
Duró tres horas y veinte minutos. En ese lapso, a diez meses del inicio de la Guerra Civil española, veintisiete bombarderos, acompañados de treinta y dos cazas, todas fuerzas de la Legión Cóndor alemana y de la Aviación Legionaria italiana, lanzaron entre treinta y una y cuarenta y seis toneladas de bombas explosivas e incendiarias que devastaron Guernica, una ciudad vasca que sufrió la destrucción total del ochenta y cinco por ciento de sus casas y edificios. Bajo las bombas nazis y fascistas de Adolf Hitler y de Benito Mussolini puestas al servicio de los sublevados contra la República española encabezados por Francisco Franco, murieron en Guernica al menos mil seiscientas cincuenta y cuatro personas y quedaron heridas otras ochocientos ochenta y nueve de un total de cinco mil habitantes que tenía Guernica.
La cantidad de muertos, como sucede siempre en estos casos, oscila según el bando que los cuente. En este caso, la verdad es más brumosa porque tres días después del bombardeo, un contingente militar franquista entró en la ciudad devastada y, entre otras cosas, destruyó los censos y la documentación que hubiese posibilitado un recuento fiel de las víctimas.
Guernica era una ciudad símbolo cultural e histórico de los vascos; era un punto estratégico de relativa importancia para el movimiento de las tropas y los suministros del frente vasco que resistía la sublevación franquista. Más que destruir un objetivo militar, el bombardeo buscó aniquilar a su población, escarmentar a los vascos, quebrar la moral de los republicanos y probar la efectividad de los bombardeos masivos sobre una población civil por parte de la Luftwaffe alemana: un ensayo general de los nazis para la Segunda Guerra mundial.
Todo empezó la tarde del lunes 26 de abril de 1937. Era día de mercado en Guernica por lo que a sus cinco mil habitantes se sumaban los vascos que llegaban de pueblos vecinos y los refugiados que huían del avance de las tropas franquistas. El cónsul británico calculó que esa tarde había en la ciudad unas diez mil personas. Era una ciudad inerme: no tenía defensas antiaéreas aun cuando estaba a quince kilómetros del frente de batalla; había sufrido algunas incursiones aéreas pero nunca había sido bombardeada.

Dos amenazas habían caído sobre Guernica días antes. El 31 de marzo los nazis de la Legión Cóndor habían bombardeado y ametrallado la ciudad vasca de Durango en el que fue uno de los primeros bombardeos sobre población civil de la historia. Según el británico Paul Preston, autor de Idealistas bajo las balas y La Pérfida Albión, “Durango fue el comienzo de los experimentos de Richthofen con los bombardeos del terror, destinados a abatir la moral de la población civil y destruir las comunicaciones por carretera a su paso por los núcleos urbanos”. La segunda amenaza había llegado días antes del ataque a través de la radio de los sublevados instalada en Salamanca, en el Cuartel General de Franco. Decía: “Franco se dispone a propinar un fuerte golpe contra el que es inútil cualquier resistencia. ¡Vascos! ¡Rendíos ahora y se os perdonará la vida”.
El teniente coronel Wolfram von Richthofen era el jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor, comandada por el general Hugo Sperrle. Además de ser el diseñador del bombardeo de destrucción sobre Guernica, Richthofen era primo de otro Richthofen famoso, el aviador alemán conocido como “Barón Rojo” en la Primera Guerra mundial. Richthofen envió a Guernica una tremenda fuerza de tareas que integraban cuatro escuadrillas de aviones JU-52 (JU era el código de los aviones Junker) y una escuadrilla de bombarderos experimentales VB 88, junto a aviones Heinkel He 11, Dornier DO 17, todos escoltados por cazas Heinkel He 51 y por Messerschmitt BF 109, que serían famosos en la Segunda Guerra. También participaron aviones caza italianos. Era una escuadra para conquistar un país, no para atacar una pequeña población vasca reunida en el casco histórico de la ciudad, de un kilómetro cuadrado, que intentaba aprovechar el mercado semanal de los lunes.
