
Cada día, las escuelas tienen una oportunidad única: no solo enseñar contenidos, sino también ayudar a niños y niñas a comprender quiénes son, reconocer lo que sienten y descubrir cómo relacionarse con los demás desde el respeto, la empatía y la confianza.
La escuela no solo prepara a los estudiantes para rendir una evaluación; los prepara para comprenderse a sí mismos, convivir con otros y afrontar los desafíos de la vida. Ese es, quizás, uno de los mayores propósitos de la educación.
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Porque aprender no consiste únicamente en incorporar conocimientos. También implica desarrollar habilidades para la vida: escuchar, expresar emociones, afrontar los desafíos cotidianos, tomar decisiones responsables, resolver conflictos, trabajar con otros, pedir ayuda cuando es necesario y construir vínculos basados en el respeto y la colaboración. En otras palabras, supone formar personas capaces de conocerse, comprender a quienes las rodean y participar activamente en la sociedad.
En este contexto, la educación socioemocional deja de ser un contenido complementario para convertirse en una dimensión esencial de la tarea educativa. No es una actividad aislada ni una propuesta para determinados momentos del año; es una forma de enseñar y de habitar la escuela. Se construye en los pequeños gestos cotidianos, en las conversaciones, en la escucha atenta, en las experiencias compartidas y, especialmente, en las oportunidades que brindamos para que los estudiantes piensen sobre lo que viven, sienten y hacen.
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Hablar de educación socioemocional implica también hablar de bienestar y promoción de la salud mental durante el crecimiento. La escuela constituye uno de los espacios privilegiados para acompañar a niños y niñas en la construcción de recursos personales y sociales que les permitan afrontar desafíos, expresar lo que sienten, pedir ayuda, establecer vínculos de confianza y desarrollar una mirada positiva sobre sí mismos y sobre sus posibilidades.
Esto no significa convertir a la escuela en un espacio clínico ni trasladarle responsabilidades que corresponden a otros ámbitos profesionales. Significa reconocer su enorme potencial como entorno protector y promotor del bienestar, donde pueden construirse herramientas que acompañen a los estudiantes a lo largo de su desarrollo.
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Las habilidades emocionales y sociales no se desarrollan por casualidad. Requieren una intencionalidad pedagógica, una planificación consciente y la decisión de generar, cada día, espacios que permitan a los estudiantes reflexionar, expresar sus emociones, escuchar a los demás y construir aprendizajes compartidos.

Una mirada que integra emoción, pensamiento y aprendizaje
Diversos aportes de la psicología y de las ciencias de la educación han permitido comprender cada vez mejor la estrecha relación entre emoción, pensamiento y aprendizaje.
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Daniel Goleman puso en el centro de la discusión educativa la importancia de la inteligencia emocional y de capacidades como reconocer las propias emociones, regularlas, comprender a los demás. Desde la educación emocional, Rafael Bisquerra plantea la necesidad de desarrollar competencias que permitan afrontar mejor los desafíos cotidianos y favorecer el bienestar personal y social.
Howard Gardner, a través de su teoría de las inteligencias múltiples, también amplió la mirada sobre aquello que entendemos por inteligencia, otorgando particular relevancia a las dimensiones intrapersonal e interpersonal: la capacidad de comprenderse a uno mismo y de comprender a los demás.
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A estas perspectivas se suman los aportes de David Perkins y Ron Ritchhart, vinculados al desarrollo de una cultura de pensamiento en las aulas. Sus trabajos destacan la importancia de hacer visible el pensamiento y de generar situaciones que permitan a los estudiantes explicar qué piensan, cómo llegan a determinadas conclusiones, qué preguntas se formulan y cómo sus ideas pueden transformarse a partir de nuevas experiencias.
Todas estas miradas, desde diferentes perspectivas, nos invitan a pensar una escuela en la que sentir, pensar, aprender y convivir no sean dimensiones separadas, sino partes de una misma experiencia educativa.
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Por eso, las rutinas de pensamiento y las dinámicas de trabajo colaborativo constituyen herramientas fundamentales. Preguntas como “¿Qué veo?“, ”¿Qué pienso?“, ”¿Qué siento?“, ”¿Qué haría yo en esta situación?“, ”¿Qué otra perspectiva puedo considerar?" o “¿Cómo cambió mi manera de pensar?" ayudan a que los niños desarrollen el pensamiento crítico, la empatía, la autorregulación y la capacidad de comprender diferentes perspectivas.

Comenzar el día construyendo comunidad
El inicio de la jornada representa uno de los momentos pedagógicos más valiosos para fortalecer estas habilidades.
La bienvenida, la ronda o la asamblea no deberían ser únicamente un momento organizativo. Son espacios privilegiados para construir comunidad, generar confianza y preparar emocionalmente a los estudiantes para aprender.
