
En las campañas electorales es común escuchar a los candidatos referirse a la educación como un punto clave para el cambio social tan necesario. Pero a la hora de poner en práctica el discurso, muy pocos lo ponen en juego en su propia gestión.
Sin embargo, no todos los políticos creen que es un tema sólo para los tiempos de las elecciones. El claro ejemplo de ello es Raúl Alfonsín, uno de los gobernantes que planteó la importancia del tema y quien, en 1984, promovió el segundo Congreso pedagógico nacional, un espacio que se propuso, no sólo como un lugar de participación y debate de los ciudadanos comunes para orientar los lineamientos educativos, sino para transitar el proceso de transición democrática en la posdictadura. El primero había sido cien años antes, en 1882, previo a la Ley 1.420, ley que garantizó el acceso a la educación primaria y promovió la homogeneización social, tan necesaria para ese momento histórico.
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Es de destacar que, en la inauguración del Congreso pedagógico, Alfonsín señaló algunos puntos del diagnóstico de la educación argentina: crónica insuficiencia en la infraestructura escolar, desactualización de contenidos, desprofesionalización de los docentes y analfabetismo funcional, entre otros, remarcando que la desigualdad social es injusta e inmoral. Y finalizó el discurso planteando “en la educación está la clave”.
Mucha agua pasó debajo del puente, pero poco se hizo para una verdadera transformación educativa.
En estos días y desde siempre, los gobernantes estuvieron ocupados en los problemas urgentes, dejando de lado los problemas más importantes. Si bien nadie pone en duda que las escuelas requieren de techo, agua potable o docentes en las aulas, es necesario que haya equipos planificando cómo mejorar la educación a largo plazo: capacitación de excelencia, carrera docente con incentivos, cambios en los formatos escolares y acompañamiento a docentes nóveles, aquellos que sin experiencia toman escuelas en contextos vulnerados y deben poner en jaque toda la teoría para intentar resolver algo de lo que le presenta la práctica cotidiana. Estos son algunos de los cambios posibles desde lo profundo del sistema para que todos los estudiantes estén incluidos más allá de su origen e historia de vida.
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Sin embargo, poco y nada de eso sucede. En campaña, todos los políticos dicen que la educación es el futuro y que toda sociedad desarrollada tiene un buen sistema educativo, pero a la hora de poner en juego esa premisa, el mismísimo Estado es quien no garantiza las condiciones de igualdad ni acompaña el fortalecimiento de escuelas o de la formación docente.
En los meses previos a las elecciones nos invitan a creer que construiremos otra sociedad; sin embargo, al decir de algunos datos, la gran deuda social es cada vez más grande y más profunda.
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¿Les importa la educación a los políticos? Es una pregunta que deberá responderse cada uno.
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