Pablo Echarri íntimo: cuando nació su amor con Nancy, la charla pendiente con su papá y el pacto con su familia ante una provocación

El actor y productor reconstruye en esta entrevista el momento en el que comenzó su romance con Nancy Dupláa, su compañera de elenco por entonces y con quien hoy acumula 25 años de relación. El recuerdo del secuestro de su papá que despertó en él un estrés postraumático, las noches con Diego Maradona y la ideología política que lo obligó a acordar un método con su familia ante un eventual intento de escrache

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Pablo Echarri íntimo: cuando nació su amor con Nancy, la charla pendiente con su papá y el pacto con su familia ante una provocación

En la vida de Pablo Echarri conviven dos tiempos. El del presente intenso —las funciones de Maldita felicidad en el Teatro Metropolitan y el estreno del documental que produjo sobre la vida de China Zorrilla— y otro más reflexivo, desde donde revisa lo vivido. Se mueve entre ambos: activo, pero menos urgido.

Desde ese lugar, habla sin esquivar. Sobre el éxito, la exposición y los límites frente a la agresión. Pero también sobre lo que no se ve. “Yo quedé medio mal de la cabeza”, dice al recordar el secuestro de su padre, un episodio que dejó marcas en su forma de vivir el miedo y de pensar la protección de su familia.

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En ese mapa también aparece el origen de su historia con Nancy Dupláa, hace más de dos décadas. “Fui manipulando nuestro encuentro”, recuerda en diálogo con Infobae, y todo lo que vino después: el paso del tiempo, los cambios y la construcción de una vida en común.

Entre lo íntimo y lo público, Echarri traza una línea que ordena la conversación. Después de haber probado el vértigo del éxito —al que define como “un impostor”—, hoy pone el foco en algo más difícil de sostener: la capacidad de reconocer y cuidar los momentos de felicidad.

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—¿Cuántos años llevan juntos con Nancy?

—24, 25 años. Un montón de tiempo. Yo soy fan desde antes. Ya la seguía por la tele. Cuando irrumpió en Montaña Rusa fue muy fuerte.

—¿Ya te gustaba?

—Sí, me gustaba. Me parecía una gran actriz, preciosa, con un desenvolvimiento impresionante. Y además tenía algo muy familiar para mí, en su forma de hablar, en su manera de moverse.

—¿Es cierto que manipulaste algo para terminar trabajando juntos?

—Una vez, en la primera película que hicimos, El desvío, convencí al director, Horacio Maldonado, de que faltaba una escena entre nosotros.

—¡Contame todo!

—Estábamos filmando con Gastón Pauls, Nancy, Fede D’Elía, Magalí Moro y yo. Ellos hacían de pareja separada y la historia seguía a cuatro amigos que se escapaban de la ciudad, encontraban un bolso con más de un millón de dólares y se veían envueltos en un secuestro. Un thriller que, para lo simple que era, funcionó muy bien. Entonces le propuse a Horacio sumar una escena en la que mi personaje y el de Nancy tuvieran un pasado en común, un pequeño acercamiento que ella rechazaba. Yo decía que era para darle más carnadura a la historia… aunque en realidad fue más cara dura que otra cosa. Pero funcionó: conseguimos ese momento. Hasta ahí llegué.

Personajes - Pablo Echarri
"Se puede decir que fui 'empujando' nuestro encuentro", recuerda Pablo Echarri sobre el inicio de su su amor con Nancy Dupláa.

—Pero después dio pie a otras charlas, seguramente ¿no?

—Claro, eso abrió otras puertas. De a poco me fui acercando. Y la siguiente vez que coincidimos más fue en Los buscas de siempre. Ahí también tuve algo que ver. Con el tiempo, se puede decir que fui “empujando” nuestro encuentro. No soy manipulador, pero cuando algo me interesa, hago lo posible para que suceda.

—Sabés lo que querés.

—Puede ser. Pero con el amor pasan cosas raras. No es solo algo racional. Había algo muy fuerte que me salía naturalmente, y después yo lo convertía en palabras o en pequeñas estrategias. Recuerdo que la productora Patricia Weber me llamó cuando estaban armando un nuevo elenco para Montaña Rusa. Yo estaba muy bien en Canal 9, pero fui igual a conocer los estudios. Tenía un objetivo bastante claro: cruzarme con ella. Y pasó. Nos encontramos en la puerta. Esos momentos quedan grabados. Después hubo varios encuentros más, como pequeñas señales que se iban acumulando. Hasta que en un momento estuvo cerca… y ahí no solté más.