A las cuatro y veinte de la tarde un solitario avión alemán Heinkel HE 51 llegó a Guernica desde el Este y arrojó seis bombas en pleno centro urbano. En cuanto el avión apareció en el horizonte sonaron las campanas de la iglesia de Santa María para dar la alarma y la gente corrió a los refugios. Cinco minutos después, dos Heinkel He 111 y un Dornier Do 17 llegaron de Este a Oeste y destruyeron con sus bombas el sistema de abastecimiento de agua que impediría luego extinguir el fuego que provocado por las bombas alemanas incendiarias. A las cuatro y treinta y cinco, entre tres y seis aviones italianos Savoia S-79 que habían despegado desde Soria una hora antes, bombardearon el nuevo centro urbano de Guernica.
Según el historiador Xabier Irujo, especializado en la historia contemporánea del País Vasco: “Tras estos primeros ataques, la mayor parte de la población consideró con lógica que el bombardeo había terminado. Los servicios de extinción de incendios y de socorro acudieron al centro urbano para atender a los heridos y apagar los focos de fuego. Allí los atraparía la siguiente fase de bombardeo pesado”.

A las cinco de la tarde, aviones alemanes Heinkel He 51, los Messerschmitt BF 109 y aparatos italianos Fiat CR32 bombardearon y ametrallaron el perímetro de Guernica para impedir que los pobladores abandonaran el centro urbano. Relata Irujo: “Los cazas generaron un anillo de fuego alrededor de Guernica, impidiendo salir a todo aquel que quisiera abandonar el centro urbano” Y en la última oleada de las seis y cuarto de la tarde, los cazas “ametrallaron a los supervivientes, que en esta fase del bombardeo intentaban por todos los medios abandonar la villa”. Para ese infierno todavía faltaban unos minutos. En su formidable La Guerra Civil Española, Antony Beevor refleja aquel drama: “Los cazas ametrallaron sin piedad a hombres, mujeres y niños, a las monjas del hospital y hasta el ganado. Y, sin embargo, lo peor del ataque aún no había comenzado”.
No había quién ni cómo enfrentar aquella lluvia de fuego. Señala el británico Michael Alpert, historiador militar e hispanista: “Como en aquella campaña los bombarderos no necesitaban ir escoltados porque no había oposición, los cazas volaban encima de Guernica únicamente con la finalidad de ametrallar a los fugitivos”. A las cinco y media de la tarde llegó el bombardeo más intenso: veintiún Junkers alemanes descargaron bombas explosivas e incendiarias que provocaron una enorme destrucción. Relata Irujo: “Procedentes del norte, del mar, y por tanto, sin que su llegada pudiera ser advertida por los sistemas de alarma, las tres escuadrillas K/88 de Junkers JU 52 bombardearon Guernica en siete grupos de tres aparatos cada uno, en dos o más pasadas sobre un corredor o alfombra aérea de unos ciento cincuenta metros de ancho. Lanzaron sobre el núcleo urbano bombas explosivas de doscientos cincuenta kilos y de cincuenta kilos con espoleta retardada, y miles de bombas incendiarias mientras volaban a una altura de entre seiscientos y ochocientos metros”. Y Beevor relata: “Los testigos describen la escena en términos dantescos y apocalípticos. Familias enteras quedaron enterradas entre las ruinas de sus casas, o murieron aplastadas en los refugios. Seres humanos ennegrecidos por el humo se abrían paso entre las llamas y el polvo mientras otros excavaban como locos entre las ruinas tratando de desenterrar a amigos y parientes”.
Todo había sido planificado con minuciosidad por el alto mando alemán. Quien tal vez con mayor fidelidad describió aquel infierno fue el periodista británico George Steer. Su artículo sobre el bombardeo a Guernica, escrito con un tono acaso apagado, sin sensacionalismo, fue publicado en The Times y en The New York Times el 28 de abril. Tal fue la intensidad descriptiva de Steer, hoy un clásico de la literatura periodística, que al día siguiente de su publicación, luego de que el bando del general Franco afirmara que la destrucción de Guernica había sido provocada por los republicanos, los editores enviaron a Steer de regreso a la ciudad con un pedido: “El otro bando rechaza su versión Guernica necesitamos más información prudente”.
Steer regresó a Guernica y volvió a escribir. Primero escuchemos, hay textos que pueden ser oídos, el reporte inicial del periodista en el que relata cómo fue el bombardeo: “A las dos de la madrugada de hoy, cuando el que escribe visitó la ciudad, todo ella presentaba un espectáculo aterrador, porque ardía de un extremo a otro. El reflejo de las llamas se podía ver en las nubes de humo que sobrevolaban las montañas, a dieciséis kilómetros de distancia. Durante la noche, las casas se han ido derrumbando hasta que las calles se han convertido en largos montones de impenetrables ruinas rojas”.

