
Rob Hall murió el 11 de mayo de 1996 en la cumbre sur del Everest, a 8.749 metros, después de pasar dos noches a la intemperie en la zona de la muerte. Antes de morir, pidió al campo base que conectara la radio con su esposa en Nueva Zelanda, quien estaba a pocas semanas de dar a luz. Le dijo que se encontraba “razonablemente cómodo” y cerró la comunicación con estas palabras: “Duerme bien mi amor. Por favor, no te preocupes demasiado”. Su cuerpo fue encontrado el 23 de mayo por alpinistas de la expedición IMAX, un equipo de filmación. Permanece en la montaña.
Fue el desenlace de la jornada más mortífera en la historia del Everest hasta ese momento. El 10 y 11 de mayo de 1996, ocho alpinistas murieron en la montaña más alta del planeta en menos de 24 horas. En toda la temporada de primavera de ese año fallecieron quince personas. Fue hace 30 años.
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Las dos expediciones que reunieron la mayor parte de las víctimas fueron Adventure Consultants, de Nueva Zelanda, dirigida por Hall, y Mountain Madness, de Seattle, liderada por Scott Fischer. A ellas se sumó un grupo estatal taiwanés. Entre las tres, treinta y tres alpinistas intentaron hacer cumbre el mismo día.
La noche previa, un viento intenso había azotado el Campo 4, situado a 7.900 metros de altura, hasta poner en duda el intento de cumbre. Pasada la medianoche, el viento cesó de golpe. A las 0.30, todos los equipos pusieron rumbo a la cima.
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Los problemas comenzaron casi de inmediato. Al llegar al Escalón Hillary, los alpinistas descubrieron que las cuerdas fijas no habían sido instaladas. La demora para colocarlas consumió más de una hora. Con treinta y tres escaladores en ruta y la instrucción de Hall y Fischer de mantener no más de 150 metros entre cada uno, se formaron cuellos de botella en la única cuerda fija del Escalón Hillary.
Había otro factor que agravaba la situación: ninguno de los expedicionarios de Hall y solo dos de Fischer —Charlotte Fox y Pete Schoening, de 68 años— habían ascendido una montaña de 8.000 metros con anterioridad. La falta de ética de aceptar clientes inexpertos para subir el Everest fue duramente criticada en los meses siguientes. Para compensar esa inexperiencia, cada expedición contaba con tres guías, un sherpa por cliente y oxígeno adicional que, al ralentizarse la ascensión, estaba condenado a acabarse antes de tiempo.
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Ambas expediciones habían fijado las 14:00 como hora límite para iniciar el descenso, el margen mínimo para regresar al Campo 4 antes del anochecer. Muchos montañistas todavía no habían llegado a la cumbre a esa hora. El límite no se hizo cumplir. El descenso desde la cumbre comenzó pasadas las 15:00. Demasiado tarde.
Anatoli Boukreev, guía ruso de Mountain Madness y uno de los “ochomilistas” más fuertes del momento, fue el primero en hacer cumbre ese día. Descendió solo y llegó al Campo 4 a las 17:00. En ese momento todavía había escaladores intentando llegar a la cima. Boukreev había tomado una decisión que generaría polémica: ascender sin oxígeno suplementario. Eso le permitió bajar rápido, pero Jon Krakauer lo criticó después por no haber asistido a los integrantes de la expedición que estuvieron en apuros durante el descenso.
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A las 17:30, una ventisca se desató en la cara sudoeste del Everest. Las ráfagas superaron los 160 kilómetros por hora. La visibilidad cayó a cero, las cuerdas fijas quedaron enterradas bajo la nieve y el rastro de regreso hacia el Campo 4 desapareció.
Un análisis meteorológico posterior determinó que la corriente en chorro sobre el Everest se desplazó de manera abrupta, lo que produjo una caída del 14% en los niveles de oxígeno disponible. Para alpinistas ya exhaustos en la zona de la muerte, ese descenso fue decisivo.