—Y no importó nada.

—Nada, no importó nada.

—Es lindo volver a esos momentos previos, ese pibe caminando los pasillos de Canal 13 queriendo cruzársela, mirá en qué terminó todo, el destino hizo lo suyo.

—Sí, es hermoso. En lo personal, en lo amoroso, en lo familiar. Pero también tiene que ver con la vida en general. Uno se mueve a partir de deseos, de ideas, de cómo imagina su futuro. Y en ese camino va tomando decisiones pequeñas que abren otras puertas, otros escenarios. Cuando empecé con ella sentí algo muy fuerte, un deseo muy profundo. Pero también había otra cosa: por primera vez me fijaba en una mujer que se parecía a mí. Siempre había creído que había que buscar lo opuesto, alguien muy distinto, como si la construcción de pareja dependiera de esa diferencia.

—¿Tus relaciones anteriores eran así?

—Sí, la mayoría eran muy distintas a mí. Y yo pensaba que tenía que ser así, había como una búsqueda.

—Los opuestos se complementan.

—Claro, debo haberlo escuchado mil veces. Pero con Nancy encontré otra cosa. Fue un encuentro con una par. Funcionaba el humor, lo cotidiano, el disfrute de estar juntos en lo simple. Eso era lo que hacía todo más fácil, más divertido.

—Estuvo Luca Martin acá y me dijo algo que me impactó: que cuando nació había revistas que comparaban sus caras para ver si podía ser tu hijo.

—Sí, las revistas del corazón ficcionalizan mucho para hacer más atractivas las historias. Pero alcanza con poner una foto de Luca al lado de una mía para ver que no tenemos nada en común.

—Hay amor, pero no genética.

—Claro. Es un vínculo que se construye. Incluso podríamos hablar de una relación padre-hijo desde el rol, aunque no lo sea biológicamente. Pero lo más importante es él: Luca es pura luz. Desde chico lo fue. Inteligente, gracioso, con una personalidad increíble.

—Por supuesto tiene a su papá pero entre ustedes hay mucho amor, ¿qué te pasa a partir de su crecimiento cuando alguien lo cuestiona o aparecen cosas mediáticas?

—Salto por él. No lo pienso. Después, en privado, hablamos lo que haya que hablar, hasta donde él quiera también, porque ya es grande y tiene su propia mirada. Pero lo primero es bancarlo. Es lo mismo que hago con mi familia y mis amigos. Y también me da mucha alegría verlo hoy. Pasó de comunicar en redes o hacer alguna participación en radio con su papá a meterse de lleno en el día a día, en programas como Bendita.

—Y también en Sex.

—Sí, claro. Ahí muestra un perfil maravilloso, que disfruta mucho y es muy lindo verlo. Aparte le da unas amistades bárbaras porque es un mundo libre, lúdico. Pero lo que más valoro es cómo se la banca. Cómo se planta, cómo va puliendo su pensamiento y punto de vista hacia la vida, el mundo y más particularmente, la Argentina. Tiene una visión muy clara, y creo que también es parte del entorno en el que creció, nuestra familia, la del padre, donde hay una mirada muy definida sobre lo que nos rodea.

—Ese momento de su nacimiento, esas tapas de revista, tanta exposición, ¿fue difícil o el amor podía con todo?

—Ni lo pensás. Comparado con lo que obtenés de estar con la persona que amás y deseás al lado, todo precio es bajo, por más alto que sea. Las guardias, las persecuciones, las mentiras, las ficciones que se arman alrededor de la familia, las manipulaciones, son duras, pero todo eso es mucho más grande. Nunca se te cruza dejar todo por vivir más tranquilo. Te vas adaptando. Con el tiempo, además, uno desdramatiza. Nuestra generación fue muy intensa con la exposición: buscábamos la popularidad y después sufríamos la pérdida del anonimato. Es una contradicción fuerte.

—La vida privada.

—Exacto. Pero con los años lo entendés de otra manera. Hubo un momento en el que no podías ir a cualquier lado porque se juntaba mucha gente. Un restaurante, un paseo, se volvía complicado. Yo, por ejemplo, dejé de ir a Mar del Plata un tiempo. Después pensé: “Qué tonto”. Tardé en darme cuenta de que ese miedo o esa incomodidad ya no tenían sentido. Por suerte, con el tiempo, esas cosas se acomodan.

