
La ironía era brutal. Durante décadas recorrió el mundo predicando la paz, el desapego, la tolerancia y la libertad. Llenó teatros hablando de amor, de Dios, de la necesidad de vivir sin odio y de la importancia de valorar cada instante de la existencia. Millones de personas lo escucharon como si fuera un filósofo popular. Otros lo consideraban un poeta. Muchos simplemente lo definían como un hombre sabio.
Pero la madrugada del 9 de julio de 2011, en una avenida de Ciudad de Guatemala, las balas de un comando de sicarios terminaron con su vida. Facundo Cabral tenía 74 años. Y lo más impactante de todo era que, según determinarían luego las investigaciones, los asesinos ni siquiera lo buscaban a él. La víctima elegida era otra persona. Facundo simplemente estaba en el lugar equivocado.
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Su muerte generó conmoción en toda América Latina. Presidentes, artistas, escritores y admiradores intentaban comprender cómo uno de los hombres más pacíficos y queridos del continente había terminado envuelto en una trama de narcotráfico, ajustes de cuentas y crimen organizado. Para entender la magnitud de aquella tragedia es necesario regresar al principio. Mucho antes de convertirse en un artista reconocido, Facundo Cabral fue un niño que conoció el hambre, el abandono y la desesperación.
Nació como Rodolfo Enrique Cabral el 22 de mayo de 1937 en la ciudad de La Plata. Sin embargo, su infancia transcurrió principalmente en Tandil, donde las dificultades económicas marcaron profundamente a su familia. Su padre abandonó el hogar cuando él era muy pequeño. Su madre, Sara, quedó sola al frente de varios hijos. La pobreza era extrema.
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Años más tarde, el propio Cabral recordaría que muchas veces no tenían qué comer. Aquellas privaciones moldearon una personalidad rebelde y una mirada muy particular sobre la vida. La escuela nunca logró retenerlo demasiado tiempo. Era inquieto. Indisciplinado. Curioso. Y estaba convencido de que el mundo era mucho más grande que las cuatro paredes de un aula.
Durante la adolescencia comenzó a escaparse de su casa con frecuencia. En una de esas aventuras protagonizó un episodio que se convertiría en leyenda. Según relató en innumerables entrevistas, siendo apenas un adolescente decidió recorrer cientos de kilómetros para intentar entrevistarse con Juan Domingo Perón. El encuentro finalmente no ocurrió de la manera imaginada, pero aquella experiencia alimentó todavía más su deseo de recorrer caminos.
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Durante varios años llevó una existencia errante. Trabajó en lo que pudo. Durmió en estaciones de tren. Vivió de pequeños empleos. Atravesó situaciones límite. Aquella vida de vagabundo errante terminaría transformándose en la materia prima de sus futuras canciones. A comienzos de los años sesenta empezó a acercarse seriamente a la música. Sus primeras actuaciones fueron modestas. Cantaba en bares y peñas. En locales nocturnos. Pequeños escenarios donde apenas unas pocas personas prestaban atención.

En aquella época utilizó distintos nombres artísticos hasta que finalmente adoptó el de Facundo Cabral. Los comienzos fueron difíciles. Como tantos artistas, conoció más rechazos que aplausos. Pero tenía algo diferente. No era solamente un cantante, tampoco únicamente un compositor. Sí un narrador curioso y extraordinario. Sus espectáculos mezclaban canciones, anécdotas, reflexiones filosóficas, humor y observaciones sobre la condición humana.
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Con el tiempo creó un estilo imposible de encasillar. El gran salto llegó en la década de 1970. Una canción en particular cambió su destino. “No soy de aquí, ni soy de allá”. El tema atravesó fronteras y se convirtió en un fenómeno internacional. Fue grabado en numerosos países y traducido a distintos idiomas. De pronto, aquel hombre que había recorrido caminos polvorientos haciendo dedo se transformó en una figura reconocida en toda América Latina.
Sin embargo, el éxito nunca modificó demasiado su manera de vivir. Continuó viajando, leyendo, reflexionando. Buscando respuestas espirituales. Sus admiradores no acudían solamente para escucharlo cantar. Iban a escucharlo pensar. Así, con el paso de los años desarrolló una imagen casi mística. Hablaba de Mahatma Gandhi, de Jesús de Nazaret, de Jorge Luis Borges, de la Madre Teresa de Calcuta y de las personas anónimas que encontraba en sus viajes.
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Para muchos se convirtió en una suerte de maestro espiritual. Pero detrás del personaje existía también una historia personal marcada por enormes tragedias. La más devastadora ocurrió en 1978. Ese año perdió a su esposa y a su pequeña hija en un accidente aéreo. El golpe fue demoledor. Cabral confesó posteriormente que aquella tragedia estuvo cerca de destruirlo emocionalmente.
Durante mucho tiempo buscó refugio en los viajes y en la espiritualidad para sobrellevar el dolor. Paradójicamente, de esa experiencia surgieron algunas de sus reflexiones más profundas sobre la muerte, la pérdida y el sentido de la existencia. Los años pasaron. Llegaron nuevos libros y discos. Nuevas giras. Su prestigio creció hasta convertirlo en una referencia cultural para varias generaciones.
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A comienzos del siglo XXI seguía recorriendo escenarios con la misma energía. A los 74 años mantenía una agenda intensa de presentaciones. Eso explica por qué en julio de 2011 se encontraba en Centroamérica realizando una gira. Había ofrecido conciertos en Guatemala y tenía previsto continuar viaje hacia Nicaragua. Nadie imaginaba que serían sus últimos días.

