
Calor. Tarde de domingo. Es el 28 de junio de 1931 y estamos en las afueras de la ciudad de Chicago. Un hombre conduce por un camino cualquiera. De pronto ve una avioneta que se desprende del cielo y cae en picada, a toda velocidad, antes de estrellarse contra la vegetación cercana. Detiene su coche y baja apresurado. Se acerca como puede, sorteando los pastos altos. En medio de la vegetación hay dos jóvenes desparramados, entre los restos humeantes y retorcidos. Otras personas se acercan también. Unos se llevan al piloto; él se encarga de la joven. Tiene un corte de veinte centímetros en la frente, parece una muñeca de trapo desarticulada y silenciosa. No responde. Está muerta, piensa. La coloca en el baúl de su auto y se sube al volante. Decide llevar su cuerpo hasta la casa de un conocido cercano que tiene una funeraria. Sorpresa. El funebrero descubre que la chica respira todavía. Muy débilmente, pero algo es algo.
La llevan a Oak Forest, un sitio llamado “la enfermería de los pobres”, un puesto sanitario para indigentes. Allí un médico asegura que efectivamente está viva. Es derivada a un hospital de Chicago.
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Los médicos resumen el estado de la joven inconsciente: conmoción cerebral preocupante, fémur izquierdo fracturado en varios puntos, cadera y brazo izquierdo rotos y numerosas lesiones internas que podrían ser muy graves. No apuestan a que recobre la conciencia. La paciente podría quedar en estado vegetativo para siempre.
¿Quién era esa joven del avión?
La chica que había sobrevivido a la caída desde el aire se llamaba Elizabeth “Betty” Robinson y era una atleta conocida por sus marcas en velocidad. La avioneta en la que iba era pilotada por su primo, Wilson Palmer. Betty también estaba empezando a tomar clases porque quería obtener su licencia para pilotar aviones. De hecho, los padres y amigos de Betty y de Wilson estaban en el aeródromo esperando su regreso. Era algo que ya habían hecho otras veces.
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Pero en esta ocasión pasó algo distinto. Cuando estaban a una altitud de unos 125 metros todos se percataron de que la pequeña aeronave no podía ganar altura. Un poco más allá de la vista, su motor se detuvo. Wilson no pudo controlarla aunque llegó a apagar el interruptor de encendido para evitar un posible incendio. La aeronave se precipitó, casi en línea recta, hacia la tierra. La impotencia de esos segundos podría medirse como eterna.

El aparato terminó destrozándose contra la densa vegetación del lugar. Los primeros en llegar al sitio del impacto fueron aquellos lugareños que justo pasaban por los caminos aledaños. Fue así como Betty fue dada primero por muerta y, luego, puesta dentro del baúl del vehículo.
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Despertó de su coma profundo dos meses después. Abrió los ojos para enterarse de que ya no podría volver a competir. No recordaba nada del accidente.
Cuando pudo levantarse de la cama no fue sobre sus dos pies sino sobre las dos ruedas de su silla.
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Con sus huesos reconstituyéndose el polvo, su destino inquieto prometía ser muy distinto de ahora en más.
Eso creyeron todos.
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Su primo Wilson también sobrevivió, aunque debieron amputarle una de sus piernas. Él tampoco pudo recordar lo sucedido. La tragedia se quedó sin voz que la explicara.
Al salir del hospital Betty le dijo convencida a la prensa: “Estoy resuelta a no dejar que este accidente arruine mi vida futura”.
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Así lo hizo.
Corriendo un tren
Elizabeth “Betty” Robinson nació en Riverdale, Illinois, Estados Unidos, el 23 de agosto de 1911. Era la menor de las tres hijas de Harry Robinson (un policía de origen irlandés nacionalizado norteamericano) y Elizabeth Wilson (canadiense): Jeannette, Evelyn y Elizabeth.
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Era una chica de pueblo, común y corriente, a la que le gustaba tocar la guitarra, participar de las obras de teatro escolares y de las carreras improvisadas en los eventos que organizaba la iglesia local.