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El escritor Weston DeWalt, autor del libro de Boukreev sobre los hechos, resumió así lo ocurrido: “Veintitrés montañistas, hombres y mujeres, que aquel día habían estado escalando en la vertiente sur, en el lado nepalí, no lograron alcanzar la seguridad de su campamento en altitud. En plena ventisca y sin visibilidad alguna, azotados por vientos huracanados con la fuerza suficiente para volar un camión, los escaladores se vieron obligados a luchar para sobrevivir”.
Nueve escaladores de ambas expediciones quedaron perdidos en el Col Sur. Del grupo de Mountain Madness: Neal Beidleman, Pete Schoening, Charlotte Fox, Tim Madsen, Sandy Pittman y Lene Gammelgaard. De Adventure Consultants: Mike Groom, Beck Weathers y Yasuko Namba. Estaban a apenas 20 metros del borde de la cara Kangshung.
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Cuando la tormenta cedió por un momento, Beidleman, Groom, Schoening y Gammelgaard partieron a buscar ayuda. Al llegar al Campo 4, Boukreev se lanzó solo hacia la oscuridad. Encontró al grupo y rescató a Fox, Madsen y Pittman. Dejó a Namba y Weathers: ambos estaban en coma hipotérmico y los consideró próximos a morir.
Al día siguiente, los sherpas enviados a verificar su estado encontraron a los dos tan cubiertos de hielo que debieron rasparlo de sus caras. Los dejaron nuevamente. Se los daba por muertos.
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Poco después, Beck Weathers recobró la consciencia. Se puso de pie y caminó solo hasta el campamento, medio ciego porque uno de sus ojos se había congelado. Horas más tarde fue rescatado en helicóptero, en uno de los rescates aéreos a mayor altitud jamás realizados. Weathers perdió la nariz, casi toda la mano derecha y varios dedos de la izquierda. Yasuko Namba, escaladora japonesa de 47 años y en ese momento la mujer más veterana en haber llegado a la cumbre del Everest —un récord que mantuvo hasta 2012—, no corrió la misma suerte. Murió de hipotermia durante la tormenta.
Doug Hansen, integrante estadounidense del grupo de Adventure Consultants de 46 años, llegó tarde a la cumbre y se quedó sin oxígeno por encima del Escalón Hillary. Ang Dorje, el sherpa jefe de la expedición, le ordenó descender. Hansen se negó. Cuando Hall llegó al lugar, envió a los sherpas hacia abajo para asistir a otros escaladores y se quedó junto a Hansen. Con su ayuda, Hansen alcanzó la cumbre. Pero ya era demasiado tarde para los dos.
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Andy Harris, guía neozelandés de 31 años, comenzó a ascender al Escalón Hillary a las 17:30 con agua y oxígeno adicional para asistirlos. No se supo nada de él. Nunca. Su cuerpo no fue hallado.
Hall sobrevivió dos noches a la intemperie a esa altura. No podía descender: el regulador de oxígeno se había congelado y las quemaduras por frío en manos y pies le impedían usar las cuerdas fijas. Hacia las 9 de la mañana del 11 de mayo logró resolver el problema del oxígeno, pero ya era físicamente incapaz de moverse.
Scott Fischer, fundador de Mountain Madness, murió el 11 de mayo por un edema pulmonar provocado por el mal de altura. Tenía 40 años. Junto a Gau Ming-ho, el escalador taiwanés, quedó varado sin poder descender por debajo del Balcón, una pequeña plataforma rocosa a 8.400 metros. Boukreev ascendió nuevamente a las 19:00 en un intento de rescate y encontró el cuerpo congelado de Fischer. Los sherpas lograron rescatar a Gau cuando la tormenta amainó.