La noche del 7 de julio brindó un recital en la ciudad guatemalteca de Quetzaltenango. Fue una presentación muy celebrada. Al despedirse dejó una frase que después adquiriría un significado estremecedor. “A ustedes ya les di las gracias; después que sea lo que Dios quiera”. Dos días más tarde debía tomar un vuelo. Lo acompañaba el empresario nicaragüense Henry Fariñas, quien había organizado parte de sus presentaciones. Facundo no viajaba solo. Además de Fariñas había colaboradores vinculados a la gira.
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A primera hora de la mañana abandonaron el hotel rumbo al Aeropuerto Internacional La Aurora. El trayecto parecía rutinario. Pero no lo fue. Mientras circulaban por el Bulevar Liberación, uno de los accesos más transitados de Ciudad de Guatemala, varios vehículos comenzaron a perseguir la camioneta. Los ocupantes estaban armados con fusiles de asalto. Segundos después abrieron fuego. La lluvia de disparos fue devastadora. Los atacantes vaciaron cargadores enteros contra el vehículo.
Facundo recibió impactos mortales. Henry Fariñas resultó herido, pero sobrevivió. El cantautor murió prácticamente en el acto. La noticia recorrió el mundo en cuestión de minutos. ¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante? ¿Por qué habían asesinado a Facundo Cabral? Las primeras hipótesis apuntaban a un posible atentado político. Otras sugerían un intento de secuestro.
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La realidad resultó todavía más oscura. La investigación reveló que el verdadero objetivo del ataque no era Cabral. Los sicarios buscaban matar a Henry Fariñas, un empresario del espectáculo nicaragüense que mantenía vínculos con ambientes posteriormente relacionados con el narcotráfico y el lavado de dinero. Las pesquisas determinaron que existían conflictos previos con el costarricense Alejandro Jiménez González, alias “El Palidejo”, un personaje vinculado al crimen organizado.
Según la acusación fiscal, Jiménez había ordenado eliminar a Fariñas. Los sicarios prepararon una emboscada. Siguieron los movimientos del empresario. Esperaron el momento adecuado. Y cuando el vehículo apareció, dispararon sin importar quién estuviera sentado a su lado. Ese acompañante era Facundo Cabral.
La investigación internacional fue compleja. Hubo escuchas telefónicas. Análisis de comunicaciones y seguimientos. Declaraciones de testigos protegidos. Finalmente las autoridades lograron reconstruir la cadena de responsabilidades. En marzo de 2012 fue capturado en Colombia Alejandro Jiménez, señalado como autor intelectual del atentado. Posteriormente fue extraditado y juzgado en Guatemala.
El proceso culminó en 2016. Un tribunal guatemalteco condenó a cinco acusados por el asesinato del artista. Alejandro Jiménez, conocido como “El Palidejo”, recibió una pena de 50 años de prisión: 30 por el asesinato de Cabral y 20 por la tentativa de homicidio contra Henry Fariñas. También fueron condenados Audelino García Lima y Juan Hernández Sánchez a 50 años de cárcel, mientras que Wilfred Allan Stokes Arnold y Elgin Vargas Hernández recibieron penas de 53 años debido a delitos adicionales vinculados al encubrimiento. Paralelamente, otros integrantes de la organización criminal recibieron condenas que llegaron hasta los 93 años de prisión por distintos asesinatos relacionados con la misma banda de sicarios.

En líneas generales, los principales responsables materiales e intelectuales fueron condenados y continúan cumpliendo sus penas en distintos establecimientos penitenciarios. Mientras tanto, el cuerpo de Facundo emprendió un último viaje. Miles de personas se acercaron a despedirlo. Tras los homenajes realizados en Guatemala, sus restos fueron trasladados a la Argentina, donde recibió el adiós de admiradores, artistas y dirigentes de distintas corrientes políticas. Una despedida acorde a la dimensión continental que había alcanzado su figura. El velatorio se realizó en el teatro ND/Ateneo, ubicado en Paraguay 918, Ciudad de Buenos Aires. Y el cortejo fúnebre llevó su cuerpo al Cementerio Jardín de Paz, ubicado en la localidad de Pilar en la provincia de Buenos Aires, donde finalmente fue cremado.
Había comenzado siendo un chico pobre de la provincia de Buenos Aires. Terminaba convertido en una referencia cultural para millones de hispanohablantes. Quizás por eso su muerte produjo una sensación tan extraña. No parecía encajar con el personaje. Facundo Cabral hablaba de paz. Murió en medio de una balacera.
Su ausencia generó un enorme vacío. Defendía la libertad y terminó atrapado en una guerra ajena. Sin embargo, hay algo que los asesinos nunca pudieron arrebatarle, su voz. Porque más de una década después de aquella mañana sangrienta en Guatemala, sus canciones siguen sonando y sus reflexiones continúan circulando por libros, grabaciones y redes sociales. Tal vez esa sea la mayor paradoja de todas. Los sicarios lograron matar al hombre. Pero no pudieron silenciar al mensaje. Y ese viajero incansable que repetía que no era de aquí ni de allá sigue estando, de alguna manera, en cada lugar donde alguien vuelve a escucharlo y a sentirlo.
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