
Ladrón de poca monta y peor fortuna, Nicolas Jacques Pelletier nunca imaginó que su nombre iba a pasar a la historia. Tampoco lo soñó, porque estaba bien despierto, la noche de octubre de 1791 cuando, aprovechando la mala iluminación de las calles, intentó con unos pocos cómplices asaltar en la rue Bourbon-Villeneuve a un desprevenido transeúnte al que se le había hecho tarde en la vuelta a su casa. El pobre hombre gritó y no se sabe si murió en el intento de pedir auxilio o salvó así el pellejo. En cambio, no hay dudas de que, mientras sus socios en el delito pudieron escapar, a Pelletier lo detuvo un guardia que acudió presuroso, alertado por los gritos de la víctima.
El caso quedó en manos del juez Jacob Augustin Moreau, magistrado del distrito de Sens, quien pese a los reclamos del defensor de oficio de Pelletier para que tuviera un juicio más justo, lo sentenció a muerte y fijó la fecha para el 31 de diciembre de ese mismo año. El 24 de diciembre, el abogado del reo presentó una apelación, quizás esperanzado en lograr alguna piedad navideña, pero un segundo tribunal confirmó la pena. En esos tiempos de la Revolución Francesa, las fiestas religiosas no les movían un pelo a los funcionarios del Estado.

Nicolas Pelletier habría pasado al olvido como un muerto más si por esos días la Asamblea Nacional no hubiera establecido a la decapitación como único medio legal para las ejecuciones, lo que llevó a debatir cómo aplicar ese método. Hasta entonces, las decapitaciones habían estado reservadas a los nobles y se hacían a filo de espada, pero el verdugo público Charles Henri Sansón – portador de un apellido más que adecuado para alguien que mataba con la fuerza de sus brazos – cuestionaba el uso de esa arma porque recordaba los antiguos privilegios de los aristócratas que la Revolución había venido a eliminar.

El verdugo no solo lo cuestionaba, sino que por esos días estaba probando una nueva máquina de ejecución, más igualitaria. No hacía ensayos con seres vivos, por supuesto, sino que utilizaba como sujetos de prueba a los cadáveres que nadie reclamaba de la morgue del Hospital Bicêtre.

La guillotina era una máquina letal recién inventada por el cirujano Joseph Ignace Guillotin, diputado en la Asamblea Nacional, para evitar sufrimientos inútiles a los condenados a muerte. El artilugio consistía en un armazón de dos montantes verticales unidos en su parte superior por un travesaño denominado chapeau (sombrero), que sostenía en alto una cuchilla de acero con forma triangular con un mouton (lastre) de plomo de más de 60 kilogramos en su parte superior. En su parte inferior tenía un cepo de dos medias lunas, llamado fenêtre (ventana), de las cuales la superior era móvil. Justo detrás de la máquina había una plancha de madera que actúa como báscula. Al caer la hoja, el condenado moría decapitado en apenas un segundo. Guillotin sostenía que no llegaba a sufrir.
Cuando condenaron a Pelletier, el asunto se estaba discutiendo en la Asamblea Nacional, lo que hizo que, al no haber método aprobado, su ejecución quedara en suspenso hasta que se definiera cómo hacerla. Mientras tanto, el reo esperaba confinado en la cárcel. Eso le dio cuatro meses más de vida y la oportunidad de dejar su nombre escrito con sangre en la historia como el del primer hombre ejecutado con la guillotina.

La muerte de Pelletier
Finalmente, el 23 de marzo de 1792, la Asamblea adoptó el uso de la guillotina como único método de ejecución a fin de que la pena de muerte “fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”. Se eliminaba así una diferencia de clase, porque hasta entonces, mientras los miembros de la aristocracia tenían el privilegio de la espada o, en ocasiones, del filo del hacha, los plebeyos morían por ahorcamiento, estrangulación o, en el peor de los casos, con los cuerpos destrozados en la rueda.
De todos modos, la ejecución de Nicolas Pelletier no se llevó a cabo de inmediato. El condenado y el verdugo debieron esperar a que se construyera una guillotina, obra dirigida por Antoine Louis, un cirujano colega de Guillotin. Según las cuentas presentadas, el costo total del artilugio fue de 38 libras, el papel moneda creado por la Revolución.
Pero todo llega y para mediados de abril la máquina mortal ya estaba montada sobre un andamio y lista para usar en la Plaza de Grève, frente al Ayuntamiento de París, el mismo lugar donde se habían llevado a cabo ejecuciones públicas durante el reinado del rey Luis XV. La fecha de la ejecución de Pelletier quedó fijada para el 25 de abril y, previendo que se reuniría una multitud para ver cómo funcionaba el nuevo aparato, el asambleísta Pierre Louis Roederer le escribió al general Marié-Joseph de Lafayette para solicitar la presencia de la Guardia Nacional y garantizar así el buen desarrollo del acontecimiento.

