
La ciudad estaba alterada. En todos lados se discutía. En el medio de una función en el teatro se habían tomado a golpes de puño y a palazos europeos y criollos. En los bares y pulperías no se hablaba de otra cosa. El ambiente triunfalista en el Café de los Catalanes -donde habitualmente se reunían los que estaban en contra del virrey- y en la fonda de las Naciones, donde se clamaba a los gritos un cambio drástico, se hacía notar.
Es que la llegada de una fragata inglesa al puerto de Montevideo el 14 de mayo, que traía correspondencia y diarios europeos, había desatado un verdadero tembladeral. Esas informaciones daban cuenta que el 13 de enero había caído la Junta Central de Sevilla, último bastión que sostenía a la monarquía española. Era la oportunidad que los dominios españoles en América tuvieran sus propias juntas.
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El virrey en el Río de la Plata era Baltasar Hidalgo de Cisneros, 54 años, quien había asumido el 11 de febrero de 1809 en reemplazo de Santiago de Liniers.
La primera reacción del funcionario fue la de ocultar el notición, pero no le dieron tiempo. Rápidamente, la buena nueva se esparció y la ciudad se transformó en un hervidero de discusiones, y cada mesa de café era una tribuna política. Cisneros intentó poner paños fríos dando a conocer, el viernes 18, una proclama, que no hizo más que enervar los ánimos y acelerar las cosas. Pidió lealtad al rey Fernando VII, dijo que en sus manos estaba segura la patria, que iba a consultar a José de Abascal –virrey del Perú-, a Francisco de Paula Sanz –intendente de Potosí- y al mariscal Vicente Nieto –presidente de la Real Audiencia de Chuquisaca- para formar un gobierno que representase en el Río de la Plata a un monarca que estaba virtualmente preso de Napoleón, aislado del mundo.
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“¡Es un badulaque!¡ Y vea con qué cuñas nos piensa dar gobierno!”, lo criticaron.
Juan José Castelli, Juan José Paso, Martín Rodríguez, Manuel Belgrano, José Darragueira, Feliciano Chiclana, entre tantos otros, estaban convencidos de que la oportunidad había llegado, tanto política como económica, terminar con el monopolio español y abrirse a todos los mercados. Hubo reuniones en la mítica jabonería de Hipólito Vieytes -que estaba en lo que hoy es la avenida 9 de Julio y México- y en lo de los hermanos Rodríguez Peña, una casona ubicada en la plaza del mismo nombre, en avenida Callao al 800.
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Convencieron al cauteloso Cornelio Saavedra, jefe de Patricios, una unidad militar que había nacido en 1806 y que gozaba de enorme prestigio. Lo fueron a buscar a su quinta en San Isidro.

Domingo French dijo que no confiaba en el Cabildo porque todos, con excepción de Anchorena, estaban contra ellos y que Julián de Leyva -síndico procurador general del Cabildo- era un hombre de dos caras.
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El alcalde Lezica eludía hablar con el virrey para pedirle un cabildo abierto. Lo convenció Saavedra: “Si para el lunes 21 no se convoca al pueblo, no me queda más remedio que ponerme a la cabeza y… ¡qué se yo lo que vendrá!”.
Fue el sábado 19 que Cisneros recibió el pedido formal de autorizar una asamblea de vecinos. Para ganar tiempo convocó a los jefes militares para el día siguiente para saber si tenía de su lado el poder militar, ya que sospechaba que un cabildo abierto se le podría volver en contra.
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Por la tarde del domingo 20, en su residencia en el Fuerte, recibió a los jefes militares con extrema amabilidad.
-No creo que unos cuantos perdularios y sediciosos puedan trastornar el orden de la monarquía ni hacer dudar de la fidelidad que todos le deben al señor don Fernando VII -dijo.
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-Está muy engañado; no eran perdularios ni sediciosos, sino el pueblo entero de Buenos Aires el que creía que Cádiz no tenía el derecho de llamarse representante del rey, y gobernar a la América -le respondió Martín Rodríguez.

