí, pero ya no. Y prefiero hoy enfrentarme a la dificultad del obstáculo, el miedo y todo lo que eso me genera versus quedarme sin hacer algo porque empecé a tener el miedo del tiempo (risas). Como que dije: “Ya está”. O sea, tengo que elegir un trauma y ya (risas).
—O parar la cabeza porque sino...
—Pero creo que tiene que ver con eso.

—Después de toda esta profundidad, vamos al juego más divertido para mí que es el “Yo nunca, nunca”. ¿Has jugado?
—Sí, alguna que otra vez.
—La primera dice: “Yo nunca, nunca pensé que era japonesa”.
—No es tan así. O sea, era un decir, era como que yo no veía la diferencia entre alguien que era asiático versus alguien que era occidental, físicamente. No es que yo decía “pienso que soy...”. Pero no veía una diferencia y después entendí de grande un montón de diferencias culturales, etcétera, o que físicamente había una diferencia muy grande. Pero algo de eso aplica...
—Vos fuiste a un colegio japonés.
—Sí, yo fui a un colegio japonés.
—Por eso también la cercanía a esa cultura te hizo por ahí tomarla de una manera más cercana que por ahí cualquier otra persona de este lado del mundo, lo ve como algo más exótico.
—Sí, también mi papá iba muchísimo a Japón por toda su carrera musical allá. Entonces había muchas cosas que yo tenía mucho más habituales. En ese momento por ahí no se comía tanto pescado crudo y en mi casa sí o teníamos juguetes y cosas de allá. Me traía las típicas chucherías japonesas, que lo más lindo del mundo. Entonces, cuando entré al colegio, yo tenía la cartuchera del cosito, del gatito o de no sé qué. No sentía una diferencia cultural, porque estaba muy empapada de todo eso. Obviamente, después sí, hay un montón de diferencias. No necesariamente las sentí, pero sí obviamente las entendí.
—¿Y vos aprendiste japonés en ese colegio?
—Aprendí japonés. Lo tengo muy oxidado. O sea, hablo como un niño hoy por hoy. Mi idea es irme a Japón, pero realmente quisiera hacer un viaje de un mes y por suerte en este momento tengo mucho trabajo y muchas cosas y no es posible para mí irme esa cantidad de tiempo. Con tantos años de estudio hablo como un niño porque no estoy acostumbrada a hablar todos los días en lo cotidiano. Quizás si estuviera por ahí más conectada con eso, seguramente recordaría muchísimo más.
—La segunda es: “Yo nunca, nunca quise cambiar mi nombre”.
—Tengo que beber, porque sí quise.
—¿Por qué te quisiste cambiar? Es re lindo Minerva, a mí me encanta.
—Ahora es muy habitual que los niños se llamen con nombres por ahí menos escuchados o nombres muy antiguos, ¿viste? Que antes eran como nombres más de persona grande o más raros. Pero cuando yo era chica no era para nada común y, de hecho, generó medio un revuelo cuando me pusieron Minerva en mi familia y demás, porque era como un nombre raro. Y me preguntaban y me preguntan todavía si es mi nombre artístico.
—Claro, es que sigue siendo un nombre singular.
—Pero hay niñas ya, ahora hay niñas que se llaman así. Me enteré que hay nuevas generaciones de Minervitas.
—Hay una marca muy importante de algo usado sobre la mesa que se llama así y lo pueden asociar también, ¿no? Pero tu nombre tiene un significado muy lindo.
—¿Vos te diste cuenta que mi apellido es hecho en casa? O sea, casero. Y el nombre es…
—¿Te han dicho muchas veces cosas por eso?
—Sí. Igual me da mucha risa. Y sí, típico. Siempre me relacionan con eso. Pero Minerva es la diosa de la sabiduría, la justicia, las artes. Es un nombre muy fuerte.
—¿Qué origen tiene?
—Es romano. Minerva es la diosa romana de la sabiduría, las artes, la que plantó el primer olivo. Es como que tiene un CV larguísimo. Hizo todo. Es la versión romana de Atenea, así que es prácticamente lo mismo. Son las dos diosas de todo. Patrona de Roma, patrona de Atenas, Atenea, todo lo que te imagines mitológico, espectacular, estuvo por ahí.
—Estás súper bendecida con tu nombre. Con esa concentración cultural, me imagino que te debe fascinar tirárselo a cualquiera que te diga algo con tu nombre, tu apellido y todas esas connotaciones.
—No, igual no me molesta nada. Olvídate. Ya está. Somos todos adultos. Pero así cuando sos chico te pasa que decís: “Me quiero llamar con otro nombre. Qué vergüenza”. Hay algo de la R con la V que es muy fuerte (risas). Ahora no quiero. Minerva está bien. Es un gran nombre y de por sí es muy artístico.
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