
La médica y antropóloga Vânia de la Fuente sostuvo que el edadismo no es un prejuicio acotado a la vejez, sino una forma de discriminación que atraviesa toda la vida y que organiza decisiones concretas en el trabajo, la vivienda, la salud y los vínculos sociales.
En una entrevista en el podcast de la Escuela Europea de Coaching, la especialista afirmó que la edad “se utiliza como una característica para generar desventajas y divisiones en la sociedad” y advirtió que esa lógica golpea con más fuerza en dos momentos: la juventud y la etapa final de la vida.
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El dato que utilizó para mostrar esa doble concentración fue laboral. Según explicó, el 50% del desempleo en España se concentra entre personas de 20 y 29 años y de 50 a 59 años, aunque con trayectorias distintas: en los jóvenes suele ser más breve y en los mayores, de larga duración. “En España, si te quedas sin empleo a partir de los 45 o 50, lo tienes muy difícil”, dijo.
De la Fuente, que trabajó en la Organización Mundial de la Salud en temas de edadismo y envejecimiento saludable, definió el fenómeno como “nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar hacia otras personas, pero también hacia nosotros mismos en función de la edad”. Esa amplitud, planteó, explica por qué no se reduce al maltrato hacia personas mayores ni al lenguaje coloquial, sino que alcanza instituciones enteras.
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La especialista también señaló una barrera previa al diagnóstico social del problema: “Alrededor del 51% de la población piensa que el edadismo no existe o que no es un problema grave” en España. Para ella, esa falta de reconocimiento vuelve más difícil desmontar sesgos que ya operan con naturalidad en la vida cotidiana.
Uno de los ejemplos que citó fue un estudio con currículums ficticios para puestos reales. Se enviaron perfiles “prácticamente iguales” y la única diferencia era la edad del candidato. El resultado, según relató, fue que las personas de más edad recibían “la mitad de llamadas para una entrevista”.
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La consecuencia, añadió, no se limita a la percepción abstracta del prejuicio. “A partir de una determinada edad tienes que mandar el doble de solicitudes de trabajo para que llegues a una entrevista”, afirmó. Para De la Fuente, ese sesgo explica parte de un mercado laboral que castiga a jóvenes con precariedad normalizada y a mayores con bloqueo de acceso, promoción y formación.

La especialista dijo que las empresas recién empiezan a mirar la edad dentro de sus políticas de diversidad, equidad e inclusión, pese a que, según remarcó, se trata del principal factor de acoso y discriminación dentro de la empresa.
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También cuestionó los programas intergeneracionales mal diseñados, en especial aquellos donde el conocimiento circula en un solo sentido y refuerza el estereotipo de que una persona joven domina lo digital y una mayor solo recibe ayuda.
La discriminación por edad aparece antes de la entrevista laboral
Para que esas iniciativas funcionen, planteó, debe existir igualdad de estatus. Puso como ejemplo la mentoría bidireccional, donde cada persona transmite saberes distintos. Si eso no ocurre, dijo, “no estarías ayudando”, porque la intervención termina subrayando el prejuicio que intenta corregir.
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La mirada de De la Fuente salió del empleo y se trasladó a otros espacios donde, a su juicio, la discriminación por edad se volvió casi invisible. En vivienda, señaló que es más probable que se alquile a una persona de mediana edad, percibida como más estable, que a una joven o a una mayor. En el caso de los jóvenes, agregó, incluso se exigen avales de sus padres aunque ya tengan trabajo.