—En ese momento los dos eran furor, una pareja muy expuesta, con historias previas también muy conocidas. ¿Sentías que todo iba a estallar?

—Las cosas se fueron dando de manera bastante paulatina. Pero sí, hacia el final de Los buscas de siempre yo pensaba que podía ser una relación compleja por cómo había empezado. Más allá de que las historias anteriores ya estaban cerradas, había algo en ese origen que la volvía delicada.

—Sí, porque además había una panza…

—Claro. Y en ese contexto, en algún momento pensé que tal vez lo mejor era tomar distancia. Justo coincidió con una película que fui a hacer a España. Me fui a Madrid con la idea de quedarme a vivir allá.

—No sabía esto.

—No sé si lo conté alguna vez. Pero sentía que se abría una puerta con el cine español. Ya no era una producción argentina filmada afuera, era otra cosa. Tenía como referencia a Leonardo Sbaraglia, que después de Plata quemada se había instalado en Madrid. Y entendía que, si quería hacer ese camino, tenía que estar ahí.

—Y te fuiste a hacer la peli.

—Sí. Me fui a hacer la película pensando en quedarme. Pero a los quince días me di cuenta de que me quería volver corriendo. Toda mi vida estaba acá. Y además, ya estaba profundamente enamorado de ella.

—Eso quería escuchar: decime que volviste enamorado que me muero de amor.

—Bueno, en realidad pasó algo antes. Yo llegué a Madrid y a los pocos días me enfermé. Estuve con una especie de virus, pero tenía mucho que ver con la soledad, con esa sensación de estar dividido. La cabeza me decía una cosa, el cuerpo otra. Y cuando uno está así, tironeado, el cuerpo lo expresa. Recuerdo que a las dos semanas le declaré mi amor, sin vueltas. Y ella se tomó un avión y vino a verme un fin de semana. Ahí se terminó de sellar todo. A partir de ese momento, ya no había dudas. Esa idea de instalarme en Europa se desarmó por completo. Nos dimos cuenta de que había algo ahí que iba a durar.

—Y volvieron.

—Volvimos y empezamos a construir. Era un momento en el que los dos teníamos esa necesidad.

—¿Se fueron a vivir juntos enseguida?

—Sí, muy rápido. Cada uno tenía su casa, pero compartíamos todo el tiempo. Y al poco tiempo ya me fui a vivir con ella.

—¿Quién era más celoso?

—Ella.

—¿Y ahora?

—Hoy entendemos que los celos son un sentimiento bastante nocivo y en nuestro trabajo es importante correrse de eso, porque si no termina afectando.

Cuatro actores en un escenario teatral. Hombre de chaqueta de cuero y mujer de azul dialogan. Al fondo, mujer de rojo y hombre de polo verde. Escenografía de sala
Pablo Echarri protagoniza Maldit felicidad junto a Paola Krum, Ines Palombo y Carlos Portaluppi.

—¿Alguna vez dijiste “soy un conquistador”?

—Yo de joven era muy bobo, muy tonto. Creo que lo dije, un título de una revista. Se ve que me veía así en esa época. Pero en realidad yo entré a este mundo con bastante claridad de lo que quería y con herramientas que traía de antes, de mis épocas de Avellaneda, cuando atendía negocios en Wilde.

—Había un manipulador de la belleza también.

—Sí, un seductor. Aprendí a vincularme con la gente, a caer bien, a generar confianza. Yo trabajaba en un local en Wilde, en un barrio, en una calle de unas diez cuadras donde todos nos conocíamos. Todo se construía con una estrategia sostenida en el tiempo, una especie de manipulación amable, si se quiere. Y cuando empecé en la tele me di cuenta de que esas herramientas me sirvieron mucho para abrirme camino.

—No renegaste del galán entonces.

—No, pero creo que en algún momento me pasé de rosca. Me sobregiré con eso del seductor. Nuestro oficio es muy particular: hacíamos novelas, trabajábamos con compañeras muy lindas, todo alrededor era agradable, atractivo. Cuando conocí a Nancy entendí que eso tenía que cambiar. Que esas herramientas habían sido parte de una etapa, pero que no podían convivir con una pareja real, con un proyecto de vida. Había que ordenar eso, sin dejar de ser amable, pero con otra conciencia.

—¿Te acomodaste solo o te acomodó ella?

