“Me convertí en un electrodoméstico”: la dura reflexión de Micaela Mendelevich sobre su vida antes de separarse y la exigencia de sostener el núcleo familiar

En Ellas, la periodista habló sobre el impacto que tuvo la maternidad en su identidad, el proceso de reconstrucción que atravesó tras el divorcio y el valor de recuperar la libertad, la independencia económica y los espacios propios para volver a conectar con sus deseos

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Ellas - Micaela Mendelevich

“A mí el deseo de la maternidad me llevó puesto todo el resto. Mi deseo era mío. Pero medio que se me apagó el resto del planeta”, así describió Micaela Mendelevich la intensidad con la que vivió la maternidad y el impacto que tuvo en su vida personal y profesional en Ellas, el ciclo de entrevistas de Infobae.

Madre de Rocco y Nina, la periodista aseguró que, con el tiempo, comprendió la necesidad de establecer límites para no perderse a sí misma en el proceso, un aprendizaje que la llevó a valorar la autonomía económica, la escucha interna y la importancia de preservar espacios para su familia.

Además de su trabajo en los medios de comunicación, Micaela es licenciada en Historia del Arte. Tras desempeñarse durante más de una década en importantes museos de la Ciudad de Buenos Aires, entre ellos el Museo de Arte Moderno, orientó su carrera hacia el periodismo.

Actualmente conduce Finjamos Demencia, por Radio Ciudad (AM 1110), e integra el equipo de Infobae al Regreso, donde aborda temas de actualidad con especial foco en la cultura. Además, escribe columnas y realiza entrevistas sobre sociedad, cultura y actualidad, espacios desde los que reflexiona sobre la maternidad, el trabajo y los desafíos de la vida contemporánea desde una mirada personal.

Ellas - Micaela Mendelevich 2/7/26
Micaela Mendelevich: “Me encanta la libertad, la independencia económica y la posibilidad de decidir sin tener que explicarle a nada a nadie"

—He leído algunas cosas que has escrito superinteresantes, aparte de tu arte, tus dibujos, tus pinturas, y, y me parece, como siempre decimos acá, que hay mujeres que inspiran y que tienen mucha resiliencia en sí mismas y creo que son historias que interpelan a otras que están del otro lado. ¿En qué momento de tu vida te encuentro?

—En uno espectacular. Además te escuchaba decir eso y yo en verdad me la paso compartiendo cosas de mi mirada más íntima, de lo que tengo adentro, ¿no? O sea, con los dibujos, escribiendo. Pero nunca en este formato. Y soy muy curiosa, así que estoy acá como diciendo: “A ver qué se siente con esto”. Me divierte un poco (risas). Estoy en el momento de... ¿viste cuando cuando pedaleás, pedaleás, pedaleás, y en un momento soltás los pies y vas con el envión? En ese momento que decís: “¡Qué placer esto!”. En ese momento estoy. Estoy en el momento del vientito, que es muy hermoso. Porque me costó un montón.

—Como de un tiempo de cosecha, ¿no?

—Sí y también un momento de calma que hace mucho que quería, anhelaba y me estaba costando. Y además es una situación medio promedio, según lo que veo: separación, tres años después, cierta estabilidad. Me doy cuenta que lo que me pasa a mí, que me separé hace tres años, el promedio de divorcios después de la separación en la ciudad de Buenos Aires es un año y medio. O sea, separación, un año y medio, divorcio y yo creo que calma y estabilidad llega a los tres años.

—¿Asocias este momento de cosecha, de paz, a ese tiempo de proceso que uno tiene que darse como para cambiar de etapa en la vida?

—Sí. Porque el divorcio y la separación es una transición. Yo estuve juntada 17 años, casada menos, porque nos casamos a los pocos años de vivir juntos. Pero es un cimbronazo tan grande separarte después de tanto tiempo, reacomodarte con el laburo, los chicos, los horarios, que te trastoca todo y tardás en acomodarlo. Es medio un terremoto.

—Aparte no es lo mismo cuando se separa sin hijos, ¿no?

—Nada que ver. Debería haber otra palabra para decirlo. No es lo mismo que cuando te separás después de convivir. Hay tanta palabra para tantas cosas inútiles, faltan palabras ahí, ¿no?