En la secundaria asistió al colegio Thornton Township de Harvey, una pequeña ciudad ubicada a unos 10 kilómetros de su casa. Iba y volvía en tren todos los días. Esto no es un detalle menor en su vida, porque la historia de Betty con el deporte olímpico no comenzó en una pista de atletismo sino, justamente, en un andén de una estación ferroviaria. Ocurrió una tarde fría, a fines de 1927, cuando llegó con segundos de retraso para tomar su tren. Cuando vio que los vagones habían empezado a andar sobre las vías, ella optó por correr como enloquecida, sin detenerse, hasta que logró treparse en pleno movimiento. Sentado en el vagón estaba su profesor de biología, Charles Price. El hombre había sido atleta y entrenaba al equipo masculino del colegio. Quedó sorprendido cuando vio a la joven de 16 años desplazarse a toda velocidad hasta alcanzarlos para terminar a su lado. Percibió el potencial deportivo de su alumna y le propuso cronometrar su velocidad al día siguiente. Betty accedió y los tiempos que marcó dejaron impresionado a Price. Esa chica era una maravilla natural para pulir. La animó a entrenar con los varones, ya que no había equipo femenino en el establecimiento. Luego, la instó a inscribirse en una competencia regional. Betty dijo que sí a todo.
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Debutó en una carrera llegando segunda detrás de Helen Filkey, la plusmarquista nacional en 100 metros.
Su desempeño hizo que la invitaran a unirse al Illinois Athletic Women´s Club. No tenía zapatos con clavos así que el mismo día de una de las competencias debió comprarlo en una tienda que encontró por el camino.
Unas semanas después, el 2 de junio de 1928, Betty rompió el récord mundial de 12.2 segundos (lo tenía una alemana) al correr los cien metros en 12 segundos clavados. Pero como ese día había viento, las autoridades deportivas impidieron que su marca fuera homologada: consideraron que la ventolera podría haberla ayudado.

Solamente cuatro meses después de haber comenzado a entrenar, Betty se subió al barco SS President Roosevelt para una travesía de nueve días con destino a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928. En el mismo barco viajaba el famoso nadador Johnny Weismuller, quien pronto se haría famoso como Tarzán.
Era la primera vez que se disputaban pruebas de atletismo en categorías femeninas. Betty, con 16 años, fue la única norteamericana que se clasificó para la final de 100 m. Y la ganó. Esta vez igualó el récord mundial de 12,2 segundos.
Sus amigos saltaron la valla para festejar con ella de emoción. Recién entonces Betty cayó en la cuenta de que había obtenido la medalla de oro. La primera de una mujer en el atletismo olímpico. Nada menos. También obtuvo una medalla de plata en los 4x100 metros de relevos. Cuando se las entregaron Betty lloró como una chica pequeña.
Al volver, en su pueblo la recibieron 20 mil personas coreando su nombre. Los medios estadounidenses la elogiaban: era bella, era joven y una verdadera pionera.
Se convirtió en la favorita de los espectadores que la bautizaron como La Reina Olímpica.

