
El 3 de noviembre de 1977, en la apacible ciudad de St. Louis, en Estdaos Unidos, la vida de los residentes se sacudió por un descubrimiento perturbador. Glennon Engleman, un dentista de apariencia intachable y dedicado profesional, ocultaba tras su bata blanca una mente criminal de una frialdad aterradora.
Con manos firmes y precisas que habían ganado la confianza de sus pacientes, Engleman vivía una doble vida que lo convertiría en uno de los asesinos en serie más temidos de la historia de Estados Unidos. Pero, ¿cómo un hombre que dedicaba sus días a cuidar la salud dental de la comunidad se transformaba en la noche en un despiadado asesino a sueldo?
Nacido en 1928 en una familia de clase media, parecía seguir un camino común para su tiempo. Hijo de un veterano de la Fuerza Aérea y trabajador ferroviario, no se destacó en su juventud por ninguna hazaña en particular. Tras alistarse en el Ejército del Aire durante la Segunda Guerra Mundial, utilizó los beneficios de la Ley GI para acceder a la educación superior, graduándose como dentista en 1954. Pero bajo esa fachada ordinaria, comenzaba a gestarse una mente maquiavélica.

La carrera criminal de Glennon Engleman comenzó en la década de 1950, impulsada por una mezcla de avaricia y astucia. Su primer crimen conocido ocurrió en 1958, cuando James Bullock, esposo de su exmujer Edna Ruth Ball, fue encontrado muerto con una herida de bala cerca del Museo de Arte de St. Louis. Ball, quien había asegurado una jugosa póliza de seguro de vida, invirtió parte de ese dinero en un proyecto conjunto con Engleman: una pista de aceleración en Pacific, Missouri.
Este asesinato no fue un hecho aislado, sino el inicio de una serie de crímenes calculados, todos con un propósito en común: el lucro.
A lo largo de más de dos décadas, Engleman orquestó una serie de asesinatos, aprovechando su conocimiento médico para ejecutar crímenes perfectos y su habilidad para manipular a quienes lo rodeaban. No actuó solo; sus métodos incluían la seducción y manipulación de mujeres cercanas, desde esposas hasta asistentes dentales, quienes, sin saberlo, se convertían en peones de sus macabros planes.
Carmen Miranda Halm, una de sus asistentes, fue persuadida para casarse con Peter Halm, solo para luego participar en su asesinato y repartir el dinero del seguro de vida con Engleman. Bárbara Boyle, otra de sus cómplices, heredó una fortuna tras el asesinato de su esposo, Ronald Gusewelle, en un complot que había sido cuidadosamente tejido por el dentista.

La fachada comenzó a desmoronarse en febrero de 1980, cuando las autoridades finalmente lograron detenerlo, poniendo fin a una racha de asesinatos que había aterrorizado a St. Louis y más allá. Durante más de veinte años, Engleman había eludido la justicia, perpetrando sus crímenes con una precisión casi quirúrgica. Pero el círculo se cerraba sobre él, y las piezas del rompecabezas, cuidadosamente ensambladas por los investigadores, revelaron la magnitud de su crueldad.
El juicio de Engleman fue un espectáculo que conmocionó a la opinión pública. Se le imputaron múltiples cargos de asesinato, incluyendo los de Peter Halm, Sophie Barrera, la familia Gusewelle, Eric Frey y James Bullock.
El golpe final al imperio criminal de Engleman no vino de la mano de un detective astuto o de una trampa tendida con ingenio, sino de alguien que una vez estuvo cerca de él. Ruth Jolly, su tercera esposa, fue la clave que las autoridades necesitaban para derribar al asesino. En un giro inesperado, Jolly decidió cooperar con la justicia, proporcionando información crucial que permitió unir los cabos sueltos de los crímenes de Engleman.
Grabaciones secretas de conversaciones entre ambos revelaron detalles que fueron fundamentales para condenarlo. El círculo íntimo de Engleman comenzó a desmoronarse, y con él, se desvaneció la impunidad con la que había operado durante tanto tiempo.
Los testimonios durante el juicio fueron devastadores. John Newton Carter, otro cómplice, destapó la oscura red de asesinatos y fraudes que Engleman había tejido con paciencia y frialdad. Era una historia que parecía sacada de una novela de terror, pero era real, tan real como las vidas que había destrozado en su camino hacia el beneficio económico.
La justicia lo atrapó en una red de sentencias que incluyó cuatro cadenas perpetuas, además de sentencias adicionales de 50 y 30 años de prisión. Bárbara Boyle, su cómplice y viuda de Ronald Gusewelle, no escapó del peso de la ley. Fue condenada a 50 años de prisión por su participación en el asesinato de su esposo, aunque la liberaron condicionalmente en 2009, su vida ya estaba marcada para siempre por su asociación con el monstruo enmascarado de Engleman.
Finalmente, Glennon Engleman murió en prisión en 1999, pero su legado oscuro perdura como un recordatorio aterrador de que incluso los rostros más respetables pueden ocultar los secretos más siniestros.
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