
Los milagros existen. Solo eso puede explicar cómo se resolvió esta historia de pesadilla. Era el jueves 25 de agosto de 1983. Una pareja de Pittsburgh, Cynthia y Steven (36) Gaulin, paseaba por el Genesee Park de Colorado, un área salvaje de unas 1000 hectáreas. Bosques, cañones, montañas, alces, bisontes, osos, zorros y ciervos son parte del mismo. Ellos estaban de vacaciones, muy concentrados en la observación de pájaros: la variedad es enorme. Steven, profesor de Antropología de la Universidad de Pittsburgh con un PhD de Harvard. y Cynthia, académica vinculada a la psicología y el lenguaje, habían viajado especialmente para pasar en ese entorno unos días de descanso.
Serán ellos los hacedores del milagro.
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Llevaban más de dos horas recorriendo la zona de Stapleton Drive, cerca de la salida Chief Hosa que da a la ruta interestatal 70, cuando a Cynthia le dieron urgentes ganas de hacer pis. Ve un área de picnic, con dos viejas casillas de madera a un costado. Son baños precarios, un par de letrinas abandonadas. Nada. Nadie. Cynthia no aguanta más y le avisa a Steven que entrará para hacer pis. Dentro ve un agujero, un caño abierto que va hacia el pozo séptico. Hace pis y de pronto da un salto. ¿Qué es ese lloriqueo? ¿De dónde viene? Parece el sonido de una criatura. Presta atención: la voz infantil dice “Mami, mami”.
¡Es una niña! La voz sigue diciendo “Mami, quiero un poco de Kool Aid” (se refiere a un jugo). ¿Qué está pasando? Cynthia sale y llama a Steven quien también ha escuchado el llanto lejano. Buscan fuera de los excusados, no saben de dónde proviene el sonido. No la ven. Están sumamente sorprendidos. Cynthia entra a la cabina donde estuvo y se asoma al pozo. Le parece que la voz sube por allí. Intentan mirar, pero está absolutamente oscuro dentro. Steven corre hasta su auto para buscar una linterna. Vuelve y alumbra el agujero del pozo ciego. Abajo, dos ojos lo miran. Unos 4 a 5 metros debajo ve una niña en medio de líquidos cloacales.
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“¡¿Qué haces ahí?!”, atina a preguntar Steven.
“Yo vivo aquí ahora”, responde la voz infantil.

Rescate del hedor
Steven y Cynthia le siguen hablando y le preguntan si quiere salir de ese sitio. Ella les dice que sí. La pareja no tiene idea de que hay una menor desaparecida.
Van a una cabina telefónica y discan para llamar a emergencias. Son más de las once de la mañana cuando llegan los rescatistas voluntarios de Highland Rescue, Stephen Bakker y Stephen Arndt.
Bakker es quien baja con unas cuerdas y un arnés. Desciende con cuidado por el pequeño pozo. Encuentra a la pequeña consciente en medio de líquidos pestilentes. Está parada sobre unos palos que ella misma dispuso como una plataforma para poder pararse. La extrae de la misma manera: va subiendo con su arnés y ella abrazada a él. Ella se agarra con desesperación y cuando están arriba no quiere soltarlo. Esa pequeña ha pasado unas 70 horas sumergida en ese infierno.
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Los rescatistas sí saben que se está buscando a una niña de 3 años desde el lunes. Ya es jueves. Rápidamente unen los puntos del misterio: esta niña es Lori Poland (3), la hija de Diane (25) y Richard Poland.
Otra rescatista, Joanne Greenberg, va con ella en la ambulancia hacia el hospital. En el vehículo va un policía que quiere preguntarle por el secuestrador, pero Joanne se opone a que la intranquilice más de lo que está. Ellas solamente hablan de que comerán pizza y que tomarán una Pepsi. Los pies de Lori están hinchados. Ha pasado demasiado tiempo parada sobre esa mezcla de orina y heces.
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Llega al St. Anthony ‘s Central Hospital de Denver consciente, pero en estado delicado. Está deshidratada y debilitada. Sus pies y piernas se ven sumamente hinchados y comprometidos. La caída le ha provocado heridas en sus extremidades inferiores y la exposición prolongada a los líquidos contaminados parece haber ocasionado una grave infección. Tiene problemas circulatorios. Los médicos piensan que esto podría terminar con una doble amputación.
Sus padres llegan de inmediato. Les han comunicado que ocurrió un hecho extraordinario y que su hija ha sido hallada con vida. La ven confundida y retraída.
Esa primera noche en el hospital su madre la escucha gritar en medio de terribles pesadillas. Dice repetidas veces: “¡Sáquenme de acá!”.
Un psicólogo infantil trabajará junto a sus padres todos esos primeros días. Lo peor vendrá después: los médicos terminaran de examinarla y hallarán en ella signos de abuso sexual.
