
Desde el surgimiento de la agricultura y la ganadería, hace más de 10 mil años, la humanidad evolucionó junto a otras especies animales, las cuales logró domesticar y con las que se consolidaron las grandes urbes. No obstante, dicha relación de mutua cooperación también fue cambiando hasta tornarse en amistades.
De este modo, no solo el perro ha establecido vínculos emocionales con hombres y mujeres, sino que el caballo también logró dar ese paso. Así, algunos de estos animales protagonizaron —junto con sus amos— importantes episodios de la historia universal y, en particular, de la historia mexicana.
Hace aproximadamente medio millón de años, en el territorio que actualmente ocupa México habitaron algunas especies de equinos, las cuales fueron conocidas a partir de sus fósiles. No obstante, el llamado “Caballo mexicano” se extinguió hacia finales del pleistoceno, por lo que los habitantes del continente americano no lo conocieron.

Dos de los caballos más famosos de la historia nacional fueron algunos de los primeros en llegar a América junto con los invasores españoles. Se trata de Arriero y Cabeza de Moro, también conocidos como Molinero y El Morcillo, los cuales eran propiedad de Hernán Cortés.
Aquellos dos caballos fueron los primeros en ser visto por los pueblos mesoamericanos junto a otros 15 caballos más, que, al principio, los nativos concibieron como bestias sobrenaturales.
Molinero fue el equino que Cortés montó a su llegada a Tenochtitlán y aquel que lo acompañó en todas sus batallas posteriores. Incluso, se cuenta que lo salvó durante la batalla de La noche triste el 1 de julio del 1520, cuando los españoles fueron derrotados por los mexicas. Asimismo, dicho animal lo acompañó de regreso a España y fue enterrado en el antiguo Palacio de Montpensier.

Tres siglos después de aquel asedio, los caballos también fueron parte importante de otro momento histórico: la guerra de Independencia de México, aunque no se tienes registros de los caballos más notables durante el enfrentamiento que dio origen al México moderno. No obstante, en algunas pinturas quedó plasmado el primero emperador mexicano, Ignacio Iturbide, montando un imponente corcel negro.
Años después, durante el segundo imperio de México, el emperador Maximiliano de Habsburgo llegó al país con sus mejores caballos. Se trataba de Orispelo y Anteburro (que nada tenía que ver con los asnos). El primero era un palomino de pelaje brillante en tonos dorados, con la cola y crin en color blanco. El segundo era completamente blanco.
Por su parte, Porfirio Díaz —quien se hizo del poder por más de treinta años— tenía un alazán de nombre Águila, con el que posó en repetidas ocasiones en fotografías, retratos al óleo y hasta en la primer película mexicana titulada El general paseando a caballo en el bosque de Chapultepec.

Durante la época revolucionaria también destacaron varios corceles que se llevaron el mérito en las batallas tanto como los caudillos. Francisco I. Madero, quien logró derrocar a Díaz, llegó a Palacio Nacional desde el Castillo de Chapultepec montando a Destinado, su favorito.
Otro personaje de la historia que tenía un gran amor por los caballos fue el Caudillo del Sur, Emiliano Zapata, quien recibió un alazán en muestra de confianza por quien finalmente fue su verdugo. Jesús María Guajardo le envió de regalo a As de Oros, un alazán que el Jefe Zapata no pudo rechazar. Sin embargo, fue sobre aquel equino que el jefe del Ejército Liberador del Sur fue enboscado y baleado.
Por su parte, Pancho Villa también fue aficionado de montar. Y, pese que a lo largo de su vida tuvo decenas de caballos, su favorito fue Siete Leguas, tal como un corrido clásico lo cuenta. “Siete Leguas, el caballo que Villa más estimaba. cuando oía pitar los trenes, se paraba y relinchaba”.
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