
La escuela tiene la oportunidad histórica de romper con el mandato homogeneizador del siglo XIX para valorar la heterogeneidad y la complejidad del mundo actual y de los sujetos que la transitan y, de cambiar su estructura que quedó vetusta para los tiempos que corren.
El caos que produjo la pandemia mundial y su consecuente confinamiento, tiene que ser el gran escalón para el salto cualitativo. Caos que como su etimología lo indica, quiere decir “espacio que se abre”. Para los griegos el caos fue lo primero que existió, el estado primigenio, precursor del cosmos, que dio lugar a Gea, Tártaro y Eros; es decir, a la tierra, al inframundo y al amor. Y es en ese sentido, con esta metáfora, que tenemos que pensar el cambio que se viene, una escuela que valore vínculos y procesos colectivos, con una dinámica más abierta que potencie las experiencias educativas según los barrios o las comunidades.
Si la pandemia acentuó la desigualdad y los sectores más vulnerados tuvieron más implicancias negativas que las que ya tenían; es hora de decidir políticas públicas que intenten una sociedad más justa y equitativa de una buena vez. Para ello es necesario planificar una escuela que tenga otra distribución de los niveles y ciclos, con otra organización curricular que supere la visión disciplinar, por materias; una escuela que se conforme con proyectos interdisciplinarios, en red con procesos colectivos y donde haya actividades relacionadas con el teatro, la música la danza y la plástica para reflexionar e intentar resolver algunas problemáticas barriales y donde, a su vez, la lectura y la escritura y el hablar y escuchar atraviesen todos los espacios.
Se necesita una escuela que le importe a los gobiernos de turno, los cuales deben jugar el papel que les corresponde, ser el motor de cambio invirtiendo más, innovando la estructura del sistema y jerarquizando a la tarea docente.
Si se pretende una educación de calidad, habrá que fomentar experiencias para una comunidad más integrada, promover la autonomía de los estudiantes, quienes puedan elegir recorridos curriculares según sus intereses e inteligencias, con un buen clima de aprendizajes y, además, que impulsen a conformar equipos docentes capacitados en promocionar recorridos más abiertos y flexibles. En definitiva, una escuela que sea significativa para los jóvenes que están en la esquina y que entusiasme a quienes aún están adentro para que después del caos podamos abrir espacios de vida.
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