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Al día siguiente, Lori mejora lo suficiente para que se la considere fuera de peligro.

¿Cómo llegó Lori hasta allí?
Tres días antes, el lunes 22 de agosto de 1983, Lori y su hermano mayor de 5 años estaban jugando en el jardín delantero de su casa ubicada en el número 3200 de la calle W. Bear Creek Drive, en Sheridan, Colorado, Estados Unidos. Es un barrio suburbano, residencial, de gente trabajadora. Su padre Richard tenía el día libre, iba a dedicarlo a reparaciones de pintura en el frente de su casa. Después de almorzar en familia, su mujer Diane se fue a trabajar. Richard se quedó pintando el frente mientras los chicos seguían jugando. Estaba totalmente soleado y la temperatura era de unos 30 grados. Alrededor de las 12.45 sus hijos le pidieron helados. Richard entró a buscarlos, tenía palitos en la heladera. Desde la cocina podía verlos fuera. Tomó dos y uno o dos minutos después volvió a salir con las paletas. Su hijo seguía ahí, pero Lori ya no… y su pantalón estaba tirado junto al cordón de la vereda. Inquieto revisó su propiedad. Había mucha gente fuera, trabajando y paseando. Preguntó al azar si alguien la había visto. Tres chicos del barrio fueron a decirle que habían observado detenerse un auto por unos segundos frente a la casa. Un pintor llamado Marvin Edler, que estaba del otro lado de la calle trabajando, sostuvo lo mismo y agregó que vio a una pequeña rubia subir por la puerta del acompañante. Richard sentía que el horror le trepaba por la espalda. Otro vecino, Paul Weaver, agregó que él también había visto el coche y que era color marrón o naranja oscuro, posiblemente un Datsun 510 de cuatro puertas, con techo de vinilo negro y franjas negras en la parte inferior de los laterales. Weaver intentó recordar la patente, pero solo pudo memorizar ADC y quizá un dos entre los números. Pero Weaver tenía mala vista. Varios también describieron al conductor: un tipo joven, de aproximadamente 1.73 m de altura y unos 70 kilos, de piel y cabello claros.
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Su hija no estaba perdida, se la había llevado un desconocido. Richard llamó inmediatamente a la policía.
Los agentes comenzaron a interrogar a todos los testigos que habían presenciado de lejos la escena del secuestro. Por los dichos el auto parecía ser un Datsun modelo 1972, tenían parte de la patente y la descripción del sujeto. Era bastante para comenzar, pero debían actuar con rapidez. Un rapto de una menor es algo que generalmente termina muy mal.
Esa misma noche el caso estaba en todos los canales de televisión y en las radios. Los padres de Lori suplicaban al secuestrador por la pantalla que no lastimara a su hija.
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Hay que situarse en 1983: todavía no existía la Alerta Amber (el sistema de alerta pública que se activa de inmediato ante la desaparición de un menor de edad), no había celulares con gps ni cámaras callejeras, ni tenían la ayuda de las redes sociales. La búsqueda de un menor, por aquellos tiempos, era bastante más compleja y frustrante. La televisión mostraba la cara de Lori, el modelo de auto y la descripción del sospechoso. Solo eso.
Al mismo tiempo, apareció el testimonio de otro padre vecino, Michael Fisher, que al escuchar las noticias fue a denunciar haber tenido un encuentro, una semana antes, con un sospechoso. Ese hombre les había ofrecido caramelos a sus hijos y los había seguido hasta el colegio. Y les decía que se quitaran los pantalones. Había coincidencias entre ambos casos. Fisher relató a la policía que él lo había confrontado, pero que el hombre había salido corriendo hacia la calle Bear Creek. La misma de los Poland. Lo describió físicamente y el identikit resultó parecido a lo que decían los testigos del rapto de Lori.
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El martes 23 surgió una pista mejor: una mujer, Juanita Zappas, había visto las noticias y reconoció el Datsun al que hacían referencia. Estaba segura de que era el mismo auto que había estado frente de la casa de su hija en Littleton, donde su nieta jugaba en la calle. A su yerno ese auto parado con su conductor mirando le había resultado tan raro que había anotado la patente: ADV 627. ¡Bingo! Se parecía demasiado a la patente que había intentado recordar Weaver.

Malvado sin alma
La patente llevó a los investigadores directamente al dueño del auto: Robert Paul Thiret. Un joven de 21 años.
Localizaron el auto: estaba en la puerta de una casa situada en el número 7900 de la calle W. Layton Avenue, en Denver. Ahí tenía fijada su residencia esa persona. En el lugar vivía Mike Thiret, el padre del joven, con su segunda mujer, Jennifer.
Ese tipo coincidía con todas las descripciones dadas. Robert Thiret dejó sin problemas que la policía entrara a la casa y la revisara, a pesar de que las autoridades no tenían una orden de allanamiento.
