
En el escenario había dieciséis representantes de startups de América Latina. Cada participante tenía tres minutos para explicar una idea capaz de modificar el futuro. La consigna del programa era precisa: pensar soluciones para una sociedad que envejece. Había emprendedores de salud, biotecnología e inteligencia artificial. Afuera, en Monterrey, el calor mexicano seguía pegado al asfalto. Adentro, las presentaciones avanzaban con el ritmo de un pitch internacional: cronómetro, diapositivas, preguntas, inversores.
Cuando le tocó el turno a Mikele Amondarain, la científica argentina salió a explicar cómo un pequeño paquete biológico puede ayudar al cuerpo a recuperar una capacidad que pierde con los años: regenerarse.
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Minutos después, el jurado la eligió ganadora de la Beca Draper en el Demo Day del programa Deep-Tech for Smart Longevity, organizado por el Tecnológico de Monterrey junto a Draper House Americas. Compartió el primer puesto entre startups seleccionadas de cinco países. Pero la escena había empezado mucho antes, a más de siete mil kilómetros de México, en otro mapa y en otro tiempo.
Coronel Pringles aparece en el sur de la provincia de Buenos Aires como un punto de calles bajas, casas tranquilas, 24.420 habitantes y ritmo de pueblo. “A mí me gusta decirle pueblo”, dice Amondarain. La frase aparece como una aclaración identitaria antes de hablar de laboratorios, exosomas o plataformas biotecnológicas. Ahí empezó una parte de la historia.
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Su padre, José María, estuvo enfermo durante mucho tiempo. Mikele era adolescente cuando el cáncer empezó a ordenar la rutina familiar alrededor de hospitales, tratamientos y nuevas terapias. Recuerda conversaciones sobre medicamentos experimentales y discusiones sobre posibilidades clínicas que todavía estaban lejos.
—Quiero que me cuentes un poco sobre tu infancia y adolescencia en Coronel Pringles. ¿Dónde apareció el deseo de investigar, de ser curiosa y de pensar en estos puentes que genera la innovación, la tecnología, la medicina?
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—Lo mío parte de una historia familiar: mi papá estuvo enfermo durante trece años y lo acompañamos mucho junto a mi hermana Meli y mi mamá Laura. Ver su enfermedad y cómo siempre quería mejorar, curarse, hasta llegó a hablar con el ministro de Salud para traer drogas nuevas, firmaba consentimientos para probar terapias. Acompañarlo despertó en mí la necesidad de querer colaborar para mejorar la calidad de vida de los pacientes y la salud.
Su papá se llamaba José María. Falleció cuando ella tenía veinte años. Le enseñó a vivir lo mejor posible y a disfrutar la vida. El cáncer hizo que esos años se sintieran como una eternidad, porque compartieron experiencias que tal vez no habrían vivido si él hubiera tenido más tiempo de vida.
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La enfermedad se volvió una forma de convivencia. También una escuela involuntaria. Pero hay otra idea que aparece cuando habla de esos años: el tiempo comprimido. La sensación de haber vivido mucho en poco tiempo.

Antes de que existiera la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, estudiar genética implicaba irse a Buenos Aires o La Plata. Mikele eligió la UNNOBA, en Pergamino. Ahí cursó la licenciatura en Genética. Después hizo su tesis en la Academia Nacional de Medicina y más tarde llegó al doctorado en el Instituto Fleni CONICET.
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En el recorrido hubo laboratorios argentinos, estadías en Europa y una constatación que repite cada vez que compara la ciencia local con otros sistemas científicos más financiados. Habla de investigadores que trabajan con recursos limitados, equipos reutilizados y presupuestos escasos, pero capaces de producir ciencia competitiva.
—¿Por qué creés que hoy la longevidad se vuelve central en la innovación científica global?
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—Hoy vivimos más años y se busca no solo vivir más, sino vivir mejor. La gran discusión en longevidad es cómo vivimos estos años que se están alargando, porque con la edad aparecen enfermedades crónicas y neurodegenerativas. Se trata de darle calidad a estos años. Por eso la longevidad y los estudios para resolver esto son tan importantes.

