
El grito de Louise Woodward atravesó la sala del tribunal y quedó registrado como una de las imágenes más dramáticas de un juicio que había mantenido en vilo a Estados Unidos y Gran Bretaña. Cuando la presidenta del jurado pronunció la palabra “culpable”, la joven británica de 19 años se dobló sobre sí misma, rompió en llanto y comenzó a repetir, desesperada, que no había hecho nada. Sus abogados quedaron inmóviles. Sus padres, sentados a pocos metros, apenas reaccionaron. Del otro lado de la pantalla, miles de personas seguían la escena en directo.
El 30 de octubre de 1997, Louise había sido declarada culpable de asesinato en segundo grado por la muerte de Matthew Eappen, un bebé de ocho meses al que cuidaba como niñera en una acomodada familia de Massachusetts. Al día siguiente recibió la condena correspondiente: prisión perpetua, con posibilidad de solicitar la libertad condicional después de cumplir quince años.
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Sin embargo, aquella sentencia no sería el último capítulo. Apenas diez días después del veredicto, el mismo juez que llevó adelante el proceso modificaría la condena, reduciría la calificación penal y ordenaría liberar a la joven. El desenlace transformó el caso en una controversia internacional sobre la justicia, las pruebas científicas y la responsabilidad de quienes tienen a su cargo el cuidado de un niño.
La historia había comenzado nueve meses antes, en una casa de Newton, un suburbio de Boston. Y todo lo que ocurrió allí terminó convirtiéndose en un espectáculo judicial que enfrentó a dos familias y dividió a la opinión pública.
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Una joven inglesa en una familia estadounidense
Louise Woodward había crecido en Elton, una localidad de Cheshire, Inglaterra. Tenía 17 años cuando llegó a Estados Unidos, en junio de 1996, para trabajar como au pair, una modalidad de intercambio cultural que permitía a jóvenes extranjeros instalarse en hogares estadounidenses a cambio de alojamiento, manutención y una remuneración por cuidar a los hijos de la familia anfitriona.
En noviembre comenzó a trabajar para Sunil y Deborah Eappen, un matrimonio de profesionales que vivía en Newton. Él era anestesiólogo y ella, oftalmóloga. Tenían dos hijos pequeños: Brandon, de dos años, y Matthew, que todavía era un bebé.

La responsabilidad de Woodward consistía en atender a ambos niños mientras sus padres trabajaban. Con el correr de los meses surgieron algunas tensiones relacionadas con los horarios, las reglas de convivencia y las exigencias del trabajo. Durante el juicio también se habló de las dificultades que suponía atender a Matthew, que lloraba con frecuencia. El 4 de febrero de 1997, esa convivencia terminó de manera abrupta.
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La llamada que cambió todo
Aquella mañana, Deborah Eappen salió de su casa para trabajar y Matthew quedó al cuidado de Louise. Horas después, la joven llamó al servicio de emergencias 911 porque el bebé tenía dificultades para respirar.
Cuando los médicos llegaron, encontraron al pequeño inconsciente y en estado crítico. Fue trasladado al Children’s Hospital de Boston, donde detectaron lesiones cerebrales gravísimas, una hemorragia intracraneal y una fractura en el cráneo.
Durante los días siguientes, Matthew permaneció internado, pero su estado se deterioró progresivamente. El 9 de febrero murió después de que sus padres aceptaran que se lo desconectara del soporte vital.
Los investigadores comenzaron a reconstruir lo sucedido. La atención se concentró rápidamente en Woodward, la persona que había estado a solas con el bebé durante las horas anteriores a su internación.
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La joven fue interrogada. Según los testimonios policiales presentados posteriormente, reconoció que había sido “un poco brusca” con Matthew. Ella negó admitir que lo maltrataba y explicó que solo lo sacudió suavemente para intentar reanimarlo cuando advirtió que no respondía.
El 5 de febrero había sido acusada de agresión y lesiones. El 11, después de la muerte del niño, fue arrestada bajo sospecha de asesinato. Dos días más tarde se declaró inocente y quedó detenida sin posibilidad de salir bajo fianza.
Un mes después, un gran jurado formalizó la acusación por homicidio. La joven que había llegado a Estados Unidos para trabajar y conocer otro país se enfrentaba ahora a la posibilidad de pasar el resto de su vida en prisión.
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Dos versiones irreconciliables
La investigación y el juicio estuvieron atravesados por una discusión médica que resultaría determinante. La fiscalía sostuvo que Matthew había sufrido el síndrome del bebé sacudido (shaken baby syndrome), una lesión que puede producirse cuando un adulto agita violentamente a un lactante. Debido a la debilidad de los músculos del cuello, ese movimiento puede provocar daños cerebrales y hemorragias internas.
Según los fiscales, Woodward perdió la paciencia ante el llanto del niño y lo agitó con violencia. También sostuvieron que golpeó su cabeza contra una superficie dura. La defensa construyó una explicación completamente diferente. Sus abogados, entre ellos Barry Scheck, conocido por su participación en el equipo que defendióa O. J. Simpson, cuestionaron que las lesiones fatales se produjeran necesariamente aquel día.
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Plantearon la posibilidad de que Matthew hubiera sufrido una lesión craneal anterior y que una hemorragia se reactiva posteriormente. También recordaron que el bebé sufrió una fractura en una muñeca semanas antes, durante un accidente doméstico.

