
“Setenta años perdidos…” se lamentaba Juan Bautista Alberdi, recién llegado de Europa y que ese 1880 sería elegido diputado nacional por Tucumán. Es que se debió esperar demasiado para que el Estado tuviese sede propia para sus autoridades y no un territorio que la provincia de Buenos Aires le prestaba.
Cuando Buenos Aires nació, era una aldea olvidada en el sur de un territorio en el que estaba todo por descubrir. Sería en el siglo XVIII cuando comenzaría a tomar relevancia por el creciente comercio y la puerta al Atlántico que representaba. No es vano en octubre de 1777 fuera nombrada capital del flamante virreinato del Río de la Plata, que nacía debido a las necesidades del rey español de una reforma institucional para, entre otros motivos, hacer frente al crecimiento de los dominios de ultramar y agilizar el comercio con las colonias.
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De ahí en más, la ciudad creció gracias a la actividad de comerciantes, de los hacendados y con la aparición de sedes de autoridades locales acordes a la importancia de la juridicción estatal y de establecimientos del clero.

Ese caserío de cuarenta mil habitantes estuvo en la mira colonialista de los ingleses en 1806 y 1807. Con la Revolución de Mayo y luego con la declaración de la independencia, Buenos Aires adoptó, en los hechos, el papel de ciudad capital. No importaron los años de anarquía ni las amenazas a la provincia, la ciudad supo sacar provecho y mantener esa situación privilegiada de contar con un puerto y con los réditos de la aduana. La provincia de Buenos Aires se constituyó como tal en 1820 luego de la batalla de Cepeda.
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El sentido centralista del territorio se acentuaría en el Congreso General Constituyente de 1824, que antes de dictar una constitución, se estableció la figura del presidente y de la necesidad de federalizar la ciudad de Buenos Aires.
Entre febrero y marzo de 1826, con Bernardino Rivadavia presidente, se discutió el proyecto para ungir un territorio que excedía largamente el ejido urbano. Los defensores de la iniciativa sostenían que solo Buenos Aires podía ser la capital, mientras que los detractores alertaban sobre la violación de la autonomía provincial, además de los intereses que se perjudicaban al colocar la aduana y sus rentas en poder de la autoridad nacional.
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El 4 de marzo de ese año la ley fue sancionada, y se planeó dividir a la provincia de Buenos Aires en dos. Pero la crisis derivada por una incomprensible negociación diplomática en torno a la guerra del Brasil, más la presión de los caudillos federales que no querían saber nada con la Constitución unitaria, provocaron la renuncia del presidente y todo lo decidido quedó en la nada.
De ahí hasta la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, no se hizo nada al respecto y la ciudad fue “capital de hecho”. Cuando Urquiza inició el proceso de institucionalización, se contempló la cuestión en la Constitución sancionada el 1 de mayo de 1853, pero cuando Buenos Aires se erigió como Estado y se separó, la capital de la Confederación fue Paraná. Cuando por fin se unificó el país a partir del Pacto de San José de Flores, nuevamente, el tema quedaría relegado.
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Cuando Bartolomé Mitre asumió la presidencia en 1862, hubo un intento de federalización, con dos opciones: uno, federalizar en forma provisoria el territorio bonaerense o solo una localidad en forma definitiva.
La discusión se dio en el Congreso. Los que no querían saber nada con que Buenos Aires fuera la capital, grupo liderado por Adolfo Alsina, se fueron del Partido Liberal y crearon el Autonomista. Pero el Senado lo aprobó y pasó a la legislatura provincial, que votó en contra, pero con una solución temporal: ceder para residencia de autoridades nacionales por cinco años el territorio del municipio porteño, que era más pequeño que el actual.
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Cuando vencía el plazo, hubo diversas propuestas para instalar la ciudad capital: Fraile Muerto y Villa María, en Córdoba; Villa Constitución y Rosario, en Santa Fe; Paraná, en Entre Ríos; San Fernando, San Nicolás y la Isla Martín García, en la provincia de Buenos Aires. Si hasta Sarmiento, que en 1850 había ideado una capital que reuniese a nuestro país, Uruguay y Paraguay.
En 1868 se aprobó un proyecto para que Rosario fuera la capital que el presidente Bartolomé Mitre vetó. Su sucesor, Domingo F. Sarmiento era de la idea de no alejar la capital de una ciudad que crecía a pasos agigantados, por la concentración comercial y la llegada de inmigrantes.
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Cuando Nicolás Avellaneda asumió la primera magistratura en 1874, el tema seguía pendiente. A cinco cuadras de la Casa Rosada tenía su despacho el gobernador bonaerense, y su legislatura funcionaba en la Manzana de las Luces, del otro lado de la Plaza de la Victoria. El Congreso Nacional, entonces, estaba en la actual esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, y a unos pocos pasos convivían la Corte Suprema, creada en 1862, con la Provincial, que había comenzado a funcionar en 1875.

