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El mundo que engendró a Milei

En las próximas elecciones se pondrá a prueba el futuro de su mirada sobre el mundo, pero la disputa de fondo se dirime en otro tiempo

Ilustración en acuarela de Javier Milei, Keiko Fujimori, Donald Trump, José Antonio Kast con banda presidencial y Flávio Bolsonaro, con fondo claro.
Javier Milei aparece en el centro de una ilustración que incluye a Keiko Fujimori, Donald Trump, José Antonio Kast y Flávio Bolsonaro, sobre un fondo de acuarela abstracta. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Hay un número que Wall Street mira de cerca. Globant, el unicornio que fue orgullo tecnológico nacional, acumula un derrumbe de más del 53% en lo que va de 2026 y cotiza en mínimos que no veía desde 2017, mientras el Nasdaq festeja récords históricos por encima de los 26.000 puntos. La empresa argentina que vendía programadores al planeta está siendo devorada por la inteligencia artificial que programa sola.

Mercado Libre, la joya de la corona, tampoco zafó. Se desplomó 12,7% en una sola rueda de mayo pese a facturar un récord de 8.845 millones de dólares en el trimestre, con el crecimiento más veloz en cuatro años. ¿El castigo? Sus márgenes operativos se comprimieron del 12,9% al 6,9% por una apuesta agresiva de inversión para defender su dominio en la era que viene.

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La lectura que nadie está haciendo es simple y filosa. Hasta los campeones tecnológicos criollos descubrieron que en esta era no alcanza con ser digital. Hay que ser la máquina o alimentar a la máquina. No hay tercera posición.

Ese mismo dilema, trasladado a la política, es el que va a definir el lugar de Milei en el mundo. Porque el Presidente ya no es solo un presidente. Se plantó en la escena global como el referente posthumanista de la región, el amigo sudamericano de Silicon Valley, el que habla el idioma de la disrupción cuando el resto habla el de la administración. Ese lugar le dio foto, inversión y relato. Pero esconde una fragilidad que ningún algoritmo corrige. Depende de que el ecosistema que lo abraza siga en pie. Y ese ecosistema se somete a las urnas en los próximos cien días.

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El frente interno tampoco acompaña. El Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Di Tella, el termómetro que mejor anticipó resultados electorales en las últimas dos décadas, se desplomó 6,5% en julio y tocó el punto más bajo de toda la gestión, con una caída acumulada del 21,5% en el año. Poliarquía midió lo mismo desde otro ángulo. Su Índice de Optimismo Ciudadano cayó 9% y entró en zona de pesimismo fuerte, el peor registro de la era Milei, con la aprobación presidencial tocando su piso.

Javier Milei y Keiko Fujimori
Milei y Fujimori en Torre Tagle (Cancillería de Perú)

Y sin embargo, la paradoja argentina persiste. El desgaste todavía no tiene dueño. Las encuestas se reparten entre las que muestran a La Libertad Avanza al frente para 2027 y las que ya la ven detrás de un peronismo que no termina de ordenarse. Esa es la ventana que el oficialismo mira, y la razón por la que el tablero internacional pesa tanto. Sin viento de afuera, la paradoja se puede dar vuelta.

¿Podría haber lugar para otro outsider de buenos modales, que interpele a la sociedad argentina desde la compasión y la comprensión?

El primer aviso llegó desde Perú. Keiko Fujimori acaba de asumir la presidencia tras ganar el balotaje por apenas 49.641 votos, en su cuarto intento. Es de derecha, sí. Pero conviene leer bien qué votaron los peruanos. No eligieron un outsider ni un disruptor ni un profeta digital. Eligieron a la política tradicional en su versión más pura. Una dirigente con partido, estructura, derrotas acumuladas y oficio. Después de años de presidentes caídos y experimentos fallidos, los peruanos le dieron la oportunidad al sistema, no a su demolición. La ola de derecha existe, pero no toda derecha es la misma. El voto conservador de la región está premiando gestión y previsibilidad, no espectáculo.

Chile confirma el patrón. José Antonio Kast gobierna desde marzo tras arrasar en el balotaje con el 58% de los votos, la victoria más holgada que se recuerde en el país trasandino. Es un aliado ideológico de Milei, sí, y el Presidente viajó a su asunción en Valparaíso. Pero su biografía es la contracara del outsider. Abogado, concejal, dieciséis años diputado, fundador de su propio partido, tres candidaturas presidenciales hasta llegar a La Moneda. Treinta años de derrotas digeridas y estructura construida. La derecha chilena no eligió un experimento. Eligió a un político de manual que esperó su turno.

El segundo frente es Brasil, el 4 de octubre. Lula, a los 80 años, busca un cuarto mandato contra Flávio Bolsonaro, el hijo del expresidente preso por golpismo. Y la tendencia cambió de mano. Del empate técnico de marzo, el mandatario pasó a dominar todos los escenarios. La última Datafolha, de fines de julio, le da 40% contra 32% en primera vuelta y cinco puntos de ventaja en un eventual balotaje, mientras Quaest lo muestra con su mejor aprobación desde 2024.

Si Lula gana, el gigante del continente queda en manos del anti-Milei perfecto. No por estatista, que no lo es, sino por ser el último gran caudillo de la vieja escuela. Un animal de partido, sindicato y negociación, que construyó poder durante medio siglo con las herramientas de siempre. La calle, la mesa, el abrazo. Un Lula reelecto convierte a Milei en una isla ideológica entre los dos únicos mercados de la región que Goldman Sachs proyecta entre las potencias de 2075.

El tercer frente es el decisivo: Estados Unidos, en noviembre. Las legislativas de medio término llegan con las proyecciones en contra de Trump, y con un patrón que ya se repite. Las últimas victorias demócratas fueron todas de perfiles clásicos. Abigail Spanberger, exagente de la CIA y congresista moderada, arrasó en la gobernación de Virginia. Mikie Sherrill, expiloto de la Marina, hizo lo propio en Nueva Jersey. Gestión, biografía de servicio, cero estridencia.

En ese molde ya asoma el nombre que los estrategas susurran para la gran vuelta demócrata de 2028. Andy Beshear, gobernador de Kentucky, ganó dos elecciones en un estado que Trump se llevó por treinta puntos y conserva un 52% de aprobación en territorio rojo profundo. Su fórmula es la antítesis exacta del algoritmo. Sentido común, resultados y vecindad. “No nos vemos como demócratas o republicanos, nos vemos como vecinos”, repite. Hasta un donante de su propio partido lo bautizó sin vueltas “el anti-Trump”.

Si el trumpismo pierde el Congreso y esa ola moderada crece, Milei se queda sin su vidriera del norte. El Presidente construyó su marca global sobre esa alianza. Habló en sus foros, abrazó sus causas, importó su estética. Si el socio mayor se debilita, el menor no hereda el negocio. Hereda la intemperie.

El mundo que engendró a Milei está siendo puesto a votación. Pero la disputa de fondo se dirime en otro tiempo. La máquina avanza en segundos; la ley, en años. Ahí, en esa grieta entre la velocidad del código y la lentitud de la norma, se instalaron los conquistadores. No violan reglas. Habitan la ignorancia ajena.

Otros países ya empezaron a escribir su manual de convivencia con la máquina. Y conviene no engañarse cuando se elige el vacío. En esta era, la hoja en blanco no es neutralidad. Es una definición.

Máximo arenga a sus soldados en Gladiador: “Lo que hacemos en la vida resuena en la eternidad”. Lo que no hagamos, también.