Luego explica la mecánica del bombardeo y las intenciones alemanas de destruir la ciudad: “La táctica de los bombardeos, que puede ser de interés para los alumnos de la nueva ciencia militar, fue la siguiente: en primer lugar, pequeños grupos de aviones lanzaron bombas pesadas y granadas de mano por toda la ciudad, seleccionando una tras otras las zonas de forma ordenada. A continuación llegaron los cazas, que descendieron en picada para volar a baja altitud y ametrallar a quienes salían corriendo aterrorizados de los refugios, algunos de los cuales ya habían recibido el impacto de las bombas de cuatrocientos cincuenta kilos que abren un boquete de ocho metros de profundidad. Muchas de esas personas fueron asesinadas mientras corrían. Un gran rebaño de ovejas al que conducían al mercado también fue barrido. El objeto de este movimiento fue, según parece, volver a llevar a la población bajo tierra, ya que aparecieron a un tiempo nada menos que doce bombarderos que arrojaban bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas. La pauta de este bombardero de una ciudad abierta fue, por tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer huir en estampida a la población; luego, fuego de ametralladoras para que se refugiaran bajo tierra y, a continuación, bombas pesadas e incendiarias para demoler las casas y quemarlas sobre las víctimas”.
Y cuando lo enviaron de regreso a la ciudad para una “información más prudente” porque las fuerzas de Franco desde el cuartel general de Salamanca rechazaban la participación de fuerzas extranjeras en la tragedia, que además adjudicaban “a los rojos”, Steer escribió: “La negación por parte de Salamanca de tener conocimiento alguno de la destrucción de Guernica no ha asombrado por aquí, pues también negaron el bombardeo de Durango, similar aunque menos atroz, pese a la presencia de testigos británicos. He hablado con centenares de personas angustiadas y sin hogar, y todas ellas ofrecen exactamente la misma descripción de los acontecimientos. He visto y he medido los enormes hoyos ocasionados por las bombas en Guernica, que, dado que pasé por la ciudad el día anterior, puedo atestiguar que no se encontraban allí antes. En Guernica se hallaron bombas incendiarias de aluminio alemanas sin estallar con la inscripción ‘Fábrica de Rheindorf, 1936′. Los modelos de aviones alemanes utilizados fueron Junkers 52, Heinkel 111 y Heinkel 51 (…) Casi toda la tripulación es alemana y los aparatos partieron de Alemania en febrero. (…) Que fueron ellos quienes bombardearon y destruyeron Guernica es la apreciación contrastada de su corresponsal y, lo que es más, la certeza absoluta, si eso fuera posible, de todo aquel desdichado civil vasco que tuvo que sufrirlo”.
La brutalidad del bombardeo fue reflejada incluso por el propio von Richthofen el 30 de abril en su diario: “Las de 250 (habla de las bombas y de sus kilos) derribaron buen número de casas y destruyeron las cañerías. Las bombas incendiarias tenían ahora tiempo para desplegar toda su eficacia. Las casas estaban construidas con cubiertas de teja, galerías de madera y entramado del mismo material, por lo que fueron completamente aniquiladas”. Otra carta está firmada por el coronel adscripto al Estado Mayor de la Legión Cóndor, Joachim von Richthofen, sin parentesco alguno con Wolfram, y es también reveladora: “Se utilizaron principalmente proyectiles rompedores italianos de cien kilos con espoleta retardada. En caso de hacer blanco, dichos proyectiles atraviesan los cuatro pisos y alcanzan el sótano. No pudieron examinarse los embudos al quedar rellenados por los cascotes. Los muros no se desplomaron”. Según el historiador Irujo: “El lanzamiento de un total aproximado de seis mil bombas incendiarias en un área de menos de un kilómetro cuadrado con el potencial de elevar las temperaturas a más de mil quinientos grados centígrados, provocó un fuego incontrolable”. Y Beevor evoca: “Los que se acercaban a Guernica huyendo de Bilbao no podían creer lo que veían sus ojos en el cielo rojo-anaranjado. En la lejanía, Guernica era una ruina de fuego y de muerte”.

