
Emmanuel Macron conquistó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del domingo pasado con el 58% de los votos, después de haber obtenido un 28% en la primera. En segundo lugar se ubicó Marine Le Pen, con 41% y 23% respectivamente. El presidente Macron reconoció en el discurso pronunciado después de conocerse los resultados que se había beneficiado con un porcentaje alto de votos que, a pesar de no coincidir con sus políticas, buscaban evitar el triunfo de Agrupación Nacional.
Las cifras de la segunda vuelta reflejan una Francia partida entre un republicanismo democrático y una derecha que resalta en todos sus discursos de tinte nacionalista la necesidad de recuperar el “orgullo y los valores” de la sociedad francesa. La primera vuelta mostró en cambio un país dividido en tres sumando a Jean-Louis Mélenchon, del Partido Francia Insumisa, que obtuvo el 22%, sorprendiendo a los observadores por su escasa diferencia con Marine Le Pen. Mélenchon, con un predicamento antisistema, logró con los años ocupar el lugar de los partidos socialista y comunista que siempre contaron con una fuerte presencia electoral.
La personalidad de Macron constituyó siempre un tema controvertido en la política francesa. Joven exitoso, impetuoso y con una vida personal provocadora, logró erigirse como una alternativa a los candidatos tradicionales. El presidente François Hollande facilitó su ascenso, designándolo en diferentes cargos hasta llegar a Ministro de Economía, Industria y Asuntos Digitales en 2014. Si bien fue miembro del Partido Socialista, se presentó a las elecciones de 2016 con el Partido En Marcha, calificado como “centrista y pro-europeo”. Su gobierno estuvo siempre marcado por su impronta personal, que suscitó adhesiones pero también prejuicios ante una actitud no muy alejada de la soberbia alentada por su meteórico ascenso social.
Macron tuvo la difícil tarea de defender durante esta campaña electoral los intentos de mejorar la competitividad de la economía francesa como lo había anunciado en su momento, reforzar la integración europea y enfrentar los estragos de la pandemia. Francia tiene un ingreso per cápita de 39.000 dólares, que se vio afectado por una caída del PBI del 8,1% en 2020, compensado con una recuperación del 7,1% en 2021. La tasa de desempleo en el cuatro trimestre de 2021 fue del 7,4%, siendo la más baja desde el tercero de 2008.
Las políticas de centro siempre tienen dificultades para defender sus posiciones ante los embates de los extremos. En Francia o en cualquier lugar del mundo, los datos pueden jugar un papel importante, pero nunca lo suficiente para desalentar las críticas e inducir una evaluación imparcial. En las elecciones los opositores siempre se encargarán de señalar las deficiencias, prometiendo políticas que permitirían solucionar en plazos breves todos los males sociales. En estas elecciones, Francia presenció las coincidencias de las promesas de los extremos basadas en el aumento del gasto estatal, más impuestos y más intervención del Estado. Tanto Mélenchon como Le Pen compartieron sus críticas a la Unión Europea y demandaron una mayor independencia de Bruselas. La brecha entre ambos se reduce a una verborragia diferente sobre la inmigración y la diversidad cultural.
La recurrencia a las utopías ya forma parte de las campañas electorales de los extremos tanto de derecha como de izquierda. Para esos sectores no resulta difícil elaborar propuestas para posicionarse como alternativa ante las crecientes demandas de la población. Pareciera que la velocidad de los cambios provocados por las nuevas tecnologías de la comunicación también se traduce en demandas que obligan a recurrir a sofismas para atenderlas. Macron ha ganado las elecciones con la ayuda del rechazo que genera su contrincante, pero tendrá una ardua tarea para convencer a su electorado que no existen milagros y más aún cuando la situación internacional, agravada por la invasión rusa a Ucrania, se ha transformado en un lastre para la formulación de las políticas nacionales.
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