El tigre, la cruz, el algoritmo y la muerte

Cuando las tragedias ajenas se vuelven contenido de consumo inmediato, el debate ya no es solo sobre cómo se distribuyen, sino sobre los hábitos de atención que como sociedad hemos normalizado

Hombre muere al ser atacado por un tigre
La exhibición reiterada de tragedias en pantallas digitales altera los rituales tradicionales de duelo e intimidad.
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Hace dos domingos nos despertamos con una imagen espantosa. Un tigre devoraba a un joven que había ingresado a su jaula en un zoológico de Inglaterra. La escena era brutal. Alguien la había filmado y millones de personas podían contemplar, desde sus teléfonos, los últimos instantes de una vida.

Hoy nos despertamos con otra tragedia. Un sacerdote celebraba misa en una iglesia de Ecuador cuando una enorme cruz se desprendió y cayó sobre su cabeza. El hombre murió en el acto. La ceremonia estaba siendo transmitida en vivo y su muerte quedó registrada para siempre.

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Dos historias completamente distintas. Dos muertes absurdas. Dos videos que recorren el mundo. Y una pregunta que quizás deberíamos hacernos: ¿por qué estamos mirando esto?

No es una pregunta sencilla. Porque la respuesta más cómoda sería culpar a las redes sociales, al algoritmo, a las empresas tecnológicas que compiten por nuestra atención. Y algo de eso hay. Muchísimo. Pero el morbo no lo inventó internet.

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Durante la Revolución Francesa, las ejecuciones públicas con la guillotina convocaban multitudes. El filósofo Costica Bradatan cuenta en su libro Elogio del fracaso que aquel invento, concebido para hacer más rápida y menos dolorosa la ejecución, llegó a decepcionar a los espectadores. La cabeza caía demasiado pronto y el espectáculo terminaba antes de que pudieran disfrutarlo. Había quienes reclamaban más sangre, más sufrimiento, más muerte.

La diferencia es que entonces había que acercarse a una plaza para contemplar el horror. Hoy alcanza con deslizar un dedo sobre una pantalla para que la muerte venga a nosotros.

Desde hace siglos, los seres humanos sentimos una atracción contradictoria por el espanto. Las ejecuciones públicas convocaban multitudes. Los accidentes detenían a los curiosos. Las tragedias ocupaban las primeras páginas de los diarios. La muerte ajena siempre despertó una mezcla de horror, fascinación y alivio: eso terrible que le ocurrió a otro, por fortuna, no me ocurrió a mí.

Una persona sentada dentro de una burbuja transparente mira un teléfono entre líneas de código, botones apagados e íconos de silencio.
Los algoritmos de las redes sociales impulsan la difusión de sucesos trágicos para captar la atención de los usuarios. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Lo que cambió es la escala. Y, sobre todo, la velocidad.

Antes había que acercarse a una tragedia para verla. Ahora la tragedia viene a buscarnos.

Aparece mientras desayunamos, mientras viajamos al trabajo, mientras esperamos un mensaje. Se mezcla con las fotografías de nuestros hijos, las noticias políticas, los goles del fin de semana y los videos de humor.

El algoritmo no tiene sentimientos. Tampoco comprende, por sí mismo, la diferencia moral entre un hombre que muere y un gato que hace una pirueta. Los sistemas de recomendación identifican aquello que consigue retener nuestra atención y tienden a ofrecernos más contenido capaz de provocar una reacción.

Y pocas cosas capturan nuestra atención con tanta intensidad como una muerte inesperada.

Hay algo profundamente inquietante en esta nueva relación con el sufrimiento. No solamente porque vemos morir a desconocidos, sino porque esas personas pierden, en cuestión de segundos, el control sobre su propia historia.

El joven del zoológico deja de ser un hijo, un amigo, una persona con una vida y una intimidad. Se convierte en el video del tigre. El sacerdote deja de ser un hombre que dedicó su vida a una vocación religiosa. Se convierte en el video de la cruz.

La tragedia los transforma en noticia. Las redes los convierten en contenido. Y nosotros, espectadores de una función para la que nunca compramos un ticket, quedamos atrapados entre la repulsión y la curiosidad.

Porque también hay que admitir algo incómodo: a veces miramos. Y a veces volvemos a mirar. No necesariamente porque disfrutemos del sufrimiento. Quizás porque queremos comprender lo incomprensible. Porque necesitamos comprobar que aquello realmente ocurrió. Porque el miedo y la curiosidad conviven en algún lugar profundo de nuestra condición humana.

Pero las plataformas han aprendido a explotar esa contradicción. Cada reproducción, cada comentario, cada segundo de atención puede alimentar un sistema que termina premiando la circulación de lo extraordinario, incluso cuando lo extraordinario es una desgracia.

Y entonces aparece otra pregunta, particularmente incómoda para quienes hacemos periodismo. ¿Hasta dónde es necesario mostrar? ¿Alcanza con contar que un joven murió atacado por un tigre? ¿Necesitamos observar sus últimos segundos? ¿Es indispensable reproducir el instante en que una cruz mata a un sacerdote para comprender la dimensión de la tragedia?

Informar no siempre exige exhibir. Hay una diferencia entre conocer la muerte de alguien y asistir a ella como espectadores. La familia del joven británico pidió públicamente que dejaran de circular las imágenes de su muerte. Es un pedido elemental de humanidad. Pero en el universo digital, donde todo puede copiarse, compartirse y reproducirse indefinidamente, hasta ese deseo parece difícil de respetar.

Quizás lo más perturbador sea precisamente eso: la muerte ha perdido una parte de su intimidad. Durante siglos fue un acontecimiento rodeado de rituales, silencios, despedidas y duelos. Hoy puede transformarse en una secuencia de veinte segundos que alguien mira distraídamente antes de pasar al siguiente video.

No creo que nos hayamos convertido necesariamente en personas más crueles. Pero sí vivimos dentro de un sistema que puede volvernos progresivamente indiferentes. Y esa indiferencia no llega de golpe. Se construye imagen tras imagen, tragedia tras tragedia, hasta que lo intolerable empieza a parecernos parte del paisaje cotidiano.

Tal vez el problema no sea solamente que el algoritmo nos muestra aquello que no queremos ver. Tal vez el problema sea que ha aprendido demasiado bien aquello que, aunque nos avergüence admitirlo, no podemos dejar de mirar. Y en ese espejo oscuro de las pantallas, lo que aparece no es solamente la muerte de los otros. También aparece algo de nosotros mismos.