—Un poco de todo. Ella hizo su parte, sin duda, y yo también siempre fui bastante perceptivo. Pero cuando tenés claro lo que amás, lo que querés cuidar, las decisiones se vuelven más simples. Ese “conquistador” era incompatible con ese padre de familia, con esa pareja. Entonces el tipo se fue acomodando solo, dejó de hacerse el tonto.

Personajes - Pablo Echarri
El secuestro de su padre fue uno de los momentos más dificiles de la vida de Pablo Echarri.

—¿Es verdad que estudiaste plomería?

—Sí.

—¿Hoy te das maña?

—No mucho. Después estudié construcciones, maestro mayor de obra, así que tengo una idea general. Sé usar herramientas, pero prefiero llamar a alguien que lo haga mejor. Soy un virginiano medio extremo, muy perfeccionista y termino tardando demasiado.

—Nosotros hablamos alguna vez del secuestro de tu papá. ¿Pudiste hablarlo con él?

—Poco. Tiene que ver también con cómo eran los vínculos en esa época. Y papá murió joven, a los 73 años.

—A los siete años del secuestro, ¿no?

—Sí, en 2009. Creo que si hubiera vivido más, habríamos hablado mucho más. Yo mismo hubiera tenido más necesidad de volver sobre eso, de entender, de reconstruir. Lo que sí recuerdo es una charla muy profunda el día que volvió, en la cocina de su casa. Hablamos de lo que había pasado, pero desde un lugar bastante descriptivo, con datos concretos. Estábamos viviendo dos realidades completamente distintas: él venía de siete días de cautiverio, con un nivel de estrés enorme, y yo estaba del otro lado, atravesando otra incertidumbre. Creo que en algún momento él percibió que no corría peligro, porque fue bien tratado: con la comida, con sus medicaciones. Incluso generó un vínculo con uno de los chicos que lo cuidaba, algo cercano a lo que se conoce como síndrome de Estocolmo. En situaciones de tanta tensión emocional, cuando alguien te cuida, pueden generarse vínculos muy fuertes.

—Sí, está descripto.

—Claro, tiene nombre. Y cuando salió, entero, sano y salvo, creo que empezó a vivir ese episodio como un punto de quiebre. No fue una tragedia, pero sí un drama profundo que además tomó dimensión pública. Dejó de ser solo “mi papá” para convertirse en alguien atravesado por un hecho que lo exponía. Y ahí apareció una etapa distinta, con cierta intensidad emocional. Tal vez lo procesó hacia adentro. Murió joven y creo que, en parte, tuvo que ver con lo que vivió. Pero yo quedé medio mal de la cabeza, hice otro recorrido dentro de mi casa.

—El estrés postraumático lo tuviste vos.

—Sí. Porque esa sensación que él tuvo en algún momento —de que no iba a pasar lo peor— yo nunca la tuve. Durante esos días, en mi cabeza estaba todo el tiempo la posibilidad de su muerte. Y eso me dejó mal. Tuve años complicados.

—Pensaba en lo difícil que es volver a esos lugares de dolor. A mí me pasó con mi abuela: nunca le pregunté por Auschwitz y hoy me arrepiento.

—Sí. También es generacional. Nuestros padres, y más aún nuestros abuelos, no se detenían en el dolor. No lo elaboraban como lo hacemos hoy. Nosotros tenemos más herramientas, más apertura, incluso el psicoanálisis como posibilidad de revisar y transformar algo de eso. Antes no: al dolor se lo tapaba con silencio. Por eso no hablábamos. Después del secuestro yo intenté traerlos a vivir conmigo, a un departamento en Recoleta. Sentía que algo así podía volver a pasar, no me lo podía sacar de la cabeza. Estaban asustados, claro, y hubo una discusión. Nunca conté esto, pero de alguna manera los empujé a mudarse. Vinieron, estuvieron unos quince días… y mi viejo salió corriendo.

—Faltaba el barrio.

—Claro. Yo le insistía: “Papá, tenés que venirte. El barrio está muy bravo”. El 2001 había dejado un escenario durísimo: más pobreza, más desigualdad y un aumento fuerte de la delincuencia, sobre todo de los secuestros extorsivos, que empezaban a volverse frecuentes. El corralito también influyó: mucha gente guardaba lo poco que tenía en su casa. Yo logré traerlo por un tiempo, pero a los quince días se volvió. Y después pasó el secuestro. Era una discusión que teníamos seguido. Él me decía: “¿A dónde querés que vaya si este es mi barrio?”. Salía y se hablaba a los gritos con los vecinos de una cuadra a la otra. Y cuando pasó lo que pasó, ya no hubo mucho más que decir. Con el tiempo me quedó una sensación de arrepentimiento, porque ese era su lugar. Fue un desarraigo.

