
España es uno de los países con mayor variedad de quesos del mundo: cuenta con más de 150 tipos, de entre los cuales más de 32 son considerados Denominaciones de Origen Protegidas (DOP) o Indicaciones Geográficas Protegida (IGP), según Expansión, que indica también que el queso suele estar presente en el 89% de los hogares españoles.
Difícil será, entonces, que a alguien no le haya pasado lo de perder un queso por dejarlo demasiado tiempo en la nevera y sin consumir. Se empieza a poner duro, se seca, y acaba desarrollando moho en su superficie. Aunque, en general, en quesos duros y semiblandos se puede retirar ese moho cortando un pedazo de al menos 2,5 centímetros en todas las direcciones desde el punto contaminado para poder comerlo de forma segura, lo más común es darlo por perdido llegados a ese punto.
Sin embargo, y por suerte, La Gazetta di Massa e Carrara ha compartido recientemente la clave para estirar al máximo la vida de los quesos y, según han asegurado, pueden durar hasta meses.

La forma correcta de almacenar quesos para que no se pongan malos
Lo primero que indican es que eso de guardarlo envuelto en film transparente es un error. Aunque es un aliado fiel en la cocina, ya que se suele utilizar a modo de cierre de recipientes y alimentos, en el caso del queso es contraproducente porque no permite que “respire” al crear un ambiente por el que el aire no pasa. Y esto, aseguran, es lo que permite que se desarrolle el odioso moho.
La mejor forma de conservar los quesos curados o semicurados es envolverlos en papel vegetal, ese mismo que se utiliza para el horno; alternativamente también puede envolverse utilizando un paño húmedo de algodón, aunque sólo para variedades concretas como parmesano o grana padano. Del mismo modo, los quesos frescos o para untar como el stracchino o el robiola, deberán colocarse en recipientes de vidrio.
Aunque siguiendo estas instrucciones se podrá conservar los quesos durante mucho más tiempo, manteniéndolos a salvo del moho, sólo serán efectivas para determinados tipos de queso. En el caso de los frescos, por ejemplo, se debe respetar con rigurosidad la fecha de caducidad.
Según explicó en La Vanguardia la doctora María Manuela Hernández, profesora del Departamento de Ciencia Animal y de los Alimentos de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona, “en los manchegos, parmesanos, roqueforts, etc., el queso pierde agua y la acidez es tan baja que no pueden proliferar microorganismos patógenos”.
En cambio, consumir quesos frescos pasada su fecha de caducidad puede acarrear un riesgo de intoxicación bacteriana, ya que permiten la proliferación de listeria y otros microorganismos: ”Algunas poblaciones de riesgo pueden tener abortos, meningitis o septicemia, entre otras complicaciones", avisa Hernández, aunque también aclara que, en casi el 90% de los casos, no se produciría intoxicación alguna. Aun así, debido a lo que podría suponer tener la mala suerte de contraer la infección, se recomienda respetar las fechas de caducidad marcadas.
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