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Disparos al grito de “viva Eichmann” en un colegio, un alumno herido de gravedad y la ola de violencia antijudía de los años 60

A mediodía del 17 de agosto de 1960, luego de un acto escolar, integrantes del grupo de ultraderecha Tacuara emboscaron a varios estudiantes de origen judío del Colegio Nacional Sarmiento e hirieron de bala a Edgardo Trilnik, de solo 15 años. El caso marcó un hito en la escalada de ataques contra la comunidad judía que se registró en la década del sesenta como “venganza” por la captura de Adolf Eichmann

Tacuara
El Movimiento Nacionalista Tacuara actuó como organización falangista, antisemita y anticomunista, con vínculos con la ultraderecha peronista y antecedentes de atentados
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Cuando en mayo de 1960 un comando del Mossad capturó al criminal de guerra Adolf Eichmann en San Fernando y lo sacó clandestinamente del país en un avión para juzgarlo en Israel, la Argentina soportó una ola de violencia antijudía perpetrada por organizaciones filonazis que puso en estado de alerta al gobierno del radical intransigente Arturo Frondizi. Entre los grupos que se pusieron a la cabeza de esos ataques se distinguía el Movimiento Nacionalista Tacuara, surgido tres años antes en el ámbito estudiantil y vinculado a la ultraderecha peronista. Era una organización falangista, nacionalista y manifiestamente antisemita y anticomunista que actuaba como grupo de choque y a la cual se le adjudicaban varios atentados terroristas. Justificaba su accionar en la existencia de conspiraciones comunistas y judías internacionales para dominar el mundo, como la que postulan los apócrifos Los Protocolos de los Sabios de Sion, y sus integrantes rescataban las acciones de Adolf Hitler y Benito Mussolini contra los judíos a pesar de su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

En los colegios secundarios, el brazo de Tacuara era la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES) que, si bien era preexistente, pronto quedó integrada como su agrupación juvenil. En las aulas, sus integrantes hostigaban continuamente a los estudiantes de origen judío, simplemente por portación de apellido. Los maltratos iban desde los insultos y las patoteadas hasta las agresiones físicas realizadas en grupo contra adolescentes indefensos, dentro o en los alrededores de los colegios. Fue así hasta agosto de 1960, cuando por primera vez se utilizaron armas de fuego.

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El miércoles 17 de agosto se cumplían 110 años de la muerte de José de San Martín y los colegios argentinos pusieron especial énfasis en los actos de homenaje al Libertador. El Colegio Nacional “Domingo Faustino Sarmiento”, de Arenales y Juncal, en la Capital Federal, no fue la excepción, aunque el clima distaba mucho de ser el habitual en un acto patrio escolar. Desde el secuestro de Eichmann, un pequeño grupo de estudiantes enrolados en UNES venía hostigando de distintas maneras a sus compañeros que provenían de familias judías. Los golpes y las amenazas eran cosa cotidiana.

Caso Adolf Eichmann
La captura de Adolf Eichmann en 1960 desató en la Argentina una ola de violencia antijudía que puso en alerta al gobierno de Arturo Frondizi

“Me la dieron”

La situación era una bomba de tiempo que terminó estallando ese miércoles 17, cuando al terminar el acto patrio los alumnos salían del edificio. De acuerdo con un informe policial que lleva la firma del jefe de la Seccional 15ª de la Policía Federal, comisario Fermín Gustavo Bunsoy, el primer enfrentamiento entre “grupos antagónicos de filiación nacionalista y pro-judía” ocurrió poco después de las 11 de la mañana en la plazoleta Carlos Pellegrini, cercana al colegio, cuando hubo “un intercambio de disparos”. La cosa no pasó a mayores en ese lugar porque los estudiantes fueron dispersados —sin que hubiera detenciones— por los policías que custodiaban el edificio de la embajada francesa.

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Un rato más tarde, los miembros de la UNES se reagruparon y salieron literalmente a la caza de sus enemigos, a los que cercaron en la esquina de Cerrito y Arenales. Allí hubo de nuevo gritos insultantes, vivas a Eichmann y disparos, pero de un solo lado y no “un intercambio” como sostuvo después el comisario Bunsoy. Los agredidos intentaron escapar, pero uno de ellos cayó fulminado en el suelo al recibir un balazo.