Investigaron su casa pero Lori no estaba allí. Fueron a su trabajo y siguieron monitoreando todos sus movimientos. Para ellos era el sospechoso del secuestro, pero ¿dónde estaba la pequeña? No tenían suficiente prueba para detenerlo todavía. Era angustiante porque, cada hora que pasaba, el riesgo de que Lori estuviese muerta era más alto.
Robert Thiret, por supuesto, negaba tener algo que ver con la menor que buscaban. Proporcionó una coartada que le habría brindado su pareja Pauline Wilkinson.
Pero el azar estiró su mano. La suerte hizo que los Gaulin estuviesen de vacaciones, que le gustaran los pájaros y los parques y que la fisiología hizo que ella necesitara imperiosamente ir al baño. Esa necesidad salvó a Lori de un final horrible y resolvió un caso que podría haber quedado impune por siempre. Porque claramente eso había buscado Robert Thiret, que ella muriera en la inmundicia sin que nadie la encontrara jamás. ¿Quién iba a buscar a una menor en un pozo ciego de un baño abandonado en medio de la naturaleza?
Al día siguiente del rescate le mostraron a Lori doce fotografías. La menor no dudó en señalar a su captor: “Mami. Es él. Ese es el hombre malo que me lastimó y me tiró al pozo”. Palabra de Lori. De la heroína sobreviviente.

El 5 de septiembre, identificado y totalmente acorralado, Robert Thiret se entregó a la policía. Su madre, Betty Ann Tiret había sido interrogada y lo defendió diciendo que era un buen chico y que como adolescente había tenido algún que otro problema de conducta. Solamente eso. Cuando los detectives sacaron a la luz otros episodios, ella se preguntó si tendría algún problema psicológico.
Quedó formalmente detenido y fue llevado a la cárcel de Arapahoe. Le impusieron una fianza de 250 mil dólares.
La investigación reconstruyó lo ocurrido con la ayuda de la menor: Robert Thiret le ofreció caramelos para convencerla de subir al auto y ella accedió y subió. Él la obligó a quitarse los pantalones y la raptó en pocos segundos. Las autoridades pudieron determinar que la llevó hacia una zona montañosa, al oeste de Denver, donde la agredió sexualmente en el asiento del acompañante del auto. Luego, la condujo a otro sitio remoto y la terminó arrojando al agujero de ese letrina sobre las aguas cloacales. El depredador estaba convencido de que su víctima moriría allí. Nadie jamás la hallaría.
Las autoridades hicieron más reconocimientos con imágenes y videos y Lori siempre señaló, sin dudar, a Thiret. El 12 de septiembre la fiscalía presentó cargos por intento de homicidio en primer grado, secuestro, abuso infantil, violencia y agresión sexual contra una menor de edad. El acusado declaró unas cinco veces y siempre sostuvo ser inocente. Sus abogados pidieron un cambio de jurisdicción y cuestionaron el reconocimiento efectuado por la menor y la recolección de pruebas en la casa de su cliente.
El litigio llegó a la Corte Suprema de Colorado. El juicio se previó para marzo de 1984, pero luego se atrasó para el 23 de octubre del mismo año. Nunca se hizo, porque en septiembre, pocas semanas antes de la selección del jurado, fiscalía y defensa llegaron a un acuerdo: Robert Thiret se declaró culpable de intento de homicidio en primer grado y de agresión sexual contra una menor. Se retiraron a cambio los otros cargos como secuestro y abuso infantil. Su confesión escrita fue presentada ante el juez. La audiencia del acuerdo se realizó el 26 de septiembre y, al día siguiente, se informó que había recibido una pena de diez años. El juez Charles Friedman sostuvo que había considerado rechazar el acuerdo, pero que la enorme exposición mediática podía hacer muy difícil conseguir un jurado imparcial. A veces, los matices legales consiguen que un pederasta y potencial homicida quede suelto demasiado pronto. Porque Robert Thiret volvió a vivir en libertad seis años después.

Libertad equivocada
Fue liberado de su condena por este caso por una resolución de mayo de 1990 de la Corte Suprema de Colorado que declaró que tenía derecho a la libertad porque había acumulado suficientes créditos por buena conducta y el delito por el que estaba preso -intento de homicidio- permitía la libertad. Pasó seis meses más tras las rejas de otra cárcel para cumplir con otra condena de acoso telefónico. Quedó totalmente libre, sin reglas de libertad condicional ni supervisión, el 7 de diciembre de 1990. Tenía 28 años. No hizo declaraciones y se subió a una camioneta con su abogado.
Fueron muchos los funcionarios que lo consideraban un hombre peligroso y, por ello, se opusieron a su liberación, pero la legislación dijo otra cosa. Su liberación generó enormes controversias. Incluso el gobernador del estado de Colorado, Roy Romer, intentó impedir que saliera.