Al día siguiente, con su ciudad en llamas todavía, José Antonio Aguirre, lendakari de Guernica, su máxima autoridad, denunció en una nota que los autores del bombardeo habían sido aviadores alemanes. La nota decía: “Los aviadores alemanes al servicio de los facciosos españoles han bombardeado Guernica, incendiando la histórica villa, que tanta veneración tiene entre los vascos. Nos han querido herir en lo más sensible de nuestros sentimientos patrios, dejando una vez más de manifiesto lo que Euzkadi puede esperar de los que no vacilan en destruir hasta el santuario que recuerda siglos de nuestra libertad y de nuestra democracia (…)”.
De inmediato, el franquismo lo acusó de mentir y culpó a los republicanos por la destrucción de la ciudad. El 29 de abril, el Cuartel General de Franco dio un comunicado que expresaba: “Guernica está destruida por el fuego y la gasolina. La han incendiado y convertido en ruinas las hordas rojas al servicio del perverso y criminal Aguirre (por el lendakari) que ha lanzado la mentira infame –porque es un delincuente común– de atribuir a la heroica y noble aviación de nuestro ejército nacional este crimen. Aguirre ha preparado la destrucción de Guernica para endosarla al adversario. Su destrucción es labor de los que quemaron Irún y Eibar, de los que dejan siempre una España espectral a sus espaldas (…)”.
La radio oficial de los sublevados contra la República, Radio Nacional, tampoco se quedó atrás y difundió el siguiente mensaje: “No es la primera vez que miente Aguirre, mandarín de la República de Euzkadi. Aguirre ha declarado hoy que la aviación extranjera al servicio de la España nacional, ha bombardeado la ciudad de Guernica y la ha incendiado para herir a los vascos en lo más profundo de sus sentimientos. ¡Miente Aguirre! ¡Miente! ¡Bien lo sabe él! En primer término no hay aviación alemana ni extranjera en la España nacional. Hay aviación española; noble y heroica aviación española, que tiene que luchar continuamente con aviones rojos que son rusos y franceses y que conducen aviadores extranjeros. En segundo lugar, Guernica no ha sido incendiada por nosotros, la España de Franco no incendia. La tea incendiaria es monopolio de los incendiarios de Irún, de los que han incendiado Éibar y de los que trataron de quemar vivos a los defensores del alcázar de Toledo. El País Vasco sabe que nosotros respetamos y respetaremos sus tradiciones. La España de Franco no incendia”.

No era la España de Franco la que incendiaba, era la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini la que incendiaba en nombre de la España de Franco. La orden de negar que Guernica había sido bombardeada los alemanes y de asegurar en cambio que había sido destruida “por el fuego y la gasolina de las hordas rojas al servicio del criminal Aguirre” fue una decisión del propio Franco que la firmó en la madrugada del 27 de abril, según informó a su gobierno en Roma el general italiano Carlo Bossi, un representante diplomático de Mussolini durante la Guerra Civil: “El general Franco ha dispuesto un negación inmediata, por radio, denunciando el feroz sistema de los rojos de quemar y destruir todos los centros urbanos antes de retirarse”. La mentira sobre Guernica perduró en España durante casi toda la dictadura franquista.
Sin embargo, Hermann Göring había admitido ya en 1946 la responsabilidad alemana en la destrucción de Guernica. Lo hizo ante los jueces que lo juzgaron y condenaron a la horca (se suicidó horas antes de subir al cadalso) en Núremberg. También confirmó la calidad de experimento de guerra que había signado el bombardeo a la ciudad vasca. “España me dio una oportunidad de poner a prueba a mi joven fuerza aérea, así como para que mis hombres adquirieran experiencia (…) En efecto, (Guernica) fue una especie de banco de pruebas para la Luftwaffe. Es lamentable, pero no podíamos obrar de otra forma. En aquel momento, estas experiencias no podían efectuarse en otro lugar”.
Aterrado por lo que había visto, el sacerdote Alberto Onaindía, que junto a otros curas vascos y no vascos había atendido a los heridos, dado la extremaunción a los moribundos y rezado el rosario en los refugios y en las iglesias donde se cobijaban los desesperados habitantes de Guernica, escribió una carta al obispo Isidro Gomá cardenal primado de España durante la Guerra Civil, al que los historiadores ubican como partidario de los sublevados franquistas.