Cisneros hizo como que no había escuchado. Posiblemente haya sido sincero, ya que sufría de sordera, problema que arrastraba desde la batalla de Trafalgar, cuando resultó seriamente golpeado por un mástil en la cabeza. Se dirigió a Saavedra, recordándole que poco antes le había ofrecido su apoyo, como había hecho con Liniers.
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-Las circunstancias han cambiado: a Liniers lo había sostenido el mismo pueblo que ahora pedía por sus derechos -salió del paso Saavedra.
Cisneros, irritado, aseguró que había sido un hombre de honor y que antes de ceder, renunciaría. Y, dirigiéndose a Saavedra, le preguntó: “¿Me van ustedes a sostener o no? Esto es lo que quiero saber”.
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-Nosotros estamos dispuestos a sostener lo que resuelva el cabildo abierto, y por eso lo pedimos -respondió el militar.

Al día siguiente, los cabildantes se vieron presionados por la gritería de gente que los criollos habían movilizado a la plaza de la Victoria. Hablaban de atacar al virrey y los más exaltados proponían matarlo. Saavedra recomendaba contener al populacho y a los más desaforados. En medio de ese clima, Cisneros no tuvo más remedio que autorizar un cabildo abierto para el martes 22.
Para ese día se repartieron 450 invitaciones entre autoridades y para aquellos vecinos que cumplían con los requisitos básicos para participar de un cabildo abierto: ser propietario, tener una profesión u oficio y un linaje. Los europeos llevarían la delantera. Las autoridades aclararon que se pondrían guardias en las bocacalles de la plaza para no dejar entrar sino a los que presentaran invitación.
Belgrano y otros protestaron en el Cabildo por esa suerte de derecho de admisión. Hubo quienes proponían echar directamente a Cisneros. Pero Leyva le dijo en secreto a Belgrano que fuera a la imprenta y que tomase un paquete de invitaciones en blanco y que las llenasen con los nombres que quisieran.

Los criollos se aseguraron la mayoría. Los 600 hombres movilizados por Domingo French y Antonio Beruti fueron claves para asegurarse la maniobra: controlaron las entradas a la plaza, y sus partidarios recibían una cinta blanca, que sujetaba un pequeño retrato de Fernando VII para identificarse. El hecho de que French haya sido el único cartero en la ciudad por más de diez años le había proporcionado un acabado conocimiento de cada uno de los vecinos. Muchos partidarios del virrey, directamente no concurrieron, escandalizados y temerosos por sus vidas.
Las deliberaciones comenzaron por la mañana. Fundamentalmente se discutió si el gobierno era legítimo, de acuerdo a lo que ocurría en España, y por consiguiente, si el virrey era aún autoridad.
Los criollos argumentaron que, al no existir un monarca, la soberanía volvía al pueblo, quien tenía el derecho de formar un nuevo gobierno. El obispo Benito Lué y Riega estalló. Respondió que un americano gobernaría estas tierras cuando no quedase un solo español en América.

“Aquí no hay conquistados ni conquistadores, aquí no hay sino españoles. Los españoles de España han perdido su tierra. Los españoles de América tratan de salvar la suya. Los americanos sabemos lo que queremos y adónde vamos”, retrucó Castelli. Argumentó que el pueblo debía regir su propio destino hasta que Fernando VII volviese al trono.
Por la tarde se votó. Por 155 contra 69 se decidió que Cisneros debía cesar en el mando.
¿Cómo formar gobierno? Que lo asuma el cabildo decían unos, y los criollos sostenían que el que tenía que decidir era el pueblo. ¿Era válido que solos los habitantes de Buenos Aires votasen una autoridad que gobernaría todo el virreinato del Río de la Plata? Juan José Paso encontró la salida: Buenos Aires adoptaba el papel de hermana mayor de los pueblos, tomaba la responsabilidad y se comprometía a convocar a los distintos pueblos a sumarse, una vez formada la junta de gobierno.
Leyva, ni lerdo ni perezoso, propuso que la junta de gobierno fuera presidida por Cisneros y hasta presentó un borrador con algunos nombres, entre ellos los de Saavedra y Belgrano. Éstos se negaron y exigieron que se comunicara que el virrey ya no mandaba.
El 24 a las dos de la tarde, los españoles propusieron una nueva junta. Cisneros presidente, con dos criollos, Saavedra y Castelli y dos españoles, Juan Nepomuceno Solá, cura de Monserrat y el comerciante José Santos Incháurregui. De aceptar, Cisneros mantendría el poder y el status quo. Moreno era el más pesimista: “Estamos perdidos; si es cierto lo que me dicen, pronto vamos a la horca, porque el poder se afirma en manos de los europeos, y lo primero que van a hacer es exterminarnos”.