“Me la dieron”, alcanzó a decir Edgardo Manuel Trilnik, de 15 años, alumno de tercer año del Sarmiento. Eso fue lo que afirmaron, sin contradecirle, cuatro chicos que prestaron declaración testimonial y cuyos nombres figuran en los informes policiales: Jorge Varela, Ernesto Socolovsky, Víctor y Eduardo Menajovsky. Alertados por los disparos, algunos vecinos salieron en auxilio de Trilnik y lo trasladaron rápidamente al Hospital de Clínicas donde, según un informe de la DAIA dirigido al Poder Ejecutivo, “ingresó con una herida de bala a la altura del corazón que afecta(ba) la región pulmonar”. Afortunadamente, Edgardo Trilnik sobrevivió a ese balazo.

La reconstrucción del clima que se vivía en el Nacional Sarmiento en general y del ataque que casi le cuesta la vida al adolescente Trilnik se debe al trabajo “La ‘epidemia de la esvástica’ en Argentina”, del doctor en Historia, investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de La Plata Emmanuel Kahan, publicado en junio de 2025. En palabras de Kahan: “Aunque, como evidencia la bibliografía, la ola antisemita se intensificó tras conocerse la captura de Adolf Eichmann, en mayo de 1960, las declaraciones de familiares de jóvenes judíos de colegios secundarios de la ciudad de Buenos Aires corroboran que las persecuciones y amenazas habían comenzado a inicios del año escolar, en consonancia con la ‘epidemia de la esvástica’”.

La UNES hostigó a estudiantes judíos en colegios secundarios de Buenos Aires con insultos, amenazas y agresiones físicas por su origen
La UNES hostigó a estudiantes judíos en colegios secundarios de Buenos Aires con insultos, amenazas y agresiones físicas por su origen

Tacuara en acción

Luego del ataque del que fueron víctimas los estudiantes de origen judío del Nacional Sarmiento y que casi le cuesta la vida a Edgardo Trilnik, Tacuara y otros grupos antisemitas perpetraron una seguidilla de atentados con bombas –tanto explosivas como de alquitrán– contra colegios judíos y sinagogas.

Las crónicas de la época también registran un ataque de un comando tacuara a un campo de Mercedes donde se realizaba un curso agropecuario para futuros emigrantes a Israel, que se preparaban para trabajar en un kibbutz. Atacaron el lugar de noche, les dio una grave paliza a los jóvenes que estaban allí y arrasó instalaciones. En 1962, la familia Trilnik fue nuevamente blanco de Tacuara, cuando un grupo ingresó al edificio donde vivía y amenazó en el ascensor a la hermana de Edgardo, Carina. Rara vez se dio con los responsables de los atentados, debido a que, sobre todo en la Capital Federal, la organización tenía fuertes vínculos con los altos mandos policiales.

La mayoría de los militantes de Tacuara eran de Buenos Aires, pero en su momento de mayor auge tuvo muchos comandos en diversos puntos del país, especialmente en Rosario, Santa Fe, Mar del Plata y Tandil. A nivel nacional, sus ideas eran difundidas fundamentalmente a través de publicaciones propias y de solicitadas en las diferentes publicaciones nacionalistas del país. La revista Ofensiva, órgano de la Secretaría de Formación de Tacuara, llevaba en su portada un escudo con un águila feudal germana. La bandera tenía tres franjas horizontales: las dos de los extremos superior e inferior eran de color negro y simbolizaban la revolución nacional; la central era roja y representaba la revolución social. Sobre esta franja había una Cruz de Malta celeste y blanca. Sus militantes solían exhibir en sus solapas una cruz de Malta celeste y blanca, la estrella federal de ocho puntas, color rojo punzó, o un crucifijo que colgaba del llavero.

El secuestro y la tortura de Graciela Narcisa Sirota en 1962 expusieron la continuidad de la violencia antijudía y la desestimación policial de la denuncia
El secuestro y la tortura de Graciela Narcisa Sirota en 1962 expusieron la continuidad de la violencia antijudía y la desestimación policial de la denuncia

El caso de Narcisa Sirota

Para 1962, cuando Eichmann fue ejecutado en Israel, la ola de violencia antijudía en la Argentina seguía in crescendo y tuvo otro hito el 11 de junio con el secuestro de Graciela Narcisa Sirota, una estudiante universitaria judía de 19 años cuando salía de su casa en el barrio porteño de Mataderos.

La joven se dirigía a la parada de colectivos cuando fue interceptada por tres hombres jóvenes que bajaron de una camioneta gris, le dieron un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente y la llevaron a un lugar desconocido donde la encerraron en una habitación. Cuando la joven recuperó el conocimiento, uno de los secuestradores le estaba marcando con una navaja una cruz esvástica en el pecho; luego, otros dos la torturaron quemándola con colillas de cigarrillos en diferentes partes del cuerpo. “Por culpa de ustedes mataron a Eichmann”, le escuchó decir a uno de ellos antes de volver desmayarse por el dolor. Horas más tarde la abandonaron en la calle Yerbal, cerca de la estación de trenes de Caballito.