A las tres y media de la tarde, Pelletier fue conducido al cadalso vistiendo una camisa roja, el atuendo típico de alguien condenado por asesinato. La gran multitud pronosticada por Roederer ya estaba allí esperando, ansiosa por ver el novedoso invento en acción. La guillotina, que también era roja, había sido preparada con antelación y Sanson actuó con rapidez. En cuestión de segundos, Pelletier tuvo el cuello apoyado en el cepo y la hoja cayó e hizo rodar su cabeza.
Como espectáculo, la ejecución de Pelletier fue un completo fracaso. La multitud se retiró descontenta por lo rápida que había sido, lo que la hacía muchos menos atractiva que los métodos anteriores. “¡Devuelvan nuestra horca de madera!”, se gritó desde el público. Así, en ese tan sencillo como vertiginoso acto, Nicolas Jacques Pelletier entró en la historia como el primer ejecutado con la guillotina. Las posteriores ejecuciones de Luis XVI y María Antonieta dejarían en claro que la máquina hacía que la muerte “fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, como pretendía la Asamblea Nacional.

El fin de las ejecuciones públicas
Durante los siguientes 147 años las ejecuciones con la guillotina fueron públicas, aunque con el correr de los años se comenzaron a hacer antes del amanecer para evitar que se reunieran multitudes para presenciarlas. Fue así hasta que el 17 de junio de 1939 un involuntario retraso provocó un escándalo que acabó con ellas.
Ese día debía ser ejecutado, como siempre antes del amanecer, Eugen Weidmann, un asesino de origen alemán con varias muertes en su haber. Sin embargo, un hecho fortuito hizo que cuando finalmente el reo fue llevado con las manos atadas y el pecho descubierto fuera de las puertas de la prisión de Saint-Pierre, en el centro de Versalles, donde estaba montado el cadalso, el sol ya estaba alto y había unas 600 personas reunidas para presenciar su muerte.
El retraso se debió a que el verdugo designado Anatole Deibler, un alemán con una impecable foja de servicio, había muerto el día anterior al fijado para guillotinar al delincuente. En su lugar, se nombró a otro verdugo, Jules-Henri Desforneaux, que llegó tarde porque se quedó dormido. Cuando la cuchilla decapitó a Weidmann, el sol iluminaba la escena con una clara luz matinal que permitió a los fotógrafos y al camarógrafo registrar toda la escena y también el tumulto posterior, con la multitud burlando el cordón policial para llevarse los pañuelos y bufandas empapados en sangre como souvenir.