—Hay algo que me parece que cruza a muchas de las mujeres que vienen a este espacio, que es esa sensación de “entré en la segunda mitad de mi vida”. Esto de replantearse cómo la quiero vivir, lo que ya no quiero, lo que sí quiero y mucha más conciencia. ¿Lo sentís así?

—No lo había pensado como algo de la edad, pero sí. No me acuerdo quién me dijo el otro día un elogio a la juventud femenina y yo dije: “Me gusto más ahora. Me gusta más mi vida, ahora”. La libertad, la independencia económica, la posibilidad de decidir sin tener que explicarle a nadie nada. A mí me encanta la libertad de ahora.

—En algún momento has dicho que, en muchos momentos de tu vida, te sentiste inadecuada, incluso desde muy chica. La palabra inadecuada es muy profunda y quiero que me compartas en qué sostenés esa definición.

—En un montón de cosas. Es una palabra que me define bastante, porque hace un recorrido. Tiene que ver con no terminar de encajar nunca en ningún lado y que eso sea una ventaja. Porque para mí la inadecuación es una ventaja y ahí es a donde entra el dibujo como una balsa, como algo a lo que me agarro. Cuando yo tenía cinco años y mis hermanos ocho y tres, nos fuimos a vivir a Río Cuarto, a Córdoba. Era un lugar chico. Mi viejo se había quedado sin laburo y llegamos ahí. Fue medio raro. Fui a una primaria católica, yo soy judía y era la única (risas). Era la única judía. Mis hermanos y yo. Y entonces en catequesis dibujaba. Y cuando estaban tomando la comunión, dibujaba. Ahí entendí que cuando no encajo, no está tan mal. Hay algo que puedo hacer para estar conmigo. Hay un poema muy lindo que dice: “Para estar con la gente sin la gente”. Y después, cuando volvimos para Buenos Aires, hice la secundaria en una escuela judía. Pero había hecho toda la primaria en una católica. Entonces, tampoco era tan judía. Como que no se me terminaba de armar. Y después, aparece esto de las dos o tres vocaciones porque soy historiadora del arte, pero también soy periodista. Y soy periodista y laburo de periodista, me encanta y es un oficio que lo tengo muy aprendido. Pero siempre estoy con una lapicera o un lápiz en la mano y de repente viene un intendente y me dan ganas de hacer un retrato rápido. O sea, todo el tiempo estoy como siendo varias cosas a la vez. Me adapto, pero esa inadecuación me deja espacio para otra cosa.

—Me genera curiosidad cómo una mujer con vocación para tantas cosas, en algún momento entró en un molde más convencional: el de mamá y ama de casa. Y no tiene nada de malo, porque es el trabajo más difícil y menos reconocido de todos. Pero ¿cómo compatibilizaste esos dos mundos?

—No compatibilicé. Yo también me lo pregunto. De hecho, creo que es la pregunta que más me hago. ¿Cómo? ¿Por qué? Pero no compatibilicé. No entra todo en el plato. A mí el deseo de la maternidad me llevó puesto todo el resto. Mi deseo, era mío. Vos me decís: “¿Por qué entraste ahí?” Entré porque quise. Entré porque quise con muchas ganas. Yo a los 26 quedé embarazada. Tenía mucho deseo de ser madre. Y de repente apareció en esa circunstancia y medio que se me apagó el resto del planeta. Me subyugó…

—La maternidad te interpela.

—Pero además, con mucho placer. O sea, me hizo muy feliz. Siempre seguí laburando. Yo en ese momento laburaba en el Museo de Arte Moderno. Nunca dejé de laburar, pero no tenía el alma puesta en el laburo.

—¿Sentís que ese deseo era más unilateral o fue acompañado?

—Re acompañado. Recontra acompañado. Yo armé un proyecto con alguien que yo sabía que quería acompañar ese deseo. Yo a mi exmarido (el periodista Rolando Barbano) lo conocí a los 21 y le dije: “Mirá, yo estoy para casarme y tener hijos. Yo ya sé que quiero eso. Lo tengo re claro”.

