Ahora que la humanidad enfrenta una nueva ola de coronavirus, así como cepas más peligrosas; ahora que acabamos de marcar el primer aniversario del inicio de la pandemia, justo cuando la Organización Mundial de la Salud está dando nuevas muestras de su casi completo servilismo hacia China; y en un momento en que las naciones del mundo compiten por la provisión de vacunas y la eficacia en sus programas de vacunación; ahora entonces podría ser pertinente recordar el aporte intelectual que hizo -en medio del exceso estatal, la confusión científica y el hartazgo popular- el notable filósofo francés Bernard Henri-Levy con la publicación de su libro “Este virus que nos vuelve locos”, en junio del año pasado. Ver con claridad qué nos sucedió en el 2020, podría resultarnos útil para afrontar el 2021.
Con típica irreverencia y lucidez, Henri-Levy captó el ánimo del momento y ofreció su mirada a la epidemia y a la reacción a la epidemia con una amplia perspectiva histórica, imbuida de un anecdotario interesantísimo, rica en detalles informativos, profusa en referencias a Michel Foucault, Jacques Lacan, Victor Hugo y Étienne de la Boétie, entre muchos otros, y por sobre todo colmada de inteligencia y coraje. Hacía falta -ante tanto desorden global, álgidos debates ideológicos, aciertos y errores, esperanzas y decepciones- una mente clara que hiciera una pausa, formulara algunas preguntas oportunas y ofreciese respuestas sensatas a una “población de penitentes” afectada por una “filarmónica de trivialidades” en una atmósfera en la cual “las ideas son más tercas que los hechos”.
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El autor regaló bellas apreciaciones: “El hecho de que pocos parecieran sorprendidos, al menos en Francia, de que los libros no se consideraran artículos de primera necesidad”. Derribó varios de los mitos fundacionales de la pandemia: la noción de que de alguna manera el coronavirus ofrecía un mensaje a la humanidad, de que fue una reacción a los excesos de la raza humana, de que era una manifestación de los vicios del capitalismo, entre otros. Y lamentó la nueva normalidad liderada por una elite médica y burocrática presuntamente infalible.
Sobre el primer mito, escribió: “Repetiré primero que los virus son tontos. Ellos son ciegos, no están aquí para contarnos sus historias o para transmitir la historias de los malos pastores de la humanidad. Y, en consecuencia, no se puede esperar un «buen uso», una «lección social», un «juicio final» de una pandemia […]”.
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Sobre el segundo mito, trajo a colación las plagas antiguas de Grecia reportadas por Tucídides, las plagas bíblicas de Egipto, la peste negra europea y anotó: “Ninguna de ellas tuvo nada que ver con la globalización liberal, el agotamiento de los combustibles fósiles o las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono. No hace falta ser un erudito para darse cuenta de que, considerando todo, los virus fueron en cada una de esas ocasiones el arma que la naturaleza utilizó con violencia contra la humanidad más que una señal del crimen que la humanidad había cometido contra la naturaleza. De este providencialismo oscuro, este pensamiento mágico punitivo, este catecismo viral que convirtió nuestras viviendas cerradas en tantos purgatorios y lazaretos, nadie estaba exento”.
A propósito del tercer mito, señaló: “Este es el viejo estribillo marxista de la crisis final del capitalismo en su disfraz matutino de colapsología, o una de las enfermedades infantiles del socialismo actualizado como desastreísmo… Sin embargo, esta fue la primera vez que habíamos visto a todas las mentes críticas de la galaxia de extrema izquierda aplaudir un estado de emergencia”.
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Y sobre el novel status quo, objetó: “Un mundo en el que reinan los técnicos de la ventilación, los supervisores en jefe del estado de emergencia, los asistentes de la agonía. Un mundo donde, en lugar del que duele de verdad, tenemos geles desinfectantes hidroalcohólicos, balcones desde los que nos felicitamos, perros para caminar dos veces al día con el certificado COVID-19 y ciudades purgadas de sus multitudes como un quirófano purgado de sus infecciones nosocomiales”. Y también: “Nunca antes había sido invitado un médico a nuestros hogares cada noche para contar, como una pitonisa triste, el número de muertos del día”.
A Henri-Levy además le fastidia la indiferencia global en torno a varias calamidades políticas, ensombrecidas por la urgencia del COVID-19. Por dar un solo ejemplo de los muchos que brinda: “Erdogan, no contento con tener la sangre de los kurdos en sus manos o la pobreza escuálida de los refugiados de Lesbos en su conciencia, cortó el suministro de agua para 460.000 hombres, mujeres y niños en el Kurdistán sirio cuando el lavado frecuente de manos se había vuelto esencial. Al mismo tiempo, estaba violando las aguas territoriales de Chipre, un país miembro de la Unión Europea. Estaba empujando su ventaja en Somalia y, como si estuviera de paseo por un parque, enviando a sus mercenarios a estirar sus piernas y sus Kalashnikovs a Libia. Pero nadie parecía demasiado preocupado. El distanciamiento social también se aplicó entre continentes”.
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Como tantos de nosotros, este original pensador francés estaba enfadado con los excesos, los caprichos y las simples irracionalidades que marcaron buena parte de la respuesta internacional a la pandemia. Es siempre reconfortante tener cerca un hombro en el que llorar cuando las circunstancias se tornan angustiantes y con su magnífica y breve obra Bernard Henri-Levy nos brinda un muy necesitado consuelo. Que “Este virus que nos vuelve locos”, ya teniendo una traducción al castellano (por la editorial española Esfera de los Libros), no haya sido importado y distribuido adecuadamente en la Argentina, es otra de las aberraciones que signaron esta época insólita.
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