
El 31 de mayo de 1916, a las seis de la tarde, el artillero Walter Yeo apuntaba los cañones del HMS Warspite en algún lugar del Mar del Norte, frente a la costa de Dinamarca, cuando el buque dejó de obedecerle a su capitán. Un dispositivo del mecanismo de dirección se recalentó y trabó el timón.
El acorazado, que viraba para tomar posición en la línea de batalla británica, quedó girando sobre sí mismo a toda máquina, trazando círculos completos ante la flota alemana durante la Primera Guerra Mundial. Siete buques enemigos concentraron el fuego sobre aquella mole de acero de 33.000 toneladas que no podía dejar de dar vueltas.
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El Warspite completó dos giros enteros antes de que la tripulación recuperara el control. Para entonces había recibido 15 impactos de proyectiles pesados de 280 y 305 milímetros, tenía la sala de máquinas inundada, la velocidad reducida a 16 nudos y solo una torreta podía disparar. Catorce hombres murieron. Dieciséis resultaron heridos. Yeo fue uno de ellos.
Un fogonazo de los cañones navales le alcanzó en la cara a Yeo. La llamarada le carbonizó la piel desde la frente hasta la línea de la nariz. Le destruyó los cuatro párpados. Sin párpados, los ojos quedan expuestos al aire, se secan, se infectan y se ulceran. Sin tratamiento, el resultado es la ceguera.
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Esa tarde, la batalla de Jutlandia,el mayor enfrentamiento naval de la Primera Guerra Mundial, dejó 6.094 británicos muertos y un total de casi 10.000 bajas entre ambos bandos. El acorazado llegó a Rosyth a las tres de la tarde del 1 de junio, con 150 agujeros en el casco. Y Walter Yeo llegó con él, con la cara quemada y los ojos que no podían cerrarse.

Yeo tenía 25 años. Había nacido en Plymouth en 1890, y el mar era parte de su vida desde niño. Su padre, Francis Yeo, suboficial de la Marina Real, murió en el naufragio del HMS Serpent frente al cabo Vilán, en España, cuando Walter tenía tres semanas de vida. Solo tres tripulantes sobrevivieron. Su madre, Rhoda, quedó sola con Walter y dos hermanos.
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Porque su padre había muerto en servicio, Walter fue admitido en la Royal Hospital School de Greenwich, la escuela para hijos de marinos. Ingresó en septiembre de 1902 y salió en mayo de 1906 hacia el buque escuela HMS Ganges, como corneta. A los 18 años pasó a marinero ordinario. A los 25 ya era suboficial, como su padre. El camino estándar de un muchacho de clase trabajadora de Plymouth. Pasó rango por rango, buque por buque, hasta que la guerra le puso un cañón en las manos.
Un hospital donde los espejos estaban prohibidos
Pasaron catorce meses entre la quemadura y el bisturí. Walter Yeo llegó al Queen’s Hospital de Sidcup, en Kent, el 8 de agosto de 1917, más de un año después de Jutlandia.
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Sidcup era el primer hospital del mundo dedicado exclusivamente a heridas faciales. Funcionaba en Frognal House, una casa de campo convertida en centro quirúrgico, financiada casi por completo con donaciones privadas. Lo había conseguido un otorrinolaringólogo neozelandés de 34 años llamado Harold Gillies, que se había alistado en el Cuerpo Médico del Ejército Real al inicio de la guerra y había ido a Francia, donde observó al dentista franco-estadounidense Charles Valadier experimentando con reparaciones de mandíbula y al cirujano facial Hippolyte Morestin trabajando en París.
Gillies volvió a Inglaterra convencido de que el ejército británico necesitaba una unidad especializada. Consiguió una sala en el Hospital Militar de Cambridge, en Aldershot, e hizo imprimir sus propias etiquetas de evacuación para que los hospitales de campaña en Francia le enviaran directamente a los hombres con heridas en la cara. El primer día de la batalla del Somme, su sala se desbordó. Eso selló el argumento para algo más grande.
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En Sidcup, para principios de 1918, había alrededor de 1.000 camas. A lo largo de su existencia, hasta 1925, el hospital trató a más de 5.000 hombres y realizó unas 11.572 operaciones. Algunos pacientes pasaron por hasta 50 intervenciones cada uno.
Era un lugar extraño. En las salas de Gillies, los espejos estaban prohibidos.
La razón era lo que les ocurría a los pacientes cuando veían su propio reflejo. Gillies relató la historia que le contó la enfermera Catherine Black sobre un cabo que, a juzgar por la foto que guardaba en su equipaje, había sido muy apuesto. Una mujer llamada Molly le escribía casi a diario, cartas llenas de planes para el día en que pudiera visitarlo. Él la postergaba una y otra vez. “No quiero que venga hasta que me saquen estos malditos vendajes”, le decía a la enfermera. “Le daría un susto de muerte verme aquí acostado pareciendo una momia”.
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El día en que le retiraron los vendajes, su madre fue a visitarlo. Se puso muy pálida, y Black pensó por un momento que se iba a desmayar, pero ni la más leve expresión del rostro o de la voz la delató. Esa noche, Black encontró al cabo con un espejo en las manos. Los espejos siempre encontraban la manera de entrar.
Los pacientes se negaban a ver a sus familias. Los niños huían al ver a sus padres. Las enfermeras y los camilleros luchaban por mirar a sus pacientes a la cara. Ward Muir, un camillero del 3er Hospital General de Londres, escribió que nunca había sentido incomodidad al atender a un paciente, “por deplorable que fuera su estado, por humillante que fuera su dependencia de mis servicios, hasta que entré en contacto con ciertas heridas de la cara”.
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En ese mundo trabajaba Henry Tonks, un cirujano que se había convertido en pintor y profesor de arte en la Slade School de Londres. Gillies, que era dibujante aficionado y había tomado lecciones de dibujo por correspondencia para registrar sus procedimientos, reconoció el valor de trabajar con un artista de ese calibre. Le pidió a Tonks que retratara a los pacientes antes y después de cada cirugía.
Tonks le escribió a un amigo. “Estoy haciendo una serie de cabezas de soldados heridos a los que les destrozaron la cara. Es una cámara de los horrores, pero estoy bastante contento de dibujarlos porque es una práctica excelente”.
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Los retratos, que Tonks consideraba “temas bastante espantosos para la vista del público”, permanecieron casi un siglo en los archivos del Royal College of Surgeons y del University College London. No se exhibieron públicamente hasta 2002.
Cuando Gillies examinó a Walter Yeo, lo que vio fue esto, según lo describió en su libro Plastic Surgery of the Face, publicado en 1920. “Un ectropión cicatricial muy marcado de los cuatro párpados era el rasgo más desfigurante del caso. Además, la parte superior de la cara, desde el nivel de la nariz hasta la frente, era una masa de tejido cicatricial blanco y de aspecto ceroso”.
El plan de Gillies era audaz. En lugar de parchar los párpados con injertos pequeños, decidió “llevar a cabo un reemplazo completo de la mitad superior de la cara”.