Ese mismo día murieron también tres miembros de la expedición de la Policía de Fronteras Indo-Tibetana, fuerza policial militarizada de India, en la ruta del noreste. El suboficial Tsewang Samanla y el soldado Dorje Morup fallecieron al descender la arista noreste. El cuerpo de Morup nunca fue hallado. El tercero fue el agente Tsewang Paljor, de 28 años. Su cuerpo quedó en una cueva de roca caliza a unos 8.500 metros, en la ruta norte. Las botas verdes que calzaba al morir le dieron el apodo por el que se lo conoce hasta hoy: “Green Boots”. Durante años fue una referencia visual inevitable para todos los alpinistas que ascendían por ese lado de la montaña.

La figura de Boukreev fue eje del debate de los años siguientes. Krakauer lo criticó en su libro Into Thin Air por haber descendido antes que los integrantes de su expedicíón, por no usar oxígeno durante el ascenso y por su interacción con el grupo. Para Krakauer, si Boukreev hubiese usado oxígeno, habría estado en condiciones de ayudar a las personas en apuros sin necesidad de subir a buscarlos en plena tormenta.
Los dos llegaron a enfrentarse en público durante una conferencia en el Festival de Banff hace unos años. Krakauer después se arrepintió de ese episodio y lo describió así: “Lamenté mi exabrupto de inmediato. Concluido el foro y con la sala vacía, corrí en busca de Anatoli (…) Coincidimos en que no había ninguna necesidad de que el ambiente estuviera tan emocionalmente cargado entre los dos”.
Boukreev respondió con su propio libro, The Climb, y explicó su visión de la profesión de guiar en altitud: “Para escalar a 8.000 metros (…) no hay dinero que pueda garantizar el resultado. Parece que cada vez hay más gente dispuesta a pagar dinero al contado, pero no todos tienen intención de invertir en sí mismos, de aportar el esfuerzo personal que haga falta para prepararse gradualmente en cuerpo y mente”.

Sea cual fuere el juicio sobre sus decisiones durante la ascensión, esa noche Boukreev realizó tres salidas solitarias desde el Campo 4 hacia la oscuridad de la tormenta y rescató a varios montañistas que estaban varados en la nieve. Dos años después murió en el Annapurna, barrido junto a Dimitri Sobolev por una avalancha. Simone Moro fue el único sobreviviente de aquel hecho ocurrido en 1998.
El Everest no es el “ochomil” técnicamente más exigente. Comparado con el Annapurna, el Nanga Parbat o el K2, resulta accesible. Pero tiene una característica: está en el límite exacto de lo que el cuerpo humano puede tolerar. Los entendidos sostienen que si tuviese 200 metros más de altura sería prácticamente inaccesible para cualquier ser humano.
Por encima de los 8.000 metros, el cuerpo humano empieza literalmente a deteriorarse. Cada minuto de más en la zona de la muerte reduce las probabilidades de bajar con vida. El ataque a la cumbre es una cuestión de tiempo donde cualquier demora resulta fatal.
Krakauer, que había llegado al Everest como periodista de la revista Outside en el marco de un acuerdo publicitario que Hall había negociado con la publicación, escribió años después que escalar el Everest fue “el mayor error que cometí en mi vida” y que, si pudiera reescribir su historia, no iría nunca.

En Into Thin Air propuso además una medida concreta para reducir futuras tragedias: “La manera más simple de reducir el número de futuras tragedias sería, quizá, prohibir el oxígeno embotellado a no ser para uso médico de urgencia. Algún que otro insensato moriría tal vez tratando de lograr la cumbre sin oxígeno, pero un buen número de escaladores sin probada competencia se vería forzado a dar media vuelta por sus propias limitaciones físicas antes de llegar a altitudes problemáticas”.
Después de 1996, las expediciones comerciales en la ruta del collado sur comenzaron a instalar cuerdas fijas hasta la cumbre antes de que lleguen los escaladores. Tom Hornbein, 33 años después de su ascensión por la arista Oeste, advirtió sobre la posibilidad de que algo así vuelva a suceder: “Lo que ocurrió en el Everest, seguro que volverá a ocurrir”.
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