—Pero vos necesitabas tenerlo seguro.

—Sí. Pensaba en ellos, pero también pensaba en mí. Igual lo tuve cerca, lo disfruté mucho. Y ese fue el destino.

—Dijiste que te afectó mucho. ¿Se volvió todo muy oscuro?

—Un poco. Me costaba salir a la calle. Ahí se mezcló la popularidad con la inseguridad, con cierta paranoia. Ya no era solo por mí: era por Nancy, por los chicos. La necesidad de protegerlos. Fue un momento difícil, que después fui trabajando.

—¿Necesitaste medicación?

—No. Me habría venido bien. Pero no era una época donde eso estuviera tan a mano. Hoy probablemente hubiera sido distinto.

—¿Cómo hiciste para salir?

—Tomamos decisiones. Una fue mudarnos en la ciudad, vivir más abiertos. También probamos alquilando en un barrio cerrado por seguridad, pero no duramos nada. Sentíamos que nos estábamos perdiendo algo de quiénes éramos. Y dijimos: si vamos a salir de esto, tiene que ser viviendo a la calle. Igual había cosas que se te metían en la cabeza: ganas de poner rejas en todos lados, incluso en los patios. Era irracional, pero en ese contexto parecía lógico. Veníamos de años donde la gente cambiaba el auto por uno más discreto, donde te seguían por la calle, te cruzaban el auto.

—Habían secuestrado a tu viejo, yo creo que no salgo de mi casa nunca más.

—Claro. Pensás en todo. En tus hijos, en lo que podría pasar. Son pensamientos que brotan solos.

—¿Se calmaron con el tiempo?

—Sí. Cuando comprobás que estás a salvo, algo baja. Y agradezco no haber puesto rejas en todos lados. Tengo un patio interno donde pensaba: “¿Y si alguien se descuelga?”.¿Quién se va a descolgar, El Hombre Araña? En ese momento imaginaba escenarios que no tenían sentido.

—¿Alguna vez pensaste en contar esa historia en una serie o película?

—Hubo una posibilidad. Trabajamos algo con gente de Kuarzo, con Hernán Kweller y Mariano Hueter. Primero como documental, después como ficción, pero no avanzó. A veces los proyectos no terminan de cuajar. Tal vez en algún momento pueda hacerse. Los textos y el material están. Igual nunca tuve una intención muy fuerte de reflotarlo: cuando lo hablamos es porque la propuesta viene de afuera.

—Pero ahora estás en modo documental...

—Sí, pero te digo algo: estoy un poco harto de la producción audiovisual (risas).

—¿En serio?

—Es mucho trabajo. Tuve experiencias hermosas: El elegido, La leona, Mi amor, mi amor. También cine, como Al final del túnel, con Leonardo Sbaraglia, en coproducción con España. Todo eso fue muy enriquecedor, pero producir es muy demandante. En un momento sentí la necesidad de diversificar, de que la actuación no fuera lo único. Y ahí también te das cuenta de lo que implica sostener ese ritmo en el tiempo. Este último proyecto, el documental El último viaje a China, que amo profundamente, se estrenó en el BAFICI y llega a los cines el 7 de mayo.

Personajes - Pablo Echarri
Pablo Echarri junto a Diego Maradona en La noche del 10.

—¿Por qué la China?

—El proyecto me llegó. Había una idea de una productora uruguaya, junto con EUDEBA (Editorial de la Universidad de Buenos Aires), de hacer algo por los cien años del nacimiento de China Zorrilla. Yo había abierto mi productora hacía unos tres años, después de mi experiencia anterior con El Árbol, y estaba armando mi propio camino. A través de mi amiga Cecilia Diez me acercaron la propuesta: buscaban una pata argentina, no solo financiera sino también artística. Era pensar qué contar de la China, cómo, quién lo iba a hacer. Y cuando me lo dijeron, me volví loco. Yo la amaba profundamente, aunque nunca trabajé con ella. La admiraba por lo que era como artista y como persona.

—¿Se conocieron personalmente?