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Dedicar unos minutos a conversar sobre cómo llega cada uno, compartir una experiencia, expresar una emoción, reconocer un logro o plantear un desafío para el día favorece un clima de aula donde cada estudiante se siente escuchado, respetado y parte de un grupo.
Estas rutinas, cuando son sistemáticas y planificadas, fortalecen la autoestima, la participación, la escucha activa y la convivencia, creando mejores condiciones para todos los aprendizajes.
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Algunas estrategias que pueden incorporarse diariamente son:
- Rondas de bienvenida con preguntas significativas: ¿Cómo llego hoy? ¿Qué necesito para aprender? ¿Qué quiero compartir?
- Asambleas para expresar emociones, resolver situaciones de convivencia, construir acuerdos y tomar decisiones colectivas.
- Rutinas de pensamiento, como ¿Qué veo? ¿Qué pienso? ¿Qué siento?, Antes pensaba… ahora pienso…, Pienso – Me interesa – Investigo o Titular y explicación.
- Dinámicas cooperativas para fortalecer el sentido de pertenencia.
- Espacios de gratitud y reconocimiento, donde se valore el esfuerzo, la colaboración y los avances.
- Técnicas breves de respiración, atención plena o relajación para favorecer la concentración y la autorregulación.
No se trata de sumar actividades sin sentido a una jornada ya cargada, sino de planificar intencionalmente pequeños momentos que puedan convertirse en verdaderas experiencias de aprendizaje.
Además de favorecer un clima positivo para aprender, estas prácticas contribuyen a la promoción de la salud mental de niños y niñas. Contar con espacios donde puedan expresarse, sentirse escuchados, reconocer sus emociones, desarrollar estrategias de autorregulación y fortalecer el sentido de pertenencia contribuye a construir recursos personales y sociales que funcionan como factores protectores durante el crecimiento.

Matemática: aprender también es perseverar
La educación socioemocional y el desarrollo de habilidades para la vida no pertenecen exclusivamente a un espacio curricular. Deben integrarse de manera transversal en todas las propuestas de enseñanza, aprovechando cada situación de aprendizaje como una oportunidad para fortalecer competencias personales y sociales.
Resolver problemas en equipo favorece la perseverancia, la tolerancia a la frustración, la escucha de diferentes estrategias y la valoración del error como una oportunidad para aprender.
Los desafíos matemáticos cooperativos, las estaciones de resolución de problemas, los juegos de lógica, los acertijos, las búsquedas matemáticas o los desafíos por equipos permiten que los estudiantes argumenten sus decisiones, acepten diferentes formas de pensar y comprendan que equivocarse forma parte del proceso de aprendizaje.
Después de una actividad, una rutina como: ¿Qué estrategia utilicé? ¿Qué me resultó difícil? ¿Qué aprendí de mis compañeros? ¿Qué haría diferente la próxima vez? permite trabajar simultáneamente contenidos matemáticos y habilidades como la perseverancia, la autorregulación y la reflexión sobre el propio aprendizaje.
Ciencias Sociales: aprender a mirar desde otras perspectivas
El análisis de hechos históricos, la vida democrática, la diversidad cultural y la construcción de ciudadanía ofrecen múltiples oportunidades para trabajar la empatía, el respeto por las diferencias, la participación y la construcción de acuerdos.
Un debate sobre una problemática social, el análisis de una noticia, una simulación de una elección, un juego de roles, una investigación sobre la historia de la comunidad o el estudio de la vida de personas que generaron transformaciones sociales pueden convertirse en oportunidades para preguntarnos: ¿Cómo se sentía esa persona? ¿Qué otras perspectivas existían? ¿Qué decisiones podría haber tomado? ¿Qué hubiéramos hecho nosotros?
De esta manera, los contenidos de Ciencias Sociales permiten desarrollar la capacidad de comprender que una misma situación puede ser interpretada de diferentes maneras.
Prácticas del Lenguaje: poner en palabras lo que pensamos y sentimos
La lectura, la escritura y la conversación constituyen un espacio privilegiado para expresar pensamientos y emociones, interpretar distintos puntos de vista, argumentar ideas y fortalecer una comunicación respetuosa.
Los círculos de lectura, las conversaciones literarias, la escritura de diarios personales, cartas o relatos, las entrevistas a personajes, las dramatizaciones y la producción de cuentos permiten explorar diferentes emociones y perspectivas.
Una pregunta tan sencilla como “¿Qué le dirías a este personaje si estuviera frente a vos?” puede abrir una conversación profunda sobre el miedo, la tristeza, la amistad, la confianza, la soledad o la toma de decisiones.
La literatura permite, así, encontrar palabras para aquello que muchas veces resulta difícil expresar directamente.