Onaindía escribió al cardenal porque sabía muy bien de qué hablaba. Había relatado antes: “No había ido muy lejos cuando un avión se acercó y me obligó a sumergirme en una zanja para protegerme. Una mujer y un niño que corrían delante de mí no lo lograron. Una bomba cayó entre nosotros. Fue una fuerte explosión. De inmediato salí de la zanja y corrí hacia la mujer y el niño. Otras personas también vinieron a ayudar. Alguien dijo que el muchacho era el ahijado de la mujer. Médicamente, no había nada que pudiera hacer por ellos. La bomba no había producido marcas en sus cuerpos, pero me di cuenta de que la sangre corría por sus barbillas; sus órganos internos habían sido destruidos por la explosión. Les di la absolución y me quedé con ellos hasta que tuve la certeza de que habían muerto”.
En su carta al cardenal Gomá, Onaindía narró: “Llego de Bilbao con el alma destrozada después de haber presenciado personalmente el horrendo crimen que se ha perpetrado contra la pacífica villa de Guernica, símbolo de las tradiciones seculares del pueblo vasco. (…) Fueron tres horas de espanto y escenas dantescas. Niños y madres hundidos en las cunetas, madres que rezaban en alta voz; un pueblo creyente asesinado por criminales que no sienten el menor alarde de humanidad. Señor Cardenal, por dignidad, por honor al Evangelio, por las entrañas de misericordia de Cristo, no se puede cometer semejante crimen horrendo, inaudito, apocalíptico, dantesco (…). Una ley eterna, la de Dios, impide matar, asesinar al inocente. Todo eso se pisoteó en Guernica. ¿Quién será el cruel personaje que en frío y en el gabinete de estudio ha planeado ese crimen espantoso de incendiar y matar a toda una población pacífica? (…)“.
La respuesta del cardenal Gomá a su sacerdote Onaindía es de una dureza estremecedora: “Los pueblos pagan sus pactos con el mal y su protervia en mantenerlos (…) Me permito responder a su angustiosa carta con un simple consejo: que se rinda Bilbao, que hoy no tiene más solución. Puede hacerlo con honor, como pudo hacerlo hace dos meses. Cualquiera que sea el bando autor de la destrucción de Guernica, es un terrible aviso para la gran ciudad”.
Junto con los sobrevivientes, junto con los sacerdotes y con los socorristas, los periodistas dieron testimonio del horror en Guernica. El británico Noel Monks, del Daily Express, fue uno de los primeros en llegar a la ciudad y describió lo que vio: “En el sentido más literal de la expresión yo fui el primer reportero en llegar a Guernica, y algunos soldados vascos me encomendaron de inmediato la labor de recoger los cuerpos carbonizados que las llamas habían devorado. Algunos de los soldados lloraban como niños. Había llamas y el humo y el polvo y el olor a carne humana quemada era nauseabundo. Las casas se derrumbaban en aquel infierno. En la plaza, prácticamente rodeada por un muro de fuego, había cerca de un centenar de refugiados. Estaban llorando y gimiendo, balanceándose de un lado a otro”.

Varios periodistas fueron ametrallados junto con los pobladores. Según el relato de Mathieu Corman, de Ce Soir de París: “Este juego satánico con nuestros nervios y con nuestras vidas dura unos veinte minutos. Y los aviones, uno por uno, se van alejando. Corremos a la iglesia. Encontramos algunos supervivientes del pueblo agrupados en el campanario. Son ocho. Lloran en silencio. No se atreven a salir, no sea que vean el cuerpo destrozado o quemado de algún ser querido”.
El extraordinario artículo de Steer describe también: “En el hospital de las Josefinas que fue uno de los primeros lugares en ser bombardeados, los cuarenta y dos milicianos heridos que albergaba murieron en el acto. En una calle por la que se baja la ladera desde la Casa de Juntas, vi un lugar en el que se decía que cincuenta personas, casi todas ellas mujeres y niños, quedaron atrapadas en un refugio antiaéreo bajo una masa de escombros ardiendo. (…) A muchos de ellos los mataron en el campo, y en conjunto los muertos pueden ascender a centenares. Un anciano sacerdote llamado Arronategui murió a causa de una bomba mientras rescataba a unos niños de una casa en llamas (…)”.