Ellas - Micaela Mendelevich 2/7/26
“Me gusto más ahora, me gusta más mi vida”, confesó Mica durante la entrevista

—A los 26 años llegó tu primer hijo y bajaste un poco el pie del acelerador en lo laboral. ¿En ese momento sentías una plenitud absoluta o ya empezaba a aparecer esa sensación de inadecuación?

—Y algo me hacía ruido. Siempre algo me hacía un poco de ruido. Lo que pasa es que ¿viste que está muy mal visto el multitasking? Yo creo que es lo mejor que me pasó en la vida y lo mejor que hay en el mundo. Soy totalmente inadecuada ahí también.

—Pero a nivel empresarial está mal visto. Porque las mujeres somos la definición propia del multitasking.

—Sí. Era cuidar a Roquito que era bebé y dibujar. Y el dibujo, de nuevo, aparece como una gran compañía en el momento de la maternidad. Y ahí empecé a descubrir un nuevo mundo que es el de la ilustración. Yo venía muy del mundo del arte, historiadora del arte, laburaba en el museo, trabajaba con artistas, venía muy de las artes plásticas, del arte contemporáneo, de un circuito en Argentina, que es muy cerrado y muy chico. Y cuando lo tuve a Rocco descubrí el mundo de la ilustración, que era mucho más amable.

—O sea, fue un doble nacimiento: el de tu hijo y el de esta versión tuya en otro rol dentro de tu profesión.

—Y ahí con el tiempo empecé a laburar de ilustradora. O sea que ese ruido que me hacía la dedicación absoluta a la maternidad, de nuevo, supe como encontrarle una vuelta. Tenía el laburo en el museo, pero ilustraba. Tengo dos libros publicados, realmente no paré. Entendí, además, que podía laburar de ilustrar objetos y mandarlos como archivos digitales. Entonces, era un laburo muy amable para ser madre. Y después, cuando quise tener a Nina, me costó muchísimo quedar embarazada. Y no era grande, pero viste cómo es el cuerpo. Yo lo digo mucho a esto: si sabés que querés quedar embarazada, pedile al ginecólogo que te haga una hormona antimulleriana.

—Que es la que define tu reserva ovárica.

—Yo la tenía por el piso a los 30 y pocos. En el primer embarazo tenía 26. Aún con una reserva ovárica baja, a los 26 estaba bien. A los 30 y pico ya no. Y fue duro porque tenía muchas ganas de tener otro hijo y tenía muchas ganas de darle una hermana. Además, Rocco quería una hermana. La pedía muchísimo. Y yo tenía muchas ganas de tener otra hija, así que hice tratamiento. Y ahí de nuevo: no entra todo.

—Antes digiste algo así como: “La maternidad se me llevó puesto todo”. ¿Qué se llevó puesto?

—Es una buena pregunta. ¿Qué me llevó puesto? Creo que lo que está apareciendo un poco ahora. Todo lo que estaba por fuera de la familia, todo lo que aparecía por fuera de la familia chiquita.

—Del núcleo.

—Sí, todo lo que estaba por fuera. O sea, me daba el tiempo para laburar para esta vocación tan fuerte que yo tenía, que era como esas plantitas que crecen entre las baldosas. Era como imposible callarla. No es que acallé nada, pero todo me costaba mucho. Después me separé y aparecieron mis hermanos, mis amigas, la posibilidad de estar sola, darle realmente cabida a la carrera profesional, entender que yo quería y que me gusta mucho trabajar.

—Me parece súper interesante visibilizar esto y enumerar sin ningún tipo de vergüenza todo lo que una pierde por convertirse en mamá, que a prima facie es una elección. Pero nadie te cuenta del todo...

—O si te lo cuentan, porque yo a mi hermana, por ejemplo, se lo conté. Ahora tiene un bebé de seis meses y el otro día me dice: “Vos me lo contaste, pero yo no lo entendí”. Como diciendo una cosa es que el otro te lo relate y otra es cuando te pasa.

—Con esto no estamos demonizando la maternidad, todo lo contrario, es espectacular. Pero sí está bueno saber que fuiste mamá y tuviste mucho menos tiempo para tus amigas, para vos, para tus espacios con tu familia, para salir a tomar algo con alguien del laburo, para todo.

