
La alfabetización digital de personas mayores dejó de aparecer en la investigación de Victoria Francescato como un aprendizaje técnico y pasó a revelar otro problema: en una sociedad cada vez más digitalizada, quedar afuera de los entornos en línea ya no limita solo el uso del celular, sino también las posibilidades de inclusión social. Su tesina sostiene que no se puede pensar hoy una participación sin algún grado de inclusión digital.
El trabajo analizó el Curso de Alfabetización Digital para Personas Mayores dictado durante la primera mitad de 2024 en SACRA (Sindicato de Amas de Casa de La República Argentina) filial Rosario, en el marco del Programa de Voluntariado Universitario Islas Malvinas de la Universidad Nacional de Rosario. La experiencia reunió a 13 alumnas y cinco docentes rotativas en diez clases de 90 minutos (1,5 horas).
PUBLICIDAD
Francescato, autora de la tesina de Licenciatura en Comunicación Social, dijo que el rasgo central del curso fue no imponer contenidos desde afuera. “La idea no era imponer lo que a nosotros nos parece que les falta aprender, sino construir desde lo colectivo de ese grupo particular, de qué necesitaban y, sobre todo, lo que les interesaba”.

La investigadora explicó que ese enfoque buscó correr a las personas mayores del lugar pasivo que muchas veces les asignan sus propios entornos. “No es forzarlos a adaptarse a las condiciones de la sociedad actual, que nos exigen estar digitalizados, sino que pudieran usar esos espacios digitales también para lo que les interesa, armarlo desde el deseo”.
PUBLICIDAD
El cambio no estuvo en la destreza técnica sino en la conciencia de uso
Francescato sostuvo que las transformaciones observadas no siempre fueron visibles para las propias estudiantes, pero sí aparecieron en las prácticas concretas. “Ellas dicen que aprendieron, pero que no tuvieron modificaciones muy grandes en su vida diaria. Pero cuando uno las ve actuar, empiezan a integrar ciertos códigos propios de lo digital que antes quizás no tenían”.
Ese matiz organiza buena parte de la investigación. El curso no mostró un salto abrupto en la participación pública en redes ni convirtió a las asistentes en productoras de contenido, pero sí produjo un cambio más profundo: empezaron a entender para qué servían ciertos procesos, cómo leer una interfaz y cómo resolver situaciones nuevas cuando una aplicación cambiaba.
PUBLICIDAD
La autora describió ese punto como una modificación en la relación con la tecnología más que en el repertorio de tareas. “El principal cambio es la conciencia que le dan a esos usos. Antes lo hacían de una forma más operativa, para resolver una situación”.

La tesina, basada en observación participante, análisis documental y entrevistas semiestructuradas a docentes y estudiantes, concluye que la alfabetización digital funcionó como una herramienta de autonomía. Esa autonomía apareció ligada al acceso a información, a la resolución de trámites y a nuevas formas de comunicación.
PUBLICIDAD
La alfabetización digital primaria que venía de la familia estaba atada al cuidado
“Empecé a notar que todas venían al curso con una alfabetización digital primaria que obtenían de la familia, pero estaba limitada solamente a lo que necesitaban de los ‘viejos’”.
La definición condensa una tesis del trabajo: la familia sí enseña, pero muchas veces solo lo necesario para organizar tareas de cuidado, disponibilidad o seguridad. La autora ejemplificó ese patrón con una escena repetida: enseñar a “la abuela” a mandar un mensaje para avisar cuándo llegó o cuándo puede cuidar a un nieto.
PUBLICIDAD
Ese diagnóstico desplaza el foco desde la supuesta incapacidad individual hacia la forma en que circula el conocimiento digital en los vínculos cotidianos. Lo que el curso hizo, según la investigadora, fue romper ese cerco funcional. “El curso les daba la herramienta para tomar conciencia de que los entornos digitales también son para otras cosas”.

Francescato agregó que ese paso no implicó reemplazar lo aprendido en la familia, sino ampliarlo. Las estudiantes pudieron profundizar usos que ya tenían y empezar a pensar el celular, las aplicaciones o los chats no solo como recursos para resolver una urgencia, sino como espacios con valor propio.
PUBLICIDAD
Para Francescato, el uso del término “viejos” no es casual sino una toma de posición teórica y política. La autora busca despojar a la palabra de su carga negativa y utilizarla para nombrar a quienes transitan la vejez del mismo modo que se habla de adolescentes para quienes atraviesan la adolescencia.
Inspirada en aportes del trabajo social, sostiene que hablar de “vejeces” en plural permite reconocer la diversidad de trayectorias, experiencias y proyectos de vida que existen dentro de ese grupo etario. De esta manera, propone abandonar miradas estigmatizantes y comprender la vejez como una etapa más de la vida, atravesada por múltiples formas de ser y estar en el mundo.
PUBLICIDAD
Los cambios que se vieron
La autora señaló que, tras el curso, las personas mayores no aumentaron demasiado su participación pública en los entornos digitales. Persistieron el miedo a “tocar y romper”, la vergüenza y la desconfianza frente a errores o estafas. Detectó un movimiento en otro plano.
“Ellas no aumentan tanto su participación en los entornos digitales de forma pública, pero sí aumentan mucho la participación privada”, explicó. Ese giro tuvo una consecuencia concreta: el chat empezó a ser pensado como un lugar para conversar por placer, sostener amistades o retomar vínculos.
PUBLICIDAD

