
En la costa este de Estados Unidos, en el estado de Nueva Jersey, se ubica un pequeño pueblo que transformó el destino de millones de vidas. Fue en la localidad de Westfield donde nació Virginia Apgar, la doctora que se negó a aceptar la muerte de miles de recién nacidos y que da nombre al famoso test de Apgar.
Virginia Apgar nació el 7 de junio de 1909, en el seno de una familia humilde. Era la pequeña de tres hermanos, pero el mayor murió prematuramente debido a una tuberculosis y el segundo sufría una patología crónica. La experiencia cercana con la enfermedad, sumada a la curiosidad científica heredada de su padre, forjaron el interés de la pequeña Virginia por la medicina.
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Su etapa de estudiante en la Universidad de Columbia coincidió con la Gran Depresión, por lo que tuvo que compaginar los estudios con empleos temporales, además de recibir un préstamo de un amigo de la familia y becas académicas gracias a sus excelentes calificaciones. Acabó la carrera queriendo ser cirujana, pero el jefe del departamento de cirugía de la universidad le aconsejó cambiar a la especialidad de anestesiología, donde tendría menos obstáculos para progresar siendo mujer.
El cambio de decisión para convertirse en anestesióloga en vez de cirujana no solo alteró el rumbo de su vida, sino también el de millones de niños. Virginia no era como el resto de sus compañeros de profesión: era curiosa, metódica, observadora y, sobre todo, generosa en la transmisión del conocimiento.
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Un desayuno que cambió millones de vidas
La historia del origen del test de Apgar cuenta que se gestó en un escenario cotidiano: un desayuno entre Virginia y algunos alumnos de Medicina. Uno de ellos preguntó a la brillante doctora cómo se podía evaluar el estado de salud de un recién nacido. Era 1949 y el mundo todavía no contaba con un sistema que midiera a estos bebés de forma estandarizada.
Virginia Apgar había estado presente en múltiples partos para administrar anestesia a las mujeres. Tras haber observado miles de nacimientos, a miles de mujeres dando a luz a niños que llegaban al mundo, Virginia Apgar tenía un patrón en su cabeza que compartió con aquellos jóvenes: un método que evaluaba cinco indicadores clave en la salud de los bebés: el color de la piel, la frecuencia cardíaca, los reflejos, el tono muscular y el esfuerzo respiratorio.
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El estudio de Apgar se encuadraba en un momento en el que las tasas de bebés que fallecían en las primeras 24 horas de vida se mantenían estables, pese al descenso de las tasas de mortalidad infantil entre 1930 y 1950. Consciente de esta realidad, la doctora analizó cada parto al que asistió e intentó encontrar patrones que explicaran el porqué de estas muertes neonatales tan tempranas.

El test de Apgar para los bebés
La prueba de Apgar mide el color de la piel, la frecuencia cardíaca, los reflejos, el tono muscular y el esfuerzo respiratorio de los bebés solo un minuto después de haber nacido. Fue posteriormente cuando se creó el acrónimo (con las siglas en inglés) para que los sanitarios recordaran los indicadores: Apariencia, Pulso, Gesticulación, Actividad y Respiración (Appearance, Pulse, Grimace, Activity, Respiration). El fin último de este examen se hace para determinar si el bebé necesita ayuda con la respiración o está teniendo problemas cardíacos.
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Cada categoría se evalúa con una puntuación de 0 a 2, lo que permite obtener un puntaje total entre 0 y 10. Un resultado de 0 a 2 indica un estado de salud deficiente, de 3 a 7 corresponde a una condición intermedia o regular, y de 8 a 10 refleja un buen estado de salud. En un principio, Apgar propuso aplicar la prueba un minuto después del nacimiento para que los médicos pudieran identificar rápidamente la necesidad de una intervención inmediata. Posteriormente, con el perfeccionamiento de la herramienta, se estableció como estándar realizar la evaluación tanto al minuto como a los cinco minutos después del nacimiento.
A pesar de su efectividad, el método de Apgar fue recibido con cierto escepticismo por parte de la comunidad médica. Algunos críticos señalaban su posible subjetividad, especialmente en la valoración del color de la piel y de los reflejos, ya que estos criterios podían interpretarse de manera diferente según el examinador, generando variaciones en los resultados.
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Para reducir las limitaciones de la prueba, Apgar recomendó que la valoración fuera realizada por un observador neutral, como una enfermera circulante, con el fin de aumentar la fiabilidad del procedimiento. Asimismo, trabajó junto con el pediatra L. Stanley James y el anestesiólogo Duncan A. Holiday en el perfeccionamiento y validación del método.
El legado de Virginia Apgar
En 1962, Apgar y James publicaron el estudio Observaciones adicionales sobre el sistema de puntuación neonatal, en el que analizaron la aplicación de la escala en más de 27.000 nacidos vivos a lo largo de ocho años. Sus resultados demostraron que las puntuaciones bajas se asociaban con una mayor mortalidad infantil y evidenciaron la necesidad de intervención inmediata en los recién nacidos con valores reducidos.
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Investigaciones más actuales han confirmado la relación entre puntuaciones bajas de Apgar y un mayor riesgo de mortalidad neonatal, lo que consolida la utilidad clínica de la herramienta que desarrolló esta doctora. Como suele decirse de su legado, “cada bebé que nace en un hospital de cualquier parte del mundo es visto primero a través de los ojos de la doctora Virginia Apgar”.
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