—Sí. El otro día aproveché un video de una ministra sueca que estaba con el bebé en el laburo para mostrar en Infobae un poema que se llama Mujeres que sostienen cosas. Las cosas que podés sostener son las que te entran en los brazos. No entra más que eso. No se puede sostener todo. Y cuando sostenés todo, algo se te cae.

—Vos podés sostener lo que te entra en tus dos brazos, pero si tenés otro brazo al que podés delegar un poquito, este brazo también puede sostener otro tipo de cuestiones. ¿Te faltó un poco de esos brazos extras?

—Mirá, la pandemia fue para mí como un momento muy decisivo, porque del programa que yo hacía de radio todos los días pasé a estar en casa, porque bueno, es Radio Ciudad, el San Martín cerró, entonces pasé a hacer el programa en casa. Rocco dejó de ir a la escuela, Nina estaba en jardín. A mí me preocupaba mucho que Rocco, que es un pibe muy activo, sin el club, sin fútbol, sin salir a la plaza…

—Te preocupaba cómo podía afectarle.

—Sí. Era como que se me caía, ¿viste? Había que sostener ahí y sostuve todo. Sostuve la familia, sostuve a los chicos, la casa. Yo siempre laburé y siempre tuve ayuda. Y de repente no tenía niñera, a mis viejos no los veía, que también siempre fueron un enorme sostén, ayuda y colaboración. No tenía nada de todo eso. No tenía a mis hermanos que estaban afuera y no podían venir. Me quedé sola y mi exmarido se iba a las nueve de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Y era su laburo y estaba armada nuestra vida así.

—O sea, era una división de tareas charlada. No era una imposición.

—Bueno, la pandemia lo convirtió en una imposición y yo estaba muy incómoda con esa imposición y medio que no había manera de salir. Y en vez de ser unos meses, fueron dos años de sostener un montón de cosas que yo no tenía eso, deseo ni vocación de sostener y que estaba sola.

—En un momento escribiste algo así como: “Me invisibilicé con todas estas cuestiones” y fue muy interesante el paralelismo que estableciste, porque dijiste: “Me convertí en un electrodoméstico de esos que funcionan y que uno ya ni valora, relativiza”.

—Es que sí. Me convertí en un electrodoméstico, que cuando no hace ruido y funciona bien, no lo ves. Porque me salía muy bien, además, sostener todo eso. Rocco estaba bien, yo le enseñé a multiplicar, le hacía juegos a Nina, que no estaba yendo al jardín, tenía tres trabajos, escribía para una página para afuera, hacía el programa de radio y dibujaba. O sea que encima ganaba plata, limpiaba la casa, colgaba la ropa. Había cosas que odiaba hacer, como juntar las medias, entonces tenía una palangana con las medias y dije: “Bueno, todos se ponen las medias distintas” (risas). Pero resolvía. Yo resolvía, resolvía, resolvía. Y todo andaba. Y además me iba a correr. Cuando podía, salía corriendo a la hora que sea y me iba a correr porque tampoco quería sentirme mal conmigo, con mi cuerpo.

—Pero escucho una mujer que pudo con todo, que se reacomodó, que una vez más el ser inadecuada le permitió adecuarse. No parecés una persona que se invisibilizó, porque hasta cuando tenías un rato te ibas a correr.

—Sí, pero hay algo de lo invisible que era mi verdadero deseo. O sea, todo el tiempo mi deseo quedaba pospuesto. Todo el tiempo quedaba abajo.

—¿Cuál era tu deseo?

—Yo creo que el deseo, que es algo que dice el psicoanálisis y que a mí me gusta mucho, es falta. O sea, es algo que te falta para, con esa falta, generar movimiento. Y a mí me faltaban muchas cosas. Me faltaba ser mirada, me faltaba un compañero, me faltaba y yo lo decía y no encontraba. Y bueno, no había. Algo ahí quedó en evidencia.

—Muchas se van a sentir identificadas por esa etapa en casa, muy metidos adentro y me pongo a pensar, desde mi criterio femenino, qué mujer que me genera admiración. Me cuesta entender cómo tu compañero no sentía eso mismo. ¿Se lo preguntaste alguna vez?

