
Cuando salió la novela de Ricardo Bello Mato, lo que llamó la atención de los medios fue la condición de sacerdote del autor, que además por entonces tenía 91 años y que se había convertido en escritor después de los 70.
Este sacerdote hoy centenario es oriundo de Cances, municipio de Carballo, en Galicia, y actualmente vive en la Casa Sacerdotal de Santiago de Compostela, donde con motivo de su cumpleaños número 100 recibió la visita y las felicitaciones del arzobispo compostelano Francisco José Prieto Fernández.
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Bello Mato nació el 1° de agosto de 1926, en el seno de una familia católica numerosa. Su infancia estuvo marcada por las dificultades causadas por la Guerra Civil Española, la pérdida de su hermano mayor y el tener que asumir responsabilidades de adulto. “Fuimos doce hermanos, familia de labradores —contó él mismo—. Yo comencé mi vida, sobre todo un tiempo muy duro, que nací en el año 26 y cuando comenzó la guerra tenía yo diez años y trabajé también muy duro porque no había trabajadores para el campo, que todos se habían ido a la guerra”.
Se formó en el colegio salesiano de Madrid, en 1943 ingresó al seminario y en 1955 celebró su primera Misa.
Sirvió en diversas parroquias gallegas, dirigió cursillos, ejercicios espirituales y charlas.
Sus primeros libros, escritos a “los 70 y pico”, tuvieron por temática el monasterio de San Martiño de Ozón, en Muxía; su Cances natal, en Carballo, y las tradiciones y costmbres de Bergantiños.
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El cuarto libro, como lo indica el título, Así es el amor, representó una sorprendente vuelta de campana en su temática y fue la transición, con entonces con 91, de cronista a novelista.

El padre Bello sabe usar la computadora, sin embargo sigue escribiendo a mano, con lo que, si tienen razón los neurólogos acerca de los beneficios de la escritura manuscrita, tiene asegurada la gimnasia cerebral.
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La novela de amor que escribió, se inspira en sucesos de los que fue testigo. Trata de un amor juvenil entre personas de diferente extracción social, y la trama está ambientada en los años 50. “Está basada en hechos reales, aunque yo le he dado cuerpo —dice él mismo—. Trata sobre el amor limpio, puro y fraterno, nada de cosas eróticas”.
“No hablo solo sobre el amor del hombre y la mujer, sino también el de la vida”, precisa.
Y agrega: “Es un recogido de escenas que yo fui conociendo durante estudiante. Y entonces todas las junté, que yo hacía un diario. Aparece todo el Año Santo, todas las peregrinaciones de Santiago y una compilación de todos los compromisos que se desarrollan en la vida. Pero yo quería que la juventud supiera ser sensata y prudente para lograr los fines que se propone”.
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Al padre Bello siempre le gustó escribir pero recién se volcó a la literatura siendo ya una persona mayor. Antes, despuntaba el vicio en las hojas parroquiales o escribiendo folletos sobre diferentes temas. Encontró tiempo para algo más grande luego del retiro. No es el primero ni será el último senior que se lanza por primera vez a la escritura. O a publicar.
Tras pastorear varias parroquias gallegas, desde su retiro está dedicado a la oración, el acompañamiento y la escritura. Pero también colabora esporádicamente cuando lo llaman. Todavía oficia misa si se lo solicitan.
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“Que incluso algunas veces me llaman para recibir los sacramentos de última hora a altas horas de la noche”, cuenta este pastor incansable.
A los 100, sigue gozando de una gran lucidez. Quienes lo frecuentan, hablan de su natural buen humor y lo describen como un gran conversador. Todos rasgos que contribuyen, según los expertos, a una longevidad saludable.
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La provincia de Galicia trabaja para ser catalogada como Zona Azul, es decir aquellas que gozan de una esperanza de vida superior a la media. No cabe duda de que el padre Bello Mato puede ser un buen ejemplo y un gran propagandista.

En la página de la Pastoral de Santiago entrevistaron al sacerdote cuando se hizo centenario, el 1° de agosto pasado.
“Si mira hacia atrás, ¿cree que valió la pena ser sacerdote?”, le preguntaron.
“Para mí sí, y creo que también para algunos fieles, a quienes he dado apoyo y que luego me lo agradecieron”, respondió con modestia.
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También dijo que entre los momentos que recordaba con más cariño, estaban el día de su ordenación como diácono y la primera vez que ofició. “En la primera Misa me encontraba indigno y limitado. Eso fue impactante. Fue en el año 1955 en la parroquia de Cances, con mucha fiesta y mucha ilusión.”
Antes de eso, había sido catequista en Santiago de Compostela, siendo aún seminarista. Luego de su ordenación, fue nombrado párroco de Viones, Leiro y Cerneda, en Abegondo.
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Cuando le preguntan si debió cargar con cruces, responde: “Muchas, que procuré llevar bien”. Seguramente han sido numerosas, considerando que sirvió en la Arquidiócesis de Santiago de Compostela durante siete décadas.

Cuenta que hizo un intento de ir a América. “Pero Don Benito Espiño no me deja y me envía a Ozón cerca de Muxía. El Espíritu Santo ahí me agarró y no me soltó…”
De sus tiempos de ejercicio intenso del sacerdocio, le queda una anécdota: “Una vez estaba tan agotado de trabajar todo el día que me senté en el confesionario, había mucha gente en el confesionario, pero me quedé dormido hasta la una de la mañana”.
Ante la pregunta de si aún tiene planes, responde: “Más bien inquietudes. Veo en la Casa Sacerdotal la necesidad de ser más espirituales en cosas pequeñas como rezar el ángelus entre varios, o bendecir juntos la mesa…”
La misma inquietud la traslada a la totalidad cuando dcie que estamos en “un mundo que parece ser mejor en lo social, hay más pan, hay mejor vida”, pero él nota “mucho menos fraternidad, mucho menos humanidad”.
“Los grandes hablan siempre del bienestar, pero a cuenta de los demás”, señala.
“¿Qué es para usted el cielo?”, le preguntaron por último desde la pastor. Responde: “Es como una residencia alrededor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Un espacio lleno de la inmensidad de Dios, una convivencia de los hijos de Dios, viendo en el cosmos la fuerza creadora y maravillosa de Dios.”
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