—Sí, nos conocimos. Ella venía al teatro a verme y yo también fui a verla. La última vez que nos cruzamos fue en el cumpleaños de Lito Cruz. Estuvimos un buen rato charlando con Nancy, disfrutando de su calidez y su inteligencia. Siempre digo algo: la China me generaba lo mismo que Diego Maradona. La veías y la querías abrazar. Y además te prestaba atención, estaba a gusto de estar con vos. Con Diego pasaba algo parecido: cuando conectaba, se entregaba por completo, era incluso más cholulo que uno.

—No conozco tus encuentros con Diego, tal vez debería…

—No, mejor que no (risas). Nos cruzamos algunas veces, sobre todo en mi juventud, en la noche.

—¿Te fuiste de joda con Diego?

—Sí, algunas veces. Pero cosas que quedan en mi corazón y en mi retina.

—¿Qué te pasa con el juicio que se está viviendo?

—Me dio mucha pena cómo se dio ese juicio fallido, sobre todo por el dolor de la familia. Ojalá esta nueva instancia traiga justicia y tranquilidad a todos sus hijos e hijas, pero en especial a Claudia y a las chicas, a Dalma y Yanina a las que amo profundamente.

—¿Tenés vínculo?

—Sí, tenemos un buen vínculo de siempre. Aun queriendo profundamente a Diego, siempre estuve del lado de Claudia, de Dalma y de Gianinna.

—Quiero haber sido mosca para estar en esas noches de gira con Diego.

—No, ni las moscas volaban (risas).

—Hay recuerdos que no se pueden contar.

—Recuerdos que no voy a olvidar. Nos divertimos mucho en una época muy intensa. Un gran personaje.

—¿Iba a tu bar, al Quinto Stone?

—Sí, vino algunas veces. Era una época en la que Diego Maradona se movía mucho con Guillermo Coppola también, y nos cruzábamos seguido. Hay fotos de esas noches dando vueltas. A Diego lo amaba todo el mundo: músicos, actores, todos. Donde aparecía, todos queríamos estar cerca, abrazarlo, decir “estuve con Diego”. Para nosotros era eso: estar con el más grande. Imaginate lo que era decirle a mis amigos de Dominico que estuve con Diego.

—¿Sos igual de cholulo con Messi que con Maradona?

—No, generacionalmente Messi me queda más lejos. Diego me quedó ahí, pegado. Y también valoro cosas de él que trascendieron lo deportivo. Messi logró una consistencia y unos números extraordinarios, incluso superiores en muchos aspectos. Pero lo que Diego representó para este país, para un sector de la sociedad, fue algo mucho más profundo. No fue solo el Mundial del 86 o el Juvenil: fue lo que encarnaba como figura. Por eso sigue estando en murales, en fotos, en la memoria colectiva.

—¿Podés enojarte o cuestionar lo que hizo mal?

—Sí, en su momento dolía verlo mal, sobre todo en el final, cuando tenía reacciones ásperas, incluso con gente que yo quiero, con su familia. Eso me dolía. Pero siempre hubo comprensión. Por su origen, por lo que vivió, por lo que le tocó ser. Era un héroe profundamente humano y necesitaba esa comprensión.

Personajes Pablo Echarri
Pablo Echarri junto a Tatiana Schapiro en los estudios de Infobae (Maximiliano Luna)

—¿Qué respondés cuando te dicen que no sos tan “nac & pop” si te vas a Estados Unidos a comprar un iPhone?

—Que es una pelotudez clasista. Una mirada muy pobre. Me río, pero también me da un poco de tristeza. Muchos de los que te lo dicen no tienen ni dónde caerse muertos. Yo hace más de 30 años que soy responsable inscripto, trabajo, aporto en este país y tuve una carrera muy privilegiada. Gasto mi dinero en lo que quiero y donde quiero. Así que me cago muy de risa de toda esa gente.

—¿Te reís de verdad?

—Sí. Y si alguien se pone prepotente, no me lo banco. No acepto aprietes.

—¿Lo que se escribe en redes te lo dicen en la cara también?

—Muy poco. Y, curiosamente, las expresiones de desagrado suelen venir de mujeres de entre 50 y 70 años. Supongo que sienten que no voy a reaccionar de forma violenta. Igual las enfrento. Creo que los tipos no me encaran porque tienen miedo de comerse un tortazo, cosa que me parece muy bien por otra parte, que no se acerquen.

—¿Hoy darías un tortazo?

—Si alguien me violenta y atraviesa mi espacio, o intenta amedrentarme a mí o a mi familia, estoy dispuesto a cualquier cosa.

—Bueno, antes lo dijiste: si hay que salir a bancar, primero se sale.

