
El tiempo de la clase dura lo mismo que un partido de fútbol: noventa minutos. Ese es el tiempo semanal que Ignacio Mascardi, director coral, vocal coach, profesor de piano y maestro de música, reserva para trabajar con el grupo. El ensayo es intenso. El profesor lo dice sin rodeos: la hora y media tiene que ser exclusivamente para cantar.
En el coro hay mujeres que llegaron después de los cincuenta años y otras que ya habían atravesado los sesenta, los setenta. Algunas tenían experiencia musical. Otras habían cantado alguna vez, en un coro escolar, una iglesia o una actividad artística, y habían dejado pasar los años. También hay integrantes más jóvenes. Fiorella Aguirre tiene 15 años. Mariana Gwazdacz, 22. Entre unas y otras se arma un grupo que comparte un espacio cada semana. Ellas tienen que aprender a cantar como si fueran una sola voz.
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El repertorio cruza a Mozart con Fito Páez. Los Beatles aparecen junto al folclore argentino. Hay canciones de películas y el Hallelujah de Leonard Cohen. El programa fue pensado como un recorrido por géneros y épocas diferentes. Por eso el nombre elegido para la función solidaria es Un viaje en canciones.

La presentación será el domingo 4 de octubre a las 18, en Loyola 828, Villa Crespo. La entrada tiene un valor de $10.000 y lo recaudado estará destinado a Casa Las Rosas, un proyecto social que acompaña la vida de personas con discapacidad. El concierto forma parte de una idea que Mascardi comenzó a construir a partir de experiencias anteriores: que el coro no sea solamente un espacio para cantar, sino también una herramienta para hacer funciones a beneficio y transformar la realidad.
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Volver a cantar
Adriana Ruggeri tiene 63 años y es docente jubilada. La música estuvo siempre cerca, aunque durante buena parte de su vida no ocupó el centro de sus actividades. De adolescente cantó en un coro de iglesia. Las obligaciones y las prioridades fueron cambiando. Después de los cincuenta apareció nuevamente el tiempo. “La música y el canto me gustaron siempre, pero después de los cincuenta sentí que tenía más tiempo para dedicarme a algo que realmente disfruto”, cuenta.
Volver a cantar significó encontrar un espacio propio. “Hoy el coro ocupa un lugar muy lindo en mi vida. Me permite disfrutar de la música, aprender, expresarme y, sobre todo, regalarme un momento para mí.”
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De la medicina a la música
Ana Ventura tiene 78 años y es médica jubilada. Su relación con la música había comenzado mucho antes de llegar al coro. Con los años, la actividad profesional y la vida familiar ocuparon otros espacios. A los 50 comenzó a buscar una actividad que complementara su vida.
Primero apareció el teatro. Después la comedia musical. Y, lentamente, regresó la música. “Me había recibido en mi juventud de Profesora Superior de Piano, Teoría y Solfeo”, cuenta. “Los conocimientos de Lenguaje Musical empezaron a aflorar.”
Aprender a escuchar
Bibiana Victorel también habla de una transformación que ocurre cuando una persona deja de cantar solamente para sí misma. “El ser parte de un coro no es solamente cantar, es encontrar un espacio de encuentro, pertenencia y conexión con los demás”. Tiene 61 años y define el aprendizaje como un proceso que incluye tanto la propia voz como las voces de las demás.
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Dice que ganó confianza para cantar canciones en otros idiomas, amplió sus escalas vocales y aprendió a combinar su voz con la de sus compañeras. Pero hay algo que considera todavía más importante: aprender a escuchar. “Cuando cada uno da lo mejor de sí, los buenos resultados dejan de ser propios y pasan a ser de todos.”

Mariana Gwazdacz, de 22 años, estudia la licenciatura en Música Cinematográfica, es técnica en producción musical y trabaja con grabación de música en estudio. Para ella, esa relación es el centro del coro. “Un coro es un equipo en el que es igual de importante cantar la nota que te toca, como escuchar la que cantan tus compañeras y así lograr armonía y convertirnos en una misma voz.”
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Cantar después de los 50
Fabiana Dragone tiene 60 años. Es bailarina e instructora de Pilates y llegó al coro porque quería cantar. “¿Qué me motiva después de los 50? Cantar, estar en un coro me motiva mucho”, dice. “Cantar solista es una cosa y cantar con otra gente cambia.” Fabiana señala una característica del grupo: nadie canta completamente solo.
“Cantar a beneficio o hacer alguna actividad en beneficio da mucha satisfacción, porque lo que vos das con alegría, sabés que la gente lo recibe con alegría.”
El regreso después de una vida ocupada
Guillermina Valdivieso tiene 47 años y es abogada. Su relación con la música empezó en la infancia. Cantó en el coro de la escuela y estudió canto particular. Después llegaron la carrera de Derecho, el matrimonio y tres hijos. “En pandemia volví a hacer clases particulares y formé un dúo también. No volví a dejar el canto”, cuenta.
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“Siento que conozco gente nueva con los mismos intereses y eso me motiva. “Participar de una función a beneficio me llena el alma, porque siento que estoy poniendo mi granito de arena para ayudar a otros”.”
Empezar de nuevo
Marcela Zalesky tiene 60 años. Es actriz, directora de artes escénicas y escritora, entre otras actividades. Su regreso a la música ocurrió después de un momento personal que modificó sus prioridades.
Tuvo tres intervenciones quirúrgicas delicadas. Después de una de ellas, cuenta, sintió que había atravesado una situación límite. “Fue una reacción después de eso, de entender que no tenía ningún sentido postergar mi vida.” Su historia musical arrancó en la primaria y se extendió hasta la secundaria. Durante su formación teatral tuvo un profesor de impostación vocal que era cantante del Teatro Colón y que los convocó a formar un coro. Después cantó en un coro de padres en el colegio de sus hijos. “Me saqué el miedo, porque pensé que a lo mejor no iba a poder cantar nunca más”, dice.
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Una vida atravesada por coros
María Feu tiene 70 años y es una de las integrantes con mayor recorrido coral. Canta desde los 16 años, cuando estudiaba en el Conservatorio Nacional de Música Carlos López Buchardo. Pasó por distintos grupos y durante un período cantó música barroca. También estudió piano y, después de haberlo dejado, volvió a tocar.

