Baño senior de inmersión: estudiar un idioma de grande y rodeado de jóvenes

Dos obstáculos hay que vencer. La idea de que ya pasó nuestro momento y el prurito de que la gente joven nos mirará como bichos raros, sapos de otro pozo

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La autora de esta nota hizo tres semanas de "inmersion" en Galway, Irlanda, para adquirir fluidez en inglés (REUTERS/Clodagh Kilcoyne)
La autora de esta nota hizo tres semanas de "inmersion" en Galway, Irlanda, para adquirir fluidez en inglés (REUTERS/Clodagh Kilcoyne)

Se ha dicho bastante acerca de la importancia de aprender un nuevo idioma para mantener el cerebro activo a toda edad, pero sobre todo cuando los años nos hacen pensar que ya nada nuevo podemos incorporar a nuestro “disco duro”. Es una excusa bastante frecuente la que escuchamos los profesores de idiomas cuando alentamos a alguien que ya no se siente tan joven a incorporarse a algún grupo de estudiantes. Pues no, nunca es tarde…

A modo de ejemplo, vaya mi propia experiencia como alumna en un curso de inmersión. El inglés siempre había sido mi asignatura pendiente. De niña había aprendido el francés, y a partir de entonces ese había sido mi idioma extranjero casi excluyente, ya que en esa época para adquirir otra lengua había que concurrir a un instituto, y mi familia no podía darse ese lujo. Seguir estudiando francés, becada, en la Alianza Francesa de Resistencia era algo que mis padres consideraban muy importante para que las hijas no perdiéramos lo adquirido en dos años de vida en Francia.

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El asunto es que, cuando casi todas mis amigas estudiaban inglés, yo apenas manejaba los escasos conocimientos que nos daban los años de colegio secundario, al que le sumé rudimentos de italiano en los dos últimos.

Esta falta de manejo del inglés, idioma vehicular por excelencia, admitámoslo, la fui notando luego durante mi vida laboral. Reuniones con personas anglófonas, conversaciones en las cuales solo podía participar a medias, la impotencia de querer expresarme y no poder hacerlo. Sentía que la solución era viajar a un país de habla inglesa y hacer un curso intensivo.

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Recién tuve la oportunidad de hacerlo cuando ya estaba entrando en la etapa senior. Me faltaba un mes para cumplir los sesenta, y había ahorrado lo suficiente, gracias a unas traducciones, como para poder instalarme durante unas vacaciones en Irlanda. Recuerdo que elegí una ciudad, Galway, y de los dos institutos que me ofrecían me puse en contacto con el que me parecía más simpático.

Generación silver - cursos de inmersion
Galway fue la ciudad elegida para un curso intensivo de inglés

Tenía que decidir ahora cómo alojarme. El instituto ofrecía tres opciones: en casa de familia, en un departamento compartido con otros estudiantes, o en un hospedaje, por cuenta propia. Elegí esta tercera opción calculando que luego de estar mañana y tarde estudiando inglés no me iban a quedar muchas ganas de socializar en ese idioma.

Luego de pasar un test a distancia, y una vez en el lugar, hice una nueva prueba de nivel y pasé por una entrevista, para ver en qué curso me colocarían. Los estudiantes eran de diversa procedencia, y el instituto tenía el cuidado de no colocar juntas, en principio, a personas procedentes de un mismo país, con el fin de que el idioma de comunicación fuera siempre el inglés.

En mi pequeño grupo, no más de ocho estudiantes, había un coreano, una italiana, un indio, una francesa, dos suizas alemanas, y la única de habla hispana era una joven vasca, con quien evitábamos hablar en español. En una primera aproximación vi que nadie superaba los treinta años. Por lejos, yo era la rara avis, la veterana. Esto no me acobardó, y en los intercambios durante la clase y luego en las pausas no noté ninguna discriminación. No hubo edadismo. Además, todos parecían tener ganas de conocer algo de la procedencia del otro.

Al mediodía, teníamos una pausa para almorzar. Los primeros días busqué un lugar tranquilo para comer algo, sola. Pero muy pronto el restaurante de comida sana que había encontrado se convirtió en un punto de encuentro con las chicas suizas y con una alemana, con quienes solo podía hablar en mi inglés ultra básico. Al final de la segunda semana, ya los estudiantes del instituto ocupábamos varias mesas.

Generación Silver - aprender un idioma
El sitio de encuentro para confraternizar después de clase. Todos los estudiantes del grupo tenían un diferente idioma natal

Por la tarde, los cursos eran optativos: cultura irlandesa, música, fonética. Cuando terminaba, cerca de las cinco, recorría las pocas cuadras que me separaban del bed and breakfast (B&B) donde me alojaba, compraba algo para tomar un té, y salía a caminar por la orilla del mar. Galway está ubicada al oeste de la isla, y la costa se extiende por kilómetros y kilómetros. Era invierno, solía caer una lluvia fina, pero nada me frenaba en mi intento de aprovechar al máximo la experiencia de estar sola en un país que me fascinaba.

Desde el primer día, además, la dueña del B&B me esperaba para mantener una breve conversación, donde pretendía que le contara, además de mi experiencia diaria en el instituto, algo de mi país, que no conocía. De más está decir que este era un ejercicio de fuerza: la landlady (la dueña del B&B) era irlandesa y hablaba un inglés medio cerrado, y mi “spikininglish” era todavía muy rudimentario. Pero teníamos una simpática charla cada tarde, cuando ella me esperaba disfrutando de su gintonic diario mientras miraba carreras de caballos en la tele.

Tres semanas de curso intensivo, sumadas a mis incursiones por los negocios locales y las charlas con mis compañeros de clase y los profes fueron suficientes para darme el coraje necesario y animarme a viajar sola al sur del país, para conocer Cork y luego regresar a Londres, donde me esperaban unos amigos británicos que vivieron muchos años en Sudamérica. Una vez allí, envalentonada, salí a recorrer esa capital fascinante y llena de historia, y festejé como lo deseaba mi ingreso a la sesentena transitando por el South Bank (la orilla sur del Támesis), almorzando sola en un restaurante italiano y reservando la noche para celebrar con los amigos. Ellos me invitaron a cenar y a mirar una película en inglés sin subtítulos. Fue la prueba de fuego: vimos La vida de Phi, aventura de la cual recuerdo al menos que se trataba del viaje de un tigre…

Generación Silver - aprender un idioma
Ninguno de los compañeros de curso superaba los 30, menos de la mitad de la edad de la autora, pero no hubo problemas de integración

De mi experiencia de inmersión, conservo el orgullo de haber obtenido varios logros. Animarme a hablar ese “idioma de bárbaros”, como lo llamábamos en broma los que sabíamos francés, socializar con gente mucho más joven y con experiencias de vida variadas, a cuál más interesante, y conocer un poco aunque sea de un país con una historia rica y fascinante, de gente acogedora que me hizo sentir, a pesar de la distancia, como en casa. Por algo a los irlandeses les dicen los sudamericanos de Europa.

No importa la edad que tengan, hacer un curso de inmersión es una experiencia única de la cual no se van a arrepentir. Y si me permiten, un consejo: elegir un lugar pequeño, y no solo las grandes ciudades, es una buena opción. La gente es más amable, está más dispuesta a ayudar al extranjero, y tendrán mejores oportunidades de conversar con los habitantes del lugar.

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