—No tengas duda. Es visceral, instintivo. Hay un límite, un metro cuadrado simbólico que todos respetamos. Nadie puede avanzar sobre el otro con intención de violentarlo, lo conozca o no. Cuando alguien cruza esa línea, ya sea hombres o mujeres, para mí es una agresión. Y si alguien viene a agredirme, reacciono.

—Hablé con Nancy cuando apareció ese video en el aeropuerto, tiempo después. ¿Hay miedo en esas situaciones?

—No, miedo no, nos provoca otra cosa. Enfrentamos estas situaciones. Hay gente que agacha la cabeza para que pase rápido. Nosotros hacemos todo lo contrario, provocamos un momento. inversamente proporcional al inicial. Es una decisión que tomamos en familia.

—¿Lo hablaron con los chicos?

—Sí, les dije claro que si alguien viene a violentarnos, la bancamos, prendemos los teléfonos y vamos para adelante, nunca para atrás. Y eso provoca en el afuera una reacción muy concreta que es de profundo temor y de darse cuenta de que ya no tienen las riendas.

—Hay algo de la impunidad de las redes.

—Claro. La idea de “yo filmo, yo expongo, y de mí no se sabe nada”. Pero hoy todos tenemos un teléfono y con las redes esta lógica se da vuelta rápido. Fijate lo que pasó en ese aeropuerto en Panamá. Una pareja vino a insultar con tonterias, con enormes muestras de ignorancia, filmando. Cuando nosotros también filmamos, esas caras anónimas pasaron a tener nombre y apellido. Después apareció quiénes eran, su historia, y terminaron pidiendo disculpas.

—Quien termina publicando el video es él.

—Sí. Él hizo un descargo en sus redes con un video largo, pidiendo disculpas y contando que lo viralizaba porque su hijo, como había ganado Milei, había dicho que se iba a ir del país. Mirá vos qué mezcla, ¿no? Tal vez esa persona y yo ahora estaríamos un poco más cerca.

—¿Y luego subiste el que grabaron ustedes también?

—Cuando me entero le pregunto a Nancy si tenía el video, porque yo se ve que de los nervios en ese momento no filmé, no apreté el botón porque soy un viejo choto con estas cosas. Y Nancy lo tenía, entonces lo publico en Twitter. A las seis horas mi cuñado me cuenta que le escribió por Instagram uno que vivía enfrente de la casa de esta gente para hacer un scaner de su vida: que era una pareja tucumana, que la mujer era profesora de pilates, que él estaba en la lista de una senadora radical y era profesor de taekwondo, que tenía una causa judicial por violentar a alguien que tuvo algo con su esposa. Digo, tenga cuidado señora, señor, utilice el teléfono con mucha responsabilidad porque nosotros estamos hace 30 años caminando este camino y tenemos muchas herramientas para soportar esto. Pero cuando alguien que no está acostumbrado queda expuesto, el golpe es fuerte. La pérdida del anonimato es brutal. Esa persona terminó pidiendo disculpas, porque no había dimensionado lo que podía pasar, decía que su abuelo era peronista, que sus amigos peronistas no lo querían saludar, estaba muy preocupado el señor porque su vida se había trastocado. Entonces digo vivamos todos en paz. Cada uno con sus ideas, pero sin violencia.

—Qué fuerte haber preparado a los chicos para eso...

—Es lo que les toca. Tienen una vida maravillosa, extraordinaria, diferente a otras, pero también estas particularidades. Se habla, se naturaliza. No les gusta, claro, a nadie le gusta una agresión. Pero están más curtidos, porque nosotros no retrocedemos, no nos da ninguna vergüenza como a mucha gente, al contrario, nos activa otra parte de nuestra psiquis que es: acá no te metas.

—¿Hay algo que el público piense de vos que es completamente falso?

—Sí, esa idea conservadora gorila de vincularme con la corrupción. Es completamente falsa. Que intenten ponerme el mote de ladrón es una estupidez basada en la repetición. No es desconocimiento: es repetir algo que supuestamente hiere. Y además lo saben: saben que es falso.

—No apuntaba a eso, pensaba en los que te siguen, en los que te quieren. ¿Hay algo que ellos puedan construir de vos que no tiene nada que ver con quién sos?

—Sí. El que cree que soy un ganador o un conquistador se equivoca profundamente.

—Ya está guardado, señores.