Las elecciones presidenciales de 1880, donde chocarían las ambiciones de los porteños contra el interior, serían el detonante.
En 1877 Carlos Tejedor asumió como gobernador y pintaba para candidato a presidente. De 60 años, era abogado recibido en la UBA y profesor universitario, había participado de diversas conspiraciones contra Rosas y debió exiliarse. Luchó junto a Juan Lavalle, y vivió en Chile y en Ecuador. En 1852 fue director de la Biblioteca Nacional, y se destacó por defender los privilegios de Buenos Aires y a no entregar la Aduana, lo que supuso enfrentarse a Urquiza. Durante la presidencia de Sarmiento, fue ministro de relaciones exteriores, con Avellaneda Procurador General y en 1878 había sido electo gobernador.
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Cuando se acercaban los comicios presidenciales de 1880, quiso ser candidato. Enfrente lo tenía a la popular figura de Adolfo Alsina, ministro de Guerra. Su repentina muerte en diciembre de 1877 obligó a resetear el ajedrez político. Lo reemplazó el tucumano Julio A. Roca, un joven militar, ambicioso, quien implementó una estrategia agresiva en la lucha contra el indígena, desechando la zanja defensiva que había implementado su antecesor. El éxito que tuvo en la campaña de 1879 le sumó prestigio y los sectores de poder y la Liga de Gobernadores lo vieron como alguien potable para enfrentar a un hombre de Buenos Aires.
Cuando Roca triunfó en los comicios, Tejedor tejió una alianza con Corrientes y alistó a la guardia nacional provincial, y redobló el desafío: para que los jóvenes de porteños de las familias de esa elite, que se habían sumado a sus fuerzas, practicasen con las armas, abrió el Tiro Nacional, inaugurando los “ejercicios doctrinales”. El coronel Julio Campos asumió la comandancia general y el coronel José Inocencio Arias jefe de Estado Mayor.
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El congreso votó una ley que prohibía a las provincias la movilización sin permiso federal, Buenos Aires la desconoció y, ante esa olla a presión a punto de estallar, el presidente Avellaneda decidió mudar la sede de gobierno al pueblo de Belgrano -no pertenecía a la ciudad- en el edificio que actualmente ocupa el Museo Histórico Sarmiento. También lo hicieron la mayoría de los senadores y una minoría de diputados.
El ejército nacional estaba asentado en la Chacarita: su estrategia fue la de rodear militarmente a la ciudad de Buenos Aires y aislar al beligerante Tejedor, que no quería dar el brazo a torcer y que reunía el apoyo de los porteños y de la prensa, empezando por el diario La Nación, de Mitre.
Avellaneda enfrentó una crisis en el gabinete. Sarmiento, que había asumido en Interior, terminaría renunciando cuando Diputados le votó en contra un proyecto de intervención de Jujuy donde había sido depuesto el gobernador perteneciente a la Liga de Gobernadores, y también lo haría Roca. Cuando el presidente formó nuevo gabinete, cercanos al pensamiento de Roca, anunció que “la ciudad de Buenos Aires debe ser declarada capital de la República”.
Los choques armados no se hicieron esperar. El 2 de junio, en Barracas, Nicolás Levalle, con 650 hombres, avanzaron por el sur y fue detenido por los hombres de Arias, una y otra vez, y Levalle ordenó el repliegue a Lanús. El 17, en cercanías de la estación Olivera, cerca de Luján, un numeroso contingente al mando de Arias se enfrentó con la fuerza de Eduardo Racedo, que intentó cortarle el paso. Mientras Arias atacaba con la caballería, su infantería aprovechó para subirse al tren y bajar en Ramos Mejía y de ahí a pie a la ciudad de Buenos Aires.

El 21 hubo un fuerte choque en Puente Alsina, que dejó un saldo de 500 muertos. Las fuerzas de Arias se retiraron a la zona de los Corrales Viejos, en Parque Patricios, donde el 22 el coronel Hilario Lagos (h) rechazó tres fuertes embates, pero que debió retroceder a Plaza Miserere cuando Levalle se impuso con su artillería.
En total hubo cerca de tres mil muertos.
Tejedor comprendió que la disparidad de fuerzas le jugaba en contra. El cese de hostilidades, que no dejaron claros ganadores, quedó determinada con su renuncia y el desarme de las fuerzas porteñas. Además se decretó el estado de sitio en la provincia y en Corrientes y prolongó la intervención provincial al 30 de octubre, que incluía a todos los poderes.
El senador Manuel Pizarro presentó un proyecto de federalización. El 7 de septiembre comenzó la discusión, que terminaría siendo aprobado el 20 de septiembre, transformándose en la Ley 1029. Se destacaron los discursos de Leandro N. Alem, en contra y el de José Hernández, a favor. Finalmente la legislatura votó la cesión de la ciudad de Buenos Aires a las autoridades nacionales el 26 de noviembre.
A partir de ese momento, las autoridades bonaerenses pasaban a ser huéspedes de la nueva capital, hasta tanto se erigiese un nuevo centro administrativo, que se trasladaría el 15 de abril de 1884 a la flamante ciudad de La Plata.
Una de las primeras disposiciones fue la reorganización de la Policía de la Capital, y su primer jefe fue Marcos Paz, quien creó la primera Escuela de Agentes de Policía.
Tejedor se retiraría de la vida pública. Años después, adheriría a la Unión Cívica Radical, en 1894 sería diputado y fallecería el 3 de enero de 1903.
Los límites de la ciudad se ampliaron en 1887 al sumarse Flores y Belgrano. Cuando Roca asumió la presidencia, lo hizo con el lema “paz y administración”. Una nueva etapa comenzaba.
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