Ciencias Naturales: aprender a cuidar
En Ciencias Naturales, la observación, la curiosidad, la formulación de preguntas y el trabajo colaborativo ayudan a desarrollar el pensamiento crítico, la responsabilidad y el compromiso con el cuidado de las personas y del ambiente.
Proyectos de huerta escolar, campañas de reciclaje, investigaciones sobre el cuidado del agua, observación de la biodiversidad, experiencias de laboratorio o desafíos científicos colaborativos permiten trabajar no solo contenidos disciplinares, sino también la responsabilidad compartida, el compromiso y la toma de decisiones conscientes.
Preguntas como “¿Cómo impactan nuestras acciones en otros seres vivos?” o “¿Qué podemos hacer juntos para cuidar nuestro entorno?” permiten conectar el conocimiento científico con la responsabilidad individual y colectiva.
Educación Artística: expresar lo que las palabras no siempre pueden decir
El arte ofrece otro camino privilegiado para explorar el mundo emocional. Crear un personaje que represente un sentimiento, construir una obra colectiva, transformar una historia en una producción visual, musical o teatral o crear una secuencia de imágenes a partir de un cuento permite expresar experiencias de múltiples maneras.
No se trata de buscar una única respuesta correcta, sino de habilitar diferentes formas de expresión, valoración y creación.
Educación Física: aprender a convivir en movimiento
Los juegos y las experiencias corporales también ofrecen oportunidades para desarrollar habilidades para la vida.
Los juegos cooperativos, los desafíos grupales, las propuestas donde es necesario confiar en un compañero o las actividades que requieren construir estrategias colectivas permiten trabajar la comunicación, el respeto por las reglas, la tolerancia a la frustración, la cooperación y el reconocimiento de las propias posibilidades y límites.
Así, el cuerpo también se convierte en un territorio de aprendizaje emocional.
Cuando estas experiencias se planifican con una intención pedagógica clara, cada contenido curricular se transforma también en una oportunidad para desarrollar habilidades para la vida.
La educación socioemocional no se enseña en un único momento del día; se enseña en la manera en que planificamos cada propuesta, en las preguntas que formulamos, en las conversaciones que promovemos y en el sentido que damos a cada experiencia de aprendizaje.
Los cuentos: un puente hacia el mundo emocional
Entre todas las herramientas con las que cuenta la escuela, los cuentos ocupan un lugar privilegiado.
Las historias permiten abordar temas profundos desde un lenguaje cercano, sensible y accesible para los niños. A través de los personajes, pueden identificarse, reconocer emociones, comprender conflictos, imaginar soluciones y reflexionar sobre situaciones que muchas veces también forman parte de su propia vida.
Los cuentos generan un espacio seguro para conversar sobre aquello que, en ocasiones, resulta difícil expresar directamente. Una historia abre preguntas, despierta emociones y favorece el diálogo sin exponer a quien participa.
La literatura infantil se convierte así en una aliada fundamental para el desarrollo de las habilidades para la vida y para el bienestar emocional. A través de las historias, los niños pueden poner nombre a lo que sienten, comprender diferentes perspectivas, desarrollar empatía y descubrir nuevas maneras de afrontar situaciones.
Un cuento puede permitir que un niño diga “A Emma le pasa esto” cuando todavía no encuentra las palabras para decir “A mí me pasa esto”. Esa distancia que ofrece la ficción puede convertirse en un puente hacia la reflexión personal.
Emma: mucho más que un cuento
Con esa convicción nació Emma, el desafío de ser y no parecer.
Emma no es solo un cuento para leer; es una herramienta pedagógica pensada para abrir conversaciones, despertar preguntas y transformar cada historia en una oportunidad de aprendizaje.
A través de un relato cercano y sensible, invita a niños y niñas a descubrir que el verdadero valor no está en parecer, sino en ser; a reconocer la importancia de la autenticidad, la confianza en uno mismo, el respeto por las diferencias, la empatía y la construcción de vínculos genuinos.
El libro comprende una amplia variedad de propuestas pedagógicas que pueden implementarse de manera planificada e intencional en el aula. Su historia puede dar origen a rutinas de pensamiento, asambleas, conversaciones literarias, producciones artísticas, propuestas de escritura, dramatizaciones, juegos cooperativos y proyectos interdisciplinarios.
Cada una de estas experiencias ofrece oportunidades para que los estudiantes reflexionen, expresen sus emociones, desarrollen la empatía, fortalezcan el pensamiento crítico y construyan habilidades para la vida.
Por ejemplo, después de la lectura, una asamblea puede comenzar con una pregunta sencilla: ¿Alguna vez sentiste que tenías que parecer algo que no eras? A partir de allí pueden surgir relatos personales, dibujos, escenas teatrales, cartas a Emma, nuevos finales para la historia o producciones colectivas.