—No sé si así. Para mí la conversación, esto que estamos haciendo, que yo te digo algo, me escuchás, conversamos, es re importante y yo me di cuenta que me tenía que separar. En realidad se dio cuenta él que nos teníamos que separar cuando no había más conversación. Ya no había ni voluntad de hacer esa pregunta, ¿viste? Cuando ya no te entendés, ya no queda mucho.

Ellas - Micaela Mendelevich 2/7/26
“Ahorrá para vos sola y no le digas a nadie. Tené algo tuyo”, es el consejo que Mica le daría a su versión del pasado

—Fueron muchos años también.

—Demasiado. Además crecimos para lugares realmente muy distintos. O sea, está a la vista hoy. Me ves a mí en un lugar, lo ves a él en otro y decís: “Sí, era un poco incompatible”. Y está bien. También está bien. A mí el divorcio, la separación, es algo que me pasó, que yo no elegí. Pero tarde o temprano me hubiese separado. En algún momento yo creo que sí.

—¿Y hubieses cambiado cuando repasás todo ese proceso?

—Sí, hubiese cambiado lo económico. Para mí la separación fue como que había un camino que yo lo veía, no estaba, para mí estaba en penumbras y yo veía solo un camino e iba por ese. El otro no lo veía.

—Ni contemplabas la idea de separar.

—No. Y yo me acuerdo que Lucila, mi terapeuta, me trataba como de alumbrar y yo estaba como muy en esa...

—¿Y por qué crees que negabas esa posibilidad a sabiendas de que no te sentías mirada, deseada, que no te sentías elegida?

—No sé por qué.

—Quizás fuiste adecuada.

—Sí, puede ser. No tenía modelos de separaciones felices. Digo, separaciones felices no hay. Las separaciones son difíciles. Pero de mujeres que se hayan separado y hayan podido sentirse plenas poco después. No tenía modelos de esos cerca. Mis viejos están juntos hace 45 años. De mis amigas no se separó ninguna. Yo fui la primera. Fui la primera en tener hijos, también. Siempre soy la primera en hacer las cosas. Y no sé, no lo veía. Y ahí fallé en la percepción sobre mí misma, porque yo creo que así como el divorcio, la separación, la sentí una oportunidad para todo lo que se abrió, eso me pasa con todo en la vida. Es una manera de existir estar predispuesto a la felicidad, al placer.

—Es difícil porque vos decís “esa parte mía como que la negué o ni tuve en cuenta esa posibilidad”. Y yo creo que también hay mucho temor. Está la famosa pregunta: ¿Hay vida después de...? ¿Te la hiciste alguna vez esa pregunta?

—¡Puff! Sí. Pero temía por mí, que es lo menos difícil porque soy bastante intrépida, pero temía por mis hijos.

—¿Y qué te daba temor?

—Sentí que los iba a arruinar. Yo sentía que los iba a arruinar, pero además porque estaba muy acostumbrada a ponerme por debajo de todo. Entonces, estaba poniendo por debajo también mi felicidad y me equivoqué, porque están bárbaros, están re bien.

—Porque los chicos no necesitan padres juntos, necesitan padres felices.

—Sí. Y es una frase que la escuchás, la escuchás y la escuchás, pero hasta que la vivís no la crees. Se me pone la piel de gallina cuando lo digo. Y así como decimos todo lo difícil de la maternidad, fabricamos, dos humanos que me caen muy bien. Y hay algo del disfrute y de hacer hogar de a tres que a mí me encanta y no sabía que me iba a pasar eso. Me encanta y tanto me encanta que para mí eso es los tres. Yo ahí no tengo muchas ganas de meter a alguien.

—Eso te iba a preguntar. ¿No te ves como en una nueva etapa familiar sumando a un compañero?

—Me re veo con un compañero. Estuve de novia dos años, me re veo con alguien, me encanta la idea.

—Pero no incorporado cama adentro...

—No. Y me encanta que eso sea mi espacio. Me encanta tener mis cosas y la idea de encontrarme con un otro, con deseo, con placer, en momentos, siendo mirada, deseada. Todo eso que me faltaba, está, existe. No es tan difícil. Viste que hay mucho mito también con eso.