Pese a la gravedad del hecho, un secuestro en plena calle seguido de agresiones, la policía le restó importancia al asunto. Cuando Sirota fue con su padre a hacer la denuncia en la Comisaría 42° les dijeron que algunos puntos del relato no “cerraban”. Por ejemplo, que no hubiera testigos del momento del secuestro ni de la liberación y que hubiera perdido el conocimiento a pesar del dolor. Sólo dos días más tarde, en otra seccional, aceptaron la denuncia, cuando se presentó ella misma y se comprobaron las heridas en la piel.

Ante la gravedad del caso, la DAIA pidió la intervención estatal al más alto nivel. En un telegrama enviado al presidente de la Nación, José María Guido, señaló: “Interpretando indignación y alarma colectivos, reclamamos inmediata acción represiva y preventiva contra bandas nazifascistas que ofenden impunemente la dignidad humana y procuran destruir la democracia”. Aunque no daba nombres, cuando la DAIA hablaba de “bandas nazifascistas” se refería casi exclusivamente al Movimiento Nacionalista Tacuara.

La policía, sin embargo, siguió sin actuar. A través de un cable de la agencia de noticias Saporiti, hizo trascender que la cruz esvástica sobre el pecho derecho de la chica “sólo es un pequeño rasguño que muy probablemente cicatrice en los próximos días”. La información agregaba que el relato de Sirota “se hace muy confuso” y concluía que “se duda que el atentado sea realidad”.

Poco después, Tacuara editó un folleto de 32 páginas titulado El caso Sirota y el problema judío en la Argentina, que se vendió en los kioscos. En esa publicación se afirmaba que el secuestro de Sirota había sido fabricado por la colectividad judía con la finalidad de “conseguir una coraza protectora”. Y se hacía una burda y deplorable reivindicación de los nazis, a los que se glorificaba como “hombres que murieron como hombres, en procura de ideales que incluían la ambición de un mundo sin comunistas, de una Europa unida y de naciones libres para el cumplimiento de su propio destino”. El caso nunca se resolvió, pero Graciela Sirota quedó en la mira de la Federal: dos años después la detuvieron por “tenencia de propaganda comunista”.

La impunidad de Tacuara se prolongó hasta el asesinato de Raúl Alterman en 1964 y el atentado contra una sede de la AMIA en La Plata en 1970, en un contexto de protección política y policial
La impunidad de Tacuara se prolongó hasta el asesinato de Raúl Alterman en 1964 y el atentado contra una sede de la AMIA en La Plata en 1970, en un contexto de protección política y policial

El huevo de la serpiente

Mientras Tacuara continuaba su escalada de pintadas antijudías y atentados con bomba, en 1964 uno de sus grupos comandos perpetró el asesinato de Raúl Alterman, elegido por su doble condición de judío y comunista. Luego del asesinato, la organización envió una carta a los padres de Alterman: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado porque era un perro judío comunista. Si no están conformes que se retiren todos los perros y explotadores judíos a su Judea natal ¿Qué hacen en nuestro país?”, decía. El asesinato de Alterman tampoco fue resuelto, lo que dejó en claro una vez más la impunidad con que actuaba Tacuara, imposible de obtener sin protección política y policial.

Ante cada reclamo, los gobiernos prometían medidas rápidas, pero en la práctica todo quedaba en la nada. Las presidencias de Frondizi y luego la provisional de José María Guido eran demasiado débiles como para quebrar la connivencia policial con Tacuara o para controlar a sus funcionarios pronazis. En ese contexto, muchos policías confesaban abiertamente su ideología ultraderechista y hasta muchos sectores políticos moderados no dejaban de destacar la presencia “de comunistas” en las manifestaciones de repudio a la violencia contra la comunidad judía.

La escalada llegó a su clímax unos años después, con un hecho que ya casi nadie recuerda: el primer atentado realizado contra una sede de la AMIA en la Argentina. Ocurrió la madrugada del sábado 16 de mayo de 1970, cuando un grupo paramilitar hizo detonar un potente explosivo frente a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en pleno centro de La Plata. No hubo muertos, pero sí gravísimos daños en toda la zona.

Los autores, que se identificaron como integrantes de una ignota Organización Nacional de la Armada Secreta (ONAS) pertenecían al Ejército y fueron descubiertos casi por casualidad. Algunos de ellos, igual que no pocos integrantes de Tacuara, se integrarían pocos años después a las bandas parapoliciales de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) y a la Triple A.

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