
Durante el carnaval en la Edad Media, el bullicio y la transgresión se apoderaban de las calles europeas: banquetes desbordantes, mascaradas y ritos simbólicos convertían cada rincón en un escenario donde lo prohibido se volvía ley y la rutina quedaba en suspenso.
Tres días previos a la Cuaresma, ciudades y pueblos de la península Ibérica y del resto del continente experimentaban una metamorfosis radical: los juegos públicos, las bromas y los excesos, vetados el resto del año, tomaban el control, según detalla la revista Historia National Geographic.
Este paréntesis en el orden social habilitaba prácticas insólitas. La publicación subraya que mujeres, jóvenes y niños asumían el protagonismo, liderando batallas de comida o participando en representaciones satíricas. Todas las clases sociales intervenían en una exaltación colectiva que invertía jerarquías y cuestionaba las normas habituales.
Protagonismo infantil y travesuras colectivas

La infancia encontraba en el carnaval una ocasión para la travesura. Era frecuente presenciar manteos de perros, gatos y gallos, a los que se les ataban objetos ruidosos a la cola para perseguirlos por las calles.
En Galicia, la llamada “fiesta de los gallos” situaba a los niños en el centro de la celebración: elegían un “rey de gallos” y llevaban a cabo pruebas como cortar la cabeza de un gallo colgado, incluso con los ojos vendados, para luego adornar su gorro con el premio.
Las mujeres también aprovechaban estas fiestas para arrojar agua a los transeúntes desde balcones y ventanas, utilizando cubos y cacerolas, práctica visible en ciudades como Madrid, Cádiz, Huelva y Galicia.

Además, se libraban combates con nieve, harina, huevos, peladillas, naranjas y vejigas de cerdo hinchadas. En Andalucía y Barcelona destacaban las “taronjades”, lanzamientos de naranjas que, por su peligrosidad, fueron prohibidos en Barcelona desde 1333 y en Mallorca en 1574, según la revista National Geographic.
Sátira, inversión de roles y permisividad social
El carnaval no se limitaba a niños y jóvenes; la festividad servía también para la sátira pública y la inversión de roles sociales. Falsas procesiones, farsas burlescas y mojigangas ridiculizaban a figuras de autoridad o parodiaban manías humanas con gestos y humor subido de tono.
Durante estos días se toleraban insultos, bromas pesadas y la publicación de hechos escandalosos que fuera del carnaval acarrearían consecuencias. Los jóvenes, en ocasiones, proferían obscenidades a las muchachas, llegando a incomodar a algunas, según la revista National Geographic.

El martes alcanzaba su punto máximo con los desfiles de gremios locales, como los carniceros, que exhibían las reses más vistosas. En Cataluña, los jóvenes se disfrazaban de oso o se cubrían de hollín, mientras en otras regiones los banquetes reforzaban la sensación de abundancia previa a la abstinencia.
Los hortelanos de Jaén celebraban torneos de calabazas seguidos de comilonas, reflejando el papel central de la comida y bebida en estas fiestas.
Gastronomía y excesos: el placer antes del ayuno
La gastronomía medieval del carnaval, de acuerdo con la revista National Geographic, se distinguía por su abundancia y variedad. En Galicia predominaba el cerdo: rabo, cabeza, lacón, brazuelos y tortillas elaboradas con leche, sangre de cerdo y harina.

Cataluña ofrecía butifarra y pies de cerdo; Huelva preparaba sopas con lengua y lomo, y la morcilla era un plato recurrente en toda la península. Los excesos se representaban satíricamente en figuras como san Gorgomellaz o san Tragantón, emblemas del glotón insaciable.
El cierre del carnaval incluía ritos de purificación. Uno de los más extendidos consistía en la quema de muñecos de paja o trapo, que se manteaban y quemaban al anochecer del martes.
“Compadres” y “comadres”, elaborados por hombres y mujeres respectivamente, eran destruidos por el sexo opuesto. En Aragón, el “peirote” se paseaba en burro y los jóvenes lo apaleaban, como parte de una escenificación de clausura simbólica.
Del desenfreno al recogimiento: el paso a la Cuaresma

Con la llegada del Miércoles de Ceniza, el ambiente festivo se transformaba en recogimiento. Se reinstauraban prohibiciones: bodas y nacimientos se aplazaban, los espectáculos cesaban y la dieta sufría un cambio radical.
Se prohibía cualquier carne animal, que era sustituida por pescado; la leche de vaca u oveja se reemplazaba por leche de almendras y las grasas animales por aceites vegetales.
El último acto era el entierro de la sardina, un cortejo burlesco que, siglos después, inspiraría cuadros como los de Goya. La festividad terminaba así, marcando el paso de la desmesura a la disciplina y el ayuno propios de la Cuaresma, según concluye el análisis histórico de la revista National Geographic.
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