—Sí. Además, en el fondo soy bastante conservador, sobre todo en lo vincular. Nunca fui un bon vivant, ni siquiera en los momentos en los que podría haberlo sido. Conozco compañeros que supieron usufructuar mucho más la fama o su imagen. Yo siempre fui bastante más medido. Siempre fui menos que mi reputación, como dice el Indio Solari.

—Pero te quedaste donde quisiste.

—Exacto.

—Contame de Maldita felicidad, tu obra en cartelera.

—En Maldita felicidad interpreto a un escritor que, después de publicar un bestseller a los cincuenta y pico, decide traicionar a sus editores —los personajes de Paola Krum y Carlos Portaluppi— para irse con una editorial más grande. Pero esa misma noche queda atrapado en una conversación sobre la felicidad, un tema que lo desarma porque arrastra una vida bastante infeliz. Ahí aparece un personaje, el de Inés Palombo, que es feliz sin tener “nada” en términos tradicionales. Y eso dispara la pregunta: ¿qué es realmente la felicidad? ¿El éxito o esos pequeños momentos cotidianos y la capacidad de hacerlos durar?

—¿En cuál de las dos estás, el éxito rotundo o los pequeños momentos?

—Los pequeños momentos.

—Que duren.

—Sí, claro. Aunque hoy tengo más herramientas para disfrutar también de un buen momento de éxito, de un suceso artístico o comercial. Porque también me acostumbré a fracasar.

—¿Y lo podés sostener?

—Sí. El fracaso no está tan mal. Si ajustás la expectativa, cuando algo sale mejor de lo esperado, lo disfrutás mucho más. El éxito es un impostor: te da una dosis muy intensa de algo que sube rápido… y baja igual de rápido.

—¿Qué días están en el teatro?

—Estamos de jueves a domingo en el Teatro Metropolitan, en Corrientes 1343.

—Qué linda que está Corrientes, hay una oferta cultural hermosa.

—Amo Corrientes. La transformación al hacerla peatonal fue muy discutida en su momento, pero yo nunca la critiqué más allá de las diferencias ideológicas y políticas porque donde hay una peatonal, hay gente caminando, y eso cambia todo. Cuando era chico iba mucho porque mi tía vivía en Corrientes entre Talcahuano y Libertad, tenía una tintorería en la Galería del Óptico. Yo vivía en Villa Dominico y cuando ella me invitaba a dormir a su casa, me tomaba el 10, caminaba solo por Corrientes y sentía que estaba en Disney.

—Te sentías gigante.

—Claro, era inmenso. Hoy la veo más hermosa que nunca; por sus teatros, sus restaurantes, sus pizzerías, sus librerías, la enorme propuesta teatral que hay en el on, off en las calles adyacentes, pero también por los artistas callejeros que son de lo más lindo y pintoresco. Y son una de las cosas más hermosas que nos diferencia con el resto del mundo.

¿Sos un tipo feliz hoy?

—Sí. Tengo momentos sostenidos de felicidad. Y esa es la gran diferencia que noto entre el Pablo joven y el de ahora. Siento que aprendí a reconocerlos, a valorarlos y a sostenerlos un poco más. Porque, en definitiva, la felicidad también es eso: lograr que esos pequeños momentos, duren.

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Fiorella Vitelli: canceló su casamiento, quedó embarazada de un hombre que casi no conocía y formó la familia que soñaba

En Ellas, reflexionó sobre la exigencia de “poder con todo”, el peso de los mandatos femeninos y el vínculo con su mamá. Además, recordó la decisión de dejar una relación que ya no la representaba y cómo una historia inesperada cambió su forma de vincularse, confiar y construir el hogar que siempre había deseado

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Cande Molfese reveló cómo cambió su mirada sobre la maternidad, habló del testamento que guarda en su celular y de las “hadas” en las que cree

En Casino Deluxe, la actriz y conductora habló sobre su deseo de formar una familia, el presente que atraviesa junto a su pareja y los cambios personales que transformaron su manera de pensar en los últimos años. Además, contó por qué dejó escrita su herencia en las notas del teléfono y compartió las experiencias espirituales que marcaron su vida

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La Nena de la Fórmula 1: cómo surgió su nombre, por qué Colapinto está a la altura de Fangio y hasta dónde puede llegar

En Citados, la creadora de contenidos especializada en la Máxima contó cómo fueron sus comienzos hasta ser reconocida, analizó el fenómeno del piloto argentino y se esperanzó con el regreso de la categoría a la Argentina

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