Los diarios franceses del día siguiente mostraron en sus portadas fotos de la ejecución y del comportamiento de la multitud, con un impacto tal que luego fueron reproducidas por medios de otros países de Europa. En su crónica de los hechos, el Paris-Soir calificó a la multitud de “repugnante” y de “rebelde”.
El gobierno francés – acusado de salvaje por los medios europeos – estaba avergonzado. La luz del día había permitido el registro fotográfico que mostró al mundo a un pueblo francés ávido de sangre derramada por el Estado. “Hasta entonces, había poco que decir sobre el espectáculo degradado de la ejecución pública. Tenían poco que decir sobre la violencia de la pena capital como tal. El problema que los persiguió era la multitud que se agolpaba en torno a la guillotina. La multitud ejecutante se convirtió en un misterio y una obsesión, objeto de vigilancia literaria, investigación parlamentaria, estudio científico y examen periodístico. Estos comentaristas vieron una multitud sin dignidad, una multitud llena de emociones malsanas, una multitud de morbosa curiosidad y juerga fuera de lugar. ¿Quién era esta multitud? ¿Qué emociones sintieron sus participantes ante el espectáculo del castigo?”, escribió el historiador Gregory Shaya.
Consultada por el Paris-Soir, una fuente del gobierno debió admitir que la ejecución pública “lejos de servir como elemento disuasorio y tener efectos saludables en las multitudes fomentó los instintos más bajos de la naturaleza humana y avivó el alboroto general y el mal comportamiento”.
Una semana después, el decreto del presidente Lebron puso punto final a las ejecuciones públicas, pero no terminó con la pena capital ni con el uso de la guillotina, desde entonces confinada a los patios interiores de las prisiones, donde solo se admitía la presencia de magistrados, abogados, agentes de policía, el ministro religioso que pidiera el condenado y el médico que debía certificar la muerte.
El último guillotinado
Sin embargo, la guillotina se siguió utilizando durante casi cuatro décadas más. La última ejecución tuvo lugar la madrugada del 10 de septiembre de 1977, en el patio de la prisión de Baumettes, en Marsella, cuando la cuchilla letal separó la cabeza del cuerpo del inmigrante tunecino Hamida Djandoubi, un joven discapacitado condenado a muerte por haber asesinado a su antigua novia.
“La noche en la que estaba previsto que se efectuara la sentencia, yo no pude dormir… sólo pensaba en que se iba a asesinar a una persona. Lo que hizo fue una atrocidad y, para muchos, eso justificaba la ejecución, pero la discapacidad de Djandoubi hizo que todo fuera peor. Tenía una prótesis en la pierna como consecuencia de un accidente laboral. Pero para la decapitación se la quitaron, así que tuvo que ir de rodillas a la guillotina", le contó hace unos hace unos años a BBC Mundo Nicole Pollak, la hija del abogado que estuvo a cargo de la defensa del condenado.
La ejecución también le causó horror a la jueza Monique Mabelly: “Cuando los guardias abrieron la puerta, se vio la guillotina. Y al lado, una cesta. Por modestia, me volteé en el momento en el que la cuchilla iba a caer. Cuando volví a ver, todo estaba lleno de sangre”, escribió en artículo contra la pena de muerte que publicó pocos días después.
Francia abolió la pena de muerte el 9 de octubre de 1981. Al aprobarse la ley, el ministro de Justicia socialista Robert Badinter dijo a los diputados reunidos en la Asamblea: “Mañana, gracias a ustedes, la justicia francesa ya no será una justicia asesina. Mañana, gracias a ustedes, no habrá más ejecuciones furtivas en las cárceles francesas al amanecer, bajo el dosel negro, para nuestra vergüenza común. Mañana, las páginas sangrientas de nuestra justicia se pasarán”.
Últimas Noticias
La tragedia de Amagasaki: una curva fatal, un conductor bajo presión y la vigilia de las 800 velas que marcó el duelo en Japón
Una mañana de abril de 2005 se transformó en catástrofe cuando un tren descarriló y chocó violentamente contra un edificio provocando la muerte de 107 personas y 562 heridos. Disciplina extrema, errores humanos y un homenaje conmovedor definieron el recuerdo del incidente que obligó a repensar la seguridad ferroviaria

El día que una roca de 363 kilos cambió el destino de un montañista: un brazo muerto, una navaja inútil y 127 horas atrapado
El escalador Aron Ralston se enfrentó con la muerte en abril de 2003 en el Parque Nacional Canyonlands, ubicado en la región sudeste de Utah. Mientras atravesaba un desfiladero natural, ocurrió un evento inesperado que modificó sus planes. Una escena realista en Hollywood, la sorpresa de su familia y los desafíos que surgieron después del accidente ocurrido hace 23 años

La foto acertijo: ¿quién es este joven neoyorquino que transformó un fracaso musical en una carrera humorística?
Nació el 2 de octubre de 1890 en Manhattan. Quiso ser médico, su madre lo preparó para cantar y el público terminó revelándole que había nacido para la comedia

De la medicina a las matemáticas: el camino inesperado de Galileo Galilei hacia la astronomía mundial
La escasez familiar, la formación humanista y el rigor del claustro monástico moldearon en el joven pisano una curiosidad insaciable que ninguna expectativa familiar logró contener y que National Geographic describe como el origen de su genio científico

El calvario de “Britches”, el mono que mostró al mundo las torturas que padecían los animales en los experimentos de laboratorio
Hace 41 años fue liberado y su historia se volvió emblema. Cada 24 de abril, el Día del Animal de Laboratorio recuerda ese sufrimiento y homenajea a Hugh Dowding, impulsor de una ciencia sin crueldad




