
El jugo de naranja del desayuno y el pan dulce que millones de mexicanos consumen cada mañana pueden estar dañando su hígado de forma silenciosa. Así lo advierten estudios científicos recientes y organismos médicos nacionales e internacionales, que señalan a la fructosa añadida y los alimentos ultraprocesados como factores directamente asociados al desarrollo de la enfermedad de hígado graso no alcohólico (EHGNA), la condición hepática más común en el país.
La EHGNA afecta a entre el 17% y el 50% de los adultos en México, según estimaciones de la Secretaría de Salud y el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).
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Un reporte del IMSS de junio de 2025 catalogó la enfermedad como un padecimiento silencioso de alto riesgo. En el 80% de los casos no genera síntomas hasta sus fases avanzadas.
Los desayunos que el hígado no perdona

El jugo de fruta natural, uno de los acompañantes más comunes del desayuno mexicano, no es tan inocente como parece. Al exprimir varias frutas en un solo vaso, el organismo recibe una gran carga de fructosa de rápida absorción, sin la fibra que ralentizaría su impacto metabólico.
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Estudios de la Harvard T.H. Chan School of Public Health señalan que el consumo frecuente de jugos se relaciona con resistencia a la insulina y aumento de grasa hepática, especialmente cuando se toman en ayunas.
La Revista Saber Más de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo lo precisa con contundencia: la fructosa genera en el hígado la misma patología que el alcohol.
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La fructosa, al metabolizarse de forma predominante en el hígado, activa vías de acumulación de grasa similares a las del alcohol, según estudios publicados enNature Metabolism. A diferencia del etanol, no genera toxicidad directa sobre los hepatocitos, pero su consumo elevado y sostenido puede derivar en la misma progresión: esteatosis, fibrosis y cirrosis.
A eso se suma el pan dulce, el pan de caja y los cereales industriales. Un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Xochimilco encontró que el consumo habitual de galletas y pan de caja con jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF) se asoció con mayor presencia y severidad de esteatosis hepática en los participantes evaluados.
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Por qué la fructosa inflama el hígado

A diferencia de la glucosa, la fructosa se metaboliza casi de forma exclusiva en el hígado. Cuando su ingesta es elevada, el órgano se ve obligado a convertir ese exceso de azúcar en triglicéridos, lo que favorece la acumulación de grasa y, con el tiempo, la inflamación del tejido hepático.
Investigadores de la Universidad de Zúrich (UZH) y el Hospital Universitario de Zúrich demostraron que 80 gramos diarios de azúcar añadido —cantidad presente en menos de un litro de refresco— duplican la producción de grasa en el hígado. El profesor Philipp Gerber, líder del estudio, precisó: “La producción de grasa del propio cuerpo en el hígado fue dos veces más alta en el grupo de fructosa, y este efecto permaneció aún 12 horas después de la última ingesta de azúcar”.
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El mismo mecanismo aplica a la sacarosa, el azúcar común de la industria alimentaria. Los resultados del equipo suizo mostraron que su efecto lipogénico supera incluso al de la fructosa pura, según citó la Sociedad Chilena de Obesidad.
El respaldo científico: 513 mil pacientes analizados

Un metaanálisis publicado en Frontiers in Nutrition en julio de 2025, elaborado por investigadores del Hospital de Zhejiang en China, analizó datos de 513,440 participantes en 10 estudios observacionales. Sus conclusiones son precisas: las personas con mayor consumo de alimentos ultraprocesados tienen un 22% más de riesgo de desarrollar EHGNA frente a quienes consumen menos.
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La relación es dosis-dependiente. Por cada incremento del 10% en el consumo de ultraprocesados, el riesgo de hígado graso aumenta un 6%, según el mismo análisis. Los productos señalados incluyen refrescos, pan dulce industrial, botanas empaquetadas, comida rápida y cereales de caja.
La clasificación NOVA, referencia internacional para categorizar alimentos según su grado de procesamiento, define estos productos como industriales con escaso o nulo contenido de alimento entero, y altos niveles de azúcares añadidos, grasas saturadas y aditivos.
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Por qué los mexicanos son más vulnerables
La población de origen mexicano enfrenta un riesgo adicional. Investigaciones de la Universidad Emory y el Centro Médico UT Southwestern de Dallas, basadas en un análisis de 34 estudios con casi 369,000 pacientes, identificaron al grupo latino —con mayoría mexicana— como el más afectado por EHGNA en Estados Unidos.
Los investigadores atribuyen esa mayor vulnerabilidad a varios factores. El primero es genético: una variante del gen PNPLA3, frecuente en población mexicana, se asocia con mayor acumulación de grasa hepática y progresión a fibrosis. A eso se suman la alta prevalencia de resistencia a la insulina, obesidad y diabetes tipo 2, así como dietas con alto contenido en grasas saturadas y azúcares.
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El síndrome metabólico —condición que precede y acompaña al hígado graso— tiene una prevalencia del 42.3% en adultos mexicanos, según datos de la Universidad Michoacana. En personas con obesidad, la EHGNA alcanza el 70% de prevalencia.
Una enfermedad que avanza sin avisar

La EHGNA progresa en fases. La primera, llamada esteatosis o hígado graso, es reversible con cambios en la alimentación y el estilo de vida. Si persiste, el hígado se inflama y aparecen cicatrices que generan fibrosis, la segunda fase. Cuando la fibrosis avanza, se desarrolla cirrosis: el hígado se endurece, pierde funcionalidad y el único tratamiento disponible es el trasplante.
Tanto la esteatosis como la esteatohepatitis —las dos primeras fases— no producen síntomas. Por eso, según el IMSS, la mayoría de los pacientes llegan al diagnóstico cuando el daño ya es difícil de revertir.
Qué dice la ciencia que sí funciona
La Organización Mundial de la Salud (OMS), la Clínica Mayo y la Asociación Americana de Diabetes coinciden en que la intervención con mayor respaldo clínico es la modificación de la dieta, con énfasis en eliminar azúcares añadidos y ultraprocesados.
La medida más efectiva para revertir el hígado graso, según la evidencia reunida por Infobae México, es perder entre el 7% y el 10% del peso corporal mediante una alimentación de tipo mediterráneo y ejercicio aeróbico combinado con entrenamiento de resistencia.
No existe evidencia médica de que jugos, tés o infusiones “desintoxiquen” el hígado, advierte la Secretaría de Salud. De hecho, el uso indiscriminado de herbolaria puede causar hepatotoxicidad, es decir, daño hepático por toxicidad química.
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