En salud, explicó que su interés por el tema nació al advertir que las personas mayores quedaban en desventaja en el acceso a servicios sanitarios. Ese hallazgo, dijo, la llevó a observar una cadena más amplia: desde tratamientos médicos hasta representación en medios de comunicación, pasando por trabajo y vivienda.
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También incluyó una referencia al sistema judicial y a la percepción social del delito. Ante un mismo crimen, sostuvo, suele considerarse más grave si quien lo comete es una persona joven, porque esa figura confirma un estereotipo ya instalado que asocia delincuencia con juventud.
Cómo opera el edadismo fuera del trabajo
Vânia de la Fuente, médica y antropóloga especializada en edadismo, dijo que la discriminación por edad afecta tanto a jóvenes como a mayores y que opera en sectores como el empleo, la vivienda, la salud y la vida social. Su planteo central fue que buena parte de la población ni siquiera lo reconoce como un problema grave.
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Otra de las advertencias de la especialista apuntó al uso masivo de categorías generacionales. “Nos etiqueta, lo cual nos invita a pensar que podemos conocer a una persona solo porque pertenece a una generación”, afirmó, y calificó esa idea como absurda. Su objeción no fue semántica, sino política: al ordenar la conversación pública en clave de boomers, millennials o generación Z, se homogeneiza a grupos enteros y se desplaza el foco de problemas estructurales.
En esa línea, sostuvo que muchos de los conflictos que hoy afectan tanto a jóvenes como a mayores comparten una misma base material. Citó, entre otros, la vivienda y las pensiones. Según su argumento, si ambos grupos se unieran para reclamar políticas sobre esos problemas de fondo, tendrían más posibilidades de éxito que si se mantienen enfrentados bajo la lógica de una supuesta guerra generacional.
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Para frenar ese mecanismo, propuso una práctica concreta: individualizar. Cuando alguien afirma que “los jóvenes son creativos” o que todas las personas de cierta edad son de una manera, recomendó preguntar a quién se refiere exactamente. A su juicio, generalizar alimenta estereotipos y prepara al cerebro para leer a cada individuo como una confirmación de la etiqueta.
Esa tendencia, añadió, empieza muy temprano. Mencionó estudios con niños de dos años en los que bastaba usar generalizaciones sobre un grupo ficticio para que los menores infirieran que sus miembros compartían rasgos permanentes. Para De la Fuente, ese dato muestra hasta qué punto las etiquetas consolidan sesgos desde edades muy tempranas.
La convivencia intergeneracional aparece como respuesta práctica
Frente a ese cuadro, la especialista defendió las relaciones sostenidas entre personas de distintas edades como una de las herramientas más eficaces para desarmar prejuicios. Recordó el programa Aconchego, surgido en Oporto en 2004, que vinculó a personas mayores con habitaciones disponibles y a estudiantes que necesitaban vivienda.
Según explicó, el esquema no funcionaba como un alquiler encubierto ni como un hospedaje. El estudiante debía disponer de tiempo para convivir con la persona mayor. De la Fuente sostuvo que esa fórmula fue exitosa, siguió vigente en 2024 y se replicó en otros lugares, incluidos programas en Madrid y Barcelona.
La razón de su eficacia, dijo, es doble. Por un lado, responde a necesidades materiales, como el acceso a la vivienda y la soledad. Por otro, obliga a sostener una interacción diaria que rompe la imagen abstracta construida sobre “los jóvenes” o “los mayores” y permite ver al otro como individuo.
Esa misma lógica la llevó a cuestionar el diseño urbano y social que segmenta por edades. Mencionó parques con zonas pensadas para grupos etarios separados y observó que la organización del ciclo vital empuja a convivir con la propia cohorte. Para revertirlo, propuso desde clubes de lectura hasta actividades comunitarias capaces de producir encuentros no segregados.

El sesgo también se vuelve contra uno mismo
De la Fuente insistió en que el edadismo no solo se dirige hacia otros. También se interioriza. Habló de “edadismo autoinfligido” para describir frases cotidianas como “estoy mayor para” o “a mi edad no debería”, expresiones que, según dijo, limitan conductas y consolidan una identidad definida por el estigma.
Ese punto se conecta con otra de sus preocupaciones: la dificultad para imaginar la propia vejez. “Solo el 15% de la población espera con ansias llegar a esta etapa” en España, afirmó. Para la especialista, ese rechazo a pensar el envejecimiento impide planificar transiciones personales y sociales en una etapa que, además, se extiende porque la población vive más años.
La consecuencia, explicó, es que muchas personas llegan a la vejez sin haber construido identidades más allá del trabajo. De ahí su llamado a proyectar ese futuro con la misma naturalidad con la que se imaginan otras etapas vitales, y a hacerlo no solo por planificación individual, sino también para ganar empatía hacia quienes hoy ya transitan esa edad.
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