
Tras la conquista de Tenochtitlán en 1521, los conquistadores españoles llevaron a cabo la destrucción sistemática de templos y estructuras religiosas mexicas, utilizando el material (principalmente piedras) de los edificios y esculturas desmantelados para levantar nuevas construcciones coloniales.
En el espacio donde estuvo el Templo Mayor, por ejemplo, se erigió la Catedral Metropolitana. Esta transformación buscaba imponer el dominio cultural y religioso español sobre los pueblos indígenas.
Casi tres siglos después, en 1790, durante trabajos de nivelación en la Plaza Mayor de la Ciudad de México, ordenados por virrey de Revillagigedo, una cuadrilla de trabajadores descubrió una monumental piedra que había permanecido oculta bajo tierra, se trataba de la “famosa Coatlicue”, recuerda el periodista y escritor Héctor de Mauleón.
A su vez, Héctor de Mauleón rescata del olvido a un personaje que fue crucial en la recuperación de los tesoros mexicas hallados en esa época y que de no ser por su intervención, habrían sido probablemente dañados o abandonados al deterioro.

“Un héroe olvidado, el corregidor Bernardo Bonavía, recomendó que la piedra fuera conservada “por su antigüedad y por los escasos monumentos que nos quedan de aquellos tiempos”, y sugirió que se le trasladara a la Real y Pontificia Universidad, para que ahí fuera medida, pesada, dibujada y grabada, y comenzara a indagarse acerca de su origen”, relata de Mauleón luego que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) colocó esta semana nuevas placas en el Zócalo para identificar el punto donde fueron localizados la Coatlicue, la Piedra del Sol y la Piedra de Tizoc.
El corregidor Bernardo Bonavía, al reconocer la importancia histórica de la Coatlicue, recomendó su conservación y traslado a la Real y Pontificia Universidad para su estudio. Allí, la estatua fue medida, pesada, dibujada y grabada, iniciando así una investigación sobre su origen. Este traslado fue una operación compleja debido al peso de la estatua, que supera la media tonelada.
Bernardo Bonavía dedicó gran parte de su vida al servicio de la Corona española en el Virreinato de la Nueva España. Aunque fue designado gobernador de Texas en 1786, las necesidades del reino lo retuvieron en otros puestos.

A su llegada a México, se estableció en la capital, donde se desempeñó eficazmente como corregidor y fue él quien recomendó preservar y estudiar los monolitos hallados en la plaza principal.
La Coatlicue, una estatua de piedra que representa a una deidad azteca, fue encontrada el 13 de agosto de 1790, cerca del Palacio Virreinal, justo cuando se conmemoraba la caída de Tenochtitlan.
El segundo hallazgo, una piedra aún más grande que la Coatlicue, fue identificado como el Calendario Azteca o Piedra del Sol, que había sido enterrado por orden del arzobispo fray Alonso de Montúfar en el siglo XVI para borrar su recuerdo. Según el fraile Diego Durán, la piedra tenía esculpidas las figuras de los meses y los años, y fue encontrada boca abajo por los trabajadores en 1790.
La importancia de estos hallazgos radica en su valor histórico y cultural, ya que representan algunos de los pocos monumentos que han sobrevivido de la época prehispánica en México. La Coatlicue y el Calendario Azteca son ahora piezas centrales en el Museo Nacional de Antropología, donde continúan siendo objeto de estudio y admiración.
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