—La startup trabaja con terapias regenerativas. ¿Cómo puede esta tecnología contribuir a mejorar la calidad de vida en una población cada vez más longeva?
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—Trabajamos con exosomas de células madre mesenquimales. Los exosomas son pequeños paquetes con toda la información prorregenerativa de una célula madre, pero sin usar la célula, lo que da ventajas porque no es terapia celular y tiene menos efectos adversos. Estos exosomas le dan al cuerpo señales para regenerarse, como cuando éramos chicos y una herida sanaba mejor y más rápido. Nuestra tecnología busca devolverle al cuerpo esa capacidad regenerativa, con mejores tiempos y calidad. Ahora el producto está pensado para heridas dérmicas, pero estamos construyendo una plataforma que en el futuro puede aplicarse a diferentes tipos de tejidos: cardíaco, neuronal, ocular. Que tenga la capacidad de regenerar cualquier tipo celular.
Las heridas cicatrizan distinto con el paso del tiempo. Más lento. Peor. La medicina regenerativa intenta intervenir en ese deterioro biológico. En el laboratorio trabajan sobre un producto concreto: un parche de hidrogel cargado con exosomas. Una especie de “curita futurista”, como ella misma la define. El parche se aplica sobre heridas profundas y el cuerpo absorbe progresivamente los compuestos regenerativos.
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Por ahora el desarrollo está orientado a lesiones dérmicas severas, heridas de grado dos y tres que atraviesan tejido subcutáneo y comprometen parte muscular. Pero la idea es más amplia. “Estamos construyendo una plataforma”, explica.
La apuesta futura incluye aplicaciones cardíacas, neuronales y oculares. La posibilidad de regenerar distintos tipos celulares. El desafío es científico, pero también económico. Los procesos regulatorios en salud pueden demorar años. Por eso Vesicly diseñó un modelo híbrido para generar ingresos antes de que el producto clínico llegue al mercado.
La startup planea ofrecer su plataforma de producción de exosomas a otras compañías que ya trabajen con líneas celulares aprobadas, especialmente en industrias con barreras regulatorias más bajas, como cosmética o biotecnología vegetal. Mientras tanto, siguen desarrollando la parte médica.
Vesicly nació hace apenas un año. La startup surgió de su proyecto doctoral y hoy está integrada por dos personas: Mikele Amondarain y Carlos Luzzani, su exdirector de tesis y actual socio. Comparten laboratorio, estrategia y discusiones sobre cómo transformar investigación científica en un producto viable.

En el Parque de Innovación, en Núñez, los laboratorios están distribuidos detrás de paredes vidriadas y espacios de coworking. Hay emprendedores de inteligencia artificial, biotecnología y AgriFoodTech compartiendo pasillos, cafeterías y reuniones con potenciales inversores. Vesicly trabaja ahí desde principios de este año.
La startup utiliza infraestructura del +54Lab, el primer coworking científico-tecnológico público del país. El espacio forma parte del ecosistema del Parque de Innovación de la Ciudad de Buenos Aires, un predio de doce hectáreas pensado para conectar universidades, startups, empresas e investigación aplicada. Amondarain llegó después de recibir financiamiento de Startup Chile, un programa que les permitió poner en marcha parte de la operación.

“El Parque te conecta con servicios, con otras startups y con el ecosistema emprendedor. Te abre muchas puertas”, dice. En biotecnología, el acceso a infraestructura no es un detalle menor. Un laboratorio equipado puede definir la supervivencia o no de una empresa científica en etapa inicial. Cultivos celulares, biología molecular y equipamiento especializado implican costos difíciles de asumir para equipos pequeños.
El caso de Vesicly es un claro ejemplo de ese modelo: investigación académica que intenta transformarse en empresa. El ecosistema ya alberga más de cincuenta startups de catorce verticales tecnológicas y busca consolidarse como uno de los hubs de innovación más importantes de la región. En los últimos meses avanzó en acuerdos con polos tecnológicos de Brasil, Portugal y Mendoza para facilitar internacionalización y acceso a nuevos mercados. El axioma es simple: el conocimiento aislado no alcanza.
Durante las dos semanas del programa en México, Mikele convivió con fundadores de distintos países de América Latina. Las jornadas incluían clases, mentorías, talleres y conversaciones permanentes sobre longevidad. En una de las presentaciones apareció un mapa regional con datos del ecosistema startup latinoamericano. Ahí hubo algo que le llamó la atención.
—En las charlas del programa mostraron un mapa con la cantidad de startups por país y Argentina era la que más tenía, pero con menos inversión. Falta destrabar eso. Hay mucho conocimiento y ganas, la parte económica está en desarrollo. Argentina y América Latina están muy bien posicionadas en cantidad de proyectos y de ideas.
—¿Qué pensás de la ciencia en Argentina?
—Amo mi país, soy sobre todo argentina. Gracias a la ciencia estuve en distintos países, como España y Alemania, en lugares de alto nivel, y siempre digo lo mismo: no estamos tan lejos. Con los recursos que tenemos, estamos casi a la altura, lo único que nos falta es más plata. Tenemos la materia prima y la esencia para llegar a esos lugares, de hecho, estamos superbién vistos. Cuando va un argentino, saben lo que es capaz de hacer con lo que tiene. Aprovechamos al máximo los recursos. Vamos en buen camino, aunque falta.

—¿Qué hace falta para tener una sociedad más inclusiva y hacer aportes desde la ciencia y lo social en una sociedad más longeva?
—La principal barrera es el financiamiento, el dinero disponible para el desarrollo de investigaciones y para su aplicación, que es igual de importante. Eso es lo que llega al paciente. También el acceso, la igualdad de acceso a la salud, tratamientos y atención clínica. Falta encontrar ese nexo.
—¿Tenés fotos del viaje a México? ¿Fotos del prototipo del producto o de tu familia?
—Sí, tengo. Si querés, te paso mi teléfono y quedamos en contacto.
—Dale, decime el teléfono y te agendo.
—Mi teléfono es… 2923…
—Veo que usás el código de Coronel Pringles todavía…
—Sí, jaja…
—¿Ya hiciste el cambio de domicilio?
—No. Todavía tengo el de Coronel Pringles. La identidad sigue férrea.

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