Se supo que terminó viviendo en San Pedro, California, donde figura como delincuente sexual registrado. Hay más datos: unos registros adicionales de la policía dicen que Robert Paul Thiret, nacido el 29 de junio de 1962, fue detenido en Los Ángeles el 30 de octubre de 2011 por actos lascivos contra un menor de 14 años.
Cuando se los pierde de vista los perturbados pueden seguir cometiendo estragos.
Cuando el medio The Independent entrevistó a Lori (hoy 46 años) en 2023, ella sostuvo: “Era tan pequeña que mi capacidad de memoria de esa época era mínima a nivel consciente, pero a nivel subconsciente es bastante fuerte. Me afectan mucho el olor a heces y a orín. También me hacen mal los espacios oscuros, el estar sola o cuando tengo la sensación de que no estoy protegida o de que me han abandonado (...) es difícil vivir en un mundo donde veo el abuso todo el tiempo”.
Desde hace años Lori lucha contra los estigmas que suelen soportar quienes atravesaron estas situaciones violentas extremas: “Hay mucho para hacer. Estamos inmersos en una sociedad y una cultura donde la gente no quiere hablar sobre abuso infantil. No nos comprometemos, no porque no queramos ayudar a las víctimas, sino porque no sabemos cómo hacerlo”. Le atribuye haberse salvado de la muerte a la fortaleza que le dio haber sido muy querida por su familia.
Lori entendió que su camino iba a ser poner en práctica su vocación por ayudar en casos similares. Se formó como terapeuta en psicología del counseling e hizo una maestría en la Regis University en 2012. También realizó cursos de terapia familiar y matrimonial. Se desempeñó en el Centro Kempe para el Tratamiento y la Prevención del Abuso Infantil donde trabajó con niños traumatizados y con madres con depresión. Se volvió cada vez más activa en denunciar casos de abuso infantil.

En 2017 cofundó EndCAN (National Foundation to End Child Abuse and Neglect) junto al pediatra Richard Krugman, uno de los médicos que la atendió luego del rapto. Su idea es cambiar la forma en que se entiende el abuso y la negligencia infantil: no solo se trata de los aspectos legales y sociales sino también de los problemas de salud, sobre todo la mental, que deriva de estos casos. En la fundación trabajan en cuatro áreas: investigación, capacitación, prevención y tratamiento. Todo con el objetivo de dar voz a los sobrevivientes. También, desde 2020, conduce un podcast llamado Louder than Silence (Más fuerte que el silencio).
Lori no se quedó quieta un segundo y sigue hablando sobre el tema. En 2022 publicó su libro Yo vivo aquí (I live here). Es una memoria íntima de supervivencia y empoderamiento, que se centra en qué hacer con lo que le que a uno le pasa. Revivirlo generó tensiones dentro de su propia familia: sus padres y hermano no creían necesario que ella siguiera hablando del tema, que debía seguir adelante. Justamente lo contrario a lo que Lori siempre quiso hacer. Ella los entiende, pero su necesidad es otra: “Lo que atravesamos no fue normal. Nosotros necesitábamos ayuda. Estábamos rotos. Es difícil apoyarse en otros que están rotos”. Habla con sus enormes ojos verdes al borde de las lágrimas, pero una sonrisa franca. Asegura que tiene una fe inmensa y confía en su sistema de apoyo familiar y amistades.
En un reportaje de 2023 con Kevin Vaughan, de 9NEWS Denver, contó que en los últimos años otras seis mujeres la habían contactado para contarle que Robert Thiret había intentado secuestrarlas y que las había abusado sexualmente o lo había intentado: “Yo uso su nombre el día de hoy porque él cuenta con que me quede callada, en silencio. Él se apoya en el silencio de sus víctimas. ¡Pero Robert Thiret no es alguien sobre quien debamos callar! Este hombre causó daño y continúa haciéndolo. Nuestro sistema tal como está diseñado está muy mal.Y él es solo un hombre… ahí fuera hay tantos más. Así que no voy a callar su nombre (...) Si lo tuviera en frente de mí le diría que él no ganó. (...) Esto me enloquece un poco. Ha lastimado a tantos, sigo escuchando cosas malas de este tipo”.
En la vida de Lori hubo alcohol, relaciones sentimentales que fallaron, dolor y soledad. Pero a pesar de todo el trauma experimentado, eligió el camino de la reconquista de la felicidad. Estudió, trabajó, se casó, tuvo tres hijos, se divorció, se volvió a casar con un hombre con más hijos por lo que ahora suma siete y un nieto, y jamás pensó en bajar los brazos en esta lucha para que los finales felices sigan siendo posibles.
Esa es su lección de vida.
Lori Poland no se dejó secuestrar el futuro.
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