Una vez aquietados los aplausos, volvió al colegio para terminar el secundario mientras se entrenaba pensando en las olimpíadas de 1932 que se llevarían a cabo en Los Ángeles. En 1929 fue campeona nacional norteamericana en 50 y 100 metros. En 1931 estableció el récord mundial en los 200 metros corridos en 25,1 segundos. Ya para esta época se había inscripto en la Universidad NorthWestern para estudiar Educación Física y soñaba con ser entrenadora en los Juegos Olímpicos de 1936.
Se convirtió también en la primera mujer en recibir un Varsity Letter de esa universidad, una verdadera distinción universitaria deportiva en una época en que las mujeres no recibían el mismo reconocimiento deportivo que los hombres. Estaba legitimando el deporte universitario femenino. Una adelantada.
Lo cierto es que después de estos éxitos nada continuó de la manera que ella pensaba.
Llegó el caluroso verano de 1931 y ese día domingo en que en vez de ir a nadar (su entrenador le había pedido que no lo hiciera), se fue a volar con su primo.
A pesar de los malos pronósticos
Despertar viva y asimilar la noticia de que no podría competir en los Juegos Olímpicos de 1932 no fue nada fácil para Betty.
Tras el accidente aéreo, pasó los primeros seis meses, confinada a su silla de ruedas. Yesos, tracciones, intervenciones rudimentarias de la época. Todo era doloroso y poco prometedor. Estar quieta a la fuerza era lo más lejano de cualquier futuro que hubiera soñado.
Sus huesos terminaron soldando, pero había perdido toda masa muscular y el movimiento natural de su esqueleto. Ya no era la deportista que había sido.
Cuando pudo pararse se sintió una joven lisiada, no sabía ni podía mover sus piernas. Tenía que reaprender lo que era caminar. Demoró dos años en volver a hacerlo con cierta normalidad.
En su interior, durante todo ese tiempo de adversidad, se fue cocinando un sueño: volver a las competencias olímpicas. Un desafío que los que la rodeaban creyeron inabordable, pero que se cuidaron muy bien de no combatir pensando en su estado de ánimo.
¡Si ni siquiera podía arrodillarse para una salida normal de 100 metros! Su pierna izquierda, llena de operaciones, se lo impedía. Le había quedado unos tres centímetros más corta que la otra y muy rígida, casi no podía flexionarla.
Con mucha disciplina mejoró sus pasos y, luego, intentó trotar. Se enfocó en las carreras con relevos donde podría largar de pie. Su punto fuerte no sería el inicio con explosión de energía sino la rapidez sostenida durante la carrera.
Sus secuelas no le impedirían correr, se repetía, correrían con ella a la máxima velocidad que su cuerpo pudiera alcanzar.
Contra todo pronóstico, Betty logró volver a formar parte del equipo olímpico norteamericano de relevos para las Olimpíadas de Berlín 1936. El team estaba compuesto por Harriet Bland, Annette Rogers, Helen Stephens y Elizabeth “Betty” Robinson.
En la final se llevaron la medalla de oro. Le ganaron a los británicos y a los canadienses. Betty lo había conseguido. Su logro emocionó a todos.
Abandonar las pistas
Después de haber obtenido este galardón, Betty, con 25 años, decidió retirarse oficialmente del atletismo.
Estaba agotada de tanto esfuerzo y, después de todo, ya había cumplido su objetivo, al que había coronado con la máxima distinción. No tenía nada más que demostrarle a nadie. Sobrevivir a un accidente aéreo y traer a casa el oro ya había implicado mucha fortuna y esfuerzo, ahora solo restaba vivir lo que quedara por delante. Fue lo que se dedicó a hacer.
Volvió a la vida normal y consiguió trabajo en una ferretería. Un tiempo después se puso de novia con el empresario textil Richard “Dick” Schwartz con quien se casó el 1 de diciembre de 1939, en la Iglesia Metodista de Dolton. Tuvieron dos hijos: Richard y Jane.
Guardó por siempre sus medallas olímpicas en una caja de bombones de la marca Russell Stover, dentro del armario de la ropa de cama.

En 1977 su nombre ingresó al Salón de la Fama del Atletismo de los Estados Unidos. En 1996, con 84 años, portó la antorcha olímpica en los Juegos de Atlanta. Fue “la elegida” por haber sido la primera campeona olímpica femenina de atletismo y, también, porque era un auténtico símbolo del poder de la resiliencia.
Betty murió el 18 de mayo de 1999 de cáncer en Aurora, Colorado.
Tenía 87 años, un incipiente Alzheimer, y hacía tiempo que, en la pista de su vida, Betty Robinson podía leer claramente el cartel de “Llegada”. Sabía bien que la carrera contra la muerte no se gana jamás. A veces, simplemente, se abandona un trecho antes para evitar mayores sufrimientos. Todo lo bueno ya le había sucedido, estaba conforme con lo conseguido.
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