La máscara que flotaba en pus
La primera etapa de la cirugía se realizó el 12 de noviembre de 1917. Gillies colocó un molde bajo la piel del pecho de Yeo para expandirla y prepararla para el trasplante. Dos semanas después, el 30 de noviembre, levantó un colgajo amplio de piel del tórax y lo extendió sobre la cara de Yeo como una máscara, formando párpados nuevos.
El problema central de un injerto así era la irrigación sanguínea. Un colgajo de piel separado por completo de su sitio original muere. La solución era dejarlo conectado por dos extremos que funcionaban como puentes de tejido vivo entre el pecho y la cara, manteniendo el flujo de sangre hasta que el injerto desarrollara sus propios vasos en el nuevo sitio.
Gillies había descubierto la técnica tubular mientras trataba a otro herido de Jutlandia, William Vicarage, un relojero de Swansea quemado a bordo del HMS Malaya. Notó que los bordes de los colgajos se curvaban hacia adentro por la tensión, y decidió coserlos en forma de tubo. El tubo cerrado reducía el riesgo de infección y mantenía la circulación. Una vez que el extremo lejano prendía, el tubo se cortaba, se abría y se extendía sobre el área dañada.
La infección atacó el injerto con fuerza. “El colgajo casi flotaba en pus en un momento dado”, escribió Gillies. Una pequeña área de gangrena apareció sobre la punta de la nariz y por encima de las cejas. Hubo riesgo real de que el procedimiento fracasara.
No fracasó. El 8 de enero de 1918 la piel cicatricial había sido reemplazada. Yeo tenía párpados funcionales que protegían sus ojos. Tenía sensibilidad en la cara.
Las fotografías de su caso se convirtieron, un siglo más tarde, en algunas de las imágenes médicas más compartidas de internet. La de “durante” es la más perturbadora. Se ve un rostro cubierto por una máscara de piel hinchada y cosida, con los tubos bajando hacia el cuello.
Las notas del caso, sin embargo, registraron que el rostro de Yeo quedó “mejorado, pero aún con desfiguración severa”. Lo que Gillies le había dado no era una cara nueva. Eran párpados que funcionaban. Eso importaba más que la apariencia.

El paciente que murió el mismo año que su cirujano
Tras la publicación del libro de Gillies en 1920, Walter Yeo había sido declarado apto para el servicio y se había reincorporado a la Marina Real. Fue dado de baja médica en 1921, después de una operación adicional. Nunca concedió una entrevista pública sobre su cirugía.
Los ojos de Yeo siguieron necesitando atención. Su último tratamiento documentado fue en el Royal Naval Hospital de Plymouth en 1938, dos décadas después de la cirugía de Sidcup. Antes de la guerra se había casado con Ada Edwards y había tenido una hija, Lillian. Después de la cirugía tuvieron una segunda hija, Doreen. Vivió la mayor parte de su vida en Plymouth.
Gillies, por su parte, fue nombrado caballero en 1930 por su trabajo con veteranos heridos. Durante la Segunda Guerra Mundial organizó unidades de cirugía plástica en todo el Reino Unido y entrenó a otros cirujanos en sus técnicas. Su primo, Archibald McIndoe, las usó para tratar a pilotos de la RAF con quemaduras graves.
En 1946, Gillies realizó la primera faloplastia de la historia a Michael Dillon, el primer hombre transgénero en recibir esa operación. En 1951 operó a Roberta Cowell, una mujer transgénero, con una técnica que se convirtió en el estándar durante las cuatro décadas siguientes.
El archivo de Gillies sobrevive. El Royal College of Surgeons de Inglaterra conserva los expedientes de más de 2.500 soldados tratados en Sidcup entre 1915 y 1925. Hay fotos, notas clínicas, acuarelas y radiografías.
En 2009, las fotografías de Yeo fueron publicadas con un llamado a localizar a sus familiares vivos. Para entonces, las imágenes del marinero de Plymouth con la máscara de piel cosida al rostro ya circulaban por internet sin nombre, sin historia y sin contexto. Un caso clínico convertido en curiosidad viral.
Walter Yeo murió en Plymouth en diciembre de 1960, a los 70 años. Harold Gillies murió ese mismo año, a los 78, todavía operando.
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