
Hay algo de Volver al futuro en el auto que Elon Musk presentó al mundo este viernes. Algo de aquella película de 1985 en la que Marty McFly, interpretado por Michael Fox, se subía a un DeLorean convertido en máquina del tiempo por un científico extravagante, el doctor Emmett Brown, y emprendía un viaje imposible. El coche aceleraba, lanzaba destellos, despedía humo y desaparecía dejando dos surcos de fuego. Era una máquina extraordinaria, que nos hacía abrir los ojos de fascinación, construida para atravesar el tiempo. De ese modo, conseguía que millones de espectadores (todavía no éramos “las audiencias”) imaginaran cómo sería el mundo del futuro.
Cuarenta y un años después, Elon Musk parece haber recuperado aquella fantasía. El nuevo Tesla Roadster, presentado en Texas, se eleva del suelo mediante un sistema de propulsores, gira en el aire y aterriza envuelto en una nube blanca. La escena tiene algo de experimento científico, algo de espectáculo cinematográfico y mucho de aquella vieja promesa de que algún día los automóviles dejarían de necesitar las calles.
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Pero también permite recuperar a otro Elon Musk. No al empresario involucrado en las batallas políticas de Donald Trump, ni al multimillonario que se propuso reducir el tamaño del Estado norteamericano y terminó convertido en uno de los personajes más controvertidos de la política estadounidense.
Tampoco al hombre que apareció junto a Javier Milei, en un escenario de la derecha norteamericana, levantando una motosierra como símbolo de su cruzada contra la burocracia estatal. Aquella imagen, celebrada por sus protagonistas, tenía algo de representación excesiva, de provocación deliberada, de espectáculo político llevado hasta el límite de la caricatura.
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Resulta difícil encontrar en aquella escena al mismo hombre que había conseguido desarrollar cohetes capaces de regresar a la Tierra y aterrizar verticalmente después de atravesar el espacio. Y, sin embargo, es la misma persona. Porque existe otro Elon Musk. El inventor. El hombre que se propone conquistar el espacio, construir cohetes reutilizables, llevar seres humanos a Marte y transformar radicalmente nuestra relación con la tecnología.
Es en ese territorio donde Musk recupera su capacidad de fascinación, como la película de Robert Zemeckis. Donde sus extravagancias parecen menos irritantes y sus ambiciones, por desmesuradas que resulten, despiertan una curiosidad casi infantil. Porque hay algo irresistible en los personajes que se empeñan en hacer posible lo que durante generaciones parecía un sueño.
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La historia del automóvil tiene antecedentes épicos. Henry Ford protagonizó, a comienzos del siglo XX, una de las grandes revoluciones industriales de la humanidad. No había inventado el automóvil, pero comprendió que su verdadero potencial estaba en convertirlo en un objeto accesible para millones de personas. Con el Ford T y la incorporación de la cadena de montaje móvil en 1913, consiguió transformar radicalmente los tiempos y los costos de fabricación. El automóvil dejó de ser un privilegio de las clases acomodadas y comenzó a convertirse en una herramienta de la vida cotidiana.
Ford no se limitó a fabricar automóviles. Cambió la organización de las ciudades, las distancias entre las personas, las posibilidades de viajar y hasta la manera de concebir el tiempo.
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Pero una cosa es fabricar automóviles a mansalva, como terminó haciendo la industria que Ford ayudó a transformar, y otra muy distinta es conseguir que esos automóviles puedan volar. Porque el problema ya no consiste solamente en producirlos. Consiste en imaginar cómo podría funcionar un mundo que los incorporara. El Roadster todavía está lejos de esa posibilidad. Musk presentó un vehículo capaz de realizar maniobras aéreas breves mediante propulsores desarrollados con tecnología de SpaceX, pero no un automóvil que pueda volar libremente sobre una ciudad.
Su producción está anunciada para 2028 y quedan enormes desafíos técnicos, de seguridad y de regulación. Pero quizás lo más interesante de la presentación no sea el automóvil en sí mismo, sino nuestra reacción frente a él. El mundo todavía no está preparado para los autos voladores. Todavía nos sorprende descubrir un dron sobrevolando nuestras cabezas. Levantamos la vista, buscamos de dónde viene ese zumbido extraño y observamos con cierta desconfianza ese pequeño objeto que se desplaza por el aire sin piloto.
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Hay incluso algo de sorpresa infantil en esa reacción. Nos detenemos a mirar. Seguimos su trayectoria. Nos preguntamos quién lo maneja, desde dónde, hacia dónde se dirige. Todavía estamos aprendiendo a convivir con máquinas que se mueven por encima de nosotros. ¿Cómo sería, entonces, una ciudad en la que los automóviles pudieran despegar desde una esquina, atravesar el cielo y aterrizar a pocas cuadras de distancia? ¿Cómo se organizaría el tránsito? ¿Quién establecería las reglas? ¿Qué ocurriría con el ruido, los accidentes, las alturas, las rutas aéreas?

Son preguntas que todavía pertenecen más al territorio de la imaginación que al de la vida cotidiana. Y, sin embargo, esa imaginación existe desde hace muchísimo tiempo. La literatura de ciencia ficción anticipó ciudades atravesadas por vehículos aéreos, máquinas autónomas y sociedades en las que la tecnología había transformado por completo la experiencia humana. Julio Verne imaginó conquistas técnicas que parecían delirantes. Isaac Asimov construyó universos habitados por robots. Y el cine terminó de poblar nuestro futuro imaginario con automóviles que volaban entre edificios y autopistas suspendidas en el cielo.
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En Blade Runner, estrenada en 1982, los vehículos aéreos formaban parte del paisaje habitual de Los Ángeles de 2019. Aquel futuro ya quedó atrás. Y los autos todavía circulan por el asfalto.
Es curioso: durante décadas imaginamos un porvenir que no terminó de llegar de la manera en que lo habíamos soñado. Quizás por eso la presentación de Musk tiene algo de nostalgia. Para mostrarnos el futuro, el hombre que pretende revolucionar la tecnología necesita recuperar las imágenes con las que soñábamos cuando éramos chicos. El DeLorean, las películas de ciencia ficción, los automóviles que despegaban verticalmente, las ciudades futuristas. Todo ese universo que parecía condenado a permanecer en las pantallas reaparece, de pronto, en una pista de pruebas de Texas.
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No sabemos si el Roadster terminará siendo una revolución industrial, un lujo reservado para unos pocos o simplemente una demostración extraordinaria de ingeniería. La historia de Ford nos recuerda, además, que una innovación sólo transforma verdaderamente el mundo cuando consigue abandonar el laboratorio, superar sus dificultades técnicas y convertirse en parte de la vida de las personas.
Tampoco sabemos si dentro de veinte o treinta años miraremos al cielo con la misma naturalidad con la que hoy observamos una avenida llena de automóviles. Pero acaso lo que hizo Musk fue recordarnos algo que la humanidad nunca dejó de hacer: imaginar máquinas que todavía no existen y después intentar construirlas.
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Por un momento, el empresario controvertido, el aliado político de Trump, el hombre que había levantado una motosierra junto a Milei, desapareció detrás de una nube blanca de aire comprimido. Y apareció otra vez el personaje que quiere llevarnos al futuro. Aunque, para conseguirlo, haya tenido que regresar al pasado.
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