El valor de la pausa y la reflexión: las personas mayores disponen de la experiencia para evitar el engaño digital

Frente al consumo acelerado de pantallas y la trampa de la desinformación, recuperar el método de la observación y el contraste permite transformar la experiencia acumulada en la mejor defensa del pensamiento crítico

Hombre de perfil en un escritorio con una lámpara encendida, un teléfono inteligente en la mano y estantes con libros al fondo.
Ejerciendo el juicio crítico defendemos nuestra autonomía intelectual: si dejamos de pensar y analizar, debilitamos lo más valioso de nuestra condición humana.
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La velocidad con la que hoy circulan los mensajes en el teléfono no deja tiempo para dudar, y ahí es donde caemos en la trampa. Convertir el celular en una fuente indiscutible de verdad frena la capacidad de juzgar por nosotros mismos, justo cuando los años transcurridos nos dan la mayor ventaja: el criterio que solo la experiencia enseña. Volver a las bases de la observación y el contraste no es un capricho académico, sino la defensa más práctica para no dejarnos manipular.

El empirismo de Isaac Newton ofrece una defensa frente a la pereza cognitiva que puede propiciar el consumo acelerado de información digital: observar, contrastar y verificar antes de aceptar una afirmación. La epistemología, rama de la filosofía dedicada al conocimiento científico, examina sus fundamentos, métodos y pretensiones de verdad.

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Dos grandes tradiciones han intentado explicar cómo se conoce y por qué ocurren los hechos. El racionalismo sitúa a la razón en el centro de ese proceso, mientras que el empirismo concede prioridad a la experiencia sensible como origen del saber.

Entre los representantes del racionalismo figura René Descartes, quien vivió entre 1596 y 1650. Al distinguir la res cogitans de la res extensa, separó razón y materia, y postuló el pensamiento racional como base del desarrollo científico.

El empirismo plantea una alternativa: el conocimiento comienza con aquello que los sentidos permiten experimentar. Frente a la idea de que la razón puede conocer por sí misma, esta corriente sostiene que el tacto, la audición, la vista, el olfato y el gusto aportan la materia inicial para comprender el mundo.

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El Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora vincula el término con el griego empeiría, traducido como experiencia. Esa experiencia incluye tanto la información que proporcionan los sentidos como las vivencias, sentimientos y emociones que una persona acumula en la memoria a lo largo de su vida.

De este modo, la experiencia empírica no se limita a registrar un estímulo aislado. También reúne una trayectoria de percepciones y aprendizajes que permite juzgar aquello que se presenta ante nosotros, sin desprender el conocimiento de su contacto con la realidad.

Dos manos adultas sostienen una lupa redonda con marco metálico sobre la pantalla encendida de un teléfono celular apoyado en una mesa de madera.
La experiencia no es solo acumular años, sino contar con una trayectoria de aprendizajes que sirve como el mejor filtro frente a la manipulación digital.

Isaac Newton, nacido en 1643 y fallecido en 1727, desarrolló una metodología científica que articuló la observación, la experimentación y las matemáticas. Su trabajo en mecánica, astronomía y óptica buscó describir fenómenos naturales a partir de hechos observables y comprobables.

Una vez concluidos sus estudios universitarios, Newton profundizó un método basado en la observación de los fenómenos y de las fuerzas que intervienen en ellos. Al examinar repeticiones y regularidades, procuraba formular leyes generales mediante la inducción y, después, utilizar esas leyes para explicar otros casos a través de la deducción.

La gravedad y la aceleración de los cuerpos ocuparon un lugar destacado en esa búsqueda. Newton trató de expresar matemáticamente el comportamiento de los cuerpos sometidos a fuerzas, con el propósito de reducir la dependencia de apreciaciones individuales y someter las explicaciones a la comprobación experimental.

La interpretación que presenta a Newton como un rechazo al conocimiento a priori cartesiano debe entenderse como una posición filosófica amplia. En esa lectura, el científico privilegia la necesidad del experimento y sostiene que las deducciones solo alcanzan valor físico cuando una comprobación continua las confronta con los hechos.

El método empírico atribuido a Newton puede ayudar a evitar la pereza cognitiva ante la información digital porque exige detenerse ante cada afirmación, identificar su autoría, buscar referencias y contrastar su contenido con datos verificables. La velocidad de las tecnologías de la información y la comunicación no debería sustituir el juicio crítico.

La circulación inmediata de mensajes escritos, audios e imágenes deja poco espacio para comprobar lo que se recibe. Un sonido neutro en el teléfono, una publicación sin firma o una imagen difundida en una pantalla pueden adquirir apariencia de certeza aun cuando no ofrezcan fuentes, citas ni elementos que permitan verificar su origen.

Las personas mayores pueden quedar expuestas a una trampa cognitiva si aceptan hipótesis o comunicaciones sin autoría ni bibliografía que las respalde. Esa exposición puede tener repercusiones emocionales, sobre todo cuando los mensajes recurren a recursos comunicacionales destinados a influir sobre quien los recibe.

La respuesta no consiste en desconfiar de todo de forma automática, sino en contextualizar la información dentro de la experiencia histórica de cada persona. Analizar empíricamente lo recibido implica preguntar quién lo afirma, en qué se apoya y cuál es la verdad que puede sostenerse tras examinar los supuestos hechos.

Escritorio de madera con un teléfono móvil, un prisma de vidrio con luz refractada, una libreta abierta y una pluma estilográfica.
El método de Newton es la regla práctica de parar, verificar la fuente y dudar antes de dar por cierto lo que vemos en una pantalla.

Newton invita a reservar tiempo para pensar y a no admitir como irrefutables las afirmaciones que llegan con apariencia de seguridad. El pensamiento crítico requiere examinar, cuestionar y volver a comprobar, incluso cuando una explicación parece cómoda o coincide con convicciones previas.

En su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Joan Corominas recuerda que crítica deriva del griego kritikós, término asociado a quien juzga o decide. Su derivado, kriterion, remite a la facultad de juzgar, una capacidad que requiere ejercicio y no mera recepción pasiva de contenidos.

La pereza cognitiva atrofia esa facultad cuando se convierte en hábito. La antigua expresión médica según la cual la función hace al órgano permite trasladar una advertencia sencilla al plano intelectual: si dejamos de pensar, de analizar y de verificar, se debilita una dimensión constitutiva de nuestra condición humana.

Alasdair MacIntyre definió a los seres humanos como “animales racionales, frágiles y dependientes”. Proteger esa racionalidad exige cuidar el pensamiento crítico y practicar, en la vida cotidiana, el empirismo que convierte la experiencia y la comprobación en resguardo frente a la credulidad.

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