
Un estudio de la Universidad de Gante y la Universidad de Lincoln determinó que el acicalamiento entre felinos no siempre expresa afecto: lamer a otro gato puede reforzar un vínculo, iniciar el juego o funcionar como una señal de tensión social, una distinción clave para entender la convivencia en casas con varios animales, según informó el portal científico Phys.org.
La investigación se apoyó en un proyecto de ciencia ciudadana en el que cuidadores de 53 hogares con dos gatos filmaron a sus mascotas mientras se acicalaban mutuamente, una conducta conocida como allogrooming. El análisis revisó tanto las características de ese comportamiento como todo lo que ocurría a su alrededor: otras conductas asociadas y rasgos de los propios animales.
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El estudio, publicado en la revista Applied Animal Behaviour Science, estableció que el significado del lamido depende del contexto y no puede interpretarse de forma automática como una muestra de amistad.

Cuándo el lamido fortalece el vínculo
Cuando el acicalamiento aparece en un marco de cercanía física, suele cumplir una función afiliativa. Los investigadores observaron que la búsqueda de contacto corporal, como acomodarse juntos en una cesta, va seguida de allogrooming en 41% de los casos.
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La postura también cambia la lectura de la escena. Si ambos gatos sincronizan el cuerpo, por ejemplo cuando los dos están echados o sentados, el entorno tiende a ser positivo.
En esos casos, el gato que acicala suele concentrarse en la cabeza o las orejas. Conforme al estudio, esa zona es sensible y contiene glándulas odoríferas, por lo que el contacto puede resultar placentero para el animal que lo recibe.
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El trabajo también detectó una relación entre el lamido y el juego. Los investigadores vieron que muchos gatos forcejeaban entre sí, rodando mientras se sujetaban con las patas delanteras y pateaban con las traseras, y que el allogrooming a veces servía para iniciar esa interacción.
Cuando eso ocurre, el lamido suele dirigirse al cuello. Esa área coincide con la región donde los gatos también se muerden con frecuencia durante el juego, un detalle que ayudó a los autores a distinguir ese contexto de otras situaciones.
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Cuándo el lamido es una advertencia
El estudio también identificó escenas en las que el acicalamiento actuaba como una señal para evitar un conflicto abierto o para transmitir un mensaje pasivo-agresivo; los gatos prefieren advertencias discretas antes que recurrir a garras o dientes, porque una pelea también implica riesgo de lesión para ellos, detalló el portal.
En ese marco, lamer al otro gato puede convertirse en una forma sutil de agresión, por ejemplo cuando ambos compiten por el lugar favorito al sol para descansar. Los investigadores observaron que, en esas situaciones, uno de los animales lamía al otro, a menudo en el cuello, mientras el receptor aplanaba las orejas, una señal de que la interacción no le resultaba agradable.
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El fenómeno se registró también entre gatos sin vínculo previo. De acuerdo con la publicación original, casi la mitad de la población estudiada —24 de las 53 díadas —pares de gatos analizados—, el 45,2%— estaba compuesta por gatos no emparentados y no socializados entre sí que igualmente realizaban allogrooming. Los autores señalaron que, en esos casos, el acicalamiento probablemente opera como una forma de competencia por recursos antes que como expresión de afecto.
El equipo también registró otros patrones asociados a la tensión: manotazos, arañazos y mordidas. Junto con esas conductas aparecieron indicadores más discretos de estrés, como sacudir la cabeza, rascarse detrás de las orejas, bostezar o lamerse los labios.
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Esas señales sutiles se presentaban sobre todo cuando los gatos no compartían la misma postura corporal. Un ejemplo descrito por los autores fue el de un gato inclinado sobre otro, una disposición que sugiere desequilibrio en la interacción más que coordinación entre ambos.

Alcances y limitaciones del estudio
El diseño metodológico, conforme a la publicación original, tiene restricciones que los propios autores reconocieron. La salud de los gatos participantes se determinó por reporte de los cuidadores y no mediante examen veterinario, lo que pudo dejar sin detectar signos de dolor crónico o enfermedad no diagnosticada que alteraran el comportamiento de los animales y, con ello, la lectura de las interacciones.
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El muestreo por conveniencia, además, puede haber atraído con mayor frecuencia a cuidadores de gatos con comportamiento amistoso, lo que introduce un sesgo de deseabilidad social en los datos.
Los investigadores también señalaron que futuras investigaciones deberían analizar múltiples interacciones por díada para identificar diferencias individuales y determinar, por ejemplo, si siempre es el mismo gato quien acicala al otro. Integrar esas observaciones con las dinámicas generales del hogar permitiría obtener un panorama más completo de las relaciones sociales entre felinos. Los autores plantearon que ese conocimiento puede contribuir al reconocimiento, la resolución y la prevención del estrés social en hogares con varios gatos.
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