Los defensores insistieron en que no existía una demostración científica concluyente de que Woodward provocara las lesiones que causaron la muerte. La joven, por su parte, declaró durante el proceso, negó haber golpeado o sacudido violentamente al bebé y sostuvo que intentó ayudarlo cuando advirtió que algo andaba mal.
La fiscalía presentó el episodio como una reacción violenta ante un niño que lloraba y demandaba atención. La defensa respondió que se estaba construyendo una culpabilidad sobre una interpretación de los hechos que no podía sostenerse con certeza.
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Un juicio televisado y una decisión arriesgada
El proceso comenzó el 6 de octubre de 1997 en Cambridge, Massachusetts. Durante tres semanas, la sala se convirtió en el escenario de una atención mediática extraordinaria. Los medios estadounidenses y británicos siguieron cada declaración, cada pericia y cada movimiento de la acusada.
En Gran Bretaña, Woodward encontró numerosos defensores. Para una parte de la opinión pública, era una adolescente que quedó atrapada en un sistema judicial estadounidense particularmente severo. En Estados Unidos, en cambio, muchos consideraban que debía responder por la muerte de un bebé indefenso.

Uno de los aspectos más importantes del juicio fue la estrategia elegida por la defensa. La fiscalía solicitó que el jurado pudiera considerar también el delito de homicidio involuntario, una figura menos grave que el asesinato. Sin embargo, los abogados de Louise se opusieron: apostaron a una estrategia de todo o nada, convencidos de que los jurados debían absolverla si no estaban seguros de que había cometido un asesinato.
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El juez Hiller B. Zobel aceptó el planteo y no incluyó esa alternativa en las instrucciones al jurado. Fue una decisión arriesgada. Los doce integrantes del tribunal debían elegir entre condenarla por asesinato o declararla inocente. El 27 de octubre, Woodward declaró en su propia defensa y volvió a negar que hubiera lastimado deliberadamente al niño. Al día siguiente comenzaron las deliberaciones. El 30 de octubre llegó el desenlace.
La palabra que destruyó la esperanza de la defensa
La presidenta del jurado anunció que Louise Woodward era culpable de asesinato en segundo grado. La joven se inclinó hacia adelante, rompió en llanto y comenzó a gritar que no había hecho nada.
El veredicto significaba que los jurados consideraban probada su responsabilidad en la muerte del bebé. En Massachusetts, ese delito llevaba aparejada una pena obligatoria de prisión perpetua, aunque permitía solicitar la libertad condicional después de quince años.
El 31 de octubre, el juez Zobel formalizó la sentencia. Woodward, que había cumplido 19 años pocos días antes, fue condenada a pasar el resto de su vida en prisión, con la posibilidad de acceder a la suspensión de condena una década y media más tarde.
La defensa anunció que recurriría la decisión. Sus abogados estaban convencidos de que el proceso tuvo errores y que las pruebas médicas no permitían sostener una condena por asesinato. Pero nadie imaginaba que el giro llegaría mucho antes de lo esperado.
El 10 de noviembre de 1997, el juez Hiller Zobel volvió a sorprender a todos. Después de escuchar los argumentos de los abogados de Woodward, decidió modificar el veredicto del jurado. Redujo el asesinato en segundo grado a homicidio involuntario y anuló la pena de prisión perpetua.