Una rutina de pensamiento puede invitar a los estudiantes a completar: “Antes pensaba que…“, ”Ahora pienso que…"
Una conversación literaria puede explorar: ¿Qué significa para Emma ser ella misma? ¿Qué situaciones nos hacen sentir que debemos parecernos a otros? ¿Qué cosas nos hacen únicos?
También pueden desarrollarse juegos cooperativos vinculados con la confianza, actividades artísticas sobre la identidad, propuestas de escritura sobre aquello que cada uno valora de sí mismo o proyectos interdisciplinarios que articulen Literatura, Arte, Ciencias Sociales y Educación Emocional.
De este modo, Emma no se limita a la experiencia de leer una historia. Se convierte en un punto de partida para enseñar, conversar, crear, pensar y aprender.
La escuela como espacio de cuidado y promoción del bienestar
Pensar la educación socioemocional desde esta perspectiva implica también reconocer el papel de la escuela en la promoción de la salud mental durante la infancia.
La salud mental no se reduce a la ausencia de dificultades. También comprende la posibilidad de desarrollar recursos para afrontar los desafíos, construir relaciones significativas, reconocer las propias emociones, pedir ayuda y sentirse parte de una comunidad.
Por eso, enseñar a los niños y niñas a identificar lo que sienten, ponerlo en palabras, reconocer sus fortalezas, aceptar errores, pedir ayuda y resolver conflictos constituye una forma concreta de acompañar su crecimiento.
Las escuelas pueden construir factores protectores cuando generan espacios de pertenencia, escucha, participación, confianza y respeto. Las rutinas cotidianas, las experiencias de aprendizaje cooperativo, el diálogo y la literatura pueden contribuir significativamente a ese propósito.
Este enfoque requiere, por supuesto, una mirada responsable: promover la salud mental desde la escuela no significa diagnosticar ni intervenir clínicamente, sino generar condiciones educativas que favorezcan el bienestar y detectar tempranamente situaciones que requieran la intervención de los profesionales y dispositivos correspondientes.
En este sentido, la escuela no está sola. El trabajo articulado con las familias, los equipos de orientación, los profesionales de la salud y las instituciones de la comunidad resulta fundamental para acompañar integralmente a niños y niñas.
Cuando enseñar también significa acompañar a crecer
La educación socioemocional no debería pensarse como una propuesta adicional que se incorpora cuando queda tiempo. Requiere planificación, continuidad y una mirada institucional compartida.
Supone que los equipos docentes puedan preguntarse ¿Qué queremos que nuestros estudiantes aprendan sobre sí mismos? ¿Qué habilidades necesitan desarrollar para afrontar los desafíos? ¿Qué oportunidades concretas les estamos ofreciendo para expresarse, pensar y convivir? ¿Cómo estamos haciendo visible aquello que sienten y piensan?
Cuando estas preguntas forman parte de la planificación, la educación emocional deja de ser una actividad aislada y comienza a convertirse en una verdadera cultura institucional.
Una cultura en la que el error puede ser una oportunidad, la pregunta tiene valor, escuchar al otro es parte del aprendizaje, pedir ayuda no es una debilidad y cada estudiante puede sentirse reconocido en su singularidad.
Educar dejando huellas
La educación deja su marca cuando logra trascender las páginas de un libro y las paredes del aula.
Cada conversación, cada historia, cada rutina de pensamiento y cada experiencia compartida tienen el poder de formar personas más conscientes, empáticas, resilientes y preparadas para afrontar los desafíos de la vida.
Los aprendizajes que verdaderamente transforman son aquellos que no solo amplían el conocimiento, sino que también ayudan a descubrir quiénes somos, a comprender lo que sentimos, a reconocer nuestras fortalezas, a pedir ayuda cuando la necesitamos y a construir vínculos basados en el respeto, la empatía y la confianza.
Porque aprender a sentir, aprender a pensar y aprender a convivir también es aprender.
Y cuando la escuela asume ese desafío con intencionalidad, cada experiencia se convierte en una oportunidad para formar personas capaces de transformar su realidad y contribuir a una sociedad más humana, solidaria y comprometida.
Quizás allí se encuentre uno de los mayores sentidos de educar: no solamente enseñar lo que sabemos, sino acompañar a cada niño y a cada niña a descubrir quién puede llegar a ser.
Ma. Lorena Vaccher: es docente, abogada y profesora Cs Jurídicas y Sociales (UBA). Especialista en Gestión Educativa (Universidad de San Andrés) Especialista en Educación Emocional y Bienestar (Barcelona- RIEEB). Es Directora General de Educación Municipal de Vicente López
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