Los partidarios del virrey creyeron haber ganado la partida. Hasta se anunció la junta con salvas de artillería y repiques de las campanas de las iglesias.
Pero los criollos tenían otros planes. Tanto Saavedra como Castelli anunciaron que no aceptaban conformar esa junta, y advirtieron a Cisneros que no era responsable por el orden y por el pueblo, que estaba armado. Que habría una revolución si no renunciaba esa misma noche.
“Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la fortaleza”, dijo Belgrano.
La frase que quedó en la historia el viernes 25, “el pueblo quiere saber qué se trata”, aludía a las discusiones dentro del Cabildo, donde no se querían aceptar las renuncias cuando había sido el pueblo el que les había dado ese poder. “¡Al Cabildo, al Cabildo muchachos!”, gritaron French, Chiclana y el padre dominico José Ignacio Grela. La gente comenzó a golpear las puertas.

Una comisión de criollos entregó al Cabildo una lista con los miembros de la junta. Recibieron como respuesta que iba en contra de la monarquía si no se consultaban a los demás pueblos del virreinato. French y Chiclana respondieron que se convocaría a un congreso de todos los pueblos.
“Pues esperemos a todos”, dijo Leyva. “Eso no puede ser. Esos pueblos no pueden negar el derecho de Buenos Aires a pronunciarse y llamaremos a un congreso” - retrucaron.
“¡Todavía no nos gobierna Rousseau, ni Tomás Payne!”, vociferaron los españoles.
Leyva intentó convencer a los jefes militares de evitar una guerra civil, advirtiéndoles que la monarquía tomaría esto con una “rebelión atroz” y les pidió que sostuvieran lo resuelto el día 23. Los jefes militares respondieron que no sostendrían al virrey, que el pueblo estaba indignado y que ellos no tenían autoridad para apoyar al Cabildo porque no serían obedecidos; si los cabildantes se mantenían obstinados, no podrían dominar a la tropa.
Llovía y había poca gente en la plaza. Leyva, irónico, preguntó si ese era el pueblo que sostenía a esa junta. Saavedra lo desafió a tocar la campana para llamar a la gente. “Y si por falta de badajo no se hacía uso de la campana, que se mandase tocar la generala y que se abriesen los cuarteles, en cuyo caso sufrirá la ciudad lo que hasta entonces se había procurado evitar”.
Al Cabildo no le quedó otra opción que aceptar la petición.
El viernes 25 de mayo a las tres de la tarde los nueve miembros de la Junta de Gobierno juraron en la Sala Capitular del Cabildo de Buenos Aires. Eran cuatro abogados, Juan José Paso, Mariano Moreno, Juan José Castelli y Manuel Belgrano; dos militares, Cornelio Saavedra y Miguel de Azcuénaga; dos comerciantes, Domingo Matheu y Juan Larrea y un clérigo, Manuel Alberti. Con un promedio de 43 años de edad tenían algo en común: nunca habían trabajado juntos.
Pretextando cuestiones de seguridad, el gobierno dispuso que Cisneros y la mayoría de los funcionarios españoles fueran alejados de Buenos Aires. El 22 de junio, embarcados en una nave inglesa, dejaron la ciudad. Ese mismo mes partía hacia el interior el Ejército Auxiliador. Es que la revolución estaba en marcha.
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