El magistrado consideró que la conducta de la joven había estado marcada por la confusión, la inexperiencia, la frustración, la inmadurez y cierto grado de enojo, pero no por la malicia necesaria para sostener una condena por asesinato. No la declaró inocente ni descartó que su comportamiento hubiera contribuido a la muerte del bebé. Lo que cuestionó fue que las pruebas justificaran mantener la calificación penal más grave.
También argumentó que el jurado había sido obligado a elegir entre asesinato y absolución, sin poder evaluar una figura menos severa. La decisión fue acompañada por otra medida extraordinaria: Zobel le impuso a Woodward una pena de 279 días de prisión, exactamente el tiempo que llevaba detenida. Como ya había cumplido esa condena, ordenó su liberación inmediata.
La noticia provocó celebraciones entre sus adeptos. En Elton, el pueblo inglés donde creció, numerosos vecinos siguieron las novedades con expectativa y festejaron la decisión. En Boston, en cambio, la resolución despertó indignación. Para los padres de Matthew y para quienes consideraban que el jurado cumplió correctamente su función, resultaba incomprensible que una mujer condenada por la muerte de un bebé pudiera abandonar la cárcel después de menos de diez meses. La fiscalía anunció que apelaría la decisión. Woodward recuperó la libertad, aunque debió entregar su pasaporte mientras se resolvía el recurso.
La última batalla judicial
El caso llegó a la Corte Judicial Suprema de Massachusetts, que debía determinar si correspondía restablecer la condena original por asesinato en segundo grado. El 16 de junio de 1998, el máximo tribunal estatal confirmó, por cuatro votos contra tres, la decisión de Zobel.

Los magistrados reconocieron que había sido un error impedir que el jurado considerara el homicidio involuntario, pero concluyeron que el juez tenía facultades para modificar el veredicto y que no había motivos suficientes para restablecer la condena por asesinato.
Entonces, la sentencia dejó firme la condena por homicidio involuntario y la pena de 279 días que Woodward ya había cumplido. Así, quedó definitivamente despejado el camino para que regresara a Inglaterra.
Louise no había sido absuelta: seguía siendo legalmente responsable de la muerte de Matthew. Pero tampoco tendría que cumplir los quince años mínimos que habría exigido la condena original para solicitar la libertad condicional.
Los padres del bebé, Sunil y Deborah Eappen, también iniciaron una demanda civil por muerte injusta. La tragedia familiar había quedado expuesta ante millones de personas y la discusión pública, en ocasiones, dejó en segundo plano el dolor de quienes perdieron a su hijo.
Finalmente, el 29 de enero de 1999, antes de que comenzara ese juicio, los abogados llegaron a un acuerdo: Woodward no podría obtener ganancias personales por libros, entrevistas o cualquier publicación sobre el caso. Si en el futuro recibía dinero por contar su historia, debía destinarlo a UNICEF, la organización benéfica que ella eligió. Los términos económicos restantes quedaron bajo confidencialidad.
Una sentencia que no cerró las preguntas
El caso Louise Woodward dejó una huella que excedió la discusión sobre la culpabilidad de una joven niñera. Puso bajo la lupa el sistema de contratación de au pairs, la preparación de quienes quedaban a cargo de niños pequeños y el papel de los medios de comunicación en los procesos judiciales. También expuso los riesgos de una estrategia defensiva que apostó todo a la absolución y terminó dejando al jurado sin la posibilidad de considerar una condena menor.
Woodward regresó a Gran Bretaña después de que la máxima instancia judicial de Massachusetts confirmara la reducción de su condena. Había llegado a Estados Unidos siendo prácticamente una adolescente y volvía convertida en una de las mujeres más conocidas y cuestionadas en los tribunales internacionales. El caso dejó un dato incontrastable que ninguna revisión ni discusión jurídica pudo modificar: Para Matthew Eappen y su familia no existió chance de apelación capaz de revertir el desenlace.
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