
La relación entre padres e hijos siempre ha sido un tema de debate. En estos tiempos más fluidos, comúnmente las familias consultan por las dificultades con la autoridad. Se pueden ver claros ejemplos a diario en los cuales el adulto suele ser desacreditado por un joven o un niño.
Si nos remitimos a la definición de la palabra autoridad, algunos autores la definen como el poder que uno ejerce sobre otro, sin fuerza; como un aspecto a tener en cuenta en todas las instituciones que conforman la sociedad y que, afortunadamente, en los últimos tiempos, se han ido configurando otras maneras de estar en ellas. Sin embargo, familias sin referentes y con dificultades para construir consensos son algunos de los conflictos que se manifiestan día a día.
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La pregunta obligada es qué nos pasa a padres e hijos que no podemos establecer el diálogo entre nosotros, qué nos sucede que no podemos construir un sistema de acuerdos y de relaciones de respeto entre unos y otros.
Si bien décadas atrás, quienes fuimos jóvenes teníamos clara la diferencia entre lo permitido y lo prohibido; sabíamos, de antemano, que “si nos pasábamos de la raya”, si transgredíamos la norma, venía el castigo o el enojo paterno. Con este ejemplo no defiendo la violencia de aquel entonces ni de ningún tipo; todo lo contrario, la única forma de construir es con el diálogo y concertaciones.
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El problema a dilucidar, creo, no es la incapacidad de los más jóvenes para apropiarse de un orden establecido, sino la ineficacia de una representación de la autoridad, la falta de referencia que un adulto puede construir.
No caben dudas que no hay lugares fijos sostenidos en una jerarquía autorizada, en la herencia o en la experiencia acumulada, como años atrás. Hay anécdotas de mediados de siglo XX, que cuentan acerca del silencio absoluto que sólo provocaba la presencia del abuelo sentado a la mesa o la mirada del padre ante algún acontecimiento. Psicología mediante, hemos aprendido que cada sujeto puede portar su voz, dar a conocer sus pensamientos y dialogar con otros, más allá del rol que ocupa. A pesar de ello, en estos tiempos acelerados y de fragmentación, es complejo construir normas consensuadas, en las cuales se respeten las decisiones de todos.
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Los padres somos, o deberíamos serlo, el referente adulto de los niños, niñas y jóvenes, somos quienes sostenemos la autoridad, quienes debemos identificar señales de alarma en los más chicos y ser objetivos cuando los miramos y escuchamos. No hay posibilidad de tener miedo a los hijos o que ellos nos teman si apelamos al diálogo y, además, si somos firmes, que no es lo mismo que ser autoritarios, siendo claros en nuestras explicaciones y aportando respuestas claras a fin de construir consensos. Pero, por sobretodo, somos quienes debemos tener coherencia entre el decir y el hacer. Y lo demás vendrá por añadidura.
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