—Después de la separación, ¿te enojaste primero con vos o con él?

—No me enojé y era un problema (risas). Era un problema no estar enojada. Me enojé en el divorcio, con lo judicial. Es muy difícil esa parte. Con eso sí me enojé, pero también porque es una parte muy difícil. Casarte es facilísimo. Ahora, para divorciarte nadie te explica que es un bardo, que es caro, complejo, que no entendés lo que te piden. Es difícil.

—Leí que escribiste algo así como: “Él me miró y me dijo: ‘Te estoy haciendo un favor aunque no te des cuenta’”. Y vos dijiste: “No me costó mucho tiempo darme cuenta que esto era así”. ¿Por qué sentís que te hizo un favor yéndose?

—Y porque yo tenía ese camino en penumbras. Entonces no lo iba a elegir.

—¿Hubieses cambiado cosas para que no pasara lo que pasó?

—Hubiese cambiado cosas que veo ahora y digo: “¿Por qué? Si sos una persona inteligente, ¿por qué no dijiste algo en ese momento? ¿Por qué no dijiste tal cosa?”

—¿Y por qué pensás que te pasó?

—Me parece que nos pasa a todas. O sea, no sé cuál es la respuesta, solo sé que somos muchas. Yo me hago cargo de lo que me toca también. No sé, no la vi. No me di cuenta.

—¿Cómo transitaste toda esta cuestión mediática que protagonizaron y protagoniza todavía el día de hoy tu exmarido?

—Con la misma lógica que te digo cuando los chicos están con él. Creo que forma parte de su manera, de sus elecciones. Yo elijo estar acá hablando con vos hoy, pero después no. Y elijo poner foco en mi historia. Te mentiría si te dijera que me resultó fácil...

—Sos un ser humano.

—Sí, y porque además hay una cosa también de la manera en la que me vinieron a buscar, ese día, esa nota que me hicieron, que fue la única, el día que fue lo del Martín Fierro y no sé qué.

—Ese fue el episodio más notorio, ¿no?

—Yo no podía entrar al laburo. El San Martín tiene una sola entrada. Había cámaras, dos tipos y me pusieron el pie y yo no podía entrar al laburo. Entonces, no es que yo elegí hablar. Hay algo ahí realmente que no está bueno.

—Del precio de ser expuesto.

—Sí, pero yo no lo elegí. Y además cuando yo me enamoré y me casé, me enamoré y me casé con un redactor de un diario.

—Más allá de la exposición mediática, ustedes ya estaban reseparados. O sea que eso como que también suaviza una situación que pudo generar dolor.

—Sí, igual el problema fue el electrodoméstico. No lo otro (risas). El problema era otro.

—En algún momento, ¿te cuestionaste la maternidad o descreíste de ese deseo tan profundo con todas las complejidades que vinieron detrás?

—No. Ahora a la tarde me voy a buscar a Nina al colegio y es lo mejor que me puede pasar en la vida, caminar 14 cuadras con ella, parar, comprar una medialuna. Ella sale de tejido, así que va tejiendo por la calle. Pero sí entendí que había que ponerle un límite a esa vocación maternal. Eso es lo que me pasó. Yo me sobreentregué a la maternidad porque me gustaba mucho, no todo lo contrario.

—Y no te dan un manual, entonces también vas encontrando el ritmo y la intensidad en el proceso, ¿no?

—Es eso. Es que me gusta tanto que, bueno, lo que entendí es que en un momento tiene que existir ese límite y que tiene que ser un límite sin culpa, porque la culpa ahí es una guachada. Y en eso sí me parece que hay un montón de mandatos.

—Si pudieses tomarte un mate con la Mica de hace cinco años atrás, ¿qué te dirías?

—No sé si contestarte lo que pienso de verdad (risas). Ahorrá para vos sola y no le digas a nadie. Eso le diría. Guardate unos dolaritos en algún lado, que después no sabés qué puede pasar. Tené algo tuyo. Eso le diría (risas).

—Es un buen consejo.

—Cosa que no hice.

—Podés empezarlo ahora. Nunca es tarde.

—Es verdad (risas).

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