La investigadora contó que varias estudiantes mencionaron la posibilidad de reencontrarse en redes con personas de su pasado. Remarcó que el curso abrió una forma nueva de imaginar la comunicación: ya no solo la presencial, sino otra mediada por pantallas que también puede alojar afectos y continuidad.
El intercambio intergeneracional apareció como un motor del proceso
Francescato dijo que las estudiantes nombraban el intercambio intergeneracional como una de las partes que más disfrutaban del curso. En su experiencia como tutora, también lo definió como uno de los aspectos centrales de la propuesta.
“Para ellas sirve porque dicen que se sienten más actualizadas y a nosotros nos ayuda a descomprimir todos estos prejuicios que tenemos de antes”, afirmó. Esa doble dirección del aprendizaje coincidió con el enfoque educomunicativo del trabajo, que retoma el modelo pedagógico centrado en el proceso desarrollado por Mario Kaplún.
La autora ubicó allí otro aspecto del caso: la diversidad de la vejez no aparece como un principio abstracto, sino en el aula, en el intercambio y en los modos concretos de nombrar y entender la tecnología. La autora recordó que algunas estudiantes traducían categorías digitales a su propio lenguaje y llamaban a una aplicación “la cajita” según su función.
Ese movimiento, lejos de ser leído como déficit, fue interpretado como apropiación. El curso, según la investigación, promovió la construcción colectiva del conocimiento, el diálogo entre generaciones y la producción de sentidos propios frente a interfaces que al comienzo resultaban ajenas.
El estudio de caso buscó abrir una línea de investigación donde casi no hay antecedentes
Francescato explicó que eligió centrar su tesina en el sindicato porque el estudio de caso le permitía “empezar a pensar otras cosas”. Su interés no fue presentar una experiencia aislada como modelo universal, sino usarla como punto de partida para articular dos campos que, según dijo, todavía tienen pocos cruces: la comunicación y las vejeces.
“Nos cuesta encontrar trabajos o teorías que vinculen la comunicación puntualmente con el mundo de las vejeces”, señaló. En su repaso, sostuvo que la mayor parte de las conceptualizaciones existentes provienen del trabajo social, la psicología o enfoques médicos.

Esa carencia teórica apareció también en la motivación del proyecto. La autora se sumó al voluntariado desde su interés por la educación y encontró allí un espacio que luego llevó a la tesis. “Me pareció que era una experiencia que valía la pena usar para algo más”, dijo sobre el trabajo que realizó en SACRA tras incorporarse al voluntariado de la facultad.
El documento parte de un diagnóstico demográfico y social más amplio. Cita datos del Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda 2022 para señalar el aumento del grupo de personas mayores de 65 años y ubica ese proceso junto con la expansión de las tecnologías digitales en la vida cotidiana.
La alfabetización digital como derecho
Consultada sobre la posibilidad de pensar experiencias de este tipo como política pública, Francescato recordó que la normativa trabajada en la tesina ya reconoce la alfabetización digital como un derecho de las personas adultas mayores. A partir de ese punto, sostuvo que hace falta discutir qué políticas pueden volver efectivo ese derecho.
“Actualmente no se puede pensar en inclusión social sin inclusión digital”, afirmó. En su planteo, eso no supone transformar la digitalización en una obligación moral, sino garantizar que las personas mayores tengan la posibilidad real de participar de esos entornos si así lo desean.
La autora aclaró que la educación no resuelve por sí sola todos los obstáculos. Mencionó las barreras económicas y de acceso a herramientas técnicas como parte del problema, aunque destacó que la educomunicación puede ofrecer una vía para pensar cómo replicar estos espacios.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Zona cero: el método que protege tus rodillas y mejora la movilidad en adultos mayores
La elevación de pierna recta y otras rutinas sin carga se consolidan como alternativas seguras y efectivas para el cuidado articular, con el respaldo de expertos estadounidenses en ortopedia

El deterioro físico pronunciado con la edad no es inevitable: el entrenamiento de fuerza puede cambiar esa trayectoria
Es una de las estrategias más eficaces para combatir la sarcopenia y la pérdida muscular asociadas con el envejecimiento

Nunca en la historia de los Mundiales coincidieron 8 jugadores de 40 años: una metáfora de la nueva longevidad
Y Messi, que cumple hoy 39. Hay un paralelismo que vale para todos: la vigencia de aportar, de sumar gestión y estrategia. El diálogo intergeneracional y la resiliencia. No hablo de fútbol, hablo de nosotros

Baño senior de inmersión: estudiar un idioma de grande y rodeado de jóvenes
Dos obstáculos hay que vencer. La idea de que ya pasó nuestro momento y el prurito de que la gente joven nos mirará como bichos raros, sapos de otro pozo

Charlar en la caja del super, ¿solución a la soledad de los adultos mayores?
En los Países Bajos, una conocida y extendida cadena de supermercados colocó hace ya algunos años lo que llaman “cajas lentas o de espera” con el fin de que las personas mayores, que tienen tiempo y necesitan socializar, puedan conversar con los empleados a cargo