“Creo que cada día se aprende algo nuevo”, dice. También destaca el intercambio entre generaciones. Le gusta compartir con personas más jóvenes y aprender de ellas.
Y hay otro efecto que reconoce: la concentración: “Siento que agiliza mi mente, mi cerebro.”
Volver corriendo
Mónica Araujo tiene 67 años y trabajó durante cuatro décadas en el Ministerio de Justicia. También estudió el profesorado para hipoacúsicos, aunque nunca lo ejerció, y actualmente trabaja como administrativa en un centro audiológico. Durante años cantó en un coro sinfónico. Después pasó por grupos de tango, rock y folklore.
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Cuando supo que Mascardi estaba formando un coro, volvió. “Cuando me enteré de que él estaba armando un coro, volví corriendo.” La razón fue doble: le gusta el funcionamiento de un coro y valora la forma de trabajo del director. “Si bien yo no soy profesional, él siempre te lleva a aspirar a un nivel más alto de perfección, como si fueras profesional.”
La música como espacio
Miriam García tiene 58 años, es psicoanalista y profesora universitaria. Su llegada al coro tuvo que ver con la necesidad de encontrar un tiempo propio. Habla de permisos, de posibilidades y de ordenar determinados aspectos de la vida para poder reservar un espacio a una actividad que disfruta.
“En esto, tener cierto espacio para hacer algo que me resulta absolutamente disfrutable.” Años atrás comenzó a tomar clases con Mascardi y desde entonces construyó su vínculo con el coro.

Sabina Carreras tiene 59 años y es docente jubilada y directora. Su ingreso al coro también estuvo relacionado con el tiempo. Después de jubilarse pudo recuperar una actividad que disfrutaba. “Los motivos fueron varios: el reencuentro, tener más tiempo para poder cantar y porque realmente me gusta, me gusta cantar.”
La integrante de 15 años y la voz más nueva del grupo
Entre las integrantes que llegaron después de los cincuenta también hay una adolescente. Fiorella Aguirre tiene 15 años y es artista y estudiante secundaria. Comenzó a estudiar música a los siete años: guitarra y coro. Después batería y comedia musical. Pasó por la escuela de Valeria Lynch y actualmente estudia en la de Julio Bocca.
Conoció a Mascardi durante una audición del Congreso de Comedia Musical. Más tarde vio una publicación para sumarse al coro, envió un video y quedó seleccionada. “Para mí era una gran oportunidad ser parte de su proyecto para aprender.” La diferencia de edad forma parte de la experiencia.
Rosana Cassab tiene 58 años y trabaja como asesora comercial en prepagas de salud. Su definición sobre el coro es breve. “Me aporta mucho, un espacio lúdico donde al terminar cada clase se sale con alegría y un lugar de pertenencia. Es aportar un granito de arena a los más necesitados y también llevar alegría a sus vidas.”
El repertorio como mapa
Para Mascardi, el repertorio tiene que responder a una condición: debe ser atractivo para quienes cantan y, al mismo tiempo, posible de ejecutar. “Que sean canciones que gusten, que le guste a la gente cantar, sobre todo a la gente del coro que esté contenta con el repertorio. Pero, por otro lado, canciones o arreglos básicamente posibles.”
“Adaptar los arreglos a las posibilidades de este coro” es parte de la tarea. La idea de convertir el coro en un proyecto solidario surgió de la experiencia anterior en San Andrés de Giles. Allí participó durante años en actividades a beneficio de ADEA, la Asociación Discapacitados en Acción. Primero organizó, junto con María Areces, La Noche de ADEA. Después de formar el coro apareció la idea: “Estaría buenísimo que este sea un coro que haga conciertos a beneficio.”

Ahora el proyecto llega a Villa Crespo. Después vendrán otras posibilidades: la iglesia Regina Martyrum, en Hipólito Yrigoyen, donde se prevén bonos contribución y una recaudación destinada a la función social de la institución; una presentación en Azcuénaga, partido de San Andrés de Giles; y la posibilidad de recorrer otros lugares.
Mascardi también busca iglesias y capillas por una razón musical. “Quiero ir también a iglesias y a capillas y demás, por la acústica que tienen, para que un coro pueda lucirse más y no depender de sonido y poder hacer la cosa bien acústica y bien genuina desde lo musical.” El proyecto está en movimiento.
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