El crudo relato de los corresponsales de guerra les acarreó serias dificultades. Tropas franquistas detuvieron a Noel Monks en Sevilla, en momentos en que Franco visitaba la ciudad. Lo acusaron de eludir la censura y Luis Antonio Bolin, un franquista puro que jugaba como adscripto a la Oficina de Prensa y Propaganda del Cuartel General de Franco en Salamanca, lo amenazó: “Has metido la pata Monks. Eludir la censura equivale a espiar, y los espías duran poco en este país”. Bolin, que despotricaba contra los periodistas de quienes decía “no merecen ni una bala”, llevó a Monks a ver a Franco que lo recibió de mal talante: golpeó varias veces su puño contra una mesa y sugirió que había que fusilar a Monks, que protestó: “No pueden fusilarme: soy británico”. Cuando le tradujeron la frase a Franco, el generalísimo estalló en una carcajada. Por fin, Monks fue expulsado de la España nacionalista por haber mencionado la presencia de tropas alemanas e italianas en la zona rebelde.
El británico Steer fue anotado en la lista de delincuentes más buscados por la Gestapo, dos mil ochocientas veinte personas que debían ser apresadas en 1940, cuando Alemania hubiera invadido con éxito el Reino Unido. También le hicieron saber que si los franquistas lo capturaban, sería fusilado de inmediato. Paul Preston revela en su Idealistas bajo las balas que Steer regresó al frente para escribir sus crónicas, “armado con una pistola automática que no sabía manejar”.

La gran tragedia de Guernica inspiró una obra maestra. Pablo Picasso, a quien le habían encargado un mural para el pabellón del gobierno español en la Exposición Universal de París, eligió el drama de la ciudad vasca para representar los horrores de la guerra. La de Picasso es otra gran historia. Dice la leyenda que el general franquista Emilio Mola, comandante del Ejército del Norte, quedó muy impresionado cuando llegó a la destruida ciudad de Guernica el 29 de abril. El historiador Hugh Thomas arriesga en su La guerra Civil Española que hasta Franco se enfureció con los alemanes cuando supo de las consecuencias del bombardeo: “Puede que esto sea cierto –arriesga Thomas– porque el hecho es que a partir de entonces no volvió a producirse ningún otro bombardeo del tipo de Guernica en el País Vasco y, en realidad, la Legión Cóndor nunca volvió a intentar nada parecido al ‘bombardeo de zona’ sobre ciudades indefensas”. Los alemanes no volvieron a intentarlo al menos en España.
En 1997, a sesenta años del bombardeo, el presidente de la República Federal de Alemania, Roman Herzog escribió una carta al ayuntamiento de Guernica en la que reconocía “expresamente la culpabilidad de los aviones alemanes en el bombardeo”. El mensaje tendió a los sobrevivientes que “todavía llevan en las entrañas las heridas del pasado, la mano abierta en ruego de reconciliación. (…) Para ustedes sigue siendo presente lo que para la mayoría de nosotros es pasado, a pesar de que todos nosotros debemos sentirnos apenados por el sufrimiento que cayó sobre Guernica”. El mensaje de Herzog fue leído por el entonces embajador alemán en España, Hening Wegener.
A finales de noviembre de 2025, Frank-Walter Steinmeier, entonces presidente de la República Federal de Alemania y durante su visita oficial a España, también admitió la responsabilidad alemana en el “crimen de Guernica”. Steinmeier habló en la cena de gala que le ofreció el rey Felipe VI en el Palacio de Oriente. “Es muy importante para mí, -dijo Steinmeier- y me dirijo deliberadamente a mis compatriotas en Alemania, que no olvidemos lo que ocurrió entonces. Este crimen fue cometido por alemanes. Guernica es un recordatorio de que debemos luchar por la paz, la libertad y la preservación de los derechos humanos”.
Dos días después, el presidente alemán visitó Guernica junto al rey Felipe y al lendakari Imanol Pradales. Depositó una corona de claveles blancos en el mausoleo que guarda los restos de los muertos en 1937, visitó el Museo de la Paz y dijo de Guernica: “Fue un crimen brutal cuyo único objetivo era la población civil. No olvidaremos el sufrimiento que causó. Me inclino ante las víctimas y expreso nuestra solidaridad